viernes, octubre 20, 2006

Todos han muerto. Poesía completa 1971-2006, José Barroeta

Candaya, Canet de Mar, Barcelona, 2006. 460 pp (+CD). 22 €

Doménico Chiappe

Me gusta esta frase de Pound: «Literatura es el lenguaje cargado de sentido» y, con la luz de la sabiduría literaria de este poeta norteamericano, quiero hablar del poeta venezolano José Barroeta, cuya poesía completa, Todos han muerto, ha sido editada en España por Candaya. Escribo este artículo para hablar de la poesía de José Barroeta al compás de Ezra Pound.

Dice Pound que una clase de lenguaje comienza por ser una imagen.
«Hago el amor bajo la sombra del escorpión», responde Barroeta en su poema "Primer Mundo".
El libro, de casi 500 páginas, es presentado por uno de los poetas vivos cuya obra comienza a recorrer el sendero de la literatura de culto, Eugenio Montejo: «Se trata de una voz que habla con cordial naturalidad, sin condescender con la garrulería que cierto exteriorismo poético mal asimilado había puesto en boga entonces (principios de los sesenta) con sus previsibles resultados». Y a las páginas, al cantar del lector, le puede acompañar la propia voz del poeta, registrada en un CD de 28 minutos, que acompaña esta edición.
Dice Pound: «En el mundo contemporáneo no tiene demasiada importancia por dónde comience uno el examen de un asunto, mientras dicho examen se sostenga hasta el extremos de volver al punto de partida. (...) es preciso proseguir hasta haber contemplado dicho objeto desde todos los ángulos posibles».
Y Barroeta inicia un movimiento de traslación sobre el amor no romántico (aunque Montejo afirma que la muerte, la familia y la comarca son elementos definitorios de su obra) en su primer libro, "Todos han muerto", de 1971; y finaliza en Enero 4 y 30 A.M. con ese amor que pervive incluso cuando la muerte, que ha planeado toda la obra, como intrusa en el alma humana, se adueña, al fin, del cuerpo:


Soñé contigo.
Nos tendieron desnudos en la mesa de
Lección de Anatomía.
No pudieron arrancarnos las nubes del cuerpo


Sigue Pound: «Buenos escritores son los que mantienen la eficiencia del lenguaje, esto es, los que lo mantienen exacto y claro».

Y Barroeta demuestra:


Quedo de nuevo grabado en la locura
de mi madre. El sol se mueve, mas no sé
para qué sirven las llaves del vientre, los santos,
todo lo que fue mi casa
en el amanecer.
Los patios aparecen destruidos. Es la edad de la derrota
en mí,
el diablo otra vez con sus látigos a medianoche
y ella, mi
madre,
de pie sobre los muros,
recordando con ojos nerviosos la muerte
de mi hermana.
Vuelvo a la edad de las derrotas. Luego de haber amanecido en
los grandes festines, acompañado de cuanto quise y cuanto no entendí,
Me
encuentro sin polvaredas y sin flores
Medio roto de querer volver.
Mi
madre pasa por los cuartos. Revisa el color de la luna en mi corazón,
La
soga oculta a los veinte años por si venía la muerte
y me sorprendía con el
azul de la noche en la boca
(...)


Continúa Pound en “El ABC de la lectura”: «Hay tres clases de melopoeia, a saber, verso hecho para ser cantado, verso hecho para ser salmodiado o entonado y verso hecho para ser recitado».
Y Barroeta hace magia con la saturación del sonido:

Fuera de orden vivo por ti
Te recuerdo entre muros,
rosas,
himnos. Te miro en el convento
comiendo naranjas milagrosas,
ausente del
loco de junio de españa que soy
declamando en las tascas.
Díscolo y
entregado al vino,
pidiendo siempre más como su fuese desposado
de
canaán.
Fuera de orden,
Fuera del convento,
Vestido siempre de
pólvoras rojas
y verdes (...)


