viernes, octubre 26, 2007

Salir a robar caballos, Per Petterson

Trad. Cristina Gómez Baggethun. Bruguera, Barcelona, 2007. 269 pp. 16,50 €

Anna Grau

Hay libros que tú, sin saberlo, te los estás buscando. Libros que van a pasar por encima de tu cadáver aunque tú no quieras. A mí me pasó con Salir a robar caballos, de Per Petterson.
Lo exigible sería estar al día. Llevar a rajatabla esta Tormenta y la Revista de Libros y el T.L.S y The New York Review of Books y el magazine de libros de The New York Times y The New Yorker... que por algo se ha ido una a vivir y a leer a la Gran Manzana.
Pero ni huyendo de todo se tiene tiempo de nada. No hay manera de estar al día, ¡no la hay! La vida y los libros pasan como una exhalación.
El pasado mes de julio, hallándome de visita en Barcelona, empujé las puertas de la bendita Central de Mallorca y allí, sobre la pila de novedades, vi un gatito de Bruguera. El autor del libro era Per Petterson y su título Salir a robar caballos.
Quiero este libro, dije. Y lo quiero ahora.
Mi acompañante, que es también mi bibliotecario mayor, frunció marcadamente el ceño. Él juzga plebeyo abalanzarse sobre las novedades editoriales. Sobran clásicos para pasar el rato —dice— mientras sale la versión bolsillo o, mejor aún, la de segunda mano.
Pero yo quiero este libro, dije, y lo quiero ahora.
Mi bibliotecario mayor preguntó qué tenía este libro de urgente. No sé, dije. Sólo sabía que Per Petterson es sólido y es noruego.
Pero fue leer el título, Salir a robar caballos, y asociarlo inmediatamente con cierta reseña muy breve en The New Yorker, de un libro por ellos llamado Out Stealing Horses. Tenía que ser el mismo.
Yo vivo en Nueva York pero no pienso en inglés. Mi subconsciente tampoco. Por eso me intrigó a mí misma la sospechosa celeridad con que mi cabeza procesó y rescató el libro de Petterson del olvido. De la crítica de The New Yorker no recordaba casi nada, excepto algo así como «austera y calculada prosa, de asombroso poder». Historia de anciano noruego que al quedar viudo se instala solo en una cabaña y se pone a recordar el último verano de su adolescencia que pasó con su padre, antiguo colaborador de la resistencia contra los nazis (pero eso entonces él no lo sabía) y amante de la madre de su mejor amigo (esto tampoco, pero ya se daría cuenta con el tiempo).
Según The New Yorker, el mayor mérito de este libro es la «artística» contradanza de la voz del adolescente y la del viejo. Yo añadiría: es una historia de crecimiento —y de decrecimiento—donde sobreabundan las casualidades, pero no entendidas como rizos del azar, sino como evidencias de una oculta unidad alarmante del mundo. De un invisible granito de responsabilidad que nos va emparedando a todos y que, si se resquebraja, el destino de cada uno cruje de arriba abajo.
Dicho esto, ni siquiera está claro que el crujido de todos los personajes de Salir a robar caballos alcance a cada uno de los lectores por igual. Hay cosas que se dicen y cosas que no se dicen. Cosas que se descubren con claridad y cosas que parece que quieran quedarse en el tintero. Petterson economiza los hechos y, sobre todo, las claves de los mismos, ejerciendo una presión detectivesca muy sutil. No nos obliga a atar cabos, sólo nos invita. Si no los atamos todos, sale una historia diferente. Con otros culpables y otras víctimas.
Lo único que no varía nunca, el eje inextinguible, es el desgarro del hijo que se enfrenta al abandono del padre y que con él pierde toda esperanza de crecer como le habría gustado. De hacerse el hombre que quería. Para bien y para mal, tendrá que hacerse otro.
«Por fin todo junto: lenguaje, inteligencia y fuerza», escribieron de Per Petterson en The New York Times. Lo escribieron celebrando que Petterson estaba en Nueva York. Está en el mismo instante que estoy yo ahora en mi casa en Brooklyn, escribiendo estas líneas. Vida y libros siguen corriendo mucho más rápido que yo.
Pero ahora ya no me preocupo. Ahora sé que el ángel de la lectura existe, y no permite nunca que se escape un libro así.
Tan perfecto.