Mostrando entradas con la etiqueta literatura escandinava. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura escandinava. Mostrar todas las entradas

lunes, julio 08, 2013

El fiordo de la eternidad, Kim Leine

Tra. Ana Sofía Pascual Pape. Duomo Ediciones, Barcelona, 2013. 560 p. 21,80 €

Ángeles Prieto Barba

Groenlandia. De la segunda mayor isla del Planeta lo desconocemos casi todo, pese a estar habitada desde el III milenio antes de Cristo, y el hecho cierto de que se encuentra cubierta por hielos en su práctica totalidad no debería ser excusa, sino acicate, para que nos acerquemos a su Historia. Porque en este medio duro y terrible, en el que se logra sobrevivir a duras penas, no sólo ocurren eventos históricos, sino que además éstos suelen venir asociados a grandes tragedias y grandes gestas.
Como las que recoge aquí Kim Leine, autor que no sólo forja con ellos una sólida novela de aventuras, sino que también logra transmitirnos, y con bastante rigor, la época en la que éstas se desarrollan, ese turbulento final del siglo XVIII donde se desmoronan los pilares sociales. También allí, por supuesto. Una colonia dependiente de las grandes compañías comerciales, de los miembros de la iglesia luterana y de la corona danesa, en último término, pero donde ya se vilumbra la necesidad urgente de autonomía para la propia supervivencia. Porque no existe historia que se elabore sin tener cuenta el presente y porque nadie duda ahora que Groenlandia conseguirá constituirse como Estado propio en algún momento de este siglo XXI, esta novela hibrida de maravilla con la Historia.
Algo que descubriremos mediante el viaje circular, de aprendizaje y de Odisea que realiza Morten Falck, clérigo protagonista, agudo observador y personaje-guía que nos conduce por Noruega, Dinamarca y Groenlandia mientras lleva a límites extremos su propia vida. Una vida intensa, pero no más emocionante que la de otros personajes inmensos que jalonan esta novela, muy bien trazados psicológicamente, al socaire de pasiones, avatares del destino y otras desventuras donde claramente destacan y alcanzan difícilmente la madurez, debatidos entre el animismo esquimal y el cristianismo, entre los sentimientos sinceros y sencillos de los inuit y las hipocresías luteranas, los mestizos.
Asimismo, las tensiones sociales se adivinan, desarrollan y terminan por explotar en grandes cuadros épicos inolvidables que convierten este libro en algo más que el típico novelón histórico anglosajón. Pues sus más de quinientas páginas nos dejan muy bien informados, pero también sobrecogidos por escenas de gran belleza, profundidad y perspicacia. Eso sí: no puedo, ni me da la gana resumir todo lo que oculta ese hermoso título, El fiordo de la eternidad, que a la vez es un lugar físico y metafísico. Porque es tarea del lector inquieto, inteligente y curioso descubrirlo.

lunes, febrero 13, 2012

El año de la liebre, Arto Paasilinna

Trad. Ursula Ojanen y Juan Carlos Suñén. Anagrama, Barcelona, 2011. 183 pp. 16,90 €

Pedro M. Domene

La editorial Anagrama viene entregando desde 2004 la curiosa narrativa de Arto Paasilinna (Kittila, 1942), escritor y periodista finlandés, cuyo libro de más éxito, El año de la liebre (2011, originariamente, 1975), publica ahora, en una nueva edición, Herralde aunque había conocido una versión anterior en 1998. Fue una de sus primeras obras, llevada al cine en dos ocasiones, una producción finlandesa, de 1977, y una franco-belga-búlgara, de 2006, aunque es, en realidad, la tercera novela de Paasilinna, escrita en 1974, que supuso para el autor su consagración internacional, traducida hasta el momento a dieciocho lenguas, cuenta la relación de un periodista que, de vuelta a Helsinki a donde se dirige con un compañero de trabajo, atropella accidentalmente a una liebre. Cuando Vatanen se baja del vehículo para ocuparse del animal herido, esta simple experiencia hará que su concepto de la vida cambie por completo y decida entonces romper los vínculos que lo unen con el pasado.
De las treinta y cinco novelas publicadas por el narrador finlandés hasta el momento, el proceso de traducción que ha llevado a cabo Anagrama, repartido entre Úrsula Ojanen y Eduardo Vila Santos, Dulce Fernández Anguita y Juan Carlos Suñén, ha sido el siguiente: El molinero aullador (2004, ed., original, 1981), El bosque de los zorros (2005, ed., original, 1983), Delicioso suicidio en grupo (2007, ed., original, 1990), La dulce envenenadora (2008, ed., original, 1998) y El mejor amigo del oso (2009, ed., original, 1995).
El estilo narrativo de Paasilinna es formal y deliberadamente sencillo, su prosa es ágil, fluye por las páginas con la misma tranquilidad con que circulamos por una interminable carretera finlandesa rodeada de frondosos bosques a cada uno de sus lados. La Naturaleza se convierte para el autor en una aliada, en válvula de escape para huir de la monotonía, y además realiza una reflexión sobre las contradicciones de la vida porque nunca debemos olvidar la actitud del escritor, de una irreverencia sublime con respecto a los temas fundamentales de su país. Con Vatanen y su mascota el lector recorre buena parte de Finlandia, ambos rompen deliberadamente sus lazos con la sociedad y solo en casos, estrictamente necesarios, vuelven a ella. A través de las peripecias que le van sucediendo a esta extraña pareja, conocemos el sentimiento que este país tiene hacia los animales o el medio natural donde viven, y pese a que Vatanen se convierte en maderero casual, apaga fuegos o reconstruye refugios, siempre se mimetiza con la Naturaleza, y en su ilógico deambular de un lado para otro, nos transmite el respeto del personaje hacia su medio natural. Paasilinna se muestra, en ocasiones, escéptico y en su huida hacia el Norte, el periodista y la liebre, conocerán el carácter de los norteños y algunas de sus facetas más ridículas, incluida la actitud que lleva al extraño final, que no desvelaremos, pero que muestra las singularidades de alguien como Vatanen quién, en realidad, emprende su particular cruzada para buscarse a sí mismo, o para descubrirnos como el suyo es un país de contradicciones, que con un profundo trasfondo irónico satiriza, aunque siempre con una sonrisa. Después de todo, el desenlace casi escatológico, o mejor el determinismo surrealista de la historia, se concreta en una fábula y sobresale por la su escéptica visión del ser humano y el profundo amor de Paasilinna a la Naturaleza.

