lunes, noviembre 06, 2006

Días de llamas, Juan Iturralde

Debolsillo, Barcelona, 2006. 512 pp. 9,50 €

Miguel Baquero

De repente, nos encontramos ante todo un clásico que, poco a poco, casi lector a lector, ha ido abriéndose camino hasta llegar a nuestros días. Se trata, según algunos críticos, de «una de las mejores novelas, si no la mejor, sobre la Guerra Civil Española», al mismo nivel que La forja de un rebelde, de Arturo Barea, que la serie El laberinto mágico, de Max Aub o que Largo noviembre en Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga. Esta novela y su autor, Juan Iturralde (seudónimo de José María Pérez-Prat), son mucho menos conocidos que los citados anteriormente, entre otras razones porque Iturralde es autor de muy corta obra (esta novela, dos relatos largos y una novela póstuma, Hans y las lluvias de abril, publicada recientemente por Literaturas.com Libros) y también porque Días de llamas ha pasado por distintos avatares, desde la censura hasta ediciones deficientes y mal distribuidas. Pese a todo ello, la indudable, la enorme calidad que atesora esta novela ha hecho que todavía, como digo, prácticamente lector a lector, siga permaneciendo viva y sea reimpresa con cierta frecuencia. En este caso, por ediciones Debolsillo, uno de cuyos responsables, Constantino Bértolo, es también uno de los mayores defensores de la obra de Iturralde.
En Días de llamas se nos cuenta la historia de Tomás Labayen, un juez de instrucción perteneciente a la clase media y que, pese a sus ideales y su lealtad a la República, permanece preso en una checa de Madrid a la espera de que le den el paseo. En ese dramático ínterin, Tomás lanza febrilmente al papel, en una suerte de diario, todos los acontecimientos que, desde el estallido de la contienda, le han llevado a esa situación. La novela está contada con un realismo ciertamente portentoso, y en ella se da vida a una multitud de seres humanos a los que parece que sentimos respirar delante de nuestros ojos. Este realismo, este acercamiento a la verdad, se efectúa, además, desde la escritura ardiente (en un ritmo prodigiosamente sostenido durante toda la novela), desde el verbo arrebatado de un condenado a muerte que ignora en qué momento van a abrir la puerta y decir su nombre, con lo cual el grado de calidad literaria y el poder atractivo de la lectura alcanza muchos enteros. Se trata de una novela, por decirlo así, que nos mantiene constantemente en tensión, pero sin recurrir para ello a trampas o malabarismos, sino recurriendo, simplemente, al material de que se hicieron esos días: a los seres humanos en toda su mezquindad, también en su grandeza y asimismo en sus contradicciones, todo lo cual se amalgamó de manera trágica en aquel verano del 36.
«Las revoluciones, como los volcanes, tienen sus días de llamas y sus años de humo», se dice en una cita de Victor Hugo al comienzo del libro. Y en esta novela asistimos, en primera línea, a esos primeros días incendiarios, a los días de confusión e ira. Y asistimos, repito, no como en una obra de teatro, a base de personajes estereotipados que parecen cumplir con su papel y recitar sus diálogos, sino con unos seres de carne y hueso, hechos de la misma materia que el lector y que con sus vivencias nos ayudan a comprender mejor esos días en que se vieron desbordados por la Historia. Este es, de hecho, otro de los principales méritos de la novela y por lo que puede considerarse como plenamente moderna: porque el autor, Juan Iturralde, en ningún momento se detiene para lanzar una teoría o soltarnos un discurso, algo que suele suceder en las obra sobre la Guerra antes citadas, sino que procura que los problemas morales y humanos que suscitó la contienda, sobre todo en sus primeros días, se resuelvan por medio de las actuaciones de los personajes. La novela en ningún momento busca justificar (para bien o para mal) los hechos, sino sencillamente narrarlos para que el lector se vea de pronto transportado a aquellos días. Abra el libro y sienta que, verdaderamente, ha entrado en una trágica realidad.