viernes, febrero 20, 2009

Los domingos de Jean Dézert, Jean de la Ville de Mirmont

Trad. Lluis María Todó. Impedimenta, Madrid, 2009. 128 pp. 15.30 €

Rubén Castillo Gallego

Uno de los atributos más loables de un editor consiste en saber descubrir dónde están las obras realmente dignas, publicarlas con esmero y con elegancia, y darles la adecuada difusión. Es lo que Enrique Redel, máximo timonel del fino sello Impedimenta, está diciendo en los últimos tiempos con loable constancia. Y una de sus últimas apuestas es la que traigo hoy a esta página: la curiosa novelita que lleva por título Los domingos de Jean Dézert, de Jean de la Ville de Mirmont, un estilista sorprendente al que la Primera Guerra Mundial clausuró la respiración en 1914, después de una carrera literaria tan corta como prodigiosa.
El protagonista es un gris funcionario de veintisiete años que trabaja en el Ministerio de Estímulo al Bien. Carece de ilusiones, escribe la palabra “Nada” en muchas páginas de su Diario, se aferra a su trabajo con una lánguida indolencia y cobija ideas tan extenuadas como malheridas por el desánimo («Jean Dézert hace suya una gran virtud: él sabe esperar. Durante toda la semana espera el domingo. En su ministerio, espera el ascenso, mientras espera la jubilación. Una vez jubilado esperará la muerte. Él considera la vida una sala de espera para viajeros de tercera clase», páginas 25-26). Su única relación amistosa es la que establece con Léon Duborjal, con quien coincide a la hora de la cena en el local de madame Chênedoit, y con quien charla de temas neutros y banales. Pero un día la vida del rutinario empleado Dézert sufre un vuelco cuando conoce en el Jardin des Plantes a Elvire Barrochet, una hermosa muchacha que, con su atropellada anarquía vital y su jovialidad pizpireta, llenará sus horas de novedades. Esta ‘intromisión’ descabala el régimen de vida que hasta ese momento ha respetado con escrúpulo, e imprime un cierto aire de novedad y hasta de humor a su vida (diálogos como el que nutre la página 88 parecen escritos por el propio Miguel Mihura). El padre de Elvire, que es distribuidor de coronas funerarias, tenía otros planes («Yo había soñado con dar a mi hija a un marmolista y así asociar mis intereses a los de mi yerno», páginas 95-96); pero acepta al muchacho con liberalidad. Y en entonces cuando se produce la gran sorpresa: planificada ya la boda, Elvire Barrochet se echa súbitamente atrás, con el peregrino argumento de que su novio tiene la cara muy larga (página 105). Y Dézert, como no podía ser de otro modo, decide suicidarse. Elige, eso sí, hacerlo un domingo, para no perturbar el ritmo de su trabajo...
La fineza de esta prosa, sus diálogos deliciosos, la pintura de personajes, la delicada ambientación... Todo contribuye para que consideremos Los domingos de Jean Dézert una de las obras más exquisitas que nos ha deparado el panorama editorial español en los últimos tiempos. Impedimenta sabe lo que se hace, sin duda alguna.

jueves, febrero 19, 2009

Los hechos: Autobiografía de un novelista, Philip Roth

Trad. Ramón Buenaventura. Seix Barral, Barcelona, 2008. 254 pp. 19.50 €.