jueves, febrero 02, 2012

Rosa candida, Augur Ava Ólafsdóttir

Trad. Enrique Bernárdez. Alfaguara, Madrid, 2011. 280 pp. 18,50 €

Ariadna G. García

Existen, grosso modo, dos tipos de novelas: aquellas que se acercan a la belleza como principio absoluto; y esas otras que se aproximan a lo real humano, al conflicto. Junto a estas dos, las hay que persiguen el contraste entre ambas. Las primeras producen una literatura idealista; las segundas, una literatura realista que muestra las taras, los desperfectos de la vida y de la sociedad. Son muchos los ejemplos que avalan la existencia de estos modelos en la narrativa europea actual. La propuesta realista, directa, sobria, y crítica podemos encontrarla en La edad de la ira, uno de esos libros raros en nuestra literatura, ideológicamente valientes, firmado por el dramaturgo Fernando J. López. La propuesta híbrida, que une los cables pelados de la tensión dramática y del lenguaje lírico, recorre, por su parte, las páginas de Purga, a cargo de la demoledora autora finlandesa Sofi Oksanen. La tercera vía, esa que enaltece la perfección del mundo por medio de exaltación de la estética, está perfectamente representada por Rosa candida, tercer libro de la escritora islandesa Augur Ava Ólafsdóttir.
Rosa candida ofrece a los lectores una imagen depurada y perfecta del mundo. Pese a la situación de inicio de la obra (un accidente de tráfico que siega la vida de la madre del protagonista, el embarazo imprevisto de la amiga con la que comparte la mitad de una noche), la autora nos describe a un personaje tranquilo, en armonía con su entorno y obsesionado por las rosas y el sexo. Nada que objetar, salvo que no resulta demasiado verosímil. No obstante, el libro no pretende ser realista. Al contrario, defiende la utopía de una organización social conforme con los contratiempos (la concepción no deseada y su reverso, la muerte repentina, carecen de toda dimensión dramática), abnegada, resuelta y bondadosa.
Emparentada con la antigua leyenda de la Atlántida, descrita por Platón en algunos diálogos (Timeo y Critias), en Rosa candida convergen la belleza y el bien. Ólafsdóttir nos recrea los sentidos con la elaboración de suculentos platos y con la enumeración de magníficas flores. Pero la proporción y el orden no sólo afectan a la gastronomía o a la botánica, sino que se extienden al ámbito social. La relación que mantiene Lobby con los demás personajes se basa en la confianza y en la bondad. La belleza estética revierte en la ideológica.
En esta época de crisis tanto de las finanzas como de los derechos sociales y de los valores, obras como Rosa candida suponen, en principio, la recuperación del mito de la Edad de Oro. En su viaje a través de seis países, el protagonista del relato se va buscando a sí mismo. Deja atrás aeropuertos, hospitales y carreteras en los que siempre encuentra, pese a que son espacios despersonalizados, mujeres que lo ayudan, lo cuidan y protegen. Mujeres en tránsito. Cuando llega a su destino (un monasterio en lo alto de una colina, cuya rosaleda pretende restaurar), son los frailes quienes representan mejor el espíritu de esa sociedad perfecta, solidaria y pacífica.
A medida que profundizamos en la obra, vamos atravesando capas, de la piel al hueso. La lectura intramuscular de Rosa candida nos revela una visión del mundo en ocasiones arcaica, enmarcada por una aureola de cuño cristiano: La madre de Arnsljótur fallece en la carretera acatando su suerte; las mujeres secundarias cumplen la función de servir al joven; éste forma una trinidad con su hermano gemelo y con su padre; su hija, Flora Sol (de sólo nueve meses), obra milagros y balbucea palabras en varios idiomas; por último, Anna (la madre del bebé) es el único personaje desterrado de la arcadia social, curiosamente, también es el único que se plantea rebelarse en contra de su destino aciago.
La ternura de Rosa candida, vistos los premios que ha cosechado la novela, parece compensar la falta de hondura psicológica del protagonista, así como su carencia de recursos para desentrañar los conflictos privados de la madre de su hija. Con todo, la novela no defraudará a quienes busquen un rato de entretenimiento, una historia sencilla bien narrada y una buena dosis de optimismo, que no es poco.

