miércoles, octubre 08, 2014

Los muertos, Jorge Carrión

Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014. 240 pp. 19,50 €

Pedro Pujante

En esta primera novela, que ahora se vuelve a editar, Jorge Carrión (Tarragona, 1976) ha creado un mundo propio, con mimbres propios de la ciencia ficción distópica y con una propuesta divergente que se acerca a los productos audiovisuales. Sería difícil explicar esta última consideración sin destripar parte del argumento de esta curiosa novela.
Dividida en cuatro partes, la primera y la tercera (¿temporadas?) son el bloque argumental, mientras que la sección intermedia es un inciso explicativo cercano al falso ensayo, y que sirve de soporte teórico para acercarnos al mundo metaficcional y novelesco que Carrión ha diseñado. La última, llamada , actúa como colofón, y al igual que la tercera, como sustento teórico para comprender las pretensiones del autor, y enlazar Los muertos con sus evidentes o no tan explícitos referentes extraliterarios. La narración ensambla fragmentos, de manera constante pero coherente, a modo de fotogramas de cine, en los que se nos presenta una sociedad muy parecida a esta pero con oscuros matices, distorsiones sutiles y lagunas explicativas que nos abisman en la incógnita. Las personas se materializan de repente en una distópica ciudad, quizá Nueva York, desprovistas de recuerdos y pasado. Para, después, en la segunda parte, comenzar a desvanecerse.
Lo interesante de Los muertos es la originalidad con la que Jorge Carrión nos propone esa realidad alternativa, deudora de Kafka, Los Soprano, Blade Runner, Matrix o Inception. Aunque por el planteamiento narrativo propio de Los muertos y por su tonalidad grisácea y sobria sería más correcto conectar esta premonitoria novela con productos tales como las actuales series televisivas The Leftovers, Les Revenants o la británica Black Mirror. Y es que Los muertos, al crear como decíamos su propio universo ficcional, también posee su estética propia, una estética retro, vanguardista, lúgubre y posmoderna que la convierte en un artefacto sin claros referentes en los que encontrar claves para su análisis. A pesar de que el autor la conecte, como decíamos, en la sección no-narrativa del libro, con otras tantas películas y teleseries.
Las diferentes historias que se entrecruzan de forma constante nos dan cuenta de este mundo extraño y paradójico, casi un infierno dantesco formado por calles y círculos, tecnificado y virtual en el que sus habitantes conviven y se afanan por sobrevivir con la desmemoria y la fatalidad, en busca de un destino o una comunidad que les proporciones las claves necesarias para alimentar su identidad y codificar su conciencia. En definitiva, seres anónimos, con un pasado tenue, que huyen hacia un inmediato presente que no comprenden y que los comprime.
Pero el autor no se contenta con contar una historia; Carrión es un filósofo sutil y ahonda en asuntos tales como el estatus del personaje de ficción, la identidad, la memoria, el sentimiento de pertenencia a un grupo social, la inmigración (más como estado mental que geopolítico), la sociedad de masas, el duelo, la muerte y que, sobre todo, araña en la siempre frágil frontera entre géneros literarios y audiovisuales, entre realidad y ficción. Y esa frontera, siempre movediza, ha sido por fin destruida en Los muertos. De hecho, en la última parte, en un irónico y sorprendente giro metaliterario y borgiano (o vila-matiano o magrittiano), se conjetura la imposibilidad de construir una obra como Los muertos y se desmiente que incluso pueda existir. ¿Esto no es una novela…? En definitiva, Los muertos, por su capacidad de fascinación, su originalidad de argumento, un planteamiento atrevido y una composición formal destacada, se convierte en una lectura adictiva, recomendable y de enorme calidad literaria.
Ahora se ha reeditado en Galaxia Gutenberg, al mismo tiempo que Los huérfanos, la segunda novela que junto a la inédita Los turistas habrá de formar una trilogía: Las huellas.
Yo hasta me atrevería a afirmar que esta es la literatura del futuro. Y si no me creen, ya lo verán.

martes, octubre 07, 2014

Trigramas, Claudia M. Capel

Lumen, Barcelona, 2013. 136 pp.6,99 € (eBook)

