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jueves, octubre 13, 2011

Deshielo a mediodía, Tomas Tranströmer

Trad. Roberto Mascaró. Nórdica, Madrid, 2011. 217 pp. 19,50 €

Marta Sanz

Estos días he leído páginas y páginas sobre la poesía de Tranströmer, y me ha quedado la impresión de que cada lector en su ejercicio de la crítica “barre para casa”: reconocemos en la ambigüedad del texto —sobre todo en la ambigüedad que, tal vez estereotipadamente, define la palabra poética— nuestras propias claves de lectura. Nuestras polillas, los cajoncitos de nuestra memoria, la pereza, unas expectativas siempre limitadas, el olor familiar del ambientador de los armarios o del suavizante… Contra el lugar común sobre la dificultad de leer poesía, yo creo que la poesía es el género más fácil de leer: nadie necesita sacerdotes que le abran los portones del templo del poema que, en realidad, es como un piso de protección oficial, un espacio que el lector decora a su gusto con sillas plegables o veladores rococó.  El poeta descubre nuevos territorios en sus búsquedas y su indagación lingüística; sin embargo, es muy difícil aprender como lector de un poema: como mucho, tenemos la posibilidad de hacernos conscientes de nuestros prejuicios. Quizá, ese esfuerzo de introspección, ese re-conocimiento, ya es más de lo que nos ofrecen otras posibilidades de lectura… Desde estas indecisiones y desde la constatación de estos prejuicios, leo Deshielo a mediodía.
Mientras leía las reflexiones que suscita en algunos de mis compañeros la poesía de Tranströmer no me identificaba casi con ninguna. Ni silencio, ni surrealismo, ni costumbrismo, ni el socorrido misterio, ni palabra revelada y fundacional, ni Orfeo que rescata a Eurídice de la entrañas de la tierra, ni coloquialismo, ni profunda sencillez... En Deshielo a mediodía el poeta es un turista que duerme en un hotel de Shangai, alguien que desde fuera y a la vez desde muy dentro habla de nuestras heridas más comunes. Dentro y fuera. Facilidad y dificultad. Porque esta selección, tan representativa y sutil, presenta una poesía de la simbiosis y la reciprocidad. En sus imágenes, en sus paisajes simbólicos, en su concepción romántica de la naturaleza como alfabeto, el ser humano se funde con la naturaleza y la naturaleza se hace antropomorfa. El sol es albino. Los buitres usan prismáticos, se convierten en hombres en el descubrimiento de las utilidades y, sobre todo, en el hallazgo del valor fundamental de la mirada. Lo sublime del romanticismo se domestica, el hombre es el hombre, lo inaprensible de su identidad sobre la línea del tiempo que, acompañado del ritmo de la música, del tic tac de los relojes que suenan dentro de los versos y sobre los pentagramas, es inexorable: el hombre es el hombre y también el rastro que deja en una naturaleza abstracta que se reinterpreta a través del concepto de paisaje. Existen otras simbiosis: muchos y uno, soledad y compañía. La vida y la muerte se unifican en la putrefacción y “la semilla golpea bajo la tierra.” Se amalgaman, asimismo, naturaleza y cultura porque Tranströmer maneja una acepción de lo cultural como lo no impostado, una acepción casi poundiana donde la cultura es lo que queda después de haber olvidado los nombres. La simbiosis es un solapamiento de planos y conceptos falsamente antagónicos que ayuda al poeta a ver y a entender de otra forma el mundo y la propia poesía.
Pero, como he dicho antes, ésta es también una poesía de la reciprocidad. Porque el catalizador, el elemento mediador, el prisma que consigue sintetizar las contradicciones y darle a la realidad una calidad líquida que se concreta en el imaginario metafórico (el geiser, el aljibe, la fuente...) es la mirada, el ojo del poeta que provoca el deshielo y liga las sustancias. El poeta, con sus ojos y su sensorialidad, inaugura la naturaleza; puede quizá modificar lo real y ahí se intuye un impulso ético, un proceso de humanización, que se irá radicalizando en la obra de Tranströmer. Existe una comprensión, un conocimiento, una escatología en un doble sentido entre el objeto y el sujeto del poema, entre lo mirado y el que mira: la voz poemática no sólo se desliza por la superficie del bosque;  la voz está encastrada en el bosque y se ensucia con las hojas húmedas. La reciprocidad de esta poesía tiene que ver con su vocación creciente de ser cada vez más inteligible, de comprometer a los lectores; tiene que ver con su sustitución progresiva de la abstracción, del misterio de una naturaleza que no se puede abarcar, por otros escenarios más próximos, domeñados, urbanos, así sucede en “Zona de arrabal”, “Tráfico” y “La galería”. En el poema “En el delta del Nilo” se hace una declaración éticamente admirable que vuelve a subrayar la importancia de la mirada: “hay uno que es bueno, hay uno que puede verlo todo sin odiar.” La poesía casi se despoja de simbolismo y  comienza a hablar de conceptos absolutos, de la indignación, de la resignación, de los escépticos, del dinero que cruje… Y se va cerrando la brecha, la escisión, el estigma de la incomprensión y la incomunicación. Se vuelve a la idea, tan terrible como consoladora, de que tal vez compartimos las mismas heridas. Poetas y lectores. Seres humanos de distintas partes del mundo.
En el poema “Códex”, Tranströmer homenajea a los personajes que aparecen en las notas a pie de página. Quizá lo hace porque se identifica con ellos. Hoy Tranströmer ha dejado de ser una nota al pie. Ya no puede ser un hombre de silencio que traspasa la frontera sin que nadie lo perciba. Ya es imposible.

