lunes, octubre 29, 2007

La tumba de Marilyn, Irene Rodríguez Aseijas

Literaturas.com, 2007. 181 pp. 12,50 €

Marta Sanuy

Hay un atraco en un chino de Lavapiés y un policía novato mata a un chaval. Esa es la sencilla anécdota de la que arranca esta novela, la que luego la amalgama y hace que el lector atienda con cuidado lo que viene porque, poco a poco, tiene la sensación de estar más cerca de esa tienda y de conocer más y más al muerto, aunque no sepa con certeza quién es hasta el final. Así la anécdota se transforma en la estructura de una novela aparentemente ingenua, fácil de leer, ágil, que cose los elementos de un modo original y a la que no se le ven las costuras.
En La tumba de Marilyn hay un chino que tiene miedo, latín kings, bares en las esquinas, carteles sensuales, estaciones de metro, entrevistas de trabajo que son descensos al averno, canciones consoladoras y desaparecidos que pesan sobre el ambiente: la madre del protagonista, el padre del camarero; los que no pudieron más y se fueron. Hay alcohol, miedo, trapicheo y también tardes de pesca, placer, admiración, amistad, amor, mar, una niña, capacidad de compartir; ternura.
Miguel y Ladrón intercalan sus voces, unas voces que les llevarán por caminos diametralmente opuestos aunque sean parecidas, y que nos van contando con detalle dos vidas entre tantas invisibles si se cuentan en grandes trazos. Nos muestran sobre todo que «Un hombre podía sentirse afortunado y vivo durante un instante y al siguiente querer desintegrarse». Las veleidades literarias de uno de los personajes permiten a la autora dar rienda suelta a sus certezas, hay un guiño acertado con este personaje que quiere escribir pero con él que la escritora no establece las complicidades habituales del escritor ombliguista. Irene Rodríguez Aseijas sale de su propio pellejo con naturalidad: tiene personajes, dos estupendos personajes que van creciendo página tras página.
Lo que más me sorprende y agrada de esta novela es su contemporaneidad: lo que hay en ella es lo que hay afuera. La escritora logra hacernos mirar alrededor para devolvernos, intensamente dibujado, fijado, lo que vemos cotidianamente. Eso que muchos narradores actuales creen tan fácil, describir lo más cercano, es precisamente lo que despeña hacia la inanidad una buena parte de la narrativa actual. Irene Rodríguez nos regala aquí unos cálculos que resultan de reunir despacio muchos fragmentos, que refuerzan el trazo sobre lo que aparenta ser solamente obvio.
Esta novela me ha recordado Barrio, la película de León de Aranoa, y la verdad es que extrañaba ese equivalente, el retrato de una realidad que a todos nos resulta cercana, con rincones sombríos, aburridos, repetidos, con dolores del alma y poco dinero, retrata ese ánimo que tanto frecuentamos y que tan pocas veces se menciona.