jueves, octubre 13, 2011

Deshielo a mediodía, Tomas Tranströmer

Trad. Roberto Mascaró. Nórdica, Madrid, 2011. 217 pp. 19,50 €

Marta Sanz

Estos días he leído páginas y páginas sobre la poesía de Tranströmer, y me ha quedado la impresión de que cada lector en su ejercicio de la crítica “barre para casa”: reconocemos en la ambigüedad del texto —sobre todo en la ambigüedad que, tal vez estereotipadamente, define la palabra poética— nuestras propias claves de lectura. Nuestras polillas, los cajoncitos de nuestra memoria, la pereza, unas expectativas siempre limitadas, el olor familiar del ambientador de los armarios o del suavizante… Contra el lugar común sobre la dificultad de leer poesía, yo creo que la poesía es el género más fácil de leer: nadie necesita sacerdotes que le abran los portones del templo del poema que, en realidad, es como un piso de protección oficial, un espacio que el lector decora a su gusto con sillas plegables o veladores rococó.  El poeta descubre nuevos territorios en sus búsquedas y su indagación lingüística; sin embargo, es muy difícil aprender como lector de un poema: como mucho, tenemos la posibilidad de hacernos conscientes de nuestros prejuicios. Quizá, ese esfuerzo de introspección, ese re-conocimiento, ya es más de lo que nos ofrecen otras posibilidades de lectura… Desde estas indecisiones y desde la constatación de estos prejuicios, leo Deshielo a mediodía.
Mientras leía las reflexiones que suscita en algunos de mis compañeros la poesía de Tranströmer no me identificaba casi con ninguna. Ni silencio, ni surrealismo, ni costumbrismo, ni el socorrido misterio, ni palabra revelada y fundacional, ni Orfeo que rescata a Eurídice de la entrañas de la tierra, ni coloquialismo, ni profunda sencillez... En Deshielo a mediodía el poeta es un turista que duerme en un hotel de Shangai, alguien que desde fuera y a la vez desde muy dentro habla de nuestras heridas más comunes. Dentro y fuera. Facilidad y dificultad. Porque esta selección, tan representativa y sutil, presenta una poesía de la simbiosis y la reciprocidad. En sus imágenes, en sus paisajes simbólicos, en su concepción romántica de la naturaleza como alfabeto, el ser humano se funde con la naturaleza y la naturaleza se hace antropomorfa. El sol es albino. Los buitres usan prismáticos, se convierten en hombres en el descubrimiento de las utilidades y, sobre todo, en el hallazgo del valor fundamental de la mirada. Lo sublime del romanticismo se domestica, el hombre es el hombre, lo inaprensible de su identidad sobre la línea del tiempo que, acompañado del ritmo de la música, del tic tac de los relojes que suenan dentro de los versos y sobre los pentagramas, es inexorable: el hombre es el hombre y también el rastro que deja en una naturaleza abstracta que se reinterpreta a través del concepto de paisaje. Existen otras simbiosis: muchos y uno, soledad y compañía. La vida y la muerte se unifican en la putrefacción y “la semilla golpea bajo la tierra.” Se amalgaman, asimismo, naturaleza y cultura porque Tranströmer maneja una acepción de lo cultural como lo no impostado, una acepción casi poundiana donde la cultura es lo que queda después de haber olvidado los nombres. La simbiosis es un solapamiento de planos y conceptos falsamente antagónicos que ayuda al poeta a ver y a entender de otra forma el mundo y la propia poesía.
Pero, como he dicho antes, ésta es también una poesía de la reciprocidad. Porque el catalizador, el elemento mediador, el prisma que consigue sintetizar las contradicciones y darle a la realidad una calidad líquida que se concreta en el imaginario metafórico (el geiser, el aljibe, la fuente...) es la mirada, el ojo del poeta que provoca el deshielo y liga las sustancias. El poeta, con sus ojos y su sensorialidad, inaugura la naturaleza; puede quizá modificar lo real y ahí se intuye un impulso ético, un proceso de humanización, que se irá radicalizando en la obra de Tranströmer. Existe una comprensión, un conocimiento, una escatología en un doble sentido entre el objeto y el sujeto del poema, entre lo mirado y el que mira: la voz poemática no sólo se desliza por la superficie del bosque;  la voz está encastrada en el bosque y se ensucia con las hojas húmedas. La reciprocidad de esta poesía tiene que ver con su vocación creciente de ser cada vez más inteligible, de comprometer a los lectores; tiene que ver con su sustitución progresiva de la abstracción, del misterio de una naturaleza que no se puede abarcar, por otros escenarios más próximos, domeñados, urbanos, así sucede en “Zona de arrabal”, “Tráfico” y “La galería”. En el poema “En el delta del Nilo” se hace una declaración éticamente admirable que vuelve a subrayar la importancia de la mirada: “hay uno que es bueno, hay uno que puede verlo todo sin odiar.” La poesía casi se despoja de simbolismo y  comienza a hablar de conceptos absolutos, de la indignación, de la resignación, de los escépticos, del dinero que cruje… Y se va cerrando la brecha, la escisión, el estigma de la incomprensión y la incomunicación. Se vuelve a la idea, tan terrible como consoladora, de que tal vez compartimos las mismas heridas. Poetas y lectores. Seres humanos de distintas partes del mundo.
En el poema “Códex”, Tranströmer homenajea a los personajes que aparecen en las notas a pie de página. Quizá lo hace porque se identifica con ellos. Hoy Tranströmer ha dejado de ser una nota al pie. Ya no puede ser un hombre de silencio que traspasa la frontera sin que nadie lo perciba. Ya es imposible.