martes, enero 11, 2011

El cielo a medio hacer, Tomas Tranströmer

Ed. y trad. Roberto Mascaró. Nórdica, Madrid, 2010. 272 pp. 19,50 €

Ariadna G. García

Las primeras traducciones al español del género lírico sueco se remontan a la segunda mitad del siglo pasado. Sin embargo, pocos son los volúmenes que recogen una obra tan singular y potente. Así, aquellos atrevidos lectores que pretendan solazar su espíritu con esta tradición poética apenas tienen dos opciones. La primera es consultar estas cinco propuestas monográficas: Poetas suecos contemporáneos (1961; selección de G. Engberg y V. Ramos), La nueva poesía sueca (1972; preparada por Justo J. Padrón), Antología de la poesía sueca contemporánea (1973; a cargo de Francisco J. Uriz, sin duda, el gran difusor en España de los brillantes y desconocidos poetas nórdicos), Poesía sueca contemporánea (1981-1983) y La nueva poesía sueca (1984; firmada por M. Romero y R. Mascaró). La segunda, leer el variado corpus de autores suecos escogidos por Uriz para un libro imprescindible: Poesía nórdica (1995).
Más exiguas son, no obstante, las ediciones que compilan la obra de poetas concretos. El único autor que goza de tal privilegio es Tomas Tranströmer, eterno candidato al Nobel y autor de merecida fama internacional. Ya en 1992 Hiperión publicaba el libro Para vivos y muertos, breve antología a cuyo frente estaba Roberto Mascaró, responsable también de esta bella y ampliada versión: El cielo a medio hacer, que asumiendo riesgos y desafiando el presente panorama económico, nos ofrece Nórdica.
Tranströmer se dio a conocer en 1954 con la obra 17 poemas. Tenía 23 años. Desde entonces, y hasta 1978, cada cuatro años sacaba un libro inédito. Es su periodo creativo más intenso e impactante, que podemos dividir en tres etapas. La primera coincide con su obra inicial. Los poemas, sensoriales y contemplativos, presentan una naturaleza hostil y amenazante («Una tormenta hace girar las aspas del molino,/ que salvajemente, en la oscuridad de la noche, golpea la nada», de "Meditación agitada"). A través de ella, siguiendo la estela romántica, el sujeto que enuncia nos evoca un espectro de emociones cargadas de angustia, soledad y vacío. Con Secretos en el camino (1958) Tomas da comienzo a su segunda etapa, que culmina El cielo a medio hacer (1962). A las imágenes del mundo natural de su libro anterior suceden ahora toda una serie de símbolos asociados al hombre y a la vida urbana que connotan parálisis, estancamiento. Así, vemos cómo recorren sus páginas trenes y barcos que, debido al misterio de su detención injustificada, generan inquietud en los lectores. La muerte adquiere la forma de la inacción, aunque a veces el movimiento del cuerpo enmascara otra muerte más turbia: la