lunes, enero 07, 2013

Y las cucharillas eran de Woolworths, Barbara Comyns

Trad. Pilar Vázquez. Alba, Barcelona, 2012. 240 pp. 20 €

Ángeles Escudero

No es casualidad que Graham Greene la admirase. Avalada también por Alan Hollinghurst (escritor y crítico literario británico cuya primera novela La biblioteca en la piscina, se convirtió en un libro de culto entre la comunidad homosexual), Barbara Comyns va a suponer un descubrimiento para los amantes de la literatura inglesa. Y esto, gracias a esta cuidada edición en la colección Rara Avis. Un acierto de títulos y propuestas literarias. Con traducción de Pilar Vázquez, la barcelonesa editorial Alba publica, por primera vez, una novela de Barbara Irene Verónica Baley, que adoptará el apellido con el que se la conoce, por su segundo matrimonio con Richard Comyns Carr. En el mismo sello y la misma colección se prepara ya La hija del veterinario, una de sus obras más reconocidas y celebradas.
    Dickens pulula por las páginas de esta novela de exquisita ejecución e indudable valor literario. Quizás porque su propia vida tiene algo de esto. El espíritu dickensiano la sobrevuela sin lugar a dudas. Con un mayordomo que tenía como una de sus funciones enterrar placentas, y unos padres peculiares, Comyns no pudo por menos que reconstruir su infancia en Sister by river.
    Antes de vivir en España (residió en Barcelona y Roquetas), conoció la bohemia de los años 30 en Londres y plasma ese ambiente en la novela que nos ocupa. Pero lo hace desde una perspectiva peculiar, a través de los ojos de Sophia, la joven y atormentada protagonista. La novela cuenta la historia de un joven matrimonio en ese Londres bohemio. El lema o subtítulo Cásate deprisa, arrepiéntete despacio, sintetiza la relación difícil y dura, como la vida que compartieron. El arranque, de gran fuerza -“Le conté mi historia a Helen y se fue a casa llorando”- no defrauda ninguna las expectativas que crea y es la excusa para iniciar una narración donde lo más sorprendente no son los acontecimientos sino el tono subyugante y decadente, que sabe imprimir a todo la autora.
    El joven matrimonio, que se casa en secreto después de conocerse en un tren, parece condenado desde el principio. Además, si ambos son peculiares, no son menos extravagantes los personajes secundarios de la novela. Desde una amiga espiritista que les ayuda cuando le confiesan que van a casarse pese a la oposición familiar; a la hermana de su casera, poseída por el espíritu de un chino, el señor Hi Wu. 
    Pero es la protagonista, Sophia, con mucho el personaje más singular. Nadie podrá acusar a Comyns de dar vida a personajes planos. Desde el principio cuesta juzgar si es ignorante o indolente, esposa abnegada o mujer infiel. Con tendencia a la ensoñación o aplastada por la rotundidad del presente. Superficial, como cuando parece que no se casará y piensa en el destino que tendrán los muebles que habían arreglado para su piso en común. Aunque es bastante humano que la cotidianidad, que pensar en la intendencia, nos desvíe del drama que en el que estamos inmersos. Otras veces, no es difícil que nos asombre con pensamientos clarividentes. Buen ejemplo de esto sería cuando en el trance del parto, atadas ambas piernas a sendos cabestrillos que la hacen sentir incómoda y terriblemente expuesta, dice “Nadie pensaría en hacerle algo así a un animal”. Debate sobre las prácticas hospitalarias referentes a la obstetricia en el que no entraremos, pero que daría para mucho.
    De Sophia, llaman poderosamente la atención los comentarios que hace sobre si misma. Son devastadores y dibujan con nitidez una personalidad peculiar que no conoce la autoestima y que incluso se menosprecia sin pudor. Con una visión muy especial sobre las cosas, resulta una mujer inquietante. Describe a Dios de la siguiente manera “Me lo imaginaba como un anciano malhumorado, un poco duro de mollera, con el pelo crespo y vestido con una túnica de rayas, y creía recordar haber leído en la Biblia que tenía los pies de bronce bruñido, y pensé que el cielo debía ser un lugar incómodo, sin camas ni chimeneas ni sol ni libros ni comida…”. Y, adopta en la narración de su propia vida un tono interesante y diferente. Da la impresión de que estemos cayendo con ella. Con sus palabras, con sus descripciones de lo que ve y de lo que siente, logra crear una atmósfera de fatalidad alimentada por los acontecimientos nada amables o directamente dramáticos. El hecho de que no se nos expliquen, como un suicidio inesperado, contribuyen con fuerza a hacernos sentir que todo lo que pueda salir mal, al final saldrá peor. En este sentido Eva, la madre del joven marido, Charles, es un elemento clave. Esta mujer tiene un efecto demoledor sobre sus esperanzas. Un ejemplo que ilustra claramente esta circunstancia es cuando le comunica que está embarazada y ella, tras besarla, le dice al oído: “Nunca te perdonaré, Sophia, que hayas hecho padre a mi hijo con veintiún años”. Su maldad raya la obscenidad.
   Del personaje masculino, también hay mucho que decir. Charles representa principalmente la inconsciencia voluntaria. Con el embarazo reacciona de forma realmente infantil cuando decide no preocuparse por algo que ocurrirá dentro de meses, o pensando que quizás naciera muerto. O gastando en fruslerías un dinero que necesitan para lo más elemental. Tiene, además, una falta de tacto difícil de calificar. Es un niño, un niño malcriado. Pero su actitud, al ser un hombre, lo convierte en un ser ruin, egoísta y cruel. Sus propias palabras ilustran lo que quiero decir: “No me siento padre y nunca he querido serlo. Puedo parecer inhumano y egoísta, pero no me queda más remedio que serlo, la vida es corta y la juventud se nos va rápidamente. Tengo que ser libre para disfrutarla, sin sentirme agobiado por las responsabilidades”. Por cierto, la respuesta de ella, desconcertante, es muy lúcida al preguntarle si de pequeño fue muchas veces al teatro a ver Peter Pan. Cuando Charles por fin expresa sus sentimientos, nos damos cuenta de que en su confesión no hay ni un ápice de culpabilidad ni de arrepentimiento. Es lo mismo que nos comunica el escorpión cuando clava su aguijón sobre la rana condenándose él mismo a una muerte segura, “es mi carácter”. No se plantea ni por un momento que debe traer dinero a casa. Él es el artista, sin embargo la faceta creativa de ella no parece importar.
    Y si uno de los temas recurrentes en la novela es la pobreza, que aparece con distintos rostros y nombres -miseria, hambre, indigencia, siempre sin esperanza-, el otro es la culpa, y no son pocas las que Sophia carga sobre sus hombros. Culpas que no detallaré para no desvelar la trama, pero que son insoportables, y que ella relaciona con todo lo malo que le pasa en forma de castigo divino. Sucesos terribles que la hunden, que le dejan el alma sin el aliento necesario para la vida.
   El final, es un retorno al comienzo dejándonos la certeza de que se ha cerrado el círculo. Interesante.