Juan Laborda Barceló

El I Ching, uno de los libros más populares y milenarios de guía humana y espiritual, se compone de hexagramas, representaciones gráficas que a su vez se dividen en trigramas. El sentido profundo es difícil de concretar en pocas palabras, pero podemos decir que los canales de energía fluyen a través de aquella obra para permitirnos alcanzar un conocimiento intuitivo que de otro modo se nos escaparía. Los Trigramas, con su orientación general que luego hay que interpretar, son las claves para acceder a ese mundo.
No deja de ser toda una declaración de intenciones arrancar con un título tan contundente. Se trata de un concepto que trasciende por lo que entraña, pero muy concreto, por su significado. La autora establece un precioso diálogo entre versos e interpretaciones de aquellas páginas oraculares. No en vano Borges, el genial maestro que Claudia M. Capel conoce en profundidad, nos dejó un poema titulado "Para una versión del I Ching" que, a buen seguro, es, al menos, referencia de estos textos.
Trigramas es una obra plena de fuerza estética y de hallazgos netamente literarios: "He copiado a mano tus silencios", por citar un ejemplo, da muestra de una belleza formal que nos incita a la evocación más sugerente y a la abstracción de las ideas. Funciones esenciales ambas de la poesía. Igualmente, se hacen referencias tanto al mundo del intangible: «No habrá jardín/apenas una flor/en todo el aire», como a la par se denotan rasgos de lo sensitivo: «La vigilia de un beso/desvela todo el cuerpo». La obra plantea, por tanto, un continuo contraste de sensaciones entre el viaje físico y el emotivo.
Sin hacer referencia a más versos concretos, donde los aciertos lingüisticos son evidentes y hacen volar la imaginación del que lee con ese afán de la búsqueda de lo bello, existe en Trigramas otro juego formal y de contenido. Se trata de un salto de la composición corta, más impactante y precisa, que se combina, casi seguido, con el poema de lo onírico, donde la vivencia del sueño, del otro y del universo son tremendamente intensas. El espacio para la intuición crece a medida que nos adentramos en los versos.
Pasamos, sin saberlo, del Haiku preciosista al sonido etéreo de unas pisadas protagonizadas por hombres que ya no están aquí. Los espacios, los tiempos y la ensoñación planean como sombras en estas páginas. Si bien, la esencia histórica de aquellos espíritus impregna unos versos llenos de esteticismo y de amor por el pasado más humano. La fuerza última de estas poesías no recae ahí, sino en la arquitectura simbólica que se construye con sus palabras. Éstas serían, quizá, un reflejo poético y vibrante de los citados trigramas. Ese tránsito nos permite dibujar emociones vividas, de la sensualidad más sencilla y cautivadora al encuentro de almas, amoroso o fraternal, en el que recrearse.
Esta obra es, en definitiva, una celebración: La fiesta de la vida, la religión terrenal de las emociones, la fuerza de lo ritual, la frescura de los encuentros, y, hasta el aire orientalizante, pero a su vez universal, son algunos de los ingredientes que dan sabor a esta receta festiva. Es el inicio de una búsqueda. Navegamos tratando de captar nuestro sentido último. Trigramas es un río, nunca seremos los mismos al volver a bañarnos en sus letras, con el permiso de Heráclito. No se lo pierdan.

