jueves, octubre 05, 2006

El padre de un asesino, Alfred Andersch

Trad. María Ángeles Grau. Belacqva, Barcelona, 2006. 120 pp. 15 €

Fernando García Calderón

¿Se puede criticar con justicia la novela de un autor que no te cae bien? Éste era el reto para un tipo que se jacta de que sólo rechaza los libros mal escritos. Vosotros, lectores, juzgaréis.
Mi ojeriza se fundamentaba en la lectura del texto que W.G. Sebald le dedicó al ínclito Alfred Andersch en Sobre la historia natural de la destrucción, donde lo pone de vuelta y media. Lo resumiré con una alusión religiosa. Se peca de pensamiento, palabra, obra y omisión. Pues bien, la II Guerra Mundial y sus secuelas se plagaron de pecadores múltiples, con la conciencia bajo llave. No hace falta acudir a la reciente confesión de Günter Grass para entender la magnitud del problema individual y colectivo.
En consecuencia, la biografía de Andersch se hallaría maquillada para la mejor farsa, la que permite prosperar en sociedad hasta ser eso que algunos llaman «un autor bendito», protegido por el poder y sus aledaños. De hecho, un simple vistazo a las referencias que de Andersch se recogen en Internet lo situaría al borde mismo de la beatitud. Hasta participó en la génesis del influyente, en tantos sentidos, Grupo 47. No gozó, sin embargo, de la unanimidad que hubiese deseado: el excelso crítico Reich-Ranicki, cuando todavía no había ascendido a los altares mediáticos, también lo breó.
Todo eso lo dejo a un lado para centrarme en lo que importa: una novela cortita del señor Alfred Andersch, concluida apenas un mes antes de su muerte, que alcanzó una repercusión notable en la Alemania de principios de los 80. Una novela que describe minuciosamente una hora de clase de griego en un día de mayo de 1928. Un escenario, inocuo en apariencia, que Andersch sitúa en el instituto Wittelsbach, regentado por el señor Himmler, padre del Himmler que todos tenemos en mente. ¿El porqué de su éxito? Iré de lo particular a lo general, exponiendo mis argumentos:
1) Porque es una obra escrita con destreza e intención, donde unos brochazos acerca de la estricta educación de la época, las difíciles relaciones del clasista director del centro con su vástago y la irrupción del nazismo permiten a los más fantasiosos pintar una parábola sobre lo que se nos avecinaba. Los intelectuales alemanes cayeron seducidos por un título tan hermoso como impreciso (El padre de un asesino) en un momento idóneo, tras un quinquenio marcado por las muertes de los “Baader-Meinhof” y las divisiones ideológicas. El propio Andersch apunta algunos colores para ese cuadro en el apéndice a la novela que incluye el libro.
2) Porque refleja con eficacia y rigor los sentimientos de muchos alumnos que aprendieron con el lema «La letra con sangre entra». Y no me refiero exclusivamente al castigo físico, sino, y de manera principal, a la punición que desemboca en el sentido de culpa. Son muchas las generaciones que la sufrieron. En Alemania y en toda Europa. Yo mismo, avanzado en la cuarentena (como una enfermedad de la que no me he repuesto), la padecí y, a ratos, la gocé.
3) Porque su escritura está medida con precisión de relojería helvética (en Suiza vivió Andersch desde 1958 y allí murió), ajustada a la historia que se pretende contar, generando las dosis apropiadas de intriga, incrementando paulatinamente la tensión hasta encontrar el único desenlace posible. No os dejéis engañar por algunos deslices de la traducción; la técnica y la forma están al servicio de un relato redondo, que copa nuestro magín de modo que la hora de clase transcurre en nuestro propio cuerpo, sometido a la disciplina de un incómodo pupitre. El pensamiento del alumno Franz Kien llega a fundirse con el del lector. No importa que se trate de una áspera lección de griego. Hay instantes en que uno se muerde las uñas, ansioso de que suene el timbre y concluya la clase, para de inmediato borrar esa idea porque, indefectiblemente, supondría la finalización de la historia.

Apostilla con red: Si con lo dicho no he logrado mostrar que el valor de la novela está por encima de las afinidades personales de este equilibrista aficionado, guardo un último as en la manga para hacerme perdonar la caída. Alfred Andersch cuenta en su haber con uno de los títulos más hermosos que recuerdo (hablo sólo del título; lo que va detrás no lo he leído, aunque Destino lo publicó en 1959): Zanzíbar o la última razón. No os lo creeréis, pero llevo un año con cuatro de esas cinco palabras en mi cabeza, dispuesto a plantarlas en la obra que estoy escribiendo, y en julio, informándome sobre este Andersch de mis desamores, descubrí que no eran mías. ¿Hay algo que odie más un autor?
Para amantes del dato que sepan alemán, la Freie Universität de Berlín proporciona diversos enlaces:

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo has conseguido, Fernando, Andersch me cae mal y tengo ganas de leer el libro.

Román Piña dijo...

Amigo crítico, gracias por fijarte en este raro libro.
Me gano media vida dando clases de griego y esta hora no me la pienso perder.
A mi quien me cae gordo es Sebald.
Román Piña

Anónimo dijo...

¡DONDE PUEDEO TENER EL LIBRO EL PADRE DE UN ASESINO?