miércoles, noviembre 08, 2006

Los libros arden mal, Manuel Rivas

Alfaguara, Madrid, 2006. 610 pp. 22 €

Guillermo Busutil

Hay libros que te descubren el mundo, que te enseñan a entender las emociones, que son como un mapa de navegación por la vida o a través de las geografías de la realidad y de la ficción. Y también hay libros que rinden tributo a la existencia de un objeto cultural, sin el que no existe la historia heredable colectiva o individual, que a lo largo del tiempo ha pervivido contra el acoso del oscurantismo y la irracionalidad que alimentaron las llamas de su destrucción. Brutales lenguas de fuego con las que las guerras saquearon las bibliotecas de Nínive, Pérgamo o Alejandría, al igual que las piras inquisitoriales de España y de la Reforma protestante propiciaron, en Alemania e Inglaterra, que ardiesen los libros de Colonia y de Oxford. Triste botín al que sumarle el que obtuvieron los fascistas que quemaron la libertad encuadernada en la guerra del 36, los libros ejecutados por el nazismo y los que desaparecieron accidentalmente, igual que les ocurrió a los siete mil volúmenes que se ahogaron junto a Harry Elkins Widerner en el naufragio del Titanic.
Cada uno de estos libros, en forma de recuerdo o de fantasma, está presente en la última novela de Manuel Rivas. El escritor gallego, heredero de Cunqueiro, Fernández Flórez y Stevenson, ha construido narrativamente un nuevo Arca de Noé repleto de historias y personajes con el propósito de salvar la memoria y la magia del libro del naufragio provocado por esta época de desidia, ignorancia y mediocridad, tanto a la hora de leer como de escribir. Un presunto motivo, hasta que el autor no lo confirme en una de esas entrevistas ad hoc, que avala la posibilidad de que Rivas haya armado este libro, arca y arcón de volúmenes reales e imaginarios, con la sabia madera de los bosques gallegos por los que transitan la Santa Compaña, el espíritu de los fusilados en la Guerra Civil, los que saben encender hogueras para narrar historias o escuchar cómo del fuego nacen palabras que cuentan y que cantan, además de ser una cantera natural de la madera que servía para fabricar los barcos que marinaban en busca de sueños. Materiales habitualmente presentes en la obra de Rivas y con los que ha vuelto a botar una novela que se nutre de lo fabuloso y de lo cotidiano, de la memoria vencida y de la resistente, de las cosas que no acabaron de vivirse, de la subsistencia de la nostalgia, de la amistad, del fierabrás del amor y de la historia real. Lo cual explica que Los libros arden mal se inicie con el regalo de una Biblia con la que Borrow obsequia a un gallego que le salvó la vida y con la quema de libros que los fascistas llevaron a cabo en agosto del 36 en Coruña.
De ese modo, ficción y realidad se transforman en la dársena de partida hacia un viaje donde, lo mismo que un libro nos conduce a otro libro, un personaje nos lleva a otro personaje. Héroes populares, ánimas y recogidos en los anales de la historia de Galicia, como la lavandera que ve a un soldado muerto en las aguas del río en las que ella no se refleja, como la vendedora de periódicos cuyas noticias pregona, como Arturo da Silva boxeador y fontanero, como Ánxel Casal, Jules Renard, la actriz María Casares, Hércules Curtis, Olinda, el juez bibliófilo, el Hombre Invisible, Polca, la misteriosa dueña de la Rosa Taquigráfica o como Chelo, dama que pinta en una sociedad ocupada y en la que también es una Judit que encarna la resistencia contra el fascismo, lo mismo que otros protagonistas emigrantes, enamorados, viejos viajeros, fotógrafos de la derrota y de la esperanza, arponeros, escritores de novelas del oeste, fantasmas de sí mismos y personajes rabelesianos que unas veces se han escapado de los libros, igual que la gota de sangre de pato que huye del lorquiano Poeta en Nueva York quemado en Coruña, y que otras son libros encarnados en su piel y andanzas de seres literarios. Los cuales se entrecruzan en el tiempo que se sucede a lo largo de los años y de las ciudades (Coruña, Londres, Madrid, París) completando los vacíos, los misterios, los acontecimientos y las vidas de estos caballeros andantes de espíritu inquieto y cuyo peso es mayor que el de la trama, pespuntada de relatos, poemas y enfoques periodísticos, con la que Rivas defiende la generalización del conocimiento, el valor de la cultura y el poder de la fabulación.
Una fabulación sujeta a la pasión narrativa y a la escritura sensorial que facilita el que el escritor gallego también convierta a las apalabras en argumento y en protagonistas de la novela. Hasta el punto de que la lectura de Los libros arden mal recuerda un párrafo de Argos el ciego en el que Gesualdo Bufalino dice “ricos sólo de palabras, armados sólo de palabras, ¿cómo suspender el tiempo? Así que las palabras me servirán para contrastar la osificación del mundo, los objetivos sin cualidad, como cuando yo de niño las buscaba en el diccionario y cada una de ellas parecía una diosa que nace del mar”. Fascinación que, sin duda, comparte Manuel Rivas, como demuestra en esta novela donde el libro y su magia renacen de sus cenizas. Una bella metáfora con la que Rivas se lo pone algo difícil a los lectores menos curtidos y propensos a dejarse llevar por el desarrollo de la historia, mientras que se hace cómplice de quienes son el resultado de sus juguetes y de sus lecturas.