martes, febrero 10, 2009

Flores para un cyborg, Diego Muñoz Valenzuela

EDA, Madrid, 2008. 196 pp. 14.25 €

Pepe Cervera

En Flores para un cyborg, uno de los seis libros que hasta la fecha ha publicado su autor, Diego Muñoz Valenzuela, (Chile, 1956), se cuenta la historia de un científico experto en robótica, Rubén Arancibia, que después de pasar varios años exiliado regresa a su país, Chile, acompañado de Tom, cyborg que ha construido a su imagen y semejanza. A tal extremo llega el parecido de la máquina con el aspecto de su creador, que es capaz de pasar por éste en «reuniones sociales, cócteles, conferencias, almuerzos, partidos de béisbol y a más de un seminario inútil», incluso llega a superarlo en cuanto a relaciones sociales, ya que el androide aprende rápido a lucir un encanto del que Arancibia carece.
Pese a haberse convertido en un país democrático, en el Chile que el protagonista se encuentra permanecen latentes los vicios de la anterior dictadura. Los antiguos torturadores están ahora al mando de negocios excesivamente conectados con el actual gobierno; aquellos que administraban el país continúan manejando ahora excesiva información que les permite mantener un estatus privilegiado con la connivencia de jueces y políticos. La corrupción está en el orden del día. Rubén Arancibia y un viejo amigo, activista opositor al régimen, Ricardo Bell, se plantean darle al Perro Torres, torturador y asesino, una píldora idéntica a las que él administraba.

«— ¿Dárselas a ese hijo de puta? ¡Claro! Pero es muy difícil. Ningún tribunal lo condenaría. No conseguiríamos nada con esos magistrados corruptos o, en el mejor de los casos, inertes.
—No hablo de tribunales, hablo de justicia. Dejar seca a esa alimaña.»
Lo que a priori parece una empresa etérea y descabellada toma cuerpo rápidamente y se transforma en una idea palpable gracias a la implicación del hombre de acero, cuyos principios y reglas morales coinciden con los que rigen el comportamiento de su creador. El cyborg se convierte en el instrumento con que su hacedor llevará a cabo la revancha. Se desata una oleada de violencia para resarcir el daño que les fue causado. El argumento que trabaja el autor posee por sí mismo una importante carga de tragedia, sin embargo Diego Muñoz Valenzuela va salpicando su prosa con las dosis justas de humor para desdramatizar el punto de vista del lector, quien no puede evitar la reflexión pero tampoco dejar escapar una sonrisa —como la que provoca la obsesión del cyborg por conseguir un apéndice viril que le permita mantener relaciones sexuales con mujeres de carne y hueso. Tom adquiere sensibilidad y capacidades humanas; sorprendentemente la máquina desarrolla cierta facultad de sentir, es capaz de querer y conseguir que le quieran. Ruben Arancibia lo considera un amigo, un hermano, un hijo, y a lo largo de la narración se percibe la reciprocidad de esos sentimientos. Para la lectura del libro de Muñoz Valenzuela, además del ya mencionado sentido del humor que lo recorre, adquiere importancia la soltura de la prosa, la facilidad con que se avanza: no es difícil liquidar las más de 260 páginas de tirón. Los objetivos que el protagonista y sus cómplices se asignan van cayendo y lo que se planteó en un primer momento como una reparación puntual e irreprochable empieza a perder freno tomando visos de venganza. El protagonista lo advierte casi al mismo tiempo que el lector: «—Haces justicia por tu mano y te conviertes en uno más de ellos, un vampiro que jamás se cansará de succionar la sangre de sus víctimas…», le dice al cyborg después de su último trabajo. A un pelo estamos de cuestionar la rectitud de sus hazañas cuando una veta de esperanza viene a apaciguar las malas conciencias.
A Diego Muñoz Valenzuela se le conocía en España por haber sido incluido en la Antología de cuentos chilenos que en 2006 preparó el italiano y especialista en literatura hispanoamericana Danilo Manera para la editorial Siruela; en Chile ha publicado otra novela y cuatro colecciones de relatos. Ahora se le puede encontrar en las librerías españolas gracias a la labor de E.D.A. libros (http://www.edalibros.com/), que poco a poco, de manera injustamente callada y con unos libros de muy buen tacto, está elaborando un catálogo nada despreciable —en su colección “Los días terrestres” ya ha publicado a autores como Guillermo Busutil, José Eduardo Tornay, David Roas, Federico Fuertes Guzmán—: Flores para un cyborg es una prueba más de ello.