José Manuel De la Huerga

Un poco más allá del medio del camino de la vida, tan dantesco, es donde si situó Roth, allá por 1988, para escribir esta biografía literaria. Estaba en la cincuentena e intentando salir de una profunda depresión.
Así que bajo el estado de shock psicoanalítico (su conocido personaje Zuckermann le reprocha al final «pero, venga, ¿de qué estuvisteis hablando el psicoanalista y tú, durante siete años?»), el autor se tumba en el diván literario, pone el espejo retrovisor y nos dibuja los primeros años de su vida y de su formación.
Hasta ahí todo correcto, incluso aceptable. Pero permítanme uno de esos llamados excursus, una circunvalación para ver la ciudad desde un punto de vista más apropiado. Tengo bien reciente la lectura de Los libros que nunca he escrito, del también judío George Steiner. Su crítica se puede leer en este blog. En el capítulo dedicado a Sión y las basuritas varias tan antiguas como el Antiguo Testamento, Steiner cita al Führer. Dice que Hitler atribuía la creación de la conciencia a los judíos, y con sabiduría le matizaba: «yo diría que la mala conciencia».
Es ahí donde quería parar. Esta autobiografía es fruto de la mala conciencia de hijo de judíos de la diáspora, de alocado amante y pésimo esposo y de niño simpático y progre que vende la imagen de rebelde contra el sistema económico, político y social americano de posguerra. No deja de justificarse desde la primera página a la última. Primero con la treta literaria: abre la autobiografía con una carta explicativa a su personaje más celebrado, Nathan Zuckermann, su alter ego, para terminar el relato con la respuesta del personaje dando caña al bueno de su creador. Uno no puede evitar relacionarlo con las «nieblas» creativas que envolvían a nuestro Unamuno más castizo y filosófico y a esos personajes que se revelaban o buscaban a su creador, según les pete.
Se lo pregunta el personaje al final, ¿por qué te ha dado ahora por escribir una autobiografía? La respuesta está al principio y es doble. Por un lado la coquetería de pavo real literario. Quiere «visibilidad biográfica», y él mismo diagnostica su grado de visibilidad/vanidad: «En el péndulo de la autoexposición que oscila entre el mailerismo agresivamente exhibicionista y el salingerismo secuestrado, diría que yo ocupo una posición intermedia.» Y por otro, esta cosa del diván de la que tanto dependemos los escritores burgueses occidentales: «desmitologizarme para inducir la despatologización».
Bien. Pero esta autobiografía ¿es realmente biográfica con tanto filtro ficcional, la carta a su personaje y la respuesta final de éste? Lo será, pero una autobiografía a su medida, «bonachona», «por la vertiente chico simpático», como le termina acusando Zuckermann. Y el título, ¿es el más adecuado? Tengo mis dudas. No son hechos desnudos, objetivos, o por lo menos tendentes a la objetividad como verdad necesaria, como el propio autor desearía, para su curación. Sino que son hechos pasados por el cedazo de los recuerdos (que como decía Ramón Gómez de la Serna encogen como las camisetas), de la posición de hijo de la diáspora judía, de la clase media americana de posguerra y de una imagen falsa de sí mismo, de niño rebelde contra el sistema, dentro del sistema americano, del que se beneficia.
Pero entiendo que un escritor occidental de éxito, mediático, no podría escribir otra biografía. La opción era escribirla o no escribirla. El propio Zuckermann le recomienda no publicarla, pero no le hace caso. El cincuentón necesita el tratamiento de la visibilidad/vanidad. En cualquier caso siempre se aprende algo de las experiencias que se salen fuera de los cauces establecidos del novelista habitual. Y es que el escritor brilla en los momentos de máxima acidez, o sea, cuando vuelve a ser escritor de sí mismo. Dos momentos estelares: después de ser requerido por un tribunal de la comunidad judía para explicar su supuesto antijudaísmo en un cuento, Roth escribe: «Sobre mi sándwich de carne ahumada —qué menos—, dije: Nunca volveré a escribir sobre los judíos.» Y después de un tempestuoso primer matrimonio, escribe sobre su mujer: «Fue, sin duda alguna, el peor enemigo que he tenido, pero, ay, también fue nada menos que la mejor, entre todos mis profesores de Escritura creativa: especialista por excelencia en la estética de la ficción extremada.»
Estos momentos de tratamiento de sí mismo como personaje atolondrado, sin concesiones, son los que me reconcilian con el texto y con el autor. Me hacen pensar que acaso ésta sea una de las primeras autobiografías de escritor occidental que retrata con fidelidad nuestra condición vanidosa, descerebrada, caprichosa y frívola. Pero como el propio Zuckermann le asesta en su crítica a Roth: «Mi impresión es que has escrito metamorfosis de ti mismo tantas veces, que ya no tienes ni idea de qué eres o has sido alguna vez.»
La traducción de Ramón Buenaventura ha sido un excelente ejercicio literario, interpretando con solvencia nerviosismos e inseguridades de una prosa narrativa reflejo de los tipos desquiciados de la modernidad.

