jueves, noviembre 01, 2007

Historias del señor Keuner, Bertold Brecht

Trad. Juan José del Solar. Alba, Barcelona, 2007. 153 pp. 14,50 €

Alejandro Luque

Durante varios días he paseado este libro bajo el brazo. Y he comprobado cómo cualquiera que se inclinara para ver de qué se trataba hacía un gesto de rechazo al descubrir en la portada el nombre de Brecht. Valga, pues, esta advertencia: quienes sólo identifiquen al escritor alemán como padre de Mackie Navaja o de Madre Coraje, como activista político o como autor de ciertos ripios erróneamente atribuidos, se exponen sin duda a una grata sorpresa apenas abran este volumen.
Supe de las historias del señor K. hace algunos años, a través de mi amigo Ilya U. Topper, que se sabe muchas de memoria y las reproduce a la perfección. Desde entonces, he invocado las enseñanzas de este personaje en múltiples circunstancias, desde los fastidiosos controles de los aeropuertos a los encuentros imprevistos en la calle: en todas ellas me resultó tan útil como divertido recurrir a él. Por eso, ha sido para mí un motivo de alegría saber de este nuevo volumen, que incluye dispersos e inéditos con ambiciones de edición definitiva.
Pero, ¿quién es este señor Keuner? Todos y ninguno. Carece de identidad: asume dócilmente cualquier situación donde el autor tenga a bien colocarlo, y comienza sin demora a hacer de las suyas. Como bien indica la nota liminar, el nombre de Keuner suena como “Keiner”, que en alemán significa “Nadie”: un modo de no singularizarlo demasiado, de permitir que represente a la gente común, como sucede con ciertos personajes de los chistes y las leyendas populares. A partir de ahí, lo encontramos siempre en el terreno de la anécdota y la parábola, a veces adoptando el tono del sabio zen, otras con la chispa aguda de un Juan de Mairena.
«El señor K.», leemos, por ejemplo, «no estaba a favor de las despedidas, ni de los saludos, ni de los aniversarios, ni de las fiestas, ni de concluir un trabajo, ni de iniciar una nueva etapa en la vida, ni de los ajustes de cuentas, ni de la venganza, ni de los juicios concluyentes». Uno de los matices más agradables en la lectura de estas historias es que no imponen un punto de vista, no echan mano del chantaje moralista ni de la arrogancia de la cátedra. En todos los palos que toca —las relaciones humanas, el amor, el trabajo, la prensa...—, Keuner actúa como un estimulante para el sentido crítico, incluso cuando éste pueda volverse contra él.
Ágil y directo, pero de una densidad disfrazada de modesta ocurrencia, este Keuner es un sabio portátil, altamente recomendable para el uso diario. No olvidemos que el bueno de Brecht fue, pese a su marxismo machacón, un creador potentísimo, con una riqueza de registros extraordinaria que las malas traducciones se han encargado de oscurecer de manera muy eficaz. Hoy, tan denostado por las lecturas politiqueras y los sobreentendidos sobre su obra, merece con estos textos al menos una nueva oportunidad.