lunes, octubre 06, 2014

Legión y El alma del emperador, Brandon Sanderson

Trad. Rafael Marín. Fantascy, Barcelona, 2014. 238 pp. 14,90 €

Julián Díez

Es un hecho poco conocido fuera del propio género que la novela corta ha tenido un protagonismo decisivo en el desarrollo de la literatura fantástica y de ciencia ficción. Sin embargo, el devenir del mercado ha convertido al tocho y la serie de tochos en el formato más habitual en el que estos géneros llegan al lector, ocultando una producción interesante y que resulta absolutamente decisiva en este campo. Iniciativas como la de unir dos novelas cortas en un volumen, como es este caso, resultan por tanto dignas de aplaudir.
Brandon Sanderson, que aún no ha cumplido los 40, se ha convertido en apenas una década en uno de los principales nombres en la literatura fantástica pura. Y precisamente haciendo lo que más arriba comentaba: elaborando gruesos volúmenes de fantasía épica, e incluso consagrándose a terminar una de las series más longevas y exitosas en términso comerciales del género, La rueda del tiempo, al firmar los tres últimos volúmenes que su creador, Robert Jordan, no pudo concluir en vida.
Si esto suena poco prometedor, es tal vez porque a mí mismo me lo parecía de igual forma y he visto en la distancia el progresivo prestigio de Sanderson sin atreverme a catar su obra. Sin embargo, esta presente edición de dos novelas cortas independientes de sus sagas se presentaba como una inmejorable ocasión para poner remedio a mi desconocimiento y tengo que decir que ha valido la pena. Sanderson es un artesano eficiente: ameno, de estilo diáfano, y cierto vuelo imaginativo. Una de las cosas que me prevenían en contra suya era la similitud de su trayectoria vital con la de uno de los dominadores de este campo en los últimos años, Orson Scott Card; pero lo que se ve en las dos novelas cortas de este volumen son, precisamente, las cualidades con las que Card (en sus, ay, ya casi olvidados momentos de acierto) consiguió un notable prestigio en el arranque de su carrera antes de entregarse sin paliativos en brazos de la comercialidad y el proselitismo religioso mormón.
“Legión”, el primero de los contenidos del volumen, presenta a un curioso personaje: Stephen Leeds, un hombre que sufre alucinaciones tan vívidas que de hecho los personajes que imagina se conviertan en sus auxiliares para aportarle sus propias cualidades, desde la de ser un experto hacker hasta la de hablar en distintos idiomas. En esta intriga, Leeds es reclutado para buscar a un inventor que vendió a una empresa la idea de una máquina que permite tomar fotos del pasado, pero ha desaparecido con el prototipo una vez acabado. La resolución de la trama no resulta del todo satisfactoria, y tiene un cierto regusto a profesionalidad americana de “curso de escritor”, pero el personaje tiene tanta chicha que sostiene el juicio final positivo del relato, que por lo demás es entretenido.
En cuanto a “El alma del emperador”, se trata de una obra de fantasía heroica con bastantes más puntos de interés, que consiguió ganar el premio Hugo del pasado año. La protagonista es Shai, una maga falsificadora, capaz de copiar “el alma” de personas y cosas, de rediseñar o de copiar prácticamente lo que se le antoje. La suya es una habilidad considerada como blasfema, pese a lo cual los poderes fácticos del Imperio Rosa la apresan para que reconstruya la personalidad del emperador, que fue víctima de un atentado.
Aunque en el espacio de una novela corta no hay lugar para la creación intensiva y original de un mundo de fantasía, las pinceladas ofrecidas por Sanderson tienen muchos matices interesantes, al igual que los personajes; no sólo Shai, sino el anciano consejero Gaotona, que consigue eludir el tópico en que podría sustanciarse. Sanderson se las apaña para eludir algunos tópicos del género; por ejemplo, he tenido ocasión de leer comentarios suyos en los que rechaza la clásica fórmula del relato de viaje como esqueleto de las historias de fantasía, y efectivamente “El alma del emperador” se desarrolla prácticamente de forma íntegra entre cuatro paredes sin por ello dejar de resultar una historia entretenida y de satisfactorio vuelo imaginativo. Las gotas de heroísmo, traición y magia que salpimentan el relato consiguen darle verdadero cuerpo épico, sin por ello caer en lo trillado.
Tanto Shai como Stephen Leeds parecen personajes llamados a protagonizar más historias de Sanderson, que confiemos en que sepa sacarles partido con las mismas herramientas que lo hace aquí. Veremos si este juicio se consolida más adelante o, como en tantas ocasiones en el género, los formatos extensos y la tentación de deslizarse hacia la fórmula deja estas novelas cortas en un preludio sin continuidad.

viernes, octubre 03, 2014

Doble mirada: El cielo de Lima, Juan Gómez Bárcena

Salto de Página, Madrid, 214. 320 pp. 17,90 €

1. Juan Laborda Barceló

Juan Gómez Bárcena es un autor que, a pesar de su risueña y casi insultante juventud, posee una maestría en las formas y un conocimiento de las letras que, en buena justicia, deberían haber sido adquiridos a lo largo de una prolongada vida de estudio y lecturas. La creación y el talento, ya lo ven, son caprichosos y no entienden de tiempos, formalidades o cánones.
Tras unos relatos entre la crónica y la distopía, Los que duermen, que ya apuntaban el estilo y los contenidos que estaban por venir, el joven escritor cántabro vuelve a aparecer en Salto de Página con El cielo de Lima. En ella, dos aspirantes a poetas de primeros del siglo XX en un Perú fascinante por decadente y agitado, se hacen pasar por una damisela (vía misiva) para camelarse al gran Juan Ramón Jiménez y, de paso, conseguir las nuevas publicaciones del autor, que al otro lado del charco escaseaban.
Resulta muy interesante como esta historia sencilla, ocurrida realmente, se torna en la ficción en un intenso juego de apariencias, donde la realidad narrativa de una relación epistolar prolongada cobra la profundidad literaria de las más humanas inquietudes. Carlos y José, José y Carlos, son dos amigos que paren en su imaginación a Georgina Hübner, protagonista irreal de la novela. Así, cuando el poeta español muerde el anzuelo, se inicia un viaje extraordinario, pues lo que los dos jóvenes peruanos harán es proponerse escribir una novela, dar luz a sus personajes y construir todo un relato a través de sus cartas. Estamos, pues, ante una novela sobre la creación de otra novela.
Los juegos, miedos y desvaríos de la creación, sincera e impostada, se conjugan sabiamente en las páginas de la obra con la evolución de una amistad. Asistimos, por tanto, al despertar de los individualismos y al surgimiento de una madurez doliente, que aleja a los protagonistas entre sí y los convierte en lo que finalmente son.
Hay rasgos históricos bien trenzados, deseos de promoción social que se sienten necesarios, “escribidores” profesionales y hasta una rata roedora de textos que viaja en el transatlántico de turno, pero sobre todo, lo que hay en la novela es amor por la literatura. Un juego meta literario tiene lugar mientras se piensa y se construye una novela. Los personajes, al igual que la obra, crecen, sufren y evolucionan, dejando atrás las ilusiones de una adolescencia tardía. Todo un reto difícil de obviar para los amantes de las buenas letras.