del alma («había gente triste en movimiento/silenciosa», de "El viaje"). Tranströmer escribe para ver qué pasa con la inmovilidad. Ya en 17 poemas mostraba su obsesión por la quietud de lo vivido: «Recuerdos difusos se hunden en la profundidad del mar/y allí se petrifican junto a extrañas columnas»” (de "Meditación agitada"). La identidad se coagula lo mismo que la sangre. El pasado se espesa y el presente deja de fluir. La incertidumbre se enrosca al cuello del sujeto del libro, que escapa de la duda y del temor por medio del sexo ("La pareja", "Do mayor"). La tercera etapa creativa está integrada por los poemarios Tañidos y huellas (1966), Visión nocturna (1970), Senderos (1973), Bálticos. Un poema (1974) y La barrera de la verdad (1978); siendo realmente importantes los dos primeros, por cuanto esbozan la nueva poética del autor. Tañidos y huellas recoge el testigo temático de los poemarios anteriores («yazgo como un navío/ con luces apagadas, a regular distancia de la realidad», de "Cumbres"), pero pronto comienza a correr muy lejos de la pista de tartán, alejándose de sus propias reglas. De ahora en adelante, el yo discursivo –que no puede escapar de la violencia– comenzará un proceso de recogimiento que bebe de fuentes místicas nórdicas y mediterráneas («Todo lo vivo se acurruca y cierra los ojos. /Movimiento hacia adentro. Siente más la vida«, de "Temporal sobre el camino"). La cumbre de esta interiorización la representa el libro Visión nocturna, en donde el sujeto lírico trata de auto-auscultarse para reconocerse en medio de la transitoriedad.
A partir del libro Paso de peatones (1983), Tranströmer vuelve sobre los asuntos de su obra anterior. Él mismo lo reconoce en Para vivos y muertos (1989): «Huyo hacia los mismos lugares y palabras». Sin embargo, ensaya el uso del haiku en sus composiciones originales («Pende hielo del borde del techo./Carámbanos: el gótico vuelto del revés./Ganado abstracto, ubres de vidrio»). Un año más tarde, Tranströmer sufrió una hemiplejía que dejó paralizada una mitad de su cuerpo. Recordamos con estupor un verso de su libro El cielo a medio hacer: «Lo vivo estaba inmóvil» (de "Cara a cara"). El poeta combatió la ironía de su destino con dos nuevas entregas: Góndola fúnebre (1996) y 29 Haikus y otros poemas (2003), en las que hallamos textos hermosos y sobrecogedores («Robles y luna./Luz y calladas constelaciones./ El mar frío»).
La edición de Roberto Mascaró incluye un acertado prólogo de Carlos Pardo, una interesante biografía del traductor y un estupendo ensayo auto-biográfico en el que Tranströmer relata los recuerdos de su infancia y adolescencia, aquellos que petrifican el origen del imprescindible, impactante, misterioso y violento poeta que nos deslumbra hoy.