miércoles, febrero 18, 2009

La maravillosa vida breve de Oscar Wao, Junot Diaz

Trad. Achy Obejas. Mondadori, Barcelona, 2008. 309 pp. 22,90 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Tengo que confesarlo: este libro no es lo que esperaba. Por la información que tenía sobre él, que fue la que guió mis expectativas, pensaba que sería una especie de farsa postmoderna a lo La conjura de los necios, algo parecido a Absurdistán (que fue precisamente mi última lectura en este blog) pero con dominicanos en lugar de rusos. Juzguen si no por su protagonista: Oscar Wao, un nerd (aquí diríamos “friki”) obeso dominicano apasionado de la ciencia ficción y las novelas de fantasía que no tiene ningún éxito con las chicas. Es decir, lo que equivale a decir un antidominicano (a lo mejor creen que exagero y que tengo en mente un estereotipo, pero les aseguro que cualquier dominicano varón sabe qué es lo que su patria espera de él). Imaginaba entonces las andanzas de este pobre chico en una América que no entiende por su doble marginación friki y latina en un texto tragicómico que sin duda revelaría mil aristas.
Pero he aquí que en realidad de lo que habla esta novela es del fukú, la maldición que pesa sobre la familia de Oscar, una larga cadena de desgracias de la que él sólo es el último eslabón en el que se ceba, que impide que sus historias de amor lleguen a buen puerto, que trunca sus carreras profesionales, que rompe en añicos sus sueños. Por ello se nos van contando de forma alternada las vidas tanto de Oscar como de su madre Belicia (su lucha por salir de la pobreza y llegar a ser alguien), su hermana Lola (rebelde ante el camino que decidió seguir su madre pero no por ello menos perdida), su abuelo médico (primer miembro de la familia sobre el que se cernió la maldición, por obra, cómo no, de Trujillo) y su amigo Yunior. Sobre este último, mencionar que parece ser el mismo que aparecía en el anterior libro de Diaz, su recopilación de relatos Drown (titulada Los boys en la versión española de Mondadori y Negocios en la mejor traducida por Eduardo Lago publicada por Vintage en Estados Unidos), un trasunto del autor que como aquél aprecia la literatura y es presumiblemente el narrador de todo el libro y no sólo de los fragmentos en los que aparece como personaje.
Este fukú y la narración de las peripecias de la familia en distintas épocas de los años 50 hasta la actualidad permite el surgimiento del tema principal de la narrativa dominicana desde mediados del siglo XX: la dictadura de Trujillo. No debe extrañarnos esta recurrencia, ya que nuestro propio país usa y abusa de la de Franco, que arrastra buena parte de los esfuerzos narrativos de viejos y jóvenes artistas. Sin embargo, hay una diferencia fundamental, y son los elementos tan exagerados (y, a pesar de ello, la mayoría de las veces completamente reales) de su imperio: la proverbial rapacidad de Trujillo con toda hembra dominicana, la sutil campaña de desprestigio que el régimen organizaba contra todo aquél al que se detectase molesto con el status quo del momento, los espantosos calabozos en los que los prisioneros pasaban a llevar una semivida, las durísimas condiciones de vida del pueblo campesino intentando incorporarse a la ciudad (desde luego, nada más con ellos ya estaba hecha una novela, como descubrió con muy buen tino Vargas Llosa en La fiesta del Chivo). Para proporcionar una información más exacta sobre esa realidad dominicana tan desconocida para todos los que viven fuera de la isla y de paso dar un tono más sarcástico a su discurso, el narrador incluye unas notas a pie de página mediante las que el lector conoce en cuatro rasgos a diversos personajes de su historia reciente, como Joaquín Balaguer, Porfirio Rubirosa, Jhonny Abes, María Montez…
Sí, cuando se termina de leer esta novela uno se da cuenta de que no es lo que esperaba encontrar, pero a esas alturas poco importa porque ha asistido a una hermosa historia de amores y esperanzas contrariadas que además nos ha iluminado de dominicanidad. Y sobre esas historias de amor quebradas, ¿de verdad se trata de una maldición o todos y cada uno de nosotros ha pasado por ellas sin necesidad de atribuírselo a una misteriosa fuerza oscura?