2. Pedro Pujante

De entre las mujeres soñadas por personajes de una obra literaria, además de a Dulcinea o la Paulina de un cuento de Bioy Casares, habrá que rescatar para el imaginario colectivo de la posteridad la silueta enigmática e incierta de Georgina Hübner. La historia real de esta musa es ya conocida por todos. Dos peruanos, admiradores del poeta español Juan Ramón Jiménez, urdieron un plan epistolar: simular ser una joven llamada Georgina para recibir la atención de su querido maestro. Y la trampa, al parecer, funcionó. El resultado, además de una correspondencia (de la que se conservan al menos cinco cartas), es un poema, dedicado a la improbable musa limeña, e incluido en el libro Laberinto de J. R. Jiménez. Un poema que da título a esta novela.
A partir de este hecho verídico Gómez Bárcena (Santander, 1984) nos regala en su primera novela una historia intensa, que oscila entre la recreación histórica y la fantasía literaria. De hecho, la virtud del autor para dotar de vida a los personajes y para colorear la estampa de la Lima de comienzos de siglo es inmejorable. Digna de un pintor impresionista.
En la novela José y Carlos, los jóvenes acomodados que juegan a ser poetas y que contemplan el mundo en clave literaria, deciden enviar una carta a Juan Ramón Jiménez. A partir de entonces, la urdimbre postal se irá fraguando, configurando sus propias vidas, su día a día, y apoderándose de sus destinos. Hay, de hecho, un momento en el que uno de los personajes dice: «No somos nosotros los que escribimos las novelas, sino las novelas las que nos escriben a nosotros…»
Y ciertamente, la fantasía y la pasión irán revistiendo a la irreal Georgina de matices y profundidad hasta transformarla en un ser de carne y hueso. Hasta tal punto que incluso Carlos, el más sensible de los dos jóvenes impostores, se sentirá identificado con ella. Alrededor de este hilo conductor –el carteo establecido entre Georgina y el autor de Platero y yo- también se irán desmenuzando las vidas de los autores de la falacia. Quieren ser poetas pero su mediocridad es manifiesta. Quieren ser pobres y bohemios pero descienden de familias adineradas y su futuro está ya hipotecado y comprometido con sus industrias y un modelo de vida burguesa. Su alma pequeña podría aspirar a una revolución pero sus corsés sociales les impiden respirar el viento que traen los profetas del comunismo o el anarquismo. En definitiva, en sus ajustados modelos de vida solo les cabe un soplo de fantasía a través de ese personaje bello, frágil e irreal que es Georgina.
Pero, la novela que están escribiendo José y Carlos avanza y cobra vida; es una novela de amor y profundo anhelo, pero cuando comienza a llegar a su inevitable desenlace, las cosas no parecen conducir al final esperado. Porque el cada vez más enamorado célebre poeta ha decidido y anuncia que viajará hasta Lima con la intención de conocer a su querida amiga Georgina. Así que ¿cuál puede ser la solución para salir airosos de este melodrama por entregas? ¿Y evitar así que Juan Ramón Jiménez viaje a Perú y conozca la verdad, o sea, la onerosa mentira? O lo que es peor: que se desvele el sueño de amor e irrealidad que los dos jóvenes han construido para él y para sí mismos.
Gómez Bárcena con un pulso firme ha elaborado una novela perfecta, sin altibajos ni giros chirriantes, pausada y melancólica, que es capaz de transportar al lector desde el principio hasta el final sin que el interés decaiga en ningún momento. Pero además de confeccionar una narración compacta ha sabido valerse de un lenguaje rico y acorde a la historia que parece aspirar a la poesía pero sin abandonar en ningún momento el suelo narrativo sobre el que se asienta. Se respira en todo el libro un tono evocador, nostálgico y emotivo.
No podrá el lector dejar de emparentar El cielo de Lima con Juegos de la edad tardía de Landero, aquella novela, también escrita de un modo magistral, en la que la fantasía y la mentira acaban por apoderarse de la realidad de sus personajes hasta transformarlos en víctimas de sus propias falacias.
Otra virtud la hallamos, como ya dijimos al comienzo, en la construcción de los personajes, ambiente y época. Cada detalle ha sido cuidado y el lector sentirá por momentos que pasea por las avenidas de la vieja Lima, escucha la música y los murmullos de sus burdeles o el gentío en las tabernas en las que las barras de amigos beben pisco, juegan al billar y ensayan malos versos. Uno de los descubrimientos de esta temporada. Muy recomendable.

