viernes, septiembre 13, 2013

Condenada, Chuck Palahniuk

Trad. Javier Calvo Perales. Mondadori, Barcelona, 2013. 256 pp. 19,90 €

Santiago Pajares

Cuando alguien nombra al escritor Chuck Palahniuk, a todos se nos vienen cierto tipo de imágenes a la cabeza. Pensamos en sus personajes, en ese Tyler Durden que se ha convertido con el paso de los años en un icono popular, en sus tramas, esas historias absurdas pero que te atrapan de una forma casi pegajosa. En su obsesión por los detalles, donde los personajes especifican hasta la última molécula de los procesos que llevan a cabo. Porque hay ciertos autores que evocan cierto tipo de libros, y desde luego Chuck Palahniuk es uno de ellos. ¿Y qué tipo de libros sugiere su nombre? Para mí, libros raros. Y no utilizo la palabra raro con desprecio. Los diamantes son raros. Chuck Palahniuk es más que raro, es genial. Y su último libro, Condenada, no sé si catalogarlo como genial, pero desde luego es raro. Es raro estilo Palahniuk.
Madison ha muerto y ha ido al infierno. Bueno, hasta aquí bien, son cosas que pasan. Se levanta en una celda pequeña y pringosa con su conciencia y sus recuerdos intactos. Se acuerda de todos nosotros, los vivos, y cree necesario comenzar a darnos consejos por si nosotros también vamos a parar allí. Al fin y al cabo, todos tenemos que morir, y como descubriremos a lo largo del libro, es mucho más sencillo acabar abajo que arriba. Así que recordad morir con ropa cómoda y buenos zapatos de suela de caucho. No toquéis los barrotes, porque os mancharíais las manos y no tendríais dónde limpiaros, a no ser que hayáis tenido la previsión de morir con una buena provisión de cleenex en los bolsillos. Y sobre todo, sobre todo, no os comáis las golosinas del suelo. Eso nunca. Y es que el infierno es un sitio muy peculiar, lleno de lugares que nunca nos podríamos haber imaginado: El siempre creciente lago del esperma desperdiciado, la explanada de la caspa y las uñas cortadas o la montaña de fetos abortados. Comparados con todos esos lugares, las entidades demoniacas son lo de menos. Y es que esa profusión de detalles tan característica del estilo Palahniuk nos informa de cómo están formados los ejércitos del mal, de cómo las deidades al ser desterradas por una nueva civilización acaban en el infierno, y dependiendo de su importancia tienen un grado de poder u otro en este curioso ejército. Encontraremos a los dioses babilonios, mesopotámicos, hititas, celtas, nórdicos, mientras esperamos a que el siguiente dios sea sustituido por otro y acabe en las mismas filas. Y es que a todos nos llega nuestra hora, seas una hija de productores de cine famosos o el mismísimo Jesucristo. Y cuando esa hora llegue, no pruebes las golosinas del suelo de tu celda y procura usar calzado cómodo.
Es muy sencillo acabar en el infierno. De hecho, es increíblemente fácil. Sólo tienes que tirarte más de tres pedos en un ascensor público, o decir cierta palabrota más de trescientas veces. O reciclar poco. O lanzar muchas colillas al suelo. Ya no digamos robar o matar, que eso estaba claro. ¿No son consejos útiles? ¿No sentís cierto deseo de empezar a tomar notas? Porque si vas al infierno puedes acabar con cualquier trabajo absurdo, como teleoperadora de encuestas de mercado, o actriz porno en un chat en vivo. Y nadie quiere estar metiéndose cosas por ciertos sitios durante toda la eternidad para que los pervertidos de la tierra (que luego acabaran en el mismo sitio) se den placer. Todo el mundo tiene una historia que contar, y Madison no es una excepción. La suya es memorable y te la narrará a lo largo de todo el libro. Y es que comparada con ciertas vidas en la tierra, el infierno no parece tan mal sitio.
He de informar que parece un libro con una continuación (La palabra ‘Continuará...” en la última página constituye una buena pista), pero conociendo a Palahniuk no me extrañaría que no fuese así.
Del cielo no se habla, por cierto. Supongo que es mucho menos divertido.