viernes, noviembre 10, 2006

Doble mirada: El año del pensamiento mágico, Joan Didion

Trad. Olivia de Miguel. Global Rythm, Barcelona, 2006. 211 pp. 20 €

1.
Guillermo Ruiz Villagordo

La principal reacción que provocó en mí la lectura de este libro fue la de sentirme un intruso. Acostumbrado como lector a que me preparen un terreno conocido o que pueda considerar propio con el objetivo de hacerme sentir cómodo, al introducirme en esta confesión sin oyentes no dejaba de preguntarme: “¿Quién me ha dado permiso para leer esto?”. Porque lo que Joan Didion nos ofrece es la crónica íntima de un año de su vida, el que siguió al repentino y fulminante infarto de su marido, el año del pensamiento mágico: aquél que encuadra el proceso mental por el que alguien que ha compartido dos tercios de su existencia con otra persona debe asumir que ésta no va a volver y que el futuro será algo distinto y desconocido a lo que enfrentarse en soledad. La misma autora descubre conforme avanza en la escritura, con la naturalidad de quien hace uso de las palabras como del aire, que el tema que le empuja a teclear inconscientemente no es otro que su propio duelo. Cualquiera que haya pasado por la muerte de alguien cercano reconocerá la mezcla de dolor y aturdimiento que constituyen ese desconsuelo sin fondo, así como muchas de sus vivencias, cargadas de una inocencia punzante que nos sobrecoge como espectadores. Como cuando después de hacerle oficial el fallecimiento de su marido en el hospital al que acaban de llegar responde con frases breves separadas por unos mecánicos “gracias”. O cuando, de vuelta en casa, se limita a enumerar sus pertenencias, sus restos. O cuando intuye signos en los días y los meses anteriores que pretendían avisarla de la inminencia del destino fatal, hasta llegar a imaginar que él mismo lo intuía y por ello iba delegando en ella algunas de sus funciones más definitorias, como encargarse de la conducción del coche por la noche. O cuando, de forma inesperada y constante, mínimos detalles (una calle, un libro, unas flores) sirven de detonantes de la memoria, que no se distingue del presente y confunde en un mismo plano la vida cotidiana y la vida desmantelada (la suya y la de su marido), la cordura y la locura. Por encima de ello está el pensamiento, insensatamente rebelde ante la realidad, que debe ser domado y encontrar un nuevo cauce por el que discurrir.
Pero ese duelo, aún siendo nuclear, es sólo una de las circunstancias que tambalea sus convicciones. La otra es la gripe evolucionada a neumonía y el posterior choque séptico que sufrió su única hija unos días antes de la muerte de su marido, que le haría entrar en coma durante cuatro semanas y que superaría para sufrir dos meses más tarde una hemorragia cerebral masiva de la que ya no se recuperaría pasado ese año del pensamiento mágico, quedando fuera (por deseo expreso de Didion) de los límites de este libro. La enfermedad de su hija será la confirmación de que creemos tener un control que en realidad nunca ha existido sobre lo que nos rodea, pero a la vez le servirá para detener ese proceso de duelo hasta encontrar de nuevo su lugar en el mundo.
Insistiré, porque me parece la clave que hace este texto tan especial: aunque la intención confesada de la autora era componer un ensayo (la inconfesada es que la propia actividad del escribir le permite no perder amarres con lo que una vez fue para ella la vida), el resultado se combina con una biografía perturbadora como pocas por su desarmante intimidad. Aunque no faltan referencias médicas y psiquiátricas, es el hecho de que investigue para intentar hallar explicación a lo que no la tiene, y no para transmitirnos esa información, lo que las sitúa en su justo lugar. Didion clasifica su dolor, lo analiza, trata de entenderlo para atacarlo, pero lo máximo que consigue es reconocerlo, sin más. Y, sin darse cuenta, sin fuerza ni razón para darse cuenta, lo destila de forma conmovedora en el arma más poderosa que aún la acompaña, la literatura, en un libro hermoso irremediablemente sin destino.

