viernes, julio 11, 2008

El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza, Werner Holzwarth / Wolf Erlbruch

Trad. Miguel Azaola. Alfaguara, Madrid, 2007. 24 pp. 15,95 €

Care Santos

A finales del curso académico que ha quedado atrás, tuve la oportunidad de contarles la historia del topo que quería saber quién había hecho aquello en su cabeza a un grupo de alumnos de cuarto de la ESO —es decir, chicos y chicas de 15 años—. Me escucharon con mucha atención. Cuando terminé, mientras aún se reían, uno de ellos me preguntó: «Y ese cuento, ¿qué enseña?».
Les respondí que el topo enseña muchas cosas pero, sobre todo —y a mi juicio— dos: a reírse con un libro en las manos y el significado de la dignidad individual. El cuento del topo les dice a los niños aquello que a menudo no se les puede decir en voz alta: si alguien te hace algo que consideras terrible, no te quedes parado lamentando la afrenta recibida: deja claro que no estás dispuesto a conformarte. No es un mensaje fácil de transmitir en los tiempos que corren. Por eso el topo es un personaje literario controvertido, nada complaciente, nada «políticamente correcto», sino todo lo contrario. He aquí su interés. O uno de ellos.
Nos encontramos ante un clásico de la moderna literatura para niños, escrito e ilustrado hace más de veinte años por dos autores alemanes. Holzwarth, el escritor (1947) y Erlbruch (1948), uno de los mayores ilustradores de nuestro tiempo, Premio Andersen —el denominado «Nobel de la literatura infantil»— en el año 2006. La historia que aquí cuentan conquista a los niños por el acierto y la sencillez de su propuesta, pero también por el carácter de su protagonista, ese topo tan poco conformista que no para hasta saber quién diantre le ha hecho «aquello» en la cabeza.
Para entrar en harina argumental: «aquello» es una caca. Una monumental mierda que le ocupa toda la cabeza y le corona de un modo humillante y asqueroso. El topo descubre semejante tocado una mañana, nada más salir de su madriguera. Alguien le ha distinguido de ese modo, y desea averiguar quién ha sido tan irrespetuoso. Pero no tiene ni idea de cómo ni por dónde comenzar a buscar. Para tratar de encontrarle abre una investigación agotadora, que consiste en preguntar uno por uno a todos los animales que va encontrando a su paso: «¿Has sido tú quién me ha hecho esto en la cabeza, señor caballo..., señor cerdo, señora cabra...?»El topo podría habitar en una granja, a juzgar por quiénes son sus vecinos. Uno por uno, los animales encuestados tratan de demostrar su inocencia de un modo simple y rotundo: lanzando frente a las narices del improvisado detective una muestra suficiente de sus propios excrementos como para disipar toda duda. En la vida se ha visto fase de presentación de pruebas más contundente. Así, el caballo, la vaca, la cabra, la liebre, el pájaro... todos defecan frente a los ojos del enojado topo-detective, y uno por uno van demostrando su falta de culpa en el estropicio.
Cualquiera que haya contado cuentos alguna vez sabrá el júbilo con que los pequeños reciben las cuestiones escatológicas. Mucho más en este caso, donde la escatología no ahorra detalles y se nos muestra en todo su esplendor, aunque sin nombrarse explícitamente ni una sola vez. El lector irá descubriendo las diferencias que existen entre una diminuta caquita de cabra o una enorme boñiga de caballo, por no hablar del emplaste que desde el cielo lanzan las aves o de la pastosidad maloliente que expelen los cerdos y al terminar la lectura será todo un experto en excrementos animales. La identificación con el lector que debe pretender toda historia está aquí clarísima, palpable: se dirige a un recetor en pleno proceso de descubrimiento de su propio cuerpo o que tal vez esté aprendiendo también —con la dificultad que la cuestión entraña— dónde demonios se hace «aquello». El éxito por identificación con el personaje y el tema está, pues, garantizado. Y la risa también. La historia ya contiene grandes dosis de sentido del humor, pero si ayudamos un poco con algunas entonaciones a la pregunta repetitiva del topo y ciertas onomatopeyas —que el texto, y esta nueva edición con desplegables y pestañas ayudan a enfatizar— cada vez que aparece «aquéllo», el cuento se convertirá muy pronto en uno de los favoritos de los lectores, en un éxito garantizado.
¿Y cómo acaba la investigación? ¿Resuelve el topo su incógnita?
Por supuesto, pero como toda buena historia de intriga, esta tiene también sus especialistas. Se trata de dos moscones verdes, expertos en el análisis científico de todo tipo de excrementos, quienes dictaminan a quien pertenece el molesto asunto. Y lo hacen con una precisión que recuerda a los más reputados investigadores de la ficción. En un pispás dictaminan que el autor del crimen sólo puede ser uno: Napoleón, el perro del carnicero. Resuelto el miserio, sólo falta el desenlace, que se haga justicia. Y esto llega cuando el topo, con la dignidad, la seriedad y la diligencia que le ha caracterizado durante todo el relato, le devuelve a Napoleón «aquello» que le hizo en la cabeza. En este caso, parece lo más justo. Sin triunfalismos ni alaracas. Sólo que la venganza del topo es una basurita minúscula en la cabeza del enome perrazo Napoleón. Sin embargo, poco importa eso: rematada la faena, el topo regresa a su madriguera, más digno y crecido que nunca.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Aunque estoy seguro que el libro puede disfrutarse de igual modo, -i creo que lo voy a buscar- me parece una lástima que se cuente el final. Aunque el como y el por qué puedan retener el interes, el lector que haya leido la reseña, ya no se sentirá intrigado por el quien. Recomiendo pues leer el comentario hasta la mitad.

Lauren Mendinueta dijo...

Soy una lectora entusiasta de la literatura infantil y juvenil. La historia del topo ya la conocía y como dices en los talleres para niños pequeños es fenomenal. Nunca pensé que también podía funcionar con chicos un poco mayores. Gracias por la entrada. Gracias por tu blog.

Palimp dijo...

Un cuento magnífico que ya forma parte de la biblioteca de mi hija de tres meses.

En catalán es una 'topa'

Palbo dijo...

¿Por qué usás esa ropa?

Porque la sociedad la usa.

¿Por qué la sociedad la usa?

Porque mis padres la usaban, porque mis abuelos la usaban.

¿Por qué tus padres la usaban? ¿Por qué tus abuelos la usaban?

Porque se empezó a usar hace mucho tiempo.

¿Por que se empezó a usar hace mucho tiempo?

¿Será que estamos todos metidos en un mismo paradigma?

¿Por qué estamos todos metidos en un mismo paradigma?

¿Será porque usamos la misma ropa?

Anónimo dijo...

Esta obra está disponible también en catalán, gallego y euskera, publicada en estas tres lenguas por Kalandraka.