jueves, octubre 02, 2014

El coleccionista de libros, Charlie Lovett

Trad. Damián Alou. Plaza & Janés, Barcelona, 2014. 400 pp. 19,90 €

Sandra Ferrer Valero

En el frío y húmedo mes de febrero, Peter Byerly se encontraba viajando por Gales, a la búsqueda de libros extraños. Pues esa era su profesión, librero, apasionado del arte de las letras y su encuadernación y conservación a lo largo de los siglos. Pero Peter también se encontraba en la Gran Bretaña, lejos de su Estados Unidos natal, intentando superar una terrible e insoportable pérdida. La muerte de Amanda, su esposa, lo había dejado sumido en una profunda desesperación y depresión que le había llevado a huir de todo. En su búsqueda de una nueva existencia sin Amanda, encontrará algo que dará un giro inesperado a su vida. Escondido entre las páginas de un manual del siglo XVIII sobre falsificaciones de escritores clásico, descansa un retrato de una hermosa mujer con un parecido perfecto a Amanda.
Con este extraño misterio, inicia el relato Charlie Lovett en su apasionante novela El coleccionista de libros. Una historia que lleva a Peter Byerly a buscar desesperadamente por qué su esposa fallecida en el siglo XX aparece en una acuarela victoriana. En su camino, Peter descubre algo tan fascinante como el rostro de su amada en un retrato de dos siglos atrás. La posibilidad de encontrar una obra largamente desaparecida y que podría probar que las obras de Shakespeare fueron efectivamente escritas por el gran escritor inglés aparecerá ante sus manos como si fuera la búsqueda del Santo Grial.
Peter se sumerge entonces en una arraigada rivalidad entre dos familias inglesas, los Alderson y los Gardner, mientras descubre de la mano de Liz Suthcliffe a un extraño escritor que es posible que sepa quién es A.H., la misteriosa firma de la acuarela victoriana.
El coleccionista de libros entremezcla la historia de Peter, su desesperación por haber perdido a Amanda y su intento de encontrar una nueva vida sin ella, con uno de los misterios y controversias más analizados de la historia.
William Shakespeare, en su propio tiempo, fue un escritor denostado por otros literatos quienes no aceptaban que un muchacho de provincias y sin apenas estudios, pretendiera ponerse a la altura de plumas salidas de las grandes y prestigiosas Oxford y Cambridge. Algo que cambiaría cuando el escritor de Stratford se ganó al público de la Inglaterra de su tiempo con obras inmortales como Romeo y Julieta o Hamlet. Pero pasados los años, la duda continuó sobrevolando sobre uno de los autores más conocidos y estudiados de la literatura universal. Los conocidos como oxfordianos, intentaron durante años demostrar que Shakespeare no había escrito sus obras, sino que habían sido ideadas por otros.
El libro que persigue Peter, mientras intenta descubrir quién es en verdad la dama de la acuarela, es el Pandosto, una obra escrita por Robert Greene, un coetáneo de Shakespeare. Al parecer, Shakespeare habría utilizado esta obra de Greene para inspirarse y el fruto habría sido Cuento de invierno. El Pandosto que busca Peter, es ni más ni menos que el original que Shakespeare habría leído y escrito en sus márgenes notas para su propia obra. Un libro que desvelaría para siempre las dudas sobre su verdadera autoría de las obras de William Shakespeare. Un Santo Grial literario por el que algunos estarán dispuestos a morir. Y a matar.
El coleccionista de libros es una novela trepidante, relatada con constantes saltos en el tiempo, desde el momento presente, en 1995, hasta el siglo XVI, pasando por la Inglaterra victoriana y los hermosos años de la historia de amor entre Peter y Amanda. Un libro en el que aparece el amor, el odio, la ambición y la codicia a partes iguales, mientras se desgrana el apasionante mundo de los libros y coleccionistas de piezas literarias antiguas.
Charlie Lovett es escritor, profesor y dramaturgo, de cuyas obras para niños se han hecho más de tres mil representaciones. Anteriormente se había dedicado a la venta de libros antiguos y es un coleccionista ávido, una profesión que sin duda le ha valido para ambientar su novela y hacerla muy convincente.
Está previsto que El coleccionista de libros se traduzca a una decena de idiomas. Recomiendo su lectura para los amantes de la vida y la obra de Shakespeare, los apasionados del misterio histórico y literario y aquellos que disfruten con una trágica pero hermosa historia de amor.