2.
Hilario Rodríguez

Hace mucho tiempo, cuando mi padre murió en un hospital de Barcelona, fui al día siguiente a recoger sus efectos personales en la habitación que había ocupado durante casi un año. Al entrar, encontré a una enfermera que preparaba la cama para un nuevo paciente; la había visto antes muy a menudo, entrando y saliendo. Quiso saber quién era. «El hijo de Hilario», le dije. Tuve que aclararle quién era Hilario; ya no se acordaba de él. Cuento este detalle por la importancia que tiene recordar la identidad o los rasgos de las personas que nos rodean, porque en cuanto las olvidamos es como si en realidad nosotros comenzásemos a borrarnos. Desaparecer. Quizás sea esto lo que explica la testaruda insistencia de la literatura y las artes en general para preservar la memoria. ¿Qué sería de nosotros si permitiésemos que todo aquello que nos ha precedido cayese en el olvido? ¿Tendríamos que comenzar partiendo de cero o nos disolveríamos de repente? Desde luego, nuestra relación con personas concretas es lo que nos convierte en personas concretas a nosotros mismos. Sin nuestros padres, por ejemplo, no seríamos hijos; y sin nuestros cónyuges, no seríamos maridos o mujeres…
Joan Didion, en su libro El año del pensamiento mágico, dice que «el matrimonio no es sólo tiempo; paradójicamente, es también la abolición del tiempo». A lo que se refiere es a que una mujer como ella, que estuvo casada más de cuatro décadas con el mismo hombre, no envejeció en todo ese periodo porque siempre se sintió querida y observada de idéntica manera. Si nuestros padres nos tratan como sus primogénitos tengamos la edad que tengamos, un compañero sentimental nos ve como su pareja perfecta, como el complemento que de verdad le proporciona un sentido a su vida y una dirección a su destino, al menos mientras no siente la necesidad de reemplazarnos por otra persona. Gracias a aquellos con quienes mantenemos algún tipo de lazo, mantenemos firme nuestra identidad. Al romperse una cualquiera de las relaciones humanas que ayudan a definirnos, algo propio se desvanece, muere.
El 30 de diciembre de 2003 Joan Didion y su esposo regresaron a casa después de haber pasado la tarde en el hospital, junto a su hija, que seguía en coma inducido a causa de una neumonía que había degenerado en un choque séptico. Meses más tarde, la escritora estadounidense recordaría aquella noche una y otra vez. La repentina muerte de su marido, el también novelista John Gregory Dunne, poco antes de que ambos comenzasen a cenar la cogió por sorpresa. Como un soldado que cae en la emboscada que le tiende un enemigo astuto y silencioso; como un animal que aún no sabe cuáles son las causas del dolor que le produce el cepo que acaba de cerrarse sobre una de sus pezuñas. Nada había preparado a Joan Didion para algo tan drástico como la muerte de John Gregory Dunne. No en aquel momento, no de aquella manera: con una copa de whisky en la mano, tras haber hecho un comentario inofensivo... Según Paul Auster, «cuando un hombre muere sin causa aparente, cuando un hombre muere simplemente porque es un hombre, nos acerca tanto a la frontera invisible entre la vida y la muerte que no sabemos de qué lado nos encontramos».
