lunes, mayo 01, 2006

El salmo de Kaplan, Marco Schwartz

Premio de novela La otra orilla 2005. Belacqua, Barcelona, 2006. 237 pgs. 18 €

Anna Grau

Marco Schwartz es periodista y es escritor, lo cual lleva implícita cierta autoironía. En la página 38 de El salmo de Kaplan escribe: «Las noticias constituían para el viejo Kaplan el escudo contra las voces internas, el amuleto contra las turbulencias del alma. Probablemente no había persona mejor informada en la comunidad judía que Kaplan». Llegado este punto, el lector ya sabe que Jacobo Kaplan es un descarado trasunto de Alonso Quijano: patriarca judío en decadencia dentro de una ya de por sí decadente comunidad judía en pleno Caribe, una mezcla explosiva de achaques y disgustos le ha llevado a embeberse de los modernos libros de caballerías que pueden ser los noticieros. Las noticias sobre un alto jerarca nazi dispuesto a erizar de antisemitismo toda la América Latina prenden en el volátil cerebro de Kaplan la obvia quimera de que un nuevo Eichmann se agazapa en el restaurante tropical de la esquina. Va a por él secundado por el Sancho Panza de manual que es el cabo Contreras, un policía muerto de hambre, ávido de sobresueldo como Kaplan de épica. Sobre esta trama de cristal urde Marco Schwartz un intríngulis cautivador y entrañable, con inteligentes detonaciones de costumbrismo (es gracioso ver a personajes de Chéjov hablando como la familia Buendía), diálogos de apetitosa fluidez cinematográfica y una intriga discreta, suficiente para mantener firme la gravitación entre personajes. Hay quien, sin duda agradeciendo que un escritor nacido en Barranquilla, Colombia (aunque lleve veinte años en Madrid, España), no imite desaforadamente a García Márquez, ha elogiado el «realismo modesto» de Marco Schwartz. Yo lo llamaría más bien «realismo irónico». Periodista, Marco Schwartz ironiza sobre el potencial absurdo de la visión periodística de la realidad; su Kaplan no se limita a sucumbir al hechizo apocalíptico de las noticias, sino que cuando no son lo bastante apocalípticas para él, las reinventa sin ningún pudor. Si los noticieros dan por muerto al jerarca nazi a cuya captura él ha fiado tantas cosas, simplemente les quita de golpe toda credibilidad, para ponérsela de nuevo tan pronto vuelvan a encajar con sus a priori. Este Quijote es un espejo nada deformante de la mayoría de los modernos consumidores de prensa. Descreído, —«el ser humano está hecho de razón, moral e instinto, y la habilidad con que se aprenda a combinar esos tres elementos serán su bendición o su maldición a lo largo de la vida»—, resulta que esta declaración de principios la pone Marco Schwartz nada menos que en boca del último aliento de su protagonista, con el que sostiene un diálogo metafísico a las puertas de la muerte. El libro deviene menos previsible a medida que avanza. Cuando la pesquisa policial salta en pedazos, el cabo Contreras-Panza, aterrado al ver cómo se le desbarata toda la Barataria, implora al Kaplan-Quijote que «vuelva a la realidad» que él mismo lleva toda la novela negando. Es Kaplan quien pone los tristes puntos sobre las íes: «Vuelve a tu casa, a tu familia, a tu trabajo en la policía. Esa es la realidad. Cuídate para que nadie pueda sacarte otra vez de ella». Para endulzar el retorno oficial al realismo, Kaplan no duda en sacar un cheque que zanje las cuitas de Contreras. ¿Por qué entonces éste «rompió a llorar como un niño abandonado, subió llorando a la camioneta, llegó llorando a su casa y no dejó de llorar hasta la madrugada, cuando quedó rendido de tanto llorar»? ¿No será que no sólo de realidad vive el hombre?

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Interesante crítica. Un pero: al comienzo estimula a leer el libro. Al final, tenemos la sensación de que se ha revelado demasiado sobre él, incluso podemos imaginarnos toda la historia, y el interés por el libro, por fin, desaparece, puesto que pensamos que se va a leer un trasunto de "El quijote".
Felicidades por la página.
Un día, un libro... ¿Y los fines de semana?

t.c. dijo...

Es verdad. nos hemos acostumbrado a esto de un librito por dia y que hacemos ahora? volver al babelia y al cultural del abc los fines de semana?

judit dijo...

Nos gustaría enviaros nuestros libros e información sobre nuestras novedades. ¿Me podéis enviar una dirección de e-mail y postal?
Muchas gracias y un saludo.
Judit Aparicio
Ático ediciones
Sant Lluís 19
08012 Barcelona
Tel +34 932 13 27 23
judit@aticoediciones.com
www.aticoediciones.com

Banda Aparte dijo...

Jola Judit.

Nos lo puedes enviar a la siguiente dirección:

bandaparte40@yahoo.es

Estaremos encantados de recibir vuestras novedades editoriales.