miércoles, abril 07, 2010

El ojo del leopardo, Henning Mankell

Trad. Francisca Jiménez Pozuelo. Tusquets, Barcelona, 2010. 384 pp. 19 €

Amadeo Cobas

Nos encontramos una novela que se desarrolla en dos planos: el que evoca el tiempo en Suecia de Hans Olofson y, como particularidad, la de su desafortunado amigo Sture, y el que narra sus avatares africanos. Aquello es la peripecia y esto es el asombro. Allá estaba el frío, aquí el calor. Aquello representaba la seguridad, esto la incertidumbre y el riesgo.
La vida misma, vamos.
Del presente angustiador que es punto de partida nos retrotraemos al pasado para conocer los motivos y los hechos sucedidos al protagonista desde que embarcó en un avión con destino África. África, el continente más dispar que pudo hallar respecto de la Suecia profunda de la que proviene nuestro héroe. África, en concreto Zambia, que recibe al bueno de Hans con su cochambre, su improvisación, su forma de “dejarse llevar al albur de los acontecimientos” sin oponer apenas resistencia. Ni aunque se hayan emancipado respecto a los otrora países colonialistas, los africanos parecen haber sabido (¿querido?) tomar las riendas de sus vidas y destinos. O esa es la conclusión que obtiene el protagonista a las pocas horas de aterrizar en el continente. ¿Aventurada opinión? Quizás no, porque casi 400 páginas más adelante da cabo la obra pensando de forma similar.
«Un viaje empieza siempre dentro de ti», dice en la novela la persona que enciende en Hans Olofson el deseo de ir a África. Por mucho que descubra aspectos muy poco gratos: sobornos, corrupción, políticos sin escrúpulos ni moralidad, quienes solucionan los papeles irregulares a un extranjero… por un precio módico, huelga decirlo. No le queda más remedio que plegarse frente a las circunstancias porque sabe que su situación legal en el país no es correcta, sino que está entrampado bajo la cobertura de documentos falsos, y que por eso «pueden expulsarme sin previo aviso». Ay, qué paralelismo tiene esta novela con la vida real.
El caso es que el que iba a ser para el protagonista un viaje de dos semanas de asueto a África se extiende hasta durar 18 años, casi 19. Demasiado tiempo para dejar de impregnarse de una cultura completamente nueva. Y conocer que hay hombres que desaparecen en el bosque, algunos opinan que debido a que van a buscar su destino, otros que el leopardo es un felino astuto, no se deja ver mientras acecha, y además es silencioso, por lo que las desapariciones pueden tener su motivo en esos ojos acechantes. Al fin, la leyenda cuenta que la lucha final por el poder, tras la desaparición de las personas de la faz de la tierra, será entre un leopardo y un cocodrilo…
Envuelve el escritor su viaje con una suerte de misterio que va presionando al sueco, refugiado en su granja, cada vez más aislado, los miedos crecientes, quebrados los puentes psíquicos que le unían a los demás blancos que residen en la cercanía, la amenaza cercana tras varios asesinatos, el revólver en la mano como aditamento y salvaguarda que vele el sueño y que ampare el despertar. Porque no es seguro que llegue. El despertar, digo.
En efecto, África es un enigma, una incógnita, un continente por explorar y descubrir… Ello a pesar de haber residido, repito, durante cerca de dos décadas allí, tal y como le vaticina un periodista al protagonista: «puedes vivir aquí veinte años más y seguirás sabiendo igual de poco»… La superstición domina las mentes más débiles, y por mucho que un occidental intente hacer ver a los africanos que la magia negra no existe, ellos jamás le creerán. Así es que un hechicero siempre dominará sus voluntades con fuerza superior a la que pueda ejercer el dueño del lugar donde trabajan, aunque éste amenace con el despido.
Tiene mala leche Mankell en algunos pasajes, muestra su rabia, como cuando un residente en Zambia le pregunta a Hans cuál es el país de África que recibe más ayuda de Europa… La respuesta es Suiza. Sí, sí. ¿Por qué? Porque “hay números de cuentas anónimas que se llenan con dinero de las ayudas que sólo hacen un viaje rápido a África y vuelven”…
Que entienda quien quiera.