Barroeta llega muy adentro, con imágenes, con sonido, con el uso de la palabra exacta y el juego de sus combinaciones.

jueves, octubre 19, 2006

La hija de Jezabel, Wilkie Collins

Montesinos. Barcelona. 2006. 337 pp. 21 €

Marta Sanz

Decir Wilkie Collins (1824-1889) es mucho más que aludir a uno de los más brillantes autores de entretenimiento de la historia de la Literatura. Decir Wilkie Collins es hablar del autor de novelones como La dama de blanco, La piedra lunar o Armandale, y de exquisitas miniaturas como La mano muerta. Y lo primero unido a lo segundo significa que Collins es uno de esos escritores que consigue mantener en vilo al lector de antes y al de ahora, asumiendo riesgos que no caen nunca en la repentización de frases hechas y fundan una nueva relación entre el texto y su lector: La dama de blanco es un ejercicio de multiperspectivismo que no se queda en artilugio, sino que consigue hacer pasar desapercibida su carpintería y colocar al lector en “otro sitio” —uno del que no quiere salir— desde el que ha de enfrentarse, también de otro modo, a conceptos como la verdad, la mentira, la verosimilitud, la voz, la legitimidad o la intención de los relatos.
Leyendo a Collins, se entiende el significado del ansia y de la voracidad: una necesidad de sangre que me lleva a felicitarme a mí misma cuando encuentro una obra, que aún no he tenido el gusto de leer, firmada por este autor que colaboró con Dickens. Con Collins me siento más lectora que nunca y me doy cuenta de que a veces existe una fractura insalvable entre lo que uno desea leer y lo que se pone a escribir y de que quizás sea hora de tratar a nuestros lectores como nos gustaría que nos trataran a nosotros mismos y, a la vez, pedir a ciertos escritores que no se dirijan a nosotros como si fuéramos rain man, un autista, que espera siempre comprarse las camisetas en el mismo almacén y cumplir con los mismos ritos diarios para no ser presa de un desconcierto incómodo, casi aniquilador.
La hija de Jezabel es, por supuesto, una novela de misterio y de envenenamientos borgianos —no de Borges, sino de los Borgia—, recubierta por el caparazón sentimental de un amor socialmente difícil; un historia de misterio, en la que tememos que pase lo que efectivamente pasa y asistimos impotentes a la comprobación de nuestras peores y mejores sospechas: el tempo lento de las escenas culminantes contrasta con la vertiginosidad con la que el pasado y el presente cristalizan en el entramado narrativo; así ocurre en la resucitación de la viuda Wagner, donde Collins se adelanta a Valle o a Buñuel y, con una capacidad increíble para convertir el lenguaje en un instrumento de visualización, nos presenta: un depósito de cadáveres, una mujer muerta, un loco que jura que esa mujer va a despertar, el borracho vigilante de la morgue y, con ellos, Madame Fontaine, verdugo y víctima, angustiada, los cuatro encerrados, como si todo diera vueltas bajo el peso de la noche, los vapores del coñac y la terrible inminencia de una campanilla que anunciará que la muerta se ha levantado... Madame Fontaine es una Jezabel que, a diferencia de su referente bíblico, está hecha de claroscuros y es vulnerable tanto a causa de sus deudas, como de su instinto maternal: el amor de su hija, Mina, no la hace buena, pero la desarma; a veces, la repele. Los malvados de las novelas de Collins —como el Conde Fosco, de La dama de blanco— están tan bien pintados, con sus matices y sus veladuras, que resultan mucho más “ejemplares” —¿dignos de imitación?— que los buenos: esto proporciona una curiosa lectura moral de la obra de Collins. Otro personaje femenino, la viuda Wagner es el reverso claro de la Fontaine y, al mismo tiempo, un preanuncio de ese modelo de mujer eficaz, competitiva, inteligente, decidida y filantrópica en el que supongo que aspiran a convertirse ciertas empresarias contemporáneas que impostan los valores de un machismo y de un capitalismo tan salvajes, como indisolubles. La viuda Wagner, con su ética protestante, es implacable frente a las mentiras en las que Madame Fontaine va enredando a todos y a sí misma, apretando cada vez más el nudo sobre el inexistente huesecillo de su nuez. La viuda Wagner representa un modelo de bondad intransigente, quizás un poco repugnantito para la sensibilidad del lector contemporáneo —al menos de esta lectora— que se siente más solidario con las turbiedades de Madame Fontaine... Qué bien describe Collins sus bajadas de párpados, ésas que vuelven loco al entrañabilísimo señor Engelmann. Madame Fontaine es la manipulación, el secreto, el negro, las arañas; la viuda Wagner es el mirar a los ojos de frente, la obcecación, el fuerte apretón de manos, las promesas cumplidas, la luz, un símbolo del bien puritano que se encarna en una mujer emprendedora. Me da la impresión de que la una y la otra eran personajes pavorosos tanto para Collins —quien al menos se atrevió con ellas y con su atrevimiento las justificó en tiempos difíciles para las mujeres—, como para sus coetáneos, más aficionados a féminas como la dulce y sosísima Mina, con su cabecita bien amueblada, pero no molesta. La viuda Wagner tiene dos excentricidades simpáticas: pretende implantar el trabajo femenino en su empresa y adopta a un loco, Jack Straw, que se comporta como un perro y como un perro la vela en las puertas de la muerte. La eficientita señora, tan querida por Straw; por el narrador del relato, el señor David Glenney; y por el mismísimo Collins es una abanderada del cambio en el papel de la mujer y en las terapias psiquiátricas. Ésas son las dos píldoras sociales de la novela de Collins: una más de sus virtudes, junto con el entretenimiento y con la intrepidez literaria.