jueves, septiembre 29, 2011

La habitación muda, Herbjorg Wassmo

Trad. Cristina Gómez Baggethun. Nórdica, Madrid, 2011. 388 pp. 21,95 €

Marta Sanz

El asesino ultraderechista Breivick mata a más de setenta personas en Noruega y a todos nos sorprende la barbarie en un país donde los periódicos pueden hacer del gato extraviado de la señora Kristoferssen una noticia. A los lectores del primer mundo nos repugna el acto criminal, pero también “nos sorprende” y ese estupor ante lo imprevisto es el que tal vez pueda corregir la lectura de La habitación muda de Herbjorg Wassmo. Porque a veces no tenemos derecho a contemplar la barbarie con la boca abierta. A no entender. A sorprendernos. La habitación muda es la segunda parte de la trilogía Tora, cuyo primer volumen, La casa del mirador ciego, fue publicado por la editorial Nórdica el año pasado. En La habitación muda el oxígeno —fibra de algodón— vuelve irrespirables los espacios abiertos y el interior de las casas. Cada inspiración clava una esquirla en los bronquios y convierte a los lectores en asmáticos: en personas que leen ahogándose. El paisaje de una isla de pescadores al norte de Noruega revela algo que sabemos pero que a menudo necesitamos olvidar: la naturaleza es inclemente en sus actos de devastación y en las limitaciones que nos impone para alimentarnos y resguardarnos de la intemperie. Además, se pare con dolor, existe el cáncer y todos morimos. Si el paisaje y la carne que caduca se alían con la brutalidad de una Historia que siempre se ceba en el débil, entendemos la dimensión de la vulnerabilidad de Tora, una niña, que sufre los abusos de su padrastro así como otra violencia que excede el miedo a la violación: el estigma de ser la hija de una madre soltera y un soldado alemán después de la II Guerra Mundial, el estigma de ser mujer, pobre, y de vivir en un entorno donde la incomunicación rige los vínculos familiares y los lazos que se establecen con una comunidad que, sólo en los casos de grandes catástrofes, sabe sacar el saquito con lo mejor de sí mismo que cada quien guarda dentro del pecho.
El trauma y la lucidez de Tora tienen la fría coherencia de la locura y de los copos de nieve. Son perfectos, irresolubles y claustrofóbicos. El miedo anida en habitaciones vacías que pueden llenarse de peligros en cuanto gire el pomo de la puerta y un hombre, borracho y brutal, cargado de sus propias razones para ser infeliz, se abalance sobre una criatura que no sabe ponerle nombre a lo que sucede y vive su tortura como una culpa. Vergüenza. Imposibilidad de crecer. Odio. Los sentimientos negativos que marcaban la prosa lacerante de La casa del mirador ciegotambién conmocionan al lector —se convierten en vivencia— en La habitación muda porque Herbjorg Wassmo imprime a sus palabras la esperanza de la luz que hay dentro de la sombra —la felicidad se oculta tras una cáscara de nuez— y la amenaza de sombra que se esconde dentro de los días esplendorosos —bajo el almohadón de plumas anida el parásito, el vampiro—. Hace del lirismo una experiencia narrativa verosímil donde sobrevivir es una acción inmanente a la condición de los seres humanos, al boqueo de los bacalaos fuera del mar y a las raíces que se estiran para alcanzar el agua con la punta de un filamento minúsculo. Fuerza y delicadeza, derrumbamiento y ascensión, instinto y voluntad, racionalidad e impulso, protección y desamparo, generosidad y cicatería, limpieza y suciedad, son algunos de los binomios que construyen el imaginario, el lenguaje y la atmosfera de las novelas protagonizadas por una Tora que va creciendo a medida que se encorva un poco.
Leemos entre el deslumbramiento y la inquietud, la punzada en la tripa, el malestar, una prosa que desvela lo mejor y lo peor de nosotros mismos. En esta entrega parece que existe un camino para que Tora comience a asumir su trauma desde la posibilidad de escaparse y la fuerza positiva que a veces nace del odio. Algunos capítulos son radiantes. Por eso, la sombra que se esconde dentro de esa luz es más terrible y desarma a un lector, que mordiéndose el pelo,nervioso, lee. Las páginas de Wassmo son aquí más corales; vemos a la madre, a la tía Rakel, la hermosa boca del tío Simon, a los amigos y amigas del instituto y, sobre todo, vemos a Sol, la amiga del Hormiguero, la primogénita de Elisif, madre orante, que permite que su hija cargue con el peso de la casa y de los niños pequeños, Sol que convierte su sexualidad en algo práctico y gozoso, liberador… El entorno de Tora adquiere un protagonismo que nos permite entender su psicología, su desarrollo, el poder de su cabellera roja, la mueca que a veces se le dibuja en los labios. La sexualidad de estas mujeres es a la vez liberación y culpa, el placer y el pico de una repulsión que se hace extensiva al sentimiento de una maternidad estrictamente física, carne dentro de la carne, enfermedad, agresión, imposibilidad de crecer, silencio, tripa apretada, dolor del parto. Un ala en el vientre y un pajarito azul.
La voz narrativa este libro es posiblemente femenina, se empasta con la sensibilidad de la autora y a menudo se apoya en la ingenuidad y la extraña inteligencia de los personajes. Como en el siguiente párrafo: «La belleza prohibida la tienes allá donde te atrevas a cogerla entre manos cálidas y delicadas. La gente da vueltas buscando símbolos; mientras tanto se le seca la sangre y se le hiela piel.» La escritura de Wassmo no es pretenciosa y habla de ese impulso vital que nos salta a los ojos envueltoen una tela blancuzca y casi líquida, como un ternero de entre la pulpa de la vaca. Brutalidad y calidez. Los libros de Wassmo no juegan a un tremendismo espectacular. Aunque sean tremendos también son sutiles, sensibles. No apuntalan el escepticismo porque, entre el horror, el urgente luchar por la alegría. Los libros de Wassmo nos permiten comprender que ni siquiera Noruega es un reducto utópico, que la Historia deja señales en todas las historias, que no debemos olvidar lo que fuimos para prevenir lo que podemos llegar a ser. Que los libros pueden servir para darnos dulces lecciones, vislumbrar lo obsceno, refrescarnos la memoria, enseñarnos quiénes somos, quién es Tora y cuáles sus estigmas,cómo la violencia embrutece, dónde ha puesto sus huevos la víbora. Que los monstruos no llegan sólo del espacio exterior ni de las tierras de las mil y una noches, que a veces los domésticos monstruos son los que siembran el peligro más inminente.