Como suele sucedernos con cualquier lectura de carácter confesional, El año del pensamiento mágico nos obliga a reparar en Joan Didion y en su obra precedente. Así, cuando intentamos trazar los rasgos de su último libro, intuimos menos a la autora de Democracy o The Last Thing He Wanted que a la de Slouching towards Bethlehem o, de forma muy especial, The White Album; notamos más a la ensayista que a la novelista. De nuevo la escritura se enfrenta a la tensión que puede haber entre la realidad y la ficción, entre la verdad y la mentira, entre el pensamiento mítico y el pensamiento científico, entre el pragmatismo y el idealismo... En este caso, dicha tensión se produce cuando Joan Didion renuncia a la belleza decorativa de su prosa, tan fría e inteligente como un bloque de oficinas diseñado por Mies van der Rohe o Le Corbusier para trabajar pero no para vivir, y se deja guiar de manera caótica por las emociones, como si se tratase de una poeta cuya urgencia declamatoria no le permite reparar demasiado en cuestiones métricas o versales, dejándose guiar por el instinto, de un modo similar a Walt Whitman, Antonin Artaud o Manuel Vilas. Por eso El año del pensamiento mágico nos recuerda lecturas como Esta salvaje oscuridad, de Harold Brodkey; Darkness Visible, de William Styron; El velo negro, de Ricky Moody; o Una pena en observación, de C. S. Lewis. En todas ellas, el poder del dolor o de los sentimientos basta para desequilibrar la escritura de autores muy metódicos y minuciosos, que de pronto se vuelven humanos ante nuestros ojos, poniendo de relieve lo inoperante que resulta el conocimiento en ciertas ocasiones, en las que vale de poco haber leído y aprendido. Aunque Joan Didion reconoce que «la información es control», también reconoce que las personas afectadas por una pérdida pueden perder habilidades cognitivas: muchas cometen errores en los negocios, otras se olvidan de su número de teléfono o aparecen en un aeropuerto sin ningún documento que sirva para identificarlos; y hay quienes se sienten enfermos, se desmayan o se mueren, como le sucede a Hermann Castorp en La montaña mágica, de Thomas Mann.
Una de las cosas que más sorprendió a Joan Didion durante su periodo de duelo fue su persistente control para no exteriorizar ningún sentimiento inadecuado. Quería hacer ver a sus amigos que tenía las riendas, que no necesitaba compasión. Además, su hija continuaba en coma y tenía que pensar en ella. Pero en realidad había algo que no acababa de funcionar. Sus lecturas de Sigmund Freud, Jane Austen y manuales de neuroanatomía no le ayudaban a entender, a expresarse. Eso le hizo pensar que la muerte (que, tal como describen ciertas imágenes medievales, fue en su día un acontecimiento didáctico que reunía a niños y mayores en torno al lecho de los moribundos) había sido apartada de la vida pública. Lo cierto es que cualquier emoción intensa expresada a la luz del día se confunde en seguida con el exhibicionismo. Con frecuencia, la sinceridad excesiva se reprime o se ataca, como le sucedió a Michel Leiris al publicar La edad del hombre, a Annie Ernaux al publicar La vergüenza o a Carlos Castilla del Pino al publicar Pretérito imperfecto.
Hasta la muerte de su esposo, Joan Didion jamás había tenido necesidades terapéuticas al leer o al escribir, y sólo se había limitado a aliviar su insaciable sed intelectual. Una pérdida tan importante, sin embargo, le hizo ver las cosas de manera diferente, sentirse radicalmente sola. Vulnerable. Comenzó a percibir las cosas como nunca antes las había percibido, y su pluma le dictó palabras diferentes, frases con la transparencia del agua y la profundidad del océano. Un libro.
Maurice Blanchot aseguró un día que jamás había escrito nada extraordinario, que lo extraordinario siempre comenzaba en el momento en que dejaba de escribir. La hija de Joan Didion murió poco después de la publicación de El año del pensamiento mágico, cuando había salido del coma y comenzaba a recuperar la salud.