miércoles, octubre 01, 2014

Divina, Inma Luna

Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2014. 69 pp. 12,48 €

Verónica Aranda

El manual de La mujer ideal de 1953 que se entregaba en España a las mujeres que hacían el Servicio Social en la Sección Femenina, incluía perlas como: «Las mujeres nunca descubren nada; les falta el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles»; o «¡No te quejes! No lo satures con problemas insignificantes. Cualquier problema tuyo es un pequeño detalle comparado con lo que él tuvo que pasar.» Dicho manual, impregnado de un ferviente catolicismo y encargado de recuperar “la antigua feminidad”, adoptó las figuras de Isabel la Católica y Santa Teresa de Jesús como símbolos y modelos de conducta.
Divina, el sexto poemario de Inma Luna (Madrid, 1966), poeta y narradora prolífica, es, ante todo, un ajuste de cuentas con ese pasado represor. Entre la ironía y la ira, el yo poético en primera persona, a través de una mirada retrospectiva, lanza una dura crítica a aquel sistema educativo franquista y del tardofranquismo —¡La Sección femenina duró hasta 1977!— que adoctrinaba a la alumnas y a las mujeres españolas para cercenarles cualquier deseo de emancipación, espontaneidad o rebeldía. El objetivo era conducirlas al redil doméstico y extirparles afanes igualitarios, convirtiéndolas en procreadoras y esposas sumisas. «No hay que ser una intelectual», aconsejaba Pilar Primo de Rivera, fundadora y suma sacerdotisa de la Sección Femenina.
Divina, según la autora su poemario “más íntimo”, se divide en tres partes. La primera sección, “Párvula en los nueve círculos”, es la más redonda. Trascurre en el internado de monjas donde se educa la protagonista y cuestiona el sentimiento de culpa judeo-cristiano, la hipocresía y la anulación total del cuerpo para centrarse en el espíritu. Los métodos represivos van desdibujando la identidad y el libre albedrío de las alumnas. Se enumeran las “tristezas pedagógicas” y, a veces, la imaginación y la curiosidad infantil son una válvula de escape.
La falta de libertad se siente también en los espacios donde se sitúa el poemario-confesionarios, aulas, capillas, patios de recreo-todos cerrados y asfixiantes, representando un “infierno” donde les iban “inoculando el miedo”, privándoles del aire puro. La segunda sección es un reencuentro con la muchacha dubitativa “que daba pasos en falso” y con el aislamiento de la adolescencia. El miedo le había “cercenado los deseos”, y los problemas educativos de base como la separación por sexos hacen mella e impiden aprender a relacionarse con el sexo opuesto: «No me dejaban jugar con los chicos/ así que nunca supe/ cómo relacionarme con los hombres./ Mi matrimonio fue un fracaso/ que se gestó en la infancia.»
La recta final del libro cobra intensidad y desgarro. Sobreviene un embarazo no deseado y una boda forzada por las circunstancias. Al final la escritura es la tabla de salvación para trascender la rutina gris. «Escaparse entre las páginas/ era el único modo.» Se trata de una poética de claridad de expresión y estilo narrativo. Desde la infancia hasta la madurez, se puede leer como una historia que, más allá de si es o no autobiográfica, es la historia aún no del todo resuelta de la educación y de muchas mujeres en nuestro país. Con un lenguaje sencillo y fresco, lleno de musicalidad, Inma Luna aborda en los poemas cuestiones complejas como la enseñanza religiosa caduca o la liberación de la mujer. Cabe mencionar la originalidad de incorporar este tipo de temáticas a un poemario. Una lectura más que recomendable editada con esmero por el sello canario Baile del Sol, con magníficas ilustraciones en tonos rojos y negros, llenas de simbolismo de Loreto Rodera.