viernes, septiembre 23, 2011

La voz y la furia, Stieg Larsson

Trad. Martin Lexell y Juan José Ortega Román. Destino, Barcelona, 2011. 288 pp. 18 €

Salvador Gutiérrez Solís

¿Cuánto hay de la vida de un autor en su obra? ¿Cuánto hay de vida, propia o ajena, en una obra artística? Preguntas frecuentes y recurrentes, con una amplia gama de respuestas. Y me temo que habría un buen número de respuestas correctas. No creo que exista un autor absolutamente impermeable, siempre dejamos abierto un poro por el que se nos cuela la realidad. Y si existiera ese autor, impermeable, que lo dudo, ¿tendría la capacidad de explicar una emoción o un sentimiento sin tener en cuenta la percepción que él mismo tiene de esa emoción o sentimiento? Un simple ejemplo: describimos la muerte sin haber muerto, pero la descripción la realizamos por medio de una percepción exclusivamente personal, de la aproximación que nosotros mismos tenemos de la muerte. Muerte, odio, celos, amor, envidia, dolor, alegría…
Tras haber leído, en los últimos años, la ya célebre y épica trilogía Millennium, y, recientemente, el libro de artículos y reportajes, La voz y la furia, ambas obras del fallecido Stieg Larsson, no me cabe duda de que nos encontramos ante un autor permeable, muy permeable. El Larsson novelista utilizó el material acumulado por el Larsson periodista. La voz y la furia nos muestra las fuentes en las que bebió Larsson para construir su trilogía. En los textos del periodista nos topamos con sus personajes: mujeres víctimas de esa lacra que es la violencia de género, maltratados por los seguidores de la ultraderecha, oscura conspiraciones comerciales que esconden despiadados argumentos ideológicos, multitud de expresiones racistas, etc. Incluso encontramos al mismísimo Mikael Blomkvist, que gracias, más que nunca, a este libro aparece con fuerza bajo la piel del propio Larsson.
También descubrimos en La voz y la furia el talento, el vigor, la denuncia, la energía, que Stieg Larsson exhibe en su trilogía. Una narrativa poderosa y vibrante, tanto la del novelista como la del periodista. Un autor comprometido con las injusticias de su tiempo, empeñado en ser un amplificador de las denuncias, en alertarnos de lo que nos puede suceder si permitimos que ciertas manifestaciones políticas pasen a formar parte de lo cotidiano. La masacre de Utoya, en Noruega, es, desgraciadamente, un perfecto ejemplo para entender los “avisos” del Larsson periodista. Y así, en uno de sus primeros artículos, podemos leer: por desgracia, Suecia también reúne las condiciones para que se produzca un atentado de similares características (en referencia al atentado de Oklahoma City en 1995, en el que un fanático de ultraderecha asesinó a casi 170 personas).
Además de una selección de artículos y reportajes periodísticos, aparecidos en la revista que dirigía, Expo (que bien podría haber bautizado como Millennium), en La voz y la furia aparece el Larsson viajero, curioso e inquieto, así como el que se pasaba largas horas respondiendo a los emails que llegaban a la redacción de su publicación. Se trata, sin duda, de un libro muy revelador, en el sentido de que nos adelanta situaciones y amenazas que el escritor sueco ya contemplaba en el pasado, además de ofrecernos una información muy detallada del germen que inspiró al novelista. La certificación de que vida y obra, en el caso de Stieg Larsson, llegaron a ser los miembros de un mismo cuerpo.