Un abrazo

Javier Celaya dijo...

Interesante crítica. Para que los lectores de este blog tengan más puntos de vista sobre este libro, os adjuntamos la reseña que acabamos de publicar en la Revista Cultural Dosdoce (www.dosdoce.com).

La localidad caribeña de Santa María cuenta, entre sus habitantes, con unos vecinos más bien particulares cuyas raíces aún están bien enterradas en tierras de climas muy distintos. Y es que la ciudad alberga una comunidad judía a la que los patriarcas dedican todos sus esfuerzos y esmeros con el fin de mantener vivas y vigentes todas las tradiciones y costumbres de su cultura como si del último reducto de la esencia judía en el más recóndito lugar del mundo se tratara, a pesar de que las nuevas generaciones se empeñen en lo contrario.

Uno de esos adalides es Jacobo Kaplan, uno de los ancianos del lugar que, viendo cerca el final de sus días, busca un motivo que dé sentido a su vida y que además le permita morir en paz y tranquilo. A pesar de tener una esposa fiel y amante y unos hijos y nietos que le permiten refunfuñar y no estar de acuerdo en casi nada, a pesar de vivir cómodamente en un apacible lugar donde casi nunca pasa nada, a pesar de querer y saberse querido, Jacobo no está a gusto y decide que necesita protagonizar algo histórico, una hazaña capaz de vengar a su perseguido y castigado pueblo y ser recordada y reconocida durante siglos. Y es entonces cuando, a través de una especie de iluminación durante uno de sus duermevelas, comprende que los designios divinos lo han elegido para protagonizar la captura de un alto cargo nazi que, según parece, regenta un restaurante de playa en una localidad cercana a Santa María. Kaplan llevará a cabo su empresa con la ayuda de Wilson Contreras, quien intentará hacer ver al anciano, al más puro estilo quijotesco, las diferencias entre molinos y gigantes, lo que vemos con ojos y lo que vemos con el alma. No obstante su empeño, Jacobo Kaplan sabe y siente en lo más profundo de su ser que él, y sólo él, está llamado a ser el Gran Héroe del Pueblo Judío.

Ganadora del Premio La otra orilla 2005, El salmo de Kaplan de Marco Schwartz es una de esas novelas que justifican el amor por la lectura. La arrebatadora naturalidad con la que está escrita consigue que todo sea tan creíble como compartible, llamando al lector a participar en la trama. La elegancia del lenguaje, su ternura, sensatez, sensibilidad y cariño con que la obra está compuesta provocan en quien la lee un surtido bien variado de sensaciones, capaz desde arrancar la carcajada con su afilada mezcla de ironía e inocencia hasta erizar nuestro vello con tanta emoción a flor de piel.

Aunque dejando siempre abierta la puerta de las sorpresas, la novela nos transmite la sensación de que todo en esta vida está justificado, establecido de antemano. La profusa utilización de refranes formando parte de las conversaciones de los protagonistas nos quiere hacer ver que todo está escrito, que todo tiene una razón de ser. De ahí que compartamos lo cotidiano, por cercano, y que cualquier extravagancia no sólo no nos sorprenda, sino que lleguemos a considerarla necesaria. El tratamiento de cada uno de los personajes es profundo y sincero, con tal entidad que funcionan en escena tanto individualmente como confrontados en sus enriquecedores diálogos, teniendo como eje al anciano judío: el idealista y metódico Kaplan con el borrachín aunque juicioso Wilson; el Kaplan defensor acérrimo de las tradiciones con su nieta Lotty, cuyo único pecado es ser una chica de hoy en día; el visionario Kaplan con su esposa Rebeca, que ama hasta tal punto a su marido que llega a ver lo que en realidad no ve sólo porque él sí lo hace. Y Elías, Isaac, y otros personajes con los que Schwartz conforma el retrato de una sociedad judía con sus jerarquías, sus costumbres, sus estamentos sociales, analizando el papel de la religión y el concepto de familia.

Me gustaría destacar algo infrecuente en la mayoría de las novelas: el tratamiento del silencio, todo lo que se dice sin palabras. En el caso de la música, los silencios suenan; no sólo hay que respetar su duración, también hay que saber escuchar su interior y entender su función dentro de la obra. En el caso de Schwartz, también suenan. Marco Schwartz, magnífico conversador y genial observador y “escuchador”, consigue atrapar nuestra atención tanto con lo que está escrito como con lo que no: los silencios, esas situaciones donde los personajes no cruzan palabra y sin embargo sabemos qué esta ocurriendo; esos momentos en los que, incluso imaginando una boca cerrada, somos capaces de escuchar mentes y corazones ajenos. Sin verlos ni oírlos. Y sin estar escrito. Un libro al que cuesta pasar la última página, por lo que allí se dice y sobre todo porque no quieres que se acabe.

Javier Celaya