miércoles, octubre 18, 2006

Los árabes del mar, Jordi Esteva

Península. Barcelona, 2006. 480 pp. 20€

Julián Díez

A la hora de afrontar un libro de viajes, el lector intuye con cierta rapidez qué clase de viajero es el relator. Entre los notorios viajeros modernos, existen algunos perfiles bien definidos. Está el viajero que ya sabe lo que va a encontrar y busca confirmación a sus tesis, a lo Robert Kaplan; el viajero ingenuo que nos admite sus pequeñas torpezas y nos hace partícipe de sus desventuras, a la manera de José Ovejero o William Dalrymple; el viajero que actúa a modo de cámara como Paul Theroux o Christopher Isherwood; y el viajero de punto místico que interpreta casi todo lo que ve como Javier Reverte o Juan Goytisolo.
Jordi Esteva no acaba de inclinarse por ninguno de estos modelos, aunque comparta inquietudes con este último, se limite a escuchar como el tercero, se equivoque e improvise como el segundo y viaje en busca de satisfacer pulsiones previas como el primero. En los años setenta, partió a hacer un trabajo como fotógrafo en Sudán, y siguió sus impulsos para descubrir una faceta del pueblo árabe poco conocida: su condición marinera, que llevó a los habitantes de la península Arábiga a controlar el comercio entre Europa y China durante varios siglos.
Esteva recorre, en suma, las costas de Simbad. Escucha y suma vivencias en un territorio en el que raramente pensamos —las costas sur de Arabia, Omán, Yemen, Etiopía, Kenya, Zanzíbar…—, pero que de inmediato podemos identificar como parte evocadora de nuestros sueños infantiles. Asistimos también, en los primeros capítulos, a la progresiva maduración del fotógrafo Esteva como profesional que luego conseguiría prestigio internacional empeñándose en recoger lo que está más allá de lo obvio, y sumergiéndose de una manera que los actuales medios de comunicación —desinteresados por tener contenidos originales caros cuando pueden tener sensacionalismo barato— raramente pagan a sus colaboradores.
El principal acierto de este libro, que en ocasiones resulta algo moroso en la enumeración de circunstancias políticas, viejas historias y leyendas, está en la capacidad retratista de Esteva, plasmada en elementos que van mucho más allá de los visuales que serían propios de alguien de su profesión. En su relato, el viajero nos detalla muchas texturas, muchos sabores, muchos olores, recogiendo un mundo intensamente real y hoy, posiblemente, víctima de ese islamismo que él deja entrever como emergente en algunos momentos. Como fruto de esa sensorialidad, Esteva consigue hacer entender al lector unas buenas razones para su entusiasmo por el mundo que nos está descubriendo, y al que ha dedicado una parte sustancial de su vida profesional.
Aunque demasiado extenso, el libro es sin duda evocador y hermoso, con páginas que hacen suspirar por volver a echarse a la carretera con sólo una mochila a la espalda. También nos retrata un mundo diferente al nuestro, personas distintas, momentos singulares. Obtenida esa magia, el balance sólo puede ser satisfactorio.

