lunes, julio 21, 2008

Una lectora nada común, Alan Bennett

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2008. 119 pp. 13 €

Care Santos

«Nunca le había interesado mucho la lectura. Leía, por supuesto, como todo el mundo, pero el gusto por los libros era algo que dejaba a los demás. Era un hobby, y la naturaleza de su trabajo entrañaba no tener hobbies. El jogging, cultivar rosas, el ajedrez o escalar, el aeromodelismo y decorar tartas. No. Las aficiones suponían preferencias y había que evitar las preferencias: excluían a la gente. No tenía preferencias. Su trabajo consistía en mostrar interés, no en interesarse. Y además leer no era hacer algo. Ella hacía cosas.»
Este es el punto desde el que parte la protagonista de esta deliciosa novela breve de Alan Bennett, un autor muy conocido en el Reino Unido como dramaturgo y guionista, y en nuestro país conocido sobre todo por la adaptación cinematográfica de su comedia The Madness of George III, bajo el título La locura del Rey Jorge.
Como dramaturgo, y también como novelista, Bennett es heredero de la comedia de costumbres a la inglesa. Sus personajes son parientes cercanos de los de Óscar Wilde, o de los de Noel Coward: aristócratas asomados al abismo de su propia falta de sustancia. Sus dos libros anteriores, publicados también por Anagrama, abundan en ese sentido. El insípido y presumido matrimonio Ransome, protagonistas de Con lo puesto (2003) recuerdan con su actitud a los lores y ladies que abundan en los salones que retrata Wilde. Como la de su antecesor, la mirada de Bennett es irónica y elegante, pero al mismo tiempo despiadada. Se preocupa por mostrarnos la hipocresía, el absurdo que recorre algunas existencias como si de una enorme grieta se tratara. En La ceremonia del masaje hay también algo de eso, aunque la mirada era aquí más directa: ya no es la aristocracia la que se encuentra en el punto de mira sino esa otra elite —más absurda todavía— encumbrada en su vulgaridad por caprichos de la fama. Cantantes, músicos, actores y hasta políticos convierten el entierro de un masajista bisexual en un vodevil impúdico, del que nadie escapa indemne. La ironía se vuelve sarcasmo y se aleja de Wilde para acercarse a Wodehouse o incluso a Tom Sharpe. El humor británico de Bennett se quita los guantes y se embarra. Es inevitable, por cierto, recordar al leerlo la película Death At The Funeral (Un funeral de muerte), de Frank Oz, cuyos personajes podrían perfectamente formar parte de sus páginas.
En esta tercera entrega del autor encontramos, sin duda, lo mejor de las anteriores. Ahí está la ironía, la elegancia, pero también la acidez de la sátira más mordaz. Un narrador medido, maduro, que despierta sonrisas e incluso carcajadas y unos diálogos brillantes en los que la Reina Isabel II es la absoluta protagonista. Una vez más, el cine acude con sus referentes: difícil al leer esta novela, para quien la haya visto, no tener en la cabeza The Queen, la estupenda película de Stephen Frears protagonizada por una Helen Mirren soberbia que parece un miembro más de la casa Windsor.
La soberana que retrata Bennett es menos sobria que la de Frears, pero maravilla del mismo modo la capacidad de ambos de acercarse a un personaje contemporáneo de tal relevancia —y vivo, para más inri— y ser capaces de ofrecer un retrato tierno, fiel —por lo menos en apariencia—, irónico pero no exento de crítica. Es inevitable preguntarse si la verdadera Isabel II habrá leído esta novela o visto aquélla película, y qué opinión tendrá sobre ambos. Del mismo modo, parece lógico preguntarse qué ocurriría si en España alguien intentara una proeza semejante con Juan Carlos I.
