miércoles, septiembre 13, 2006

Caravanas, Mark Kneece y Julie Collins Rousseau

Norma Cómics. Barcelona. 2006. 166 pp. 12 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Digamos que me gusta fijarme en pequeños detalles y armar mi parodia de discurso sobre ellos. Aparte de la portada, que presenta a Josh, el joven protagonista del cómic, con una mirada desafiante y una pala que le va a acompañar en buena parte de la historia, una de las viñetas más reveladoras de lo que vamos a encontrar es aquélla en la que la directora de su instituto le impone una insultante chapa sonriente que reza Be a winner!. Sé un ganador. Eso es todo lo que puede ofrecer a un alumno del que no sabe nada ni le importa no saberlo y con el que cumple una función casi administrativa: un lema gastado y vacío imposible de aplicar en ciertas circunstancias. Por ejemplo, si tu casa, una miserable caravana, es una pocilga en la que tienes que cuidar constantemente de tus tres hermanos pequeños porque tu madre es una borracha y drogadicta que se acuesta con cualquiera que le dé lujos inútiles como televisión por cable cuando ni siquiera hay algo decente que comer. Qué decir si encima ésta mata a un hombre y una vez más la responsabilidad recae sobre tus hombros y te ves obligado a hacer que el cadáver no sea descubierto, lo que no resulta nada fácil rodeado por un amigo medio colgado, un traficante con ínfulas de místico y un perro al que le encanta escarbar donde no debe. Y para colmo una chica muestra interés por ti precisamente en estos momentos en que tratas de averiguar si lo que estás haciendo es enfrentar la realidad u ocultarla.
Mezcla de una dureza estremecedora con un humor tan ácido que bordea sus propios límites, grotesco de principio a fin en sus planteamientos y en su resolución, esta microvisión de las capas bajas de la sociedad estadounidense no deja títere con cabeza. El que se encuadre en una colección titulada “Cómic noir” revela cuál es el destino del género negro (sea cómic, novela o película) en la actualidad: el crimen sin detective ni investigación, la violencia desatada sin objeto, los personajes sin personalidad más allá de cierta voluntad extraña que los arrastra a un destino oscuro y previsible.
Pero no me conformo con mis propias palabras, así que las enfrento a las de alguien más — llamémosle Sergio, llamémosle amor que se atreve a decir su nombre— que leyó este cómic antes que yo:
«Trazos violentos, miradas cargadas de ira, sombras incluso en los huecos vacíos del papel. Mugre al final de cada página. Soledad, falta de fe, pasajeros rígidos en la estación sin esperar el tren, sin esperar el cambio. Agilidad en un cómic rápido de leer, lento de digerir, aislado en acontecimientos. El lenguaje pasa una vez más a mero complemento, lo visual envía al que lee un sentido completo que recuerda a esa vertiente americana "anti-americana" presente en el cine comercial que se disfraza de independiente, en el que "La tierra de las oportunidades" se convierte en un gran vertedero de vicios escondidos, de habitaciones pequeñas con niñas prostitutas, de padres psicópatas, de vivos muertos con camisetas llenas de grasa, de palabras sin decir, de iras y de armas antes que de motivos. Personajes atormentados. Hijos de una América desencantada, residentes en casas de hojalata, carentes de un entorno amable, que aún así persiguen el sueño prometido sentados en el asiento de atrás y contemplan las estrellas donde la pólvora y los rastros de maquillaje en el cuello de la camisa se mezclan con perfumes que esconden la sangre que no duele... la sangre congelada.»
Dos impresiones distintas pero complementarias. Es lo que tiene la lectura. Ahora le toca a otro dar su opinión.