A las palabras acerca de un libro, sumamos las de su autor, en exclusiva para La tormenta.
Mala gente que camina
Alfaguara. Madrid, 2006. 428 págs. 19,50 euros
Care Santos
«No se puede acusar a alguien de haber sido engañado», sentencia, a modo de resumen argumental, el narrador y protagonista de esta estupenda novela de Benjamín Prado, un profesor de literatura en un instituto de secundaria cuya investigación sobre la narradora Carmen Laforet le lleva a descubrir a otra narradora, Dolores Serma, autora de una sola e inquietante obra, tras la que se esconde el terrible y desconocido trasunto de la desaparición de los niños republicanos durante la dictadura franquista.
Care Santos«No se puede acusar a alguien de haber sido engañado», sentencia, a modo de resumen argumental, el narrador y protagonista de esta estupenda novela de Benjamín Prado, un profesor de literatura en un instituto de secundaria cuya investigación sobre la narradora Carmen Laforet le lleva a descubrir a otra narradora, Dolores Serma, autora de una sola e inquietante obra, tras la que se esconde el terrible y desconocido trasunto de la desaparición de los niños republicanos durante la dictadura franquista.
Se cita a menudo en la novela la obra de Ricard Vinyes, Montse Armengou y Ricard Belis Los niños perdidos del franquismo (Plaza & Janes, 2002). Este ensayo, construido a partir de testimonios de mujeres republicanas que padecieron la crueldad de las prisiones franquistas denuncia algo de lo que en nuestro país se ha hablado muy poco: el robo de niños por parte de ciertas instituciones franquistas —en algunas ocasiones, tras fusilar a sus padres; en otras, después de devolverlos a España desde un exilio que sus familias habían pretendido para ellos— para entregárselos más tarde a familias afines al régimen. Esta novela cuenta una de esas historias, pero también muchas otras. En realidad, de lo que nos habla Prado es de la necesidad de adoptar disfraces, aunque sean repugnantes, para sobrevivir. Eso es lo que hace la protagonista de esta novela, la escritora Carmen Serma, supuesta amiga de Carmen Laforet, y de parte de los intelectuales de su tiempo: Martín Santos, Delibes, Cela… cuando acata los ideales del franquismo con tal de salvar a su hijo del estigma republicano y al hacerlo reniega de parte de su pasado y disfraza su vida entera, con un maquillaje tan convincente que abarca varias generaciones. Sin embargo, el investigador que descubre la novela llega a la verdad a través del único terreno donde ella fue completamente sincera: la ficción. Una única novela sin suerte, que su autora se autipublicó en los años 60 termina siendo la única que revela una verdad necesaria. Y cuando digo necesaria no me refiero sólo a los límites de la ficción. Creo que la novela que ha escrito Benjamín Prado era necesaria, aquí y ahora. Y podría apropiarme una frase de su protagonista cuando dice: «Me parece una vergüenza la forma en que unos y otros han pactado el olvido».
Esta novela es un antídoto contra ese olvido, y también un recordatorio de lo que somos capaces de hacer por sobrevivir, y una llamada de atención sobre el papel de los intelectuales ante el poder a través de las distintas posturas adoptadas por los afectos y desafectos al régimen —con nombres, apellidos y fechas, y algunos aún viven, qué valentía— y, por último, sobre la verdad: la necesidad de hacer que persista la verdad, la necesidad de los escritores de ser honestos escribiendo acerca de su única (¿la única?) verdad.
Hay mucho más que ponderar: el estilo —plagado de citas, de juegos, de chistes; original, ágil, brillante—; la dosificación de la información (el secreto de un buen narrador no es lo que cuenta sino cómo o cuándo lo cuenta) y los sobre todo, los personajes: un cuarentón de poco comer, malhumorado y amigo de cazar las ocasiones al vuelo —tras el que adivino algo del autor— y sus mujeres-satélite: su madre (un prototipo: la de quien cree que en la guerra los dos bandos cometieron dislates); su exmujer (otro prototipo: la que vivió la movida madrileña como si ocurriera en el salón de su casa y cayó en todas sus trampas, sobre todo en la peor de ellas: la heroína); su amante (uno más: la que no se pronuncia, aunque se complace en el bienestar de los conservadores) y Dolores Serma, la absoluta protagonista, una personaje tan de carne y huesos que cuando terminas la novela desearías que fuera real.