martes, septiembre 30, 2014

Jesucristo bebía cerveza, Afonso Cruz

Trad. Roser Villagrassa. Alfaguara, Madrid, 2014. 237 pp. 18,50 €

Ignacio Sanz

Ciertas novelas tienen el don de trastocarnos, de emocionarnos, de reconciliarnos con la lectura, de constatar que, por más que el camino a veces resulte penoso, al final merece la pena recorrerlo para llegar a puertos que ofrecen tantas maravillas. No conocía a Afonso Cruz (Figueira da Foz, 1971) que forma parte de las nuevas y potentes hornadas de narradores portugueses. Quiero decir que esta es la primera novela que leo, aunque según parece, se trata de un autor muy celebrado no sólo en Portugal sino en Europa donde ha alcanzado grandes reconocimientos. No me extraña. Narra los disparates con tanta naturalidad, escribe con tal trasfondo filosófico que, a veces recuerda a Cervantes, a veces a García Márquez. Esparce el surrealismo a su alrededor con tanta ligereza que uno no puede sino enamorarse de autores que, como él, nos salvan de nuestra sempiterna condición de lectores.
Pero vayamos por partes. La acción se desarrolla en El Alentejo. Eso para empezar. Quien no lo conozca, baste decir que es una vasta región portuguesa paredaña con Extremadura, una región en la que domina el granito, la pobreza y la despoblación. Podría ser Teruel, Cuenca o Soria, donde, que sé yo por qué, abundan los personajes excéntricos que producen los desiertos. Los personajes excéntricos suelen ser personajes poéticos. Y los que recorren las páginas de esta novela lo son también. Parecen dotados de alas. A veces de alas y picos carroñeros. Pero ahí, en ese ambiente, se van desarrollando los acontecimientos en torno a una muchacha llamada Rosa, a su abuela Antónia, a una millonaria inglesa que duerme dentro del esqueleto de una ballena y que se rodea a su vez de personajes excéntricos como un cura rijoso o como el anciano profesor Borja que, al final, adquiere un protagonismo creciente al lado de Rosa. Los personajes descabellados entran y salen con naturalidad de las páginas para asombro del lector. El profesor Borja, entre otras lindezas, promueve un viaje a Tierra Santa para que la abuela Antónia vea cumplido uno de sus sueños. Y así, trampantojo tras trampantojo, convierte una de las aldeas alentejanas en Jerusalen. Un disparate propio de El Quijote.
¿Qué pinta la cerveza en todo esto? Acaso lo aclare la cita cervecera con que se abre la novela, una cita que supongo apócrifa y que la da sentido y aliento a esta historia: «De la corrupción hablo con pompa y propiedad, y hasta puede que mejor que la parábola de Cristo, esa que dice que el cereal ha de morir para vivir, pues del cereal no solo hago nacer más cereal, sino que hago un verdadero milagro. De lo putrefacto, que está muerto y corrupto, obtengo pan líquido, que es la cerveza, néctar de reyes, alimento de pobres, ambrosía de sabios.»
Es decir, de la corrupción, de la descomposición de una sociedad, se puede llegar al néctar de reyes que es la cerveza. Pese a todo, no es el caso. Rosa, el personaje central acaba en Lisboa. Pero mejor desvelemos el final. Por cierto, un final al que le sigue otro equívoco final. Como si la novela no terminase nunca. Y así es, en el fondo, la novela no se acaba porque sigue viva durante días, durante semanas en la memoria del lector que ha quedado atrapado por el submundo descabellado que nos pinta Afonso Cruz, por ese halago de la cerveza y por esas consideraciones entre históricas y filosóficas que se hace en torno a este alimento líquido que tanto debía circular en Palestina en la época de Jesucristo y del que, sin embargo, extraña paradoja, no aparece ninguna referencia en los Evangelios.
Por mi parte, rendido ante esta prodigiosa novela, seguiré buscando otros libros de Afonso Cruz para vivir con intensidad el vértigo primigenio que da sentido a la lectura.

lunes, septiembre 29, 2014

Las manos, Miguel Ángel Zapata

Candaya, Canet de Mar, 2014. 258 pp. 16 €

Miguel Baquero

Me voy a tomar la libertad de calificar, de principio, esta novela como «novela gamberra», dicho sea, por supuesto, sin ánimo peyorativo. Este que suscribe ha escrito (o mal-escrito) y publicado alguna novela de este cuasi-genero y cree entender la gran dificultad que existe en lo que, en apariencia, parece sencillo, poco menos que espontáneo, como si el autor hubiera estado escribiendo folios a la carrera… o tal vez ni eso, hubiera ido anotando sus ideas en servilletas de papel… Sin embargo, todo ella conlleva un arduo trabajo y es necesaria una rara habilidad para mantenerse siempre en el borde, sin precipitarse en el exceso. Dificultad que se redobla cuando al texto se le quiere dar una dosis de poesía. O una alta dosis, como en el caso de esta Las manos, la más reciente obra de Miguel Ángel Zapata (Granada, 1974), autor que con su último libro de relatos, Esquina inferior del cuadro, consiguió llegar a finalista del premio Setenil.
Si nos fijamos en esos cinco pequeños apéndices en que rematan nuestros brazos, y nos paramos a pensar sobre ellos, veremos que las manos condicionan el mundo. Al levantar la vista, en un descanso, del libro de Zapata encontraremos que las manos cubren nuestra vida cotidiana, que la historia es una sucesión de hechos elaborados a mano, que la misma literatura está repleta de ellas. La novela de Zapata parte de una anécdota: la Copa del Mundo, o lo que es lo mismo, ese máximo trofeo que podemos tener entre nuestras manos, se le escapa de las ídem a Fernando Torres, que la estaba mostrando en alto; y tomada por una mano anónima, va pasando… pues eso, de mano en mano. El protagonista se lanza a descubrir su paradero, encomendándose al destino con un simple juego de dados, o lo que es lo mismo: ese juego ancestral en que encerramos dos cubiletes en nuestras palmas, los movemos y luego los arrojamos para saber nuestra suerte. Así emprende el camino, y a través de él (con la música de fondo de un jazz tocado por hábiles dedos) nos iremos encontrando desde la figura trágica del suicida que con sus propios manos anuda la soga de que se ahorcará —y aquí el autor inserta un poema escalofriante del pobre hombre—, a la otra mucho más cómica (genial) de dos siameses unidos por una falange y que, al separarles, hubieron de prescindir de esa mínimo pero fundamental porción que les completaba…
Toda la novela está cargada de símbolos, que de alguna manera nos remiten a las manos, desde los juegos que parecen de prestidigitación a los objetos manufacturados.... En la misma Copa del Mundo, cuya persecución vertebra la historia (y que representa a dos manos alzando un globo terráqueo), parece haber una segunda lectura, como si se tratara de una especie de Santo Grial cuya búsqueda, al menos, cambia la naturaleza del protagonista, que pasa de ser un individuo anodino y gris a todo un carácter que toma las riendas de su destino y va pasando por distintas aventuras de Madrid a Viena, de Nueva York, a Tokio, en persecución de un trofeo, el verdadero, mientras por el mundo van apareciendo diferentes réplicas…
Por el camino, se dejan caer, como si al protagonista se le escurrieran cada vez con más frecuencia, reflexiones, en ocasiones bastante profundas, sobre la vida, sobre las personas… y también sobre la propia literatura: reflexiones sobre el texto al mismo tiempo que se escribe y, junto con ello, distintos juegos con los tipos de letras, tamaños, con los renglones…
Finalmente, como en toda buena novela «gamberra», que no deja de ser una variedad de la novela itinerante, de la novela «del camino», descubriremos que lo importante no es tanto lo que se pueda encontrar al final del periplo como el hecho de avanzar y, mientras se avanza, ir descubriendo aspectos desconocidos de nosotros mismos y de mundo, como por ejemplo la fascinación que pueden despertar unas manos. Y quede tranquilo el lector, que esto no es ningún spoiler.