jueves, noviembre 19, 2009

El hombre inquieto, Henning Mankell

Trad. Carmen Montes. Tusquets, Barcelona, 2009. 464 pp. 20 €

Julián Díez

De repente caí en la cuenta: Kurt Wallander es una de las cuarenta o cincuenta persona que mejor conozco en el mundo. Tras once libros, conozco cada detalle del pensamiento de este entrañable, mediocre y tozudo sabueso sueco. Su razonamiento repetitivo y circular que termina por llevarle casi casualmente a la resolución del caso. Sus aprensiones, que jamás remedia cambiando de hábitos. Sus fracasos amorosos. Sus pequeños placeres musicales. Su amor profundo por su hija, su aprecio por algunos, pocos, amigos, que se han ido marchando.
Hacía diez años que no sabíamos de él. Wallander tiene ya 60 en El hombre inquieto. Es, como cualquier hombre que se ha avejentado, una versión acentuada de sí mismo. Más enfermo, más solitario, totalmente fracasado. En su camino se pondrá un nuevo caso de interés: sus nuevos suegros, un marino de la Armada retirado y su esposa, desaparecerán sin razón aparente. Él estaba obsesionado con la presencia de submarinos rusos en aguas suecas en los años ochenta, y poco más tenemos para que Wallander tire de la manta. Que lo hará, por supuesto. Porque jamás puede dejar un cabo suelto. Aunque se trate de una cuestión política y él, como nos reconoce una y otra vez, jamás se ha interesado por la política, y con su inacción, como la de otros muchos suecos, ha permitido la evolución del país hacia el punto en que se encuentra.
Por el camino de los descubrimientos habrá mucho más de lo mismo. Pequeños excesos para llenar una vida vacía. Instantes de intimidad atesorados. Cansancio, fatiga, malestar físico. Paisajes desolados del sur sueco, esa desconocida Escania que Wallander ha puesto en el mapa. Recuerdos, toneladas de recuerdos de lo ocurrido en los libros precedentes, que fue conformando la triste biografía del protagonista. Que ahora, por cierto, ya tiene un rostro definido, tan icónico como el de Basil Rathbone encarnando a Sherlock Holmes: el de Kenneth Brannagh, el veterano actor inglés que le interpretó el pasado año en una magistral miniserie para la BBC.
El demiurgo que guía los pasos de Wallander, mi viejo amigo Wallander, parece haberle tomado alguna clase de extraña ojeriza como la que sentía por Holmes su creador. Hay una extraña crueldad en la forma en que Mankell conduce esta novela, sin apenas satisfacciones para su personaje y sus lectores. No atino a descubrir si le motiva el odio, o si no se trata de una forma de identificarnos aún más con nuestro amigo. Además del tremendo cierre, el maltrato es continuo. La vida es así, nos dice Mankell, después de once libros, después de más de 5.000 páginas, sólo queda el vacío. Qué terrible. Qué perfecto, a su sórdida manera.

martes, agosto 18, 2009

Aurora boreal. Åsa Larsson

Trad. Mayte Giménez y Pontus Sánchez. Seix-Barral, Barcelona, 2009. 300 pp. 18,50 €