jueves, noviembre 09, 2006

La luz que se apaga, Rudyard Kipling

Trad. Juan Luis Calleja. El Cobre, Barcelona, 2oo6. 266 pp. 20 €

Juan Marqués

Cuando en 1907 Rudyard Kipling obtuvo el Nobel (convirtiéndose en el primer autor de lengua inglesa galardonado) sólo tenía 42 años, pero ya era el celebérrimo autor de El libro de la selva, Capitanes intrépidos o Kim. Veinte años antes, sin embargo, ya se había destacado como precoz periodista en su India natal y como autor de cuentos y poemas inclasificables, y en 1891 debutó en la novela con una discreta obra maestra, The light that failed, que ahora se reedita en castellano en la vieja traducción de Juan Luis Calleja, pero con el título correcto, La luz que se apaga, y no el antiguo e impreciso En tinieblas con el que se conoció en España durante buena parte del siglo veinte.
La novela trata, como es sabido, de un prestigioso pintor que, todavía joven, pierde la vista como consecuencia de una antigua herida de guerra, recibida en la época en que ilustraba para las revistas de la metrópoli las efectistas y trepidantes crónicas de sus compañeros periodistas. Sin embargo, la visita al oculista que le da la fatal e irreversible noticia no tiene lugar hasta la página 160, superado ya el ecuador de la narración. A pesar del título y de que ya en el primer capítulo (cuando el protagonista, Dick Heldar, es todavía un huérfano infeliz que pasa como puede las horas en una casa de acogida) hay un aviso del destino del personaje (su compañera de peligrosos juegos le dispara accidentalmente con una pistola: ...“casi me has dejado ciego. La pólvora pica como un demonio”), la novela es, por tanto, mucho más.
Es, para empezar, toda una declaración de principios del joven Kipling, que aprovecha esta primera novela suya para insistir en su idea de que la vida, lo que se dice la verdadera vida, es inseparable de la aventura, del peligro, del viaje incierto... Hay toda una apología de la camaradería alcohólica y la virilidad inconsciente de marineros, soldados o corresponsales de guerra (lo que, explícitamente, implica un rechazo rotundo a la vida conyugal, y, de hecho, las mujeres aparecen en esta novela como personajes cuya función principal es, de una u otra forma, despistar a los hombres, apartarlos de su destino natural, sacarlos del desierto o de la jungla y sentarlos para siempre en una cómoda y burguesa butaca), y también, por desgracia, la propia guerra y la violencia son tratadas aquí con simpatía, o, por lo menos, con un belicismo basado en la convicción de que el combate, el odio y el afán de matar para sobrevivir que se establece en la lucha cuerpo a cuerpo, suponen una de esas situaciones primarias e instintivas en las que el hombre puede ser y sentirse completamente libre, participando de su más profunda y auténtica naturaleza salvaje. En ese sentido, Londres no es más que “una ciudad irreal y extraña, llena de clavos y cañerías de gas y cosas que a ningún hombre importaban”. Y quizá no esté de más recordar aquí que, acaso mal leído, Kipling fue, años después, uno de los escritores predilectos de los escritores e intelectuales fascistas.
Pero también contiene esta novela considerables reflexiones sobre el arte, o, mejor, sobre la relación que se establece entre el artista y su público, aunque, de nuevo, las conclusiones del autor van por el mismo camino: un artista es puro y respetable mientras obedezca exclusivamente a su instinto y dibuje las cosas como él las ha visto o como él las cree reales. En el momento en el que haga una mínima concesión al acomodado, adinerado e ignorante galerista o espectador de la metrópoli, su arte se ha prostituido y sólo sirve para alimentar una chimenea o una hoguera. El artista que se establece en la ciudad, que trabaja en un estudio, o que cae en la trampa del matrimonio, queda inhabilitado para la verdadera creación.
Y esto es lo que le pasa a Heldar tras el inmenso éxito que obtiene en Inglaterra tras sus estampas y escenas bélicas y exóticas. Para escándalo de sus irreductibles amigos, llega un momento en que Heldar decide no viajar más y aprovecharse de su recién adquirida fama para hacer una importante fortuna y vivir con lujo, dando al público aquello que ya le ha dado, aquello que demanda sin parar, aquello cuyo triunfo está asegurado. Es en este momento cuando su vista comienza a nublarse, y aquel sablazo que en Sudán le hirió dañando su nervio óptico, pasa su factura definitiva.
Con la clásica metáfora de la ceguera (ciego es, básicamente, “el que no ve”), Kipling deja claro que su opinión se une a la de esos asilvestrados periodistas que no aprueban el cambio de vida de Heldar. Su error recibe, sin embargo, un terrible castigo, el peor que puede recibir un pintor, pero Kipling tiene la piedad de acabar la novela permitiendo a su personaje una redención espectacular. Como la novela, en cualquier caso, sólo podía acabar con la muerte del protagonista, el autor le concede la gloria de hacerle morir de una forma casi heroica, muy lejos de casa, recuperando así su dignidad perdida.
Una primera novela, en fin, que quizá esté lejos de sus citadas obras mayores, pero que ya exhibe la calidad y la personalidad estilística que después harían de su autor uno de los más famosos escritores de su tiempo y le llenarían de premios y honores que él (quizá por coherencia con lo que en esta novela se predica) rechazaría habitualmente, centrándose en su propia obra y en su agitada vida. Por mi parte, nada me importa haber dedicado unas horas de mi ciudadana y fácil vida para leer La luz que se apaga, porque no he perdido el tiempo, y no creo que ningún lector que aborde esta novela pueda arrepentirse de ello.