jueves, abril 07, 2011

Purga, Sofi Oksanen

Trad. Tuula Marjatta, Ahola Rissanen y Tomás Gónzalez Ahola. Salamandra, Madrid, 2011. 384 pp. 19 €

Cristina Consuegra

En la tercera novela de la autora finlandesa de origen estonio, Sofi Oksanen, Purga, realidad histórica y ficción se confunden para situar al lector ante una serie de acontecimientos cuya acción viene motivada por la crudeza de la condición humana, cuando ésta es oprimida y reducida a la mínima expresión posible; acontecimientos que sacudirán al lector, física y emocionalmente, con descripciones y un uso del lenguaje —siempre puesto al servicio de la ficción— que permiten a su autora estar a la altura del eco de las grandes tragedias literarias. Oksanen concibió originalmente esta historia como obra de teatro, pero el posterior desarrollo de sus personajes la llevó a edificar la obra que Salamandra, con gran acierto, publica en nuestro país.
Purga narra la historia, propia e impuesta, de Estonia, desde antes de la invasión soviética hasta la década de los noventa, ya convertida en república báltica; un recorrido de casi sesenta años que Oksanen transita con sumo cuidado gracias al diálogo inteligente que traza entre contexto histórico y narración; un recorrido ambicioso que habla sobre el poder devastador del miedo, sobre el peso de la mentira en los seres humanos, sobre la barbarie de la traición y la sinrazón del amor.
Estructurado en cuatro partes, cada una presentada a través de los versos del poeta estonio Paul-Eerik Rummo, símbolo de la resistencia en su país, Purga sitúa al lector ante una primera carta fechada en 1949, escrita por Hans Pekk —cartas que aparecen en otros instantes de la narración— para dar un primer salto en el tiempo, hasta el año 1992, donde espera una de sus protagonistas, Aliide Truu, viuda de edad avanzada que reside y resiste en la tierra que la vio nacer, la misma con la que mantiene una relación ancestral que la lleva a desempeñar tareas que se antojan eternas como el sentir pétreo y putrefacto de los secretos que inundan su persona. Esta espera minuciosa y rutinaria —sólo interrumpida por los actos vandálicos de un grupo de jóvenes que acosan a Aliide por su pasado comunista— se ve alterada cuando en su jardín aparece un bulto, Zara, una joven rusa en busca de la mentira más verdadera, la palabra capaz de atravesar a aquella anciana cuyo pasado es lo único que las puede salvar.
Desde este primer encuentro, la narración se sucede a través de un vaivén temporal que alterna pasado y presente, lo que permite a su autora manejar con maestría el ritmo de lo contado en función de quién sea la protagonista de los hechos. Estas variaciones, del tiempo interno, vienen acompañadas por cambios de lugar, así la narración nos lleva a Vladivostok, ciudad en la que Zara solía vivir con su madre y abuela estonia, quien, desde la cálida penumbra del tiempo dejado atrás, enseña palabras prohibidas a su nieta; al Berlín de los años noventa y la realidad vergonzosa de la trata de mujeres; a la Estonia libre, donde Aliide y su hermana Ingel trazan, sin pretenderlo, la estrategia que años después será la responsable de sus destinos; y a la República Socialista Soviética de Estonia, donde la dignidad se pierde en el sótano del Ayuntamiento y en las casas comunitarias.
Y es que éste es el gran logro de Purga, reflejar un país a través de la mirada de sus personajes, mostrar el conflicto identitario a través de la particularidad de sus protagonistas femeninas para llegar a la generalidad de un pueblo cuya existencia se vio invadida por los soviéticos. Sobre este escenario, Oksanen despliega historias crudas que paralizan el aliento y dejan la garganta intoxicada por un mar de humo tierra; historias o personas que se debaten entre la mentira, la traición y el miedo; entre el amor como refugio último… o su olvido.

lunes, septiembre 27, 2010

Algo con lo que nadie había contado, Marit Törnqvist

Trad. Goedele De Sterck. Los cuatro azules, Pozuelo de Alarcón, 2010. 60 pp. 17,26 €

