viernes, noviembre 23, 2007

Autobiografía médica, Damián Tabarovsky

Caballo de Troya, Madrid, 2007. 122 pp. 11,50 €

Marta Sanz

Lo primero que llama la atención de esta Autobiografía médica es que está contada en tercera persona. Una autobiografía es un documento intrínsecamente patológico, como cualquier ejercicio literario, aunque en el caso de las autobiografías el autor aparenta menores reparos a que se le pierda totalmente el respeto o a que se le ame de manera idolátrica; si esta autobiografía, además de autobiografía y literaria, es médica y está contada en tercera persona, el componente patológico es ya monumental y la enfermedad, irreversible... ¿Se ve el autor a sí mismo desde arriba de las habitaciones como un personaje escindido de su ser?, ¿habla solo?, ¿dramatiza los diálogos de sus personajes?, ¿enferma por empatía con sus tuberculosos?, ¿convierte en tuberculosos a todos sus hijos literarios después de haber padecido una neumonía? La perspectiva esquizoide y narcisista está en la base de la misma creación literaria, pero muy especialmente constituye uno de los pilares del mundo en el que nos ha tocado vivir. Si esta reseña se perdiera en las selvas de la terminología psiquiátrica, estaría despistando al lector potencial de Autobiografía médica, porque el lenguaje psicopatológico sólo funciona como metáfora de la permanente paranoia laboral que experimentan los individuos –sanos y no tan sanos- a lo largo de toda su edad productiva. La vida es el trabajo y el alma, el éxito. La enfermedad, la inactividad o el despido son formas de la muerte. Así estamos: pequeños doctores Faustus que ya sólo le vendemos el alma al Dios del Capital.
La extraña manera en que Tabarovsky enfoca la anécdota de su personaje, la realidad y, sobre todo, la materia literaria se resume en una sola palabra: alienación. Porque éste, en definitiva, es un libro sobre la alienación que se encuentra en el espacio coloreado de una intersección formada por la confluencia de distintos conjuntos. Los nacidos a finales de la década de los sesenta aprendimos matemáticas a través de los diagramas de Euler-Venn: esto quiere decir que algunos no aprendimos nada, pero Tabarovsky debió de ser un alumno más receptivo. Su alienación o la alienación de su culto, analítico y sensible narrador en tercera se separa —se aliena— de la alienación de Dami, el personaje, ese sociólogo argentino —la profesión, la nacionalidad, la falta de capacidad de análisis de Dami... el autor se burla del estereotipo mientras juega con la paradoja— especialista en análisis del mercado y del discurso —c´est la même chose—. Dami padece una cadena de enfermedades que da sucesivos volantazos en la trayectoria de su vida laboral, es decir, en la trayectoria de su vida toda. Porque una de las ideas más inquietantes que se desprenden del libro de Tabarovsky es la de que la vida laboral y lo que entendemos por vida son exactamente lo mismo en estos tiempos salvajes. Que nadie se mueva a engaño: las felicidades —llegados a la cierta edad en que se nos curan los granos y los amores son un despropósito permanente o un plácido remansito— se sitúan en la esfera de la carrera profesional, del reconocimiento de los otros en la carrera profesional, del éxito que, según ya se ha comentado y se apunta en el aviso de lectura de la contraportada del libro, es el alma. El lector se reconoce y hace un acto de contrición más bien cómico porque nada en las páginas de esta Autobiografía médica está escrito en un tono de rasgarse las vestiduras ni con una voz catecuménica. Te ves. Te ríes. Se te llevan los demonios. Piensas «éste es un buen libro.»
En la intersección que dibuja y rellena con tiza de color Tabarovsky sobre la pizarra participan al menos tres conjuntos con elementos comunes, es decir, interrelacionados: el ser que entre otras cosas es el cuerpo; el trabajo; y el lenguaje, el discurso y la literatura como formas de la duplicación. El cuerpo se enajena, se extraña, se aliena en la enfermedad y Dami padece sucesiva o simultáneamente dicromatismo, hernia discal, úlcera de duodeno, uña encarnada, citomegalovirus y un sarpullido... Cada enfermedad afecta a su ser porque afecta a su trabajo y su trabajo es su ser y se produce la paradoja de que, siguiendo el hilo lógico, las enfermedades casi serían como pequeños aliados marxistas que ponen a Dami en la tesitura de hacerse consciente de su alienación laboral, pero Dami no ve, está completamente cegado y ni siquiera se plantea que algunas de las reacciones de su cuerpo sean respuestas psicosomáticas a la presión, al estrés... Dami —¿un ingenuo, una víctima del liberalismo, un cómplice?— vive dentro de la rueda sobre la que corre desbocado el hámster y, sin embargo, tiene una percepción lineal de su propia vida: en ella la suerte y el azar juegan un papel incluso esperanzador.
Desde un punto de vista literario —que a Dami no le interesa en absoluto—, la repetición se presenta con la única forma posible de la innovación porque nada hay más diferente a un original que su copia y su otra copia y su otra copia; ni nada hay más distinto a un hecho dado que su repetición y su repetición y su repetición; en este sentido, Tabarovsky corre sobre la ruedecita del hámster como su personaje y es circular, borgiano, pierremenardiano, autoparódico; sin embargo, hay una significativa diferencia: a Tabarovsky –progresista o progresivo, aritmético y dialéctico- le interesa el punto al que pueden llegar la copias, las repeticiones, la duplicación, le preocupa la política y la expectativa —así se llamaba su anterior texto también publicado en Caballo de Troya—, mientras que a Borges —radicalmente conservador, geométrico, circular, con una visión reaccionaria de la Historia y desesperanzada de la política— le interesa la causa primera, el origen, Dios, la metafísica.
Diagnóstico: todos —seres pensantes, ingenuos, cómplices, distraídos, los trabajadores, los literatos, los cuerpos y las almas en las que concurren a la vez condiciones diversas— estamos enfermos, irreversiblemente enfermos. Tan enfermos como el propio mundo y como la propia literatura. Es muy difícil contar todo esto con sentido del humor, así que Tabarosvky, además de dominar los diagramas de Euler o de Venn o de Euler-Venn, debe de ser un escritor muy inteligente.

1 comentario:

Truman Cipote dijo...

Todo el mundo habla de este señor. Y tampoco es para tanto.

Saludos de un bohemio.