martes, octubre 17, 2006

Cartas de la guerra. Correspondencia desde Angola, António Lobo Antunes

Debate, Barcelona, 2006, 432 pp. 22 €

Juan Marqués

Este libro, tal vez, no debería existir, pero menos mal que existe. María José y Joana Lobo Antunes han cometido la feliz indecencia de publicar, sin el permiso de su padre, las numerosas y breves cartas que éste envió a su mujer durante los dos años en que se vio obligado a ejercer como médico militar en la guerra de Angola, y el resultado es un libro estupendo que interesa e incluso conmueve por varios motivos.
Se trata, rotundamente, de un libro de amor, y por ello es injusto que casi todo lo que se está escribiendo y comentando sobre él atienda a esos pasajes más subidamente eróticos (e incluso algo más...) que, efectivamente, tienen enorme presencia en este epistolario (no escribo “correspondencia” porque no se publican las cartas de ella) pero que no constituyen su elemento principal, sino que son otro modo de expresar la soledad, el tedio, la nostalgia... La impaciencia sexual se alía con el miedo, el humor amargo, el insomnio, la necesidad de escribir, o la rabia y tristeza por no recibir más cartas, y todo ello acaba por dibujar muy eficazmente la rutina y el vacío de un hombre joven en una situación peligrosa, hostil y desesperantemente larga, mientras su mujer espera en Portugal y da a luz a su primera hija. “¡Qué triste es desear que el tiempo pase!”, exclama en lo que podría ser una expresiva síntesis del libro.
Por supuesto, hay formas de escape, y en todas ellas ya reconocemos el estilo del extraordinario escritor en el que se convertiría enseguida António Lobo Antunes, empezando por esas audacias sintácticas que tanto le caracterizan, y siguiendo por los brochazos de intenso talento poético que salen aquí o allá en todos sus textos. Se recurre continuamente al humor, aunque, dadas las circunstancias, son bromas, relatos anecdóticos y comentarios jocosos (algunos desternillantes) a los que se acude para no desesperar, para no sufrir demasiado, para seguir sabiéndose humano. Y está la propia escritura: le vemos trabajar en una novela diez o doce horas al día, corrigiendo continuamente, probando distintas versiones y descartando todas, convencido un lunes de estar escribiendo una obra maestra, y persuadido el martes de ser un absoluto inútil para la literatura. Y, finalmente, también le ayuda mucho el alcanzar pronto una sabiduría estoica francamente útil: “Una de las cosas que he aprendido aquí es a no sufrir por casi nada de lo que sucede”.
Por otra parte, en estas cartas hay también algo de novela de aprendizaje. Perdonadme la larga cita, pero es mucho más útil que cualquier cosa que pudiese comentar al respecto:
Empiezo a comprender que no se puede vivir sin una conciencia política de la vida: mi estancia aquí me ha abierto los ojos a muchas cosas que no se pueden decir por carta. Esto es terrible, y trágico. Todos los días me conmuevo e indigno con lo que veo y con lo que sé, y estoy sinceramente dispuesto a sacrificar mi comodidad —y algo más, si fuese necesario— por lo que considero importante y justo. Mi instinto conservador y acomodaticio ha evolucionado mucho y la aguja se desplaza, día a día, hacia la izquierda: no puedo seguir viviendo como lo he hecho hasta ahora.
Por encima, sin embargo, del humor “higiénico”, de la creación literaria, de la indolencia filosófica o de la evolución ideológica, está el recuerdo, la ausencia, la añoranza, que son los indiscutibles protagonistas del libro. Su autor sabe que, aunque larga, vive una situación provisional, pasajera, y va contando con ansia los días que han pasado y los que quedan. Las ganas de regresar mezcladas con un extraño aunque reconocible miedo al regreso: ¿Qué me encontraré a la vuelta? ¿Seguirá todo igual? ¿Seré yo siendo igual? Demasiadas preguntas para demasiada incertidumbre.
Bien leído, por tanto, el conjunto de estas cartas no carece de cierta épica, de cierta grandeza, de cierta sublimidad. Es cierto que la guerra en sí no tiene demasiada presencia, y que África no pasa de ser aquí un decorado al fondo que recibe mucha menos atención de lo que a muchos nos gustaría, pero los conflictos del hombre que escribe esos mensajes son en buena parte conflictos universales y eternos. El final de la juventud, la evidencia de la propia pequeñez, el comienzo de otro tramo de la vida, que pudiera ser el definitivo...
Un libro, en fin, que sin ser demasiado reflexivo invita continuamente a la reflexión, y que concluye convencido de algo que es muy importante recordar: que nada tiene mucha importancia.