Pedro M. Domene

Los países del Norte están de moda, su literatura inunda nuestras librerías, nos llega una narrativa que mezcla el relato policíaco y de intriga, e incluye brutales crímenes y asesinatos. Pero son historias diferentes, con paisajes idílicos donde hace mucho frío y la nieve se cubre de sangre. La saga Milenium, de Stieg Larsson ha provocado una inusitada fiebre lectora que ha llevado a su trilogía a permanecer durante bastantes semanas en las listas de los libros más vendidos. Sin duda, habrá elevado el porcentaje de lectores en un país donde los hábitos de lectura oscilan entre el 50 y el 52%. Habrá que revisar, por consiguiente, esos datos tras el verano. Y lo mejor de todo, otros autores se han ido sumando al fenómeno, otras editoriales han apostado por obras que plantean situaciones de intriga semejantes, algo que por otra parte no es ninguna novedad porque en la historia literaria están los nombres universales de no pocos cultivadores de novela negra. Tusquets apostó hace años por un desconocido Henning Mankell cuya obra ha sido, prácticamente en su totalidad, publicada por la editorial barcelonesa, y suma y sigue la lista, en las librerías españolas con los nombres de Jo Nesbo, Karin Fossum, Anne Holt, Camila Läckberg o Jean Lapidus, entre otros suecos, finlandeses, daneses, noruegos, incluso islandeses. La editorial catalana Seix-Barral arriesga con Åsa Larsson que publicaba en su país, Suecia, Aurora boreal (2003), una novela por la que le concedieron el Premio de la Asociación de Escritores Suecos de Novela Negra a la Mejor Primera Novela, y que fue llevada al cine con el título de Solstorm (2007), dirigida por Leif Lindblom; en nuestro va por la 6ª reimpresión desde su aparición en el mes de mayo.
Aurora boreal es una novela de intriga con crimen incluido, pero a medida que se avanza en ella el lector percibe muy pronto que a la autora le importan más el entorno, las circunstancias y las motivaciones de un brutal asesinato, incluso el carácter de toda una singular galería de personajes, que la propia historia para desvelar el horrendo crimen en sí. No obstante, se trata de una investigación policial como aparece al comienzo del libro, en su sentido más clásico, se siguen unas primeras pistas, y posteriormente se incorpora el personaje más carismático del relato, la abogada Rebecka Martinsson, reconocida jurista en un bufete de Estocolmo, que regresa a su ciudad natal, Kiruna, requerida por la hermana de la víctima para colaborar en la investigación sobre el crimen de su hermano Viktor Strandgärd. Ambientada en el norte de Suecia, todo cuanto allí ocurre ofrece la temperatura y la ambientación más nórdica: es el mes de febrero y casi siempre de noche, con un clima durísimo que impone una nieve permanente, las casas están muy alejadas unas de otras, las distancias son muy largas, y sus habitantes tan poco comunicativos que la narradora los convertirá en personajes con muchas dificultades para expresar sus sentimientos, motivados quizá por su aislamiento, por su condición social de divorciados y de escépticos, quizá porque casi todos parecen ocultar un secreto de su pasado. Y mucho de todo eso esconde el grupo religioso más carismático de la localidad, ubicado en la Iglesia de Cristal, lugar donde uno de sus líderes ha sido asesinado y su hermana resulta la principal sospechosa, aunque en torno al hecho y las circunstancias todos se encierran en un mutismo que para nada ayuda en la investigación. La novela se convierte así, en un excelente ensayo sobre el silencio y, tal vez, con esos abundantes silencios, los de la congregación, los vecinos y amigos, e incluso los de la hermana y de los padres de la víctima, la autora nos hace que sospechemos de cualquiera de los personajes que van apareciendo en su relato; y al mismo tiempo que esboza una peculiar trama, traza, además, el retrato sociológico de un país desconocido para el lector mediterráneo que, enseguida, sospecha que allí todo es diferente, aunque posible como en el resto del hemisferio Sur. Un profundo misticismo recorre toda la historia, salpicada de citas bíblicas, cánticos en alabanza del Señor y apoteosis varias en un país donde el luteranismo se impone en gran parte del territorio, aunque coexisten numerosas iglesias protestantes donde la asistencia a los servicios es muy numerosa: en la historia tres pastores y un consejo de ancianos, de una evidente imaginaria secta, dominan a sus fieles con un puritanismo sofocante, aunque paralelamente esconden oscuras transacciones económicas importantes, y se incluyen abusos sexuales y están manchados de sangre, pero muy pronto se verán amenazados con la presencia de la joven abogada, que actúa en complicidad con uno de los personajes más agradables de la novela, la inspectora Anna-María Mella, peculiar por lenguaje y no menos por sus averiguaciones, y sobre todo por su avanzado estado de gestación y su alumbramiento próximo, como así ocurre al final de la novela.
El ritmo que Åsa Larsson otorga a Aurora boreal es adecuado, fluye la acción en cada página, pese a la frialdad de la ambientación, los diálogos son excelentes, calculados e inteligentes, hecho que nos permite seguir leyendo sin que en ningún momento pensemos que la historia, pese a disquisiciones y demoras de la propia investigación, pueda hacernos desfallecer en algún momento de su lectura.

viernes, marzo 13, 2009

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, Stieg Larsson

Trad. Martin Lexell / J. J. Ortega Román. Destino, Barcelona, 2008. 749 pp. 22,50 €