Villar Arellano


¿Un cuento para mayores o una obra de reflexión para niños? ¿Y por qué no un cuento para niños o un libro filosófico para mayores, una parábola sobre nuestra civilización o un grito de alarma ante el devenir de las relaciones humanas…?
Este sugerente libro es todo eso y mucho más, ya que se trata de una de esas maravillosas creaciones que se resisten a la clasificación, un objeto artístico tan complejo como libre de corsés. Y es así a pesar de su aspecto ingenuo, su redacción sencilla y su aparente liviandad. El lector atento descubrirá pronto que está ante una obra especial.
Ya en las propias guardas del volumen puede verse a una multitud gris y anodina que avanza silenciosa pero inexorable en una misma dirección. Todos llevan prisa y se dirigen a alguna parte. Tienen muchos planes, y mil cosas que hacer. Ante esta masa humana sólo destaca una figura individual: una niña cuyas piernas la impulsan veloz y decidida por delante de todos los demás.
Así fue como empezó todo, según remarca después el texto. Un buen día sucedió algo que obligó a todos a detenerse. Algo con lo que nadie había contado. La niña que corría delante de todos los demás llegó la primera a un precipicio. Lo vio tarde y se cayó. Después llegó la inquietud y la angustia de los demás, la movilización para el rescate, la impotencia y la impaciencia, los rituales tranquilizadores, las dudas, el abandono, los remordimientos y, finalmente… el olvido y la SOLEDAD.
La historia está narrada con la intensidad de un texto básico y desnudo, cargado de lirismo, y unas potentes ilustraciones de grandes contrastes cromáticos y concepción expresionista.
El formato vertical del libro subraya el sentimiento de abandono de quien permanece a la espera, en lo más profundo de un pozo. Y la repetición geométrica, presente en las ventanas de los edificios y en las estanterías de algunos negocios, simboliza un mundo impersonal y carente de vida, marcado por el individualismo, la obsesión por el trabajo y la falta de comunicación. También las escaleras y los hilos parecen representar la dificultad para ponerse al nivel de los demás.
La composición y la puesta en página despliegan todo su potencial expresivo en este álbum. La combinación de líneas, colores y formas se plantea en cada doble página de un modo global y los breves textos se sitúan en el punto adecuado para equilibrar la imagen o reforzar ideas y sentimientos. También destaca el uso de la luz para focalizar la atención sobre determinados personajes.
Así, la confluencia de recursos gráficos y verbales junto a la esmerada edición, multiplican las posibilidades expresivas de esta obra y su valor estético, ofreciendo un resultado de gran riqueza y complejidad, repleto de significados. Gracias a esta carga evocadora, el relato suscita múltiples reflexiones de carácter ético o filosófico: ¿Hacia dónde va el mundo con tanta prisa? ¿Qué sitio dejamos en nuestra vida para compartirlo con los demás? ¿En qué momento olvidamos las causas que tanto nos conmovieron?...
Pese a esta densidad de contenido, no hay mensajes explícitos ni didactismo. La autora denuncia los hechos: «todos tenían tantas obligaciones que se habían olvidado de ella. Así de claro», pero lo hace adoptando una cierta distancia sobre los personajes (no exenta de ironía en algunos comentarios), lo que permite al lector sacar sus propias conclusiones.
Hay una parte especialmente entrañable en esta historia, una callada esperanza que la recorre. Y llega de la mano de dos personas: un pequeño cuyos juegos devuelven a la chica el color y la ilusión y un discreto personaje que había estado junto a ella desde el principio y que cobra protagonismo al final de la historia. Y es que, a pesar de cuanto sucede, del olvido de casi todos, de los días oscuros de soledad, siempre hubo alguien que cuidó de la niña, alguien que se desnudó para abrigarle, que se acordó de su comida y le ayudó a sobrevivir con su música. Esa persona esperó, se apenó por su marcha y, finalmente, se abrió paso entre la multitud siguiendo sus pasos. «La buscaría hasta encontrarla.»
Un estupendo final, al estilo de las mejores películas románticas, que sólo podía ser superado dejándonos participar en la búsqueda. Y así, de nuevo, nos vemos atrapados más allá del libro, en las mismísimas guardas. Sólo que esta vez la gente, la vida… tienen otro brillo, se han llenado de color.
Marit Törnqvist, destacada ilustradora sueca, entra así por la puerta grande en el panorama editorial español. ¿Algo con lo que nadie había contado? Seguro que quien conoce el exquisito catálogo de la editorial Los cuatro azules ya esperaba una deliciosa sorpresa entre las cubiertas de este libro.