miércoles, noviembre 08, 2006

Los libros arden mal, Manuel Rivas

Alfaguara, Madrid, 2006. 610 pp. 22 €

Guillermo Busutil

Hay libros que te descubren el mundo, que te enseñan a entender las emociones, que son como un mapa de navegación por la vida o a través de las geografías de la realidad y de la ficción. Y también hay libros que rinden tributo a la existencia de un objeto cultural, sin el que no existe la historia heredable colectiva o individual, que a lo largo del tiempo ha pervivido contra el acoso del oscurantismo y la irracionalidad que alimentaron las llamas de su destrucción. Brutales lenguas de fuego con las que las guerras saquearon las bibliotecas de Nínive, Pérgamo o Alejandría, al igual que las piras inquisitoriales de España y de la Reforma protestante propiciaron, en Alemania e Inglaterra, que ardiesen los libros de Colonia y de Oxford. Triste botín al que sumarle el que obtuvieron los fascistas que quemaron la libertad encuadernada en la guerra del 36, los libros ejecutados por el nazismo y los que desaparecieron accidentalmente, igual que les ocurrió a los siete mil volúmenes que se ahogaron junto a Harry Elkins Widerner en el naufragio del Titanic.
Cada uno de estos libros, en forma de recuerdo o de fantasma, está presente en la última novela de Manuel Rivas. El escritor gallego, heredero de Cunqueiro, Fernández Flórez y Stevenson, ha construido narrativamente un nuevo Arca de Noé repleto de historias y personajes con el propósito de salvar la memoria y la magia del libro del naufragio provocado por esta época de desidia, ignorancia y mediocridad, tanto a la hora de leer como de escribir. Un presunto motivo, hasta que el autor no lo confirme en una de esas entrevistas ad hoc, que avala la posibilidad de que Rivas haya armado este libro, arca y arcón de volúmenes reales e imaginarios, con la sabia madera de los bosques gallegos por los que transitan la Santa Compaña, el espíritu de los fusilados en la Guerra Civil, los que saben encender hogueras para narrar historias o escuchar cómo del fuego nacen palabras que cuentan y que cantan, además de ser una cantera natural de la madera que servía para fabricar los barcos que marinaban en busca de sueños. Materiales habitualmente presentes en la obra de Rivas y con los que ha vuelto a botar una novela que se nutre de lo fabuloso y de lo cotidiano, de la memoria vencida y de la resistente, de las cosas que no acabaron de vivirse, de la subsistencia de la nostalgia, de la amistad, del fierabrás del amor y de la historia real. Lo cual explica que Los libros arden mal se inicie con el regalo de una Biblia con la que Borrow obsequia a un gallego que le salvó la vida y con la quema de libros que los fascistas llevaron a cabo en agosto del 36 en Coruña.
De ese modo, ficción y realidad se transforman en la dársena de partida hacia un viaje donde, lo mismo que un libro nos conduce a otro libro, un personaje nos lleva a otro personaje. Héroes populares, ánimas y recogidos en los anales de la historia de Galicia, como la lavandera que ve a un soldado muerto en las aguas del río en las que ella no se refleja, como la vendedora de periódicos cuyas noticias pregona, como Arturo da Silva boxeador y fontanero, como Ánxel Casal, Jules Renard, la actriz María Casares, Hércules Curtis, Olinda, el juez bibliófilo, el Hombre Invisible, Polca, la misteriosa dueña de la Rosa Taquigráfica o como Chelo, dama que pinta en una sociedad ocupada y en la que también es una Judit que encarna la resistencia contra el fascismo, lo mismo que otros protagonistas emigrantes, enamorados, viejos viajeros, fotógrafos de la derrota y de la esperanza, arponeros, escritores de novelas del oeste, fantasmas de sí mismos y personajes rabelesianos que unas veces se han escapado de los libros, igual que la gota de sangre de pato que huye del lorquiano Poeta en Nueva York quemado en Coruña, y que otras son libros encarnados en su piel y andanzas de seres literarios. Los cuales se entrecruzan en el tiempo que se sucede a lo largo de los años y de las ciudades (Coruña, Londres, Madrid, París) completando los vacíos, los misterios, los acontecimientos y las vidas de estos caballeros andantes de espíritu inquieto y cuyo peso es mayor que el de la trama, pespuntada de relatos, poemas y enfoques periodísticos, con la que Rivas defiende la generalización del conocimiento, el valor de la cultura y el poder de la fabulación.
Una fabulación sujeta a la pasión narrativa y a la escritura sensorial que facilita el que el escritor gallego también convierta a las apalabras en argumento y en protagonistas de la novela. Hasta el punto de que la lectura de Los libros arden mal recuerda un párrafo de Argos el ciego en el que Gesualdo Bufalino dice “ricos sólo de palabras, armados sólo de palabras, ¿cómo suspender el tiempo? Así que las palabras me servirán para contrastar la osificación del mundo, los objetivos sin cualidad, como cuando yo de niño las buscaba en el diccionario y cada una de ellas parecía una diosa que nace del mar”. Fascinación que, sin duda, comparte Manuel Rivas, como demuestra en esta novela donde el libro y su magia renacen de sus cenizas. Una bella metáfora con la que Rivas se lo pone algo difícil a los lectores menos curtidos y propensos a dejarse llevar por el desarrollo de la historia, mientras que se hace cómplice de quienes son el resultado de sus juguetes y de sus lecturas.