martes, febrero 17, 2009

El pez volador, Hipólito G. Navarro

Ed. Javier Saez de Ibarra. Páginas de Espuma, Madrid, 2008. 184 pp. 13.46 €

María Ruisánchez

Vivir del cuento se llama la colección de la editorial Páginas de Espuma donde Hipólito G. Navarro ha publicado su última antología, El pez volador. No sabemos si el autor podrá vivir o no del cuento, pero de lo que no hay lugar a duda es de que los escribe con una absoluta maestría. No en balde, acaba de recibir el premio de la prensa andaluza por este libro que combina el humor más absurdo con la crudeza de infancias, recuerdos o vidas solitarias. En total veinte cuentos escogidos concienzudamente de entre los que destacan, al menos para mí, Los frutos más dulces, Las especies protegidas, 27/45 y Sucedáneo: pez volador. La edición se cierra con una entrevista, autor por editor partido de lector, donde uno puede descubrir o al menos entrever el por qué de esos cuentos: una infancia durísima, un lector compulsivo, un biolugus interruptus y sin nunca perder la sonrisa. Todo a la coctelera, y el resultado una constante revolución narrativa, una experimentación hilarante, loca, cómplice. Unos cuentos multimedia, que interactúan con el lector y ponen a prueba reiteradamente su inteligencia y su tesón para atrapar una narración que se escapa ante sus ojos, enlazándose esquiva dos páginas más allá. Un juego, una maravilla.
Quizás por ser El pez volador una antología encontramos en ella, varios Hipólitos. Si bien, todos usan el lenguaje con la fluidez del que escribe en trance, y el desahogo del que se divierte haciéndolo. Hay en estos cuentos algunos que destacan por su crudeza. Son de esa clase de cuentos que te obligan a cerrar el libro en cuanto lo terminas, porque no quieres todavía cambiar de tercio, pretendes mantenerlo aún un rato en el cielo del paladar, disfrutando del desasosiego y la honda tristeza que te dejan. Son para mí, claros ejemplos de esto, Los frutos más dulces y Las especies protegidas. El primero podría tildarse de escrito más a lo “clásico”, siempre entre comillas, que el otro, que es una auténtica obra de arte, digna de ser enmarcada, con una narración hipnótica, evocativa, sonámbula y de filibustero. Se me permita el último calificativo, ya que sin darnos cuanta, según avanzamos en la lectura de Las especies protegidas, las palabras te abordan y te despojan de algo tuyo, que invariablemente pones al leer, no sólo este relato, sino también Los frutos más dulces, ya que en ambos te implicas. De ahí que al concluirlos, cierres el libro mientras te pliegas al unísono, sorprendida con sus finales, conmovida y con visos de melancolía.
Para contrastar hay otros cuentos de carcajada, de dulce desenfreno, en el que las amarguras se cubren de almíbar, sin dejar de estar ni un momento presentes. Muestra Hipólito G. Navarro el humor no sólo en el lenguaje, sino también en la trama como en 27/45 en el que ese auto-crédulo personaje (si se me permite el adjetivo) sopla 45 velas de su tarta, mientras se convence de que cumple 27. No hay ni uno sólo de estos cuentos que no te descoloque. Otro desternillante es a Buen entendedor (Dieciocho cuentos muy pequeños redactados ipsofácticamente), desde mi punto de vista brillante en su planteamiento, aunque me sobre la última parte en la que se explica lo anterior. Cada cual que entienda.
No obstante, si por algo destacan los cuentos de Hipólito G. Navarro es por ser una constante experimentación, una búsqueda, una vuelta de tuerca. Una narración que sorprende, con la que trastabillas, volviendo a la vertical gracias a un trasfondo de peso. Una narración agridulce. Recuperando la metáfora de la coctelera, leernos un cuento de Hipólito G. Navarro viene a ser como tomarnos un margarita. Y leernos esta antología, margarita a margarita… Imagínense.