jueves, marzo 18, 2010

Manuscrito encontrado en Zaragoza (versión del 1810), Jan Potocki

Trad. José Ramón Monreal. Acantilado, Barcelona, 2009. 800 pp. 35 €

Martí Sales

¡Qué obra! Casi ochocientas páginas de puro placer lector divididas en seis decamerones y treinta cuatro historias desopilantes, estremecedoras, sicalípticas, desconcertantes y didácticas a la vez; un tour de force de uno de los autores de vida y hechos más extravagantes de la historia de las letras europeas, el conde polonés Jan Potocki (1761-1815), viajero empedernido, militar, escritor, intelectual y, finalmente, suicida (se dio muerte con una bala de plata que él mismo pulió durante los últimos meses de su vida); un libro en dos versiones, una más deslavazada y subida de tono, la de 1804, y otra más trabajada, estructurada, completa, la que nos ocupa, la de 1810; una obra maestra de la literatura universal: El Manuscrito encontrado en Zaragoza.
Alfonso van Worden, oficial de la guardia valona, se dirige a Madrid para ponerse al servio del rey de España y en el camino a la capital, cruzando Sierra Morena, su periplo se atrabancará y agrandará en sesenta y un días que resultarán, para el joven militar, la lección de una vida. En este lapso de tiempo le pasarán y contarán todas las aventuras habidas y por haber, retos a la imaginación y viajes a los límites de lo posible, de mano de cabalistas, demonios en posadas encantadas, geómetras, gitanas bellísimas, jeques amos de maravillosos reinos subterráneos, muertos vivientes, poseídos y ermitaños. El género fantástico en todo su esplendor explorando los clarobscuros de la Ilustración. Porque en El Manuscrito encontrado en Zaragoza todo se pone en duda: la ética (cuando uno tropieza con la belleza de la carne, hasta las más altas torres caen), la religión (conoceremos judíos, musulmanes y cristianos y ninguno logrará hacer prevalecer su doctrina por encima de la de los demás), sus convicciones (en el caso de Alfonso, el pilar de su vida, que es un pundonor pasado de vueltas, se verá fuertemente cuestionado un montón de veces), su percepción de la realidad (¿existen fuerzas sobrenaturales?) y la posibilitad de conocer o aprehender la realidad (¿sabré con certeza algún día que es lo que sucede en el mundo?).
¿Todo se le pondrá en duda para formarle o para despistarle, aniquilarle? Eso sólo lo sabremos al final de este extraordinario libro que no se puede dejar de leer ni un solo instante, que es una recopilación de cuentos y leyendas y aventuras sólo comparable a las mil y una noches o a sagas hindúes como el Mahabharata. Un libro sapiencial con todo lo bueno de aprender con la boca abierta, es decir, como los niños pequeños que, sin saberlo, sin esfuerzo y con muchísima diversión, de todo sacan jugo y formación.

jueves, noviembre 19, 2009

El hombre inquieto, Henning Mankell

Trad. Carmen Montes. Tusquets, Barcelona, 2009. 464 pp. 20 €

Julián Díez

De repente caí en la cuenta: Kurt Wallander es una de las cuarenta o cincuenta persona que mejor conozco en el mundo. Tras once libros, conozco cada detalle del pensamiento de este entrañable, mediocre y tozudo sabueso sueco. Su razonamiento repetitivo y circular que termina por llevarle casi casualmente a la resolución del caso. Sus aprensiones, que jamás remedia cambiando de hábitos. Sus fracasos amorosos. Sus pequeños placeres musicales. Su amor profundo por su hija, su aprecio por algunos, pocos, amigos, que se han ido marchando.
Hacía diez años que no sabíamos de él. Wallander tiene ya 60 en El hombre inquieto. Es, como cualquier hombre que se ha avejentado, una versión acentuada de sí mismo. Más enfermo, más solitario, totalmente fracasado. En su camino se pondrá un nuevo caso de interés: sus nuevos suegros, un marino de la Armada retirado y su esposa, desaparecerán sin razón aparente. Él estaba obsesionado con la presencia de submarinos rusos en aguas suecas en los años ochenta, y poco más tenemos para que Wallander tire de la manta. Que lo hará, por supuesto. Porque jamás puede dejar un cabo suelto. Aunque se trate de una cuestión política y él, como nos reconoce una y otra vez, jamás se ha interesado por la política, y con su inacción, como la de otros muchos suecos, ha permitido la evolución del país hacia el punto en que se encuentra.
Por el camino de los descubrimientos habrá mucho más de lo mismo. Pequeños excesos para llenar una vida vacía. Instantes de intimidad atesorados. Cansancio, fatiga, malestar físico. Paisajes desolados del sur sueco, esa desconocida Escania que Wallander ha puesto en el mapa. Recuerdos, toneladas de recuerdos de lo ocurrido en los libros precedentes, que fue conformando la triste biografía del protagonista. Que ahora, por cierto, ya tiene un rostro definido, tan icónico como el de Basil Rathbone encarnando a Sherlock Holmes: el de Kenneth Brannagh, el veterano actor inglés que le interpretó el pasado año en una magistral miniserie para la BBC.
El demiurgo que guía los pasos de Wallander, mi viejo amigo Wallander, parece haberle tomado alguna clase de extraña ojeriza como la que sentía por Holmes su creador. Hay una extraña crueldad en la forma en que Mankell conduce esta novela, sin apenas satisfacciones para su personaje y sus lectores. No atino a descubrir si le motiva el odio, o si no se trata de una forma de identificarnos aún más con nuestro amigo. Además del tremendo cierre, el maltrato es continuo. La vida es así, nos dice Mankell, después de once libros, después de más de 5.000 páginas, sólo queda el vacío. Qué terrible. Qué perfecto, a su sórdida manera.