Y es que, de algún modo, tras esta historia, lo es. Real o visible, que viene a ser lo mismo. Ella y todas las que corrieron su misma suerte.
Hay mucho más que ponderar: el estilo —plagado de citas, de juegos, de chistes; original, ágil, brillante—; la dosificación de la información (el secreto de un buen narrador no es lo que cuenta sino cómo o cuándo lo cuenta) y los sobre todo, los personajes: un cuarentón de poco comer, malhumorado y amigo de cazar las ocasiones al vuelo —tras el que adivino algo del autor— y sus mujeres-satélite: su madre (un prototipo: la de quien cree que en la guerra los dos bandos cometieron dislates); su exmujer (otro prototipo: la que vivió la movida madrileña como si ocurriera en el salón de su casa y cayó en todas sus trampas, sobre todo en la peor de ellas: la heroína); su amante (uno más: la que no se pronuncia, aunque se complace en el bienestar de los conservadores) y Dolores Serma, la absoluta protagonista, una personaje tan de carne y huesos que cuando terminas la novela desearías que fuera real.
Y es que, de algún modo, tras esta historia, lo es. Real o visible, que viene a ser lo mismo. Ella y todas las que corrieron su misma suerte.
Benjamín Prado: «Pensaba en la novela
como si escribirla fuese una misión, o algo así»
—Aunque no se deba confundir narrador con autor,imagino que la motivación de tu protagonista debe de ser la tuya o no podrías haber escrito una novela como ésta, ¿me equivoco?
—Bueno, el era más cínico que yo, porque me interesaba que hiciese ese camino que aunque esté separado por una sóla letra es muy largo: el camino del cinismo al civismo. Ésa es la razón, también, de que su nombre sólo aparezca en la última línea de la novela: llamándose Juan Urbano, el lector habría adivinado pronto esa evolución. En cualquier caso, «motivación» es una palabra muy apropiada: si no la hubiese tenido, no aguanto más de tres años con los pies metidos en ese agua negra de nuestros años cuarenta. La verdad es que pensaba en la novela como si escribirla fuese una misión, o algo así.
—Mala gente que camina es una novela militante,valiente. ¿Tiene eso que ver con lo que crees que debe ser la literatura?
—Creo que puede serlo, sin más, entre otro millón de cosas. Hay grandes libros de monstruos, de humor, de amor, históricos... Y también libros sobre la Historia, que no es lo mismo. Todos ellos pueden ser malos o buenos. Que hay temas que no son apropiados para la Literatura es un invento de los mismos reaccionarios que afirman que hay episodios de nuestra Historia que no deben recordarse. Esa gente intenta convencernos de que la Historia puede hacer buena pareja con el silencio y el olvido, pero mienten.
—Las reacciones entusiastas de la gente de izquierdas que lea la novela parecen previsibles pero, ¿has tropezado ya con gente que la denoste, precisamente, por su color político? ¿Qué te han dicho? ¿Te importa, lo esperabas...?
—Es curioso: las peores reacciones las he tenido de presuntos compañeros de viaje que, por motivos extraños, me consideran demasiado radical. No lo sería yo, en cualquier caso, sino el personaje, que debe ser así para que la trama funcione, pero hay gente que no sabe leer novelas y confunde las cosas. Me quedo, de todas formas, con algunas historias que han venido a contarme a las presentaciones o ferias donde he estado, o con cartas que me envían en las que me dicen que ellos eran niños del Auxilio Social, que después de leer mi novela se dan cuenta de que han vivido engañados o que, de pronto, sospechan que tal vez ellos no son quienes creían. Es estremecedor, pero también emocionante.