lunes, febrero 16, 2009

El poder y el delirio, Enrique Krauze

Tusquets, Barcelona, 2008. 373 pp. 21.15 €

Lorena Bou Linhares *
Firma invitada

El poder y el delirio de Enrique Krauze ha sido publicado por Tusquets en España para ser distribuido también en América Latina, a excepción de Venezuela. Un libro que revise la historia de la democracia venezolana y critique determinados aspectos de la política de Hugo Chávez no invita a tramitar una solicitud de importación. Sin embargo, con otra cubierta y bajo otro sello editorial, el último libro de Enrique Krauze ya está a la venta en las librerías venezolanas. En un principio, varias editoriales se negaron a coeditar el libro, pero Editorial Alfa, cuya colección Hogueras se ocupa del análisis político nacional, decidió asumir el reto, nada desdeñable tratándose de un libro que reconoce la vocación social del régimen chavista pero que cuestiona el «personalismo autoritario» del presidente Chávez.
En 1959, justo cuando triunfa la Revolución cubana, en Venezuela gana las elecciones el demócrata Rómulo Betancourt. Treinta años después, en 1989, cuando cae el muro de Berlín, la izquierda venezolana radical inicia la cuenta regresiva que llevará al país «de la democracia a la revolución». Esta paradoja, el «sentido inverso» de la historia contemporánea de Venezuela, es precisamente el punto desde el que parte Enrique Krauze para analizar tanto la política actual venezolana como su repercusión en el resto del continente latinoamericano.
Para entender las circunstancias que permitieron el triunfo electoral de Chávez en 1998 y su actual permanencia en el poder, el autor se sitúa en los comienzos de la democracia venezolana, señala los aciertos y fallos de cuarenta años de bipartidismo y recorre la biografía del líder del llamado «socialismo del siglo XXI». Si bien la crónica dirige los capítulos –Enrique Krauze plantea sus opiniones a medida que narra sus dos viajes a Caracas y el ínterin en México–, una profusa documentación bibliográfica y una serie de entrevistas a personalidades antichavistas y chavistas acompañan las reflexiones en torno al conflicto entre democracia y revolución.
El poder y el delirio trata el problema del mercantilismo estatal de la «Venezuela Saudita» y el abuso de poder por parte del carismático (y mediático) Chávez, pero sobre todo da voz a personalidades venezolanas que son prácticamente desconocidas fuera de Venezuela y cuya opinión es crucial para entender a un país en donde una miss y un militar golpista coincidieron en unas elecciones.
Ex guerrilleros (Américo Martín y Teodoro Petkoff), historiadores (Manuel Caballero, Simón Alberto Consalvi, Elías Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas), representantes de la Iglesia y de la comunidad judía, ex militantes del chavismo (Luis Miquilena y Raúl Isaías Baduel), dirigentes estudiantiles y escritores (Guillermo Sucre y María Fernanda Palacios), con todos ellos conversa Enrique Krauze. La variedad de perspectivas y la calidad de los análisis no pueden dejar indiferente al lector. «Perón y Chávez se parecen hasta en el culto a Evita», afirma Manuel Caballero; «[Chávez] se ha convertido en un caudillo militar», asegura Luis Miquilena. Muchos de los interlocutores cuestionan el anacronismo de la Revolución bolivariana, la manipulación de la historia, el clima de descalificación y odio, la militarización de la sociedad, la ilegalidad y la corrupción; todos reprochan el carácter intervencionista y excluyente de un gobierno que desconoce la autocrítica.
Pero frente a la opinión de un sector de la sociedad venezolana se cuelan las razones del bando contrario, los partidarios del chavismo. Diputados y ministros (Aristóbulo Istúriz, Jorge Rodríguez, Alí Rodríguez Araque y José Vicente Rangel) descalifican los años de democracia que precedieron a Chávez, explican los logros de las políticas sociales del actual gobierno y asoman la certeza del carácter mesiánico de su líder. “El chavismo es un fenómeno telúrico”, señala José Vicente Rangel. Por su parte, escritores de la izquierda radical (Vladimir Acosta y José Roberto Duque) critican la falta de radicalismo en las medidas izquierdistas del gobierno. «Admiro a Chávez (…) pero Chávez no ha tumbado las estructuras. Siguen allí explotados y explotadores», sostiene José Roberto Duque.
De entre las muchas voces que se dejan oír, la de los historiadores Manuel Caballero, Simón Alberto Consalvi, Elías Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas, así como la de Teodoro Petkoff y Américo Martín –ex guerrilleros que ahora representan la izquierda democrática–, son las que tienen mayor presencia: con ellas se despliega el estudio de tres figuras clave: el ex presidente Rómulo Betancourt, el Libertador Simón Bolívar y el propio presidente Chávez. En oposición a Betancourt, Chávez rehúye la alternabilidad en el poder; con respecto a Bolívar, no sólo lo venera, sino que explota en exceso su postura antiimperialista. Ambos enfoques constituyen uno de los temas más polémicos del libro, como también lo es la crítica a los modos como Chávez asume la reencarnación de los héroes de la patria. En cada debate Enrique Krauze es firme en sus argumentaciones, hasta el extremo de asegurar que ni Marx ni Plejánov habrían sido chavistas. La razón, el rechazo al «culto al poder unipersonal».
Sin duda, la política exterior de Chávez es bien conocida (cómo olvidar el «váyanse al carajo, yanquis de mierda»), pero no lo es tanto su política interna, de la que precisamente se ocupa El poder y el delirio. La agudeza con la que el autor reflexiona sobre el pasado y el presente venezolanos es razón suficiente para la lectura de un libro que tampoco desestima la ironía. «En el país de Andrés Bello, un veterinario dirige la cultura.» Semejante frase es la conclusión a la que el historiador mexicano llega tras conocer que el actual ministro del Poder Popular para la Cultura es un veterinario con un máster en trasplante de embriones y reproducción animal.

* Lorena Bou Linhares nació en Caracas en 1977 y reside en Barcelona (España) desde el año 2002. Estudió Filología Hispánica y se ha especializado tanto en Literatura Comparada como en el área de la edición. Actualmente trabaja como lectora y correctora en varias editoriales. Es asidua colaboradora en diversos periódicos y revistas de Venezuela y España.