viernes, septiembre 26, 2014

Felices los felices, Yasmina Reza

Trad. Javier Albiñana. Anagrama, Barcelona, 2014. 190 pp. 14,90 €

Care Santos


«El tiempo: el único tema»«Cuando has visto de cerca cómo copulan los cerdos ya no te puedes hacer ilusiones sobre el sexo». Ninguna de estas dos citas pertenece a este último libro de la francesa Yasmina Reza, sino a dos de sus trabajos anteriores: Hammerklavier y En el trineo de Schopenhauer, respectivamente. Pero nos sirven a la perfección para resumir este libro de relatos en la sobrecubierta dice que es una "novela", pero yo no estoy en absoluto de acuerdo y habrían podido muy bien formar parte del mismo. 
Eso ocurre porque Reza construye una literatura en que sus preocupaciones, sus filias y fobias son como esas vigas exteriores que tanto se estilaron en la arquitectura de los años 90: están a la vista, la intención no sólo no es esconderlas, sino lucirlas, mostrar lo fundamentales que son. Leerla significa enfrentarse de nuevo con esos fantasmas suyos, que ya nos resultan familiares (aunque nos asustan igual): la soledad, la muerte, la maternidad y paternidad, las relaciones de pareja y el omnipresente paso del tiempo. Reza es, además, una exitosa autora teatral, y no me cabe duda de que construye los argumentos de sus novelas —o de sus relatos— partiendo de la visión dramática de los personajes.
Lo cual me invita a hablar de psicología y teoría literaria. La inmensa mayoría de narradores que conozco construyen sus historias de ficción a partir del argumento o de la voz narrativa (sería divertido enumerar ejemplos de lo uno y de lo otro). No conozco a muchos narradores que a la hora de inventar un personaje se pregunten por qué dice tal o cual cosa, o que analicen sus reacciones desde puntos de vista poco convencionales, como por ejemplo el imperativo categórico kantiano. Los dramaturgos sí lo hacen, constantemente. Miran a sus personajes desde todos los ángulos. Y también leen libros de psicología para comprenderlos mejor. No conozco apenas a ningún novelista que lea libros de psicología para construir personajes. Pero estoy segura de que Yasmina Reza sí lo hace. También estoy segura de que conoce los complejos engranajes de las emociones humanas. Las conoce porque se hace mayor: la evidencia es que en la solapa figuran todo tipo de detalles biográficos, pero no el año de nacimiento. A mí me encanta que los novelistas envejezcan. Incluso los cuentistas.
Volviendo a los personajes, podríamos encontrar algunas explicaciones plausibles a que los dramaturgos lean libros de psicología. «Tienes que saber una cosa muy importante: los actores te preguntarán por qué deben decir cada una de sus frases. Y tú debes saber contestarles en todo momento de un modo convincente. Eso significa que debes saber por qué dicen lo que dicen.» Ese fue un consejo que una vez le escuché a un admirado amigo dramaturgo.
Tal vez los dramaturgos temen quedarse en blanco ante las preguntas de los actores y actrices. Los personajes de novela no formulan preguntas, aunque a veces deberían hacerlo para incomodar a sus creadores. Imagino a más de uno que al llegar al capítulo 2 diría, muy enfadado: 
«A ver tú, ¿serías tan amable de decirme por qué suelto esta parrafada sobre mis orígenes familiares? Y no me digas que porque alguien debía facilitar esta información a los lectores. Eso NO es una explicación. »
Yasmina Reza no deja de ser dramaturga aunque escriba cuentos (que su editor llama "novela", no olvidemos ese detalle). Sus personajes son imperfectos, odiosos