viernes, febrero 27, 2009

Lo que arraiga en el hueso, Robertson Davies

Trad. Concha Cardeñoso. Libros del Asteroide, Barcelona, 2009. 487pp. 21.95 €

Sofía Rhei

En un solo personaje, espectador privilegiado al mismo tiempo que partícipe, se describe la historia de todo el siglo XX. A bote pronto se me ocurren Vida y destino, de Vasili Grossman, Autobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein, El tambor de hojalata, de Gunter Grass, Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie, La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, Novecento, de Baricco, Chiquita, de Antonio Orlando, Memorias de una caja a prueba de hormigas, de Mark Helprin, Lestat el vampiro, de Anne Rice (sí, el porno para chicas también puede tener su barniz histórico). Puede que la biografía (novelada, en la que ficción y fuente se contaminan) como metáfora de las transformaciones sociopolíticas sea una de las razones de ser de la novela en tanto que género, si es que de tal puede hablarse. Muchos de estos títulos se refieren específicamente a un país.
La lenta y fragmentaria construcción de la identidad canadiense y la correspondiente necesidad de mirarse, a la menor oportunidad, en el espejo de Inglaterra, son dos de los temas a los que el galardonado autor Robertson Davies sacó más partido a lo largo de su vida. No debe olvidarse que él mismo se educó en Oxford a pesar de haber nacido en una pequeña ciudad de Ontario, al igual que Francis Cornish, el protagonista absoluto de la novela de hoy. La historia de su protagonista transcurre entre Canadá y Europa mostrando tanto la permeabilidad de los diferentes tejidos sociales a algunas ideas como su tenaz resistencia a otras, y recoge las consecuencias de ambas actitudes gracias a la visión panorámica que permite el paso del tiempo.
Tras una breve introducción, que recoge el hilo argumental del tomo anterior de la trilogía (este libro es el segundo), la historia se convierte en una biografía al estilo clásico, empezada a narrar desde la generación de los abuelos de Francis Cornish, futuro pintor, millonario, falsificador y espía. Con estilo ameno y una interesante técnica, casi cinematográfica, de observación psicológica de las cosas pequeñas, que podríamos llamar plano detalle, se va desgranando la infancia, adolescencia y edad adulta de este controvertido personaje a ambos lados del Atlántico.
No se trata de un libro moderno, e incluso puede que sea intencionadamente anticuado, como si el autor tratara de ignorar todas esas cosillas que habían pasado en la literatura en las últimas cuatro o cinco décadas. La estructura es una línea temporal, lo que constituye un reto para el estilo (que Davidson supera brillantemente), pero esto no hace más que subrayar esa voluntad del escritor de convertirse en un "pintor de historia", de tratar de llegar a esa escritura atemporal que parecen poseer algunos clásicos. Lo que pasa es que no es tan fácil saber cuál es la causa y cuál el efecto en lo relativo a que un libro se convierta en un clásico o tenga una escritura aparentemente atemporal.
El punto de vista acerca de lo sobrenatural está basado en una tradición documental ligeramente poetizada (ángel de la biografía, daimon de la inspiración), y su función es poco más que pretexto biográfico; escrita veinte años después de El mago de John Fowles, la novela de Davies parece anterior.
El curioso hecho de que el artista empiece a practicar su arte mediante la observación y copia de naturalezas muertas humanas (los cadáveres de la funeraria) me ha traído a la memoria al pintor de muertos de Las horas náufragas, de Mercedes Chozas.
A pesar de tratarse de la vida de un pintor y de sus elecciones, las reflexiones acerca de los innumerables nexos entre el arte y el poder económico no ocupan un lugar fundamental en la novela, cuya prioridad es el retrato naturalista de los personajes, las pasiones de la mente y las del espíritu, las debilidades del cuerpo. Hay mucho diálogo, una de las tácticas del autor para hacer amena la lectura.
Cronista excepcional, sí. Posee la voluntad de dibujar el fresco de la historia viva, de retratar a cada miembro de las fotos oscurecidas en carne y sonrisa, de reunir lo que merece ser reunido, de decir muy bien lo que ya ha sido dicho. Sin embargo, los hilos entre lo que ya ha sucedido y lo que está sucediendo, o lo que va a suceder, y la exploración de todo lo que queda por decir, se echan de menos en este libro.