martes, noviembre 07, 2006

Un placer fugaz, Truman Capote

Lumen, Barcelona, 2006. 744 pp. 22,00 €

Salvador Gutiérrez Solís

Pasado el tiempo, desaparecido el protagonista, ¿hay alguna regla, baremo, frontera, que indique lo que debe ser rescatado o no del pasado de un autor? Herencias insatisfechas, conocimiento interior, curiosa introspección, investigación, retrato psicológico, intimidad, deudas pendientes, facturas por pagar. ¿Podríamos pesar/medir/tasar los recuerdos —en gramos, en metros, en precio—, saber los que más han importado en una vida; podríamos saber qué recuerdos son los salvados por su propietario y cuáles ha desechado casi instantáneamente? Por desgracia, la mayoría de las veces la muerte aparece sin previo aviso, no nos cita para una fecha concreta y en multitud de ocasiones nos sorprende con la cesto de la colada a rebosar. ¿A quién le podrían interesar mis camisas sucias, esos calcetines agujereados que escondo en los zapatos, los calzoncillos sin elástico —que siguen siendo los más cómodos de mi colección—? Pero, voy más allá, ¿qué valor podría tener esa camiseta raída y deshilachada, que escondo en el baúl como un recuerdo la adolescencia —aquel verano del 94—, y que sólo es eso —y nada más—: una camiseta raída y deshilachada? En demasiadas ocasiones los autores no cuentan con la capacidad de decidir sobre su presencia en el futuro, cuando ya no están entre nosotros. Son otros, con diferentes intereses, con diferente conciencia de ese pasado, de esos recuerdos, los que tienen la posibilidad de decidir.
Aunque recientemente nos hemos encontrado con rescates no deseables, sobre todo en aquellos casos protagonizados por autores marcados por la pulcritud y la constante corrección, en el caso concreto de Truman Capote hay que entenderlo como un acierto. (Tengamos en cuenta que en los últimos meses hemos asistido a una resurrección de la figura de Capote desde diferentes perspectivas y soportes, en versión cinematográfica o publicando una novela inédita). Un acierto, sí, pero para conocer o contar con más datos del Capote hombre, el Capote social, el Capote mediático, el Capote sentimental, aunque no para seguir avanzando o disfrutando del Capote escritor. Del Capote escritor nos tendremos que seguir conformando con su magistral A sangre fría, la alucinógena Música para camaleones o la emotiva Desayuno en Tifanny's, que es mucho, muchísimo. El propio escritor, en su correspondencia, agrupada bajo el título genérico de Un placer fugaz, ya advierte constantemente de esta circunstancia, como si hubiera podido ver visto en la bola mágica lo que pasaría años más tarde con todas las cartas que conservaba. Sólo tengo cinco minutos, no tengas en cuenta la redacción, pero es que necesitaba escribirte, suele repetir.
Un Capote español y actual podría salir de la fusión o combinación —según la técnica de transmutación empleada— de Paco Umbral, Ángel Antonio Herrera y Jesús Mariñas —sí, el de Salsa Rosa, ahora Dolce Vita, ¿o es de Dónde estás corazón?—. Es decir, una mezcla de frivolidad y talento, de periodismo y cotilleo, de hiel y champán, de verbo e improperio, de realidad e intuición, de lujo y miseria. Porque en Capote cabe todo, y su vida, y esta correspondencia son unos ejemplos magníficos. Capote ocultó buena parte de sus complejos —o de lo que él entendía como debilidades— bajo un azote dialéctico y literario que repartía tan generosa como rápidamente; una mente lúcida, el mecanismo siempre bien engrasado, que puso al servicio de sus dedos mientras golpeaban la máquina de escribir o agarraban una estilográfica, algo que demuestra en sus novelas, en su faceta periodística, pero también en su correspondencia —a pesar de sus constantes excusas—. Un placer fugaz también es una lección magistral del chismorreo a gran escala —eso que habitualmente conocemos como prensa rosa, y que en nuestro país no escapa del gris—, pero protagonizada por personajes de especial relevancia intelectual y social —en la mayoría de las ocasiones—. No es lo mismo escuchar los improperios que se dedican los Matamoros, la Pantoja o la Zaldívar, que conocer los secretos de alcoba o desmanes de Brando, Chaplin, Hemingway, Faulkner, Fellini, Warhol o Gore Vidal —puestos a elegir—.