Care Santos

La leyenda acompaña a la trilogía Millenium, de la que ésta es la segunda entrega. Cuentan de su autor, un periodista comprometido en la persecución de viejos nazis de apenas 50 años, que murió en la escalera de su editor cuando salía de entregarle el tercer volumen de la serie, que aún no ha visto la luz en nuestro país. Sus libros, revelación de las letras suecas, fasto de las letras europeas, celebración para la novela de género negro, han causado una verdadera revolución en toda Europa. Ya hay agencias de viajes que organizan «tours Larsson» para conocer los escenarios de sus novelas. La versión cinematográfica de la primera entrega —Los hombres que no amaban a las mujeres— se estrenó en Suecia el pasado 27 de febrero y promete otro tsunami de desbordada pasión por parte de los espectadores de todo el mundo. La reclamación de los sustanciosos derechos enfrenta en los tribunales de su país a los padres y la pareja de hecho del autor. Y lo mejor de todo es que los libros merecen tanto revuelo. Qué gusto da escribir algo así.
La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina es el segundo caso protagonizado por Mikael Blomkvist y —sobre todo, sobre todo— Lisbeth Salander, la pareja que ya centró la primera novela. Para quienes no estén familiarizados con el asunto, procedo a las presentaciones. Él es un periodista noblote, mujeriego y muy comprometido con la persecución de los antiguos capos nazis. Se parece tanto al propio Stieg Larsson que lo más probable es que sea mucho menos él de lo que deseamos creer sus lectores. Lisbeth es una muchacha de pasado turbulento, casi anoréxica, que en la primera novela conocíamos llena de tatuajes y piercings, insuperable hacker e investigadora astuta. Y al mismo tiempo es uno de los personajes femeninos más logrados que he conocido jamás en mi vida de lectora. Ella sola justifica la lectura de estas novelas. Cuando ella desaparece del escenario —y en esta segunda novela lo hace durante casi 300 páginas— el lector se queda desconsolado, huérfano, esperando su regreso. Qué gran logro el de su autor. Con esta pareja tan heterogénea, que cumplen del todo aquella premisa de Wilde de ser una mujer con pasado y un hombre con futuro, urde Larsson esta segunda entrega, en la que continúa con la vida de los personajes en el punto en que la dejó la primera novela para plantear otra trama que nos llevará a bucear en aquello que estamos deseando desde la página 47 de la primera entrega: el pasado de Lisbeh.
Como curiosidad, se repite también el título largo y difícil de digerir y la portada (con perdón) horrorosa. Algunos editores ya utilizan estos libros como ejemplo de hasta qué punto un mal título y una cubierta feísima no importan en absoluto a la hora de decantar el gusto de los lectores. Desde luego, no les falta razón. El título es tan horroroso que muchos son los países que han optado por cambiarlo. En Inglaterra, por ejemplo, la primera entrega —publicada por Quercus Publishing— se llamó The Girl With the Dragoon Tatoo (La chica con el tatuaje del dragón), mientras que los editores italianos (Marsilio) optaron por acortar y vulnerar el título de la segunda entrega llamándola La ragazza che giocava con il fuoco. Para ser justos, también los españoles se tomaron alguna licencia, porque en verdad la primera novela se llama Los hombres que odiaban a las mujeres, un verbo —odiar— que debió de sonarles demasiado fuerte.
En este libro, la historia vuelve a lo suyo, a las mayores preocupaciones de su autor: la denuncia de la violencia contra las mujeres en la que algún crítico han visto, con cierta estrechez de horizontes, no sé qué feminismo combativo; los personajes de pasado repugnante; la reflexión sobre los límites de la moral en relación con lo legal, como también ocurría en la primera novela. Aquí Lisbeth ya no es la criatura extrema de la primera entrega, aunque sigue siendo una chica rara. Y Blomkvist es el de siempre, pero tocado por las flechas de un amor que deseamos ver florecer —qué cursilada, Larsson me odiaría. O tal vez no me amaría— en la tercera entrega.
Hay bruscos cambios de ritmo, como ocurría en la primera, que el autor compensa con unos diálogos brillantes y unos personajes secundarios tan complejos que deseamos saber más de ellos. Y, sobre todo, hay suspense, ganas de saber qué ocurre después, maestría para contar una historia compleja que engancha de la primera a la última página y que se lee como si fuera una novela breve (y, desde luego, no lo es en absoluto).
A quienes aún no formáis parte de este extenso club de admiradores rendidos a los pies de Larsson (o de Salander, puesto que parece más agradable rendirse a los pies de un personaje de ficción que a los de un muerto), sólo cabe envidiaros: tenéis aún la posibilidad de maravillaros con los dos primeros libros, y de terminar siendo como nosotros. Y a quienes ya lo habéis hecho, consolaos: la tercera entrega, La reina en el palacio de las corrientes de aire, está al caer (en junio llegará a librerías). Y está también, para unos y otros, la versión cinematográfica, que firma Niels Arden Oplev. Qué festín.