La historia que cuenta Una lectora nada común es la del común de los lectores. Sólo tiene de insólito su protagonista. En una visita a la biblioteca ambulante que se ha instalado en los jardines de su palaciuo, y llevada por la astucia de un bibliotecario ocasional, la mismísima Reina de Inglaterra se siente en la obligación de leer un libro que le han prestado. Lo hace, como todo en su vida, por profundo sentido del deber: si el bibliotecario le presta un libro, lo menos que puede hacer es dar cuenta de él. Aunque la Reina no cuenta con la capacidad de seducción de la Literatura. Y ese primer libro despierta en ella el placer de la lectura, como a veces ocurre. De ese libro pasa a otro, y a un tercero, y a otro más, hasta que descubre que la lectura es una casa enorme que puede recorrer con asombro y pasión.
Aunque ello, claro, tiene un precio. El primer damnificado de la nueva afición de la Reina es el duque de Edimburgo, su marido, quien de pronto tiene que sufrir algunas rarezas de su esposa: que vaya en el carruaje oficial leyendo sin descanso mientras finge saludar a la plebe. O que de pronto encuentre insípidos y cargados de tópicos los discursos de inauguración de Parlamento que debe pronunciar cada año. Que de pronto encuentre cargante su agenda rebosante de actos oficiales que no le dejan ni un día libre para leer. Por no hablar de los viajes, a los que ya no va la soberana sin llevar su caja de libros y su consejero en materia de lecturas. Hay nuevas costumbres de la Reina que son realmente engorrosas. En las recepciones oficiales le pregunta a todo el mundo qué esta leyendo. Lo mismo hace con el primer ministro, al que le presta libros y luego le interroga sobre ellos. Incluso llega a causar un problema diplomático con Francia después de poner en un apuro al Ministro de Cultura galo al preguntarle por Jean Genet.
La novela explica la fascinación de un lector —cualquiera de nosotros— por los libros, a la vez que nos hace testigos de un proceso de aprendizaje. Un aprendizaje, obvio es decirlo, que va mucho más allá del mero saber enciclopédico y que incide en la propia concepción del mundo, en la capacidad de asombro, en el nivel de conocimiento de uno mismo y de la naturaleza humana. Al leer, la Reina cambia de un modo tan profundo como inapreciable a primera vista. Se vuelve mejor persona. También más escéptica. Casi al final de la novela afirma: «No pones la vida en los libros. Encuentras la vida en ellos.»
Pero hay mucho más en esta novelita de Bennett. Hay sabiduría en el modo de tratar a todos los personajes, desde los intrigantes consejeros hasta el anodino amanuense al que la Reina nombra su lector de confianza. Y, por supuesto, en la protagonista, qué maravilloso personaje. Hay inteligencia en el debate que la historia de la soberana inglesa pone sobre la mesa: cuáles son los límites del poder real, qué tiene que ver la Literatura —la Cultura— con el poder, qué es lo que nos hace sentirnos inferiores a otros, qué papel juegan las elites culturales en la sociedad, qué consecuencias puede acarrear el nivel de vulgarización de las clases dirigentes...
Cuando leo un libro como éste, en que la inteligencia y el humor están ligados a la perfección, me dan ganas de hacer dos cosas. La primera es devorar toda la obra anterior del autor. Un impulso que, por fortuna, en este caso es fácil de cumplir, por lo menos en parte —las piezas teatrales no están traducidas al castellano, como tampoco sus diarios, titulados Writing Home—. La segunda es invitar al autor a cenar. Me gusta pensar qué cocinaría para una ocasión así. Algo sencillo o sofisticado. El vino sería tinto, eso seguro. Y luego habría té —inevitable— y conversación. En realidad, todo lo demás sería un mero pretexto. En fin.
Como veo poco probable que Alan Bennett viaje de Yorkshire hasta Mataró para charlar con esa otra lectora nada común que soy yo misma, tendremos que conformarnos con su faceta como monologuista teatral, que he encontrado en un asalto al YouTube:


2 comentarios:

gonzalo dijo...

Me encantó. El final del libro, la última paginita, lo mejor.

Pastromer dijo...

Este blog es realmente interesante, gracias por existir.
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Tu opinion me es importante, por favor deja un comentario en el Microrelato "Soñe Justicia" y expresa tu opinión, en:

http://concurso-tallerliterariorg.blogspot.com/2008/07/soe-justicia.html

saludos.