lunes, noviembre 06, 2006

Días de llamas, Juan Iturralde

Debolsillo, Barcelona, 2006. 512 pp. 9,50 €

Miguel Baquero

De repente, nos encontramos ante todo un clásico que, poco a poco, casi lector a lector, ha ido abriéndose camino hasta llegar a nuestros días. Se trata, según algunos críticos, de «una de las mejores novelas, si no la mejor, sobre la Guerra Civil Española», al mismo nivel que La forja de un rebelde, de Arturo Barea, que la serie El laberinto mágico, de Max Aub o que Largo noviembre en Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga. Esta novela y su autor, Juan Iturralde (seudónimo de José María Pérez-Prat), son mucho menos conocidos que los citados anteriormente, entre otras razones porque Iturralde es autor de muy corta obra (esta novela, dos relatos largos y una novela póstuma, Hans y las lluvias de abril, publicada recientemente por Literaturas.com Libros) y también porque Días de llamas ha pasado por distintos avatares, desde la censura hasta ediciones deficientes y mal distribuidas. Pese a todo ello, la indudable, la enorme calidad que atesora esta novela ha hecho que todavía, como digo, prácticamente lector a lector, siga permaneciendo viva y sea reimpresa con cierta frecuencia. En este caso, por ediciones Debolsillo, uno de cuyos responsables, Constantino Bértolo, es también uno de los mayores defensores de la obra de Iturralde.
En Días de llamas se nos cuenta la historia de Tomás Labayen, un juez de instrucción perteneciente a la clase media y que, pese a sus ideales y su lealtad a la República, permanece preso en una checa de Madrid a la espera de que le den el paseo. En ese dramático ínterin, Tomás lanza febrilmente al papel, en una suerte de diario, todos los acontecimientos que, desde el estallido de la contienda, le han llevado a esa situación. La novela está contada con un realismo ciertamente portentoso, y en ella se da vida a una multitud de seres humanos a los que parece que sentimos respirar delante de nuestros ojos. Este realismo, este acercamiento a la verdad, se efectúa, además, desde la escritura ardiente (en un ritmo prodigiosamente sostenido durante toda la novela), desde el verbo arrebatado de un condenado a muerte que ignora en qué momento van a abrir la puerta y decir su nombre, con lo cual el grado de calidad literaria y el poder atractivo de la lectura alcanza muchos enteros. Se trata de una novela, por decirlo así, que nos mantiene constantemente en tensión, pero sin recurrir para ello a trampas o malabarismos, sino recurriendo, simplemente, al material de que se hicieron esos días: a los seres humanos en toda su mezquindad, también en su grandeza y asimismo en sus contradicciones, todo lo cual se amalgamó de manera trágica en aquel verano del 36.
«Las revoluciones, como los volcanes, tienen sus días de llamas y sus años de humo», se dice en una cita de Victor Hugo al comienzo del libro. Y en esta novela asistimos, en primera línea, a esos primeros días incendiarios, a los días de confusión e ira. Y asistimos, repito, no como en una obra de teatro, a base de personajes estereotipados que parecen cumplir con su papel y recitar sus diálogos, sino con unos seres de carne y hueso, hechos de la misma materia que el lector y que con sus vivencias nos ayudan a comprender mejor esos días en que se vieron desbordados por la Historia. Este es, de hecho, otro de los principales méritos de la novela y por lo que puede considerarse como plenamente moderna: porque el autor, Juan Iturralde, en ningún momento se detiene para lanzar una teoría o soltarnos un discurso, algo que suele suceder en las obra sobre la Guerra antes citadas, sino que procura que los problemas morales y humanos que suscitó la contienda, sobre todo en sus primeros días, se resuelvan por medio de las actuaciones de los personajes. La novela en ningún momento busca justificar (para bien o para mal) los hechos, sino sencillamente narrarlos para que el lector se vea de pronto transportado a aquellos días. Abra el libro y sienta que, verdaderamente, ha entrado en una trágica realidad.