lunes, octubre 16, 2006

Todos se van, Wendy Guerra

I Premio de Novela Bruguera. Bruguera, Barcelona, 2006. 285 pp. 14,50 €

Care Santos

Con esta novela en forma de diario íntimo, al parecer basada en su propio dietario personal, obtuvo la cubana Wendy Guerra el celebrado I Premio Bruguera, otorgado por ese tan discutible «jurado unipersonal» (discutible porque un jurado único es un juez, y el nombre, un eufemismo). La novela se divide en dos grandes bloques: una primera parte dedicada a las anotaciones de infancia de la protagonista, iniciada con 8 años y que abarca hasta sus 10; y otra correspondiente a la pubertad, titulada como “Diario de adolescencia”, en la que recuperamos a Nieve, la narradora, ya en los 15.
En la primera parte, Nieve —curioso nombre para una cubana: en las antípodas de la realidad de su país, pisando directamente terreno de ficción— cuenta los avatares de una vida semi nómada, muy perjudiada por la presencia de un padre alcóholico y violento y de una madre falta de personalidad para encararse a su exmarido y, en general, al resto de circunstancias que marcan su existencia. Nieve será la víctima de esta situación: no sólo recibirá brutales palizas de su padre sino que terminará en un hogar para niños abandonados, a punto de ser adoptada por Norma, una mujer de la que apenas sabemos nada en la ficción (y lo echamos de menos, no hubiera venido mal una redentora después de tanta infamia). Esta primera parte es la que más atrapa al lector, gracias a la vivacidad e intensidad con que la niña narra sus vivencias, aunque su voz resulte inverosímil en afirmaciones como: «Los niños son peores que los adultos porque no le tienen miedo a las responsabilidades» (pág. 95). Y también gracias al magnetismo de un territorio, Cuba, tan profusamente literaturizado, en el que nos encontramos como en nuestra propia casa, con evocaciones que van de Lezama a Cabrera Infante pasando por los inicios —aún prometedores— de Zoé Valdés o incluso a la heroína femenina del último Vargas Llosa. Una Cuba que existe en la realidad pero que cobra fuerza en lo se escribe sobre ella. Una Cuba que recita a Eliseo Diego y reverencia a Pablo (Milanés) y Silvio (Rodríguez) mientras mira a todas horas hacia Estados Unidos y el resto del mundo capitalista. Una Cuba que termina siendo política aunque sólo se hable de cómo luce el sol o cómo sopla la brisa.
La segunda parte de esta novela resulta algo más anodina: se nos narra el despertar sexual y afectivo de la protagonista, sus primeros desengaños y su incomunicación con su madre en lo que podrían ser los problemas de una adolescente típica y universal. Se pierde la intensidad antes conseguida, pero se gana en profundidad de la reflexión, en madurez del estilo y también en sentido crítico. Ahora la niña ya no narra con ingenuidad los tics —ridículos la mayoría— de la educación en la Cuba de Fidel Castro, sino que es la adolescente desengañada la que habla, desolada, de la constante que ha marcado su vida: la huida de todos cuanto la rodean. «Mi libreta telefónica está llena de rayas rojas. (…) Casi no hay gente conocida en la ciudad. Todos se van. Me dejan sola. Ya no suena el teléfono. Yo espero mi turno, callada.» (pág. 242).
De este modo, a través de la íntima mirada de esa única voz, Wendy Guerra retrata la situación de una generación entera de cubanos: aquellos para quienes sólo hay dos caminos: partir o ver partir. Todos sueñan con lo primero. Algunos, como la protagonista de estas páginas, no tienen más remedio que conformarse con lo segundo, no tienen más remedio que persistir «para siempre condenada a la inmovilidad» (p.285). Quedarse, pero escribiendo.