martes, junio 22, 2010

De sótanos y azoteas, Juan Carlos Fernández León

Premio Tiflos de Relatos 2009. Castalia, Madrid, 2010. 224 pp. 12.5 €

Fernando Sánchez Calvo

Si tu infancia y adolescencia, es decir, tu vida, transcurrieron en la humilde y obrera Hortaleza de los años 70/80, lo peor que te puede pasar es convertirte en un escritor y, dado el caso, convertirte en un escritor que ha contraído deudas simultáneamente con el realismo, por un lado, y con la lírica, con el minucioso cuidado de la palabra, por otro.
Si tu herencia cultural la forman nombres como Hipólito García Navarro, Jorge Luis Borges, Eloy Tizón, Julio Cortázar, Félix Palma o Juan Rulfo y, si además de adoptar esos nombres los admiras sabiendo que antes o al mismo tiempo que tú hubo o hay otros señores que ya dominaban el arte de narrar, lo peor que te puede pasar es que tú también escribas bastante bien.
Si después tienes suficiente voluntad para pasar tres o cuatro horas diarias delante de un ordenador, componer un libro de relatos en un espacio de tiempo más o menos indeterminado y por casualidad (o no) te presentas al XX Premio Tiflos que publica cada año la Editorial Castalia en su colección Albatros, puede surgir lo que ha surgido: De sótanos y azoteas, nueve relatos espectaculares y dolorosamente honestos del madrileño Juan Carlos Fernández León.
El contexto, espacio o germen: el Madrid de la joven democracia, los periféricos barrios, los eternos solares en la periferia de los periféricos barrios, los últimos ilusionados que aún seguían llegando de los pueblos y cuatro hijos de media por familia. Eso como escenario. Como decorado, jeringuillas, coches robados, reventados o simplemente cambiados de sitio, balones de fútbol, mucha gente en la calle, bastantes sótanos y alguna que otra azotea desde la que se podía intentar comprender qué movidas pasaban allá en el centro de la capital y por qué en el barrio no pasaba nada.
Porque eso es este libro de relatos: un tributo doloroso y honesto a los orígenes y a aquellos “miserables” que lo eran aún más si cabía por estar tan cerca del glamour sin tocarlo, un homenaje a los excedentes o expulsados de lo que se consideraba un grupo o un estilo de vida guay en los ochenta. El propio narrador del relato homónimo al título del libro lo reconoce: «Éramos la pulpa que le sobra a una naranja, la que descansa sobre los bordes del exprimidor». Ni Almodóvar, ni cultura para todos, ni Rock-Ola, ni conciertos hasta debajo de una piedra. A cambio: campos de fútbol improvisados donde un payo y una gitana reinventan a Romeo y Julieta (Se van a ver las navajas), conversaciones de alto nivel entre filósofos disfrazados de vigilantes de seguridad (Los antagónicos) o el regreso del hijo pródigo que vuelve al barrio para recordar entre antiguas tascas, vecinos y amigos ya desaparecidos, el temprano despertar sexual donde “contar hazañas era más importante que vivirlas” (Los imperdibles de la memoria).
Cuentos viscerales, cuentos-poliedro donde hay varias caras (tristes, cínicas, arrogantes), pero siempre con el poso de la amargura del que se sabe y quiere estar atado por sus orígenes. Qué se le va hacer si la decisión más importante que tuvieron que tomar de niños los protagonistas de Juan Carlos Fernández León fue optar por seguir jugando al fútbol o empezar a fumar.
Eso en la primera mitad del libro. En la segunda el lenguaje y, sobre todo, las situaciones, bajan su nivel de agresividad para adquirir bien un estilo más clásico, en la línea de la narrativa norteamericana de los años 40 y 50, o bien unos desenlaces si no más amables, al menos sí más prometedores para el futuro de los personajes. Relatos como La alquería, Diario de la operación masacre o Soneto (el cuento más experimental de todos) aparte de trasladar la acción al siglo XXI, pueblan de un prudente optimismo las frustraciones amorosas, familiares o vecinales. Y curiosamente es el extranjero, el que viene de fuera, el encargado de levantar el ánimo de los desheredados nacionales. Aquí, más que nunca, renace el valor de la amistad, quizás el tema más recurrente del autor. Dentro del lodazal, y con la ayuda de los otros, es posible seguir nadando.
Si tu tradición es la realista pero aprendiste que ser realista no es ser real, habrás perdido ese estúpido vicio por contarlo todo, esa ingrata manía de agotar el mundo con la palabra, y podrás escribir cuentos como los de De Sótanos y azoteas, cuentos donde la información sobre los personajes se dosifica a la perfección para aparecer en el momento justo, cuentos donde el sexo, una sobredosis, la muerte u otras acciones no son descritas hasta la extenuación. A esta virtud se le llama elipsis y suele dar buenos resultados. Decía Óscar Wilde que a todo aquel que en literatura llamase a una azada “azada”, deberían darle inmediatamente una para que se pusiese a cavar con ella. Justo castigo a los que utilizan la palabra para ahogar y no para liberar la mente del lector. El realismo (o al menos este libro) es otra cosa, es hallar poesía dentro de la cotidianeidad (incluso dentro de la vulgaridad) de nuestras vidas. Algo parecido a lo que hizo Fernando León con obras maestras como Familia, Barrio o Los lunes al sol, aunque cambiando de herramienta: la imagen por la palabra. Somos deudores de nuestro pasado, pero se pueden contar muchas cosas sin decirlo todo.