jueves, noviembre 09, 2006

La luz que se apaga, Rudyard Kipling

Trad. Juan Luis Calleja. El Cobre, Barcelona, 2oo6. 266 pp. 20 €

Juan Marqués

Cuando en 1907 Rudyard Kipling obtuvo el Nobel (convirtiéndose en el primer autor de lengua inglesa galardonado) sólo tenía 42 años, pero ya era el celebérrimo autor de El libro de la selva, Capitanes intrépidos o Kim. Veinte años antes, sin embargo, ya se había destacado como precoz periodista en su India natal y como autor de cuentos y poemas inclasificables, y en 1891 debutó en la novela con una discreta obra maestra, The light that failed, que ahora se reedita en castellano en la vieja traducción de Juan Luis Calleja, pero con el título correcto, La luz que se apaga, y no el antiguo e impreciso En tinieblas con el que se conoció en España durante buena parte del siglo veinte.
La novela trata, como es sabido, de un prestigioso pintor que, todavía joven, pierde la vista como consecuencia de una antigua herida de guerra, recibida en la época en que ilustraba para las revistas de la metrópoli las efectistas y trepidantes crónicas de sus compañeros periodistas. Sin embargo, la visita al oculista que le da la fatal e irreversible noticia no tiene lugar hasta la página 160, superado ya el ecuador de la narración. A pesar del título y de que ya en el primer capítulo (cuando el protagonista, Dick Heldar, es todavía un huérfano infeliz que pasa como puede las horas en una casa de acogida) hay un aviso del destino del personaje (su compañera de peligrosos juegos le dispara accidentalmente con una pistola: ...“casi me has dejado ciego. La pólvora pica como un demonio”), la novela es, por tanto, mucho más.
Es, para empezar, toda una declaración de principios del joven Kipling, que aprovecha esta primera novela suya para insistir en su idea de que la vida, lo que se dice la verdadera vida, es inseparable de la aventura, del peligro, del viaje incierto... Hay toda una apología de la camaradería alcohólica y la virilidad inconsciente de marineros, soldados o corresponsales de guerra (lo que, explícitamente, implica un rechazo rotundo a la vida conyugal, y, de hecho, las mujeres aparecen en esta novela como personajes cuya función principal es, de una u otra forma, despistar a los hombres, apartarlos de su destino natural, sacarlos del desierto o de la jungla y sentarlos para siempre en una cómoda y burguesa butaca), y también, por desgracia, la propia guerra y la violencia son tratadas aquí con simpatía, o, por lo menos, con un belicismo basado en la convicción de que el combate, el odio y el afán de matar para sobrevivir que se establece en la lucha cuerpo a cuerpo, suponen una de esas situaciones primarias e instintivas en las que el hombre puede ser y sentirse completamente libre, participando de su más profunda y auténtica naturaleza salvaje. En ese sentido, Londres no es más que “una ciudad irreal y extraña, llena de clavos y cañerías de gas y cosas que a ningún hombre importaban”. Y quizá no esté de más recordar aquí que, acaso mal leído, Kipling fue, años después, uno de los escritores predilectos de los escritores e intelectuales fascistas.
Pero también contiene esta novela considerables reflexiones sobre el arte, o, mejor, sobre la relación que se establece entre el artista y su público, aunque, de nuevo, las conclusiones del autor van por el mismo camino: un artista es puro y respetable mientras obedezca exclusivamente a su instinto y dibuje las cosas como él las ha visto o como él las cree reales. En el momento en el que haga una mínima concesión al acomodado, adinerado e ignorante galerista o espectador de la metrópoli, su arte se ha prostituido y sólo sirve para alimentar una chimenea o una hoguera. El artista que se establece en la ciudad, que trabaja en un estudio, o que cae en la trampa del matrimonio, queda inhabilitado para la verdadera creación.
Y esto es lo que le pasa a Heldar tras el inmenso éxito que obtiene en Inglaterra tras sus estampas y escenas bélicas y exóticas. Para escándalo de sus irreductibles amigos, llega un momento en que Heldar decide no viajar más y aprovecharse de su recién adquirida fama para hacer una importante fortuna y vivir con lujo, dando al público aquello que ya le ha dado, aquello que demanda sin parar, aquello cuyo triunfo está asegurado. Es en este momento cuando su vista comienza a nublarse, y aquel sablazo que en Sudán le hirió dañando su nervio óptico, pasa su factura definitiva.
Con la clásica metáfora de la ceguera (ciego es, básicamente, “el que no ve”), Kipling deja claro que su opinión se une a la de esos asilvestrados periodistas que no aprueban el cambio de vida de Heldar. Su error recibe, sin embargo, un terrible castigo, el peor que puede recibir un pintor, pero Kipling tiene la piedad de acabar la novela permitiendo a su personaje una redención espectacular. Como la novela, en cualquier caso, sólo podía acabar con la muerte del protagonista, el autor le concede la gloria de hacerle morir de una forma casi heroica, muy lejos de casa, recuperando así su dignidad perdida.
Una primera novela, en fin, que quizá esté lejos de sus citadas obras mayores, pero que ya exhibe la calidad y la personalidad estilística que después harían de su autor uno de los más famosos escritores de su tiempo y le llenarían de premios y honores que él (quizá por coherencia con lo que en esta novela se predica) rechazaría habitualmente, centrándose en su propia obra y en su agitada vida. Por mi parte, nada me importa haber dedicado unas horas de mi ciudadana y fácil vida para leer La luz que se apaga, porque no he perdido el tiempo, y no creo que ningún lector que aborde esta novela pueda arrepentirse de ello.


3 comentarios:

Amkiel dijo...

Me encanta esta página y la sigo diariamente pero opino que, en general, facilitaría su lectura el que separaseis los párrafos con una espacio en blanco o que utilizaseis sangrado. Gracias por vuestra labor.

Manduco dijo...

Excelente Blog. Los Felicito!!!! Vendré con frecuencia.

Anónimo dijo...

Para mi es una buena novela y la traducción no es la misma que se cita: esta traducción es de César A. Comet y el libro está editado en Madrid, 10 de enero de 1929.