* Existe edición en catalán, en Columna y también en Círculo de lectores / Cercle de Lectors.

lunes, septiembre 08, 2008

Los hombres que no amaban a las mujeres, Stieg Larsson

Trad. Martin Lexell y Juan José Ortega Román. Destino, Barcelona, 2008. 666 pp. 22.50 €

Salvador Gutiérrez Solís

A principios de verano, la editorial Destino publicó la traducción española de Los hombres que no amaban a las mujeres, primera entrega de la saga/trilogía Millenium, del sueco Stieg Larsson. Una obra que llega avalada por una excelente crítica y por unas ventas millonarias, allá donde se ha publicado —buena parte de Europa—, que suele ser una combinación bastante complicada en el sector literario. Un acontecimiento literario de primera magnitud. Además de las cifras, la novela de Larsson viene acompañada de ese término que en España empleamos con demasiada frecuencia para explicar casi todo: morbo. Morbo porque su autor falleció cumplidos los cincuenta años sin ver su novela publicada, sin poder imaginarse la gran repercusión alcanzada posteriormente. Larsson era conocido en su país por su labor periodística, azote de los grupos violentos de la extrema derecha. El escritor concebía su obra en la soledad de las noches, en secreto. Morbo por la batalla legal emprendida por sus familiares y allegados por controlar el legado del difunto escritor, un legado de cifras mareantes y más que seguras adaptaciones cinematográficas.
Centrándonos, única y exclusivamente, en la lectura de Los hombres que no amaban a las mujeres, no es necesario ser un lector muy avezado para descubrir que Larsson no es un estilista del lenguaje, pero que tampoco lo pretende. Larsson no ha inventado nada nuevo, no es un innovador, tampoco un trasgresor; es más, es muy fiel a los géneros y a las formas. Sin embargo, concibió una historia —o un universo— en la que da cabida a todos los ingredientes y aderezos que han de estar presentes en una buena novela —amor, muerte, sexo, intriga, ambición... —. Ágil y directa, increíblemente visual, escrita desde una iluminación permanente, Los hombres que no amaban a las mujeres te atrapa desde el primer renglón y sólo puedes escapar alcanzando el punto y final. En ese preciso momento, y me remito a mi experiencia personal, un sentimiento de felicidad, de satisfacción, dio paso a otro de conmoción, de cierta melancolía. Sentimiento éste que desapareció cuando recordé que, por lo menos, aún quedan dos entregas más de la saga pergeñada por Stieg Larsson, Millenium. Y me encontraré de nuevo con el persistente periodista Mikael Blomkvist, la atractiva Erika y, sobre todo, con la fascinante Lisbeth Salander, una investigadora canija y tatuada, propietaria de un pasado tan tenebroso como poliédrico, arquetipo contemporáneo que añadir, de pleno derecho, a la galería de las grandes mujeres novelescas.
Los hombres que no amaban a las mujeres narra, a simple vista, la misteriosa desaparición de la adolescente Harriet de la isla en la que convive con buena parte de sus familiares. Treinta y seis años después, su anciano y millonario tío necesita saber qué fue de ella. A simple vista, la novela de Larsson abarca multitud de historias que se entremezclan, que se alejan, que se precipitan, que no son lo que parecen, pero que finalmente conforman un perfecto puzzle en el que no sobra —ni falta— ninguna pieza. Larsson acude a numerosas fuentes de la cultura de nuestros días —desde el Cluedo a Twin Peaks, pasando por Ciudadano Kane o Seven— para crear su propia y deslumbrante obra. Una lectura adictiva, una novela más allá de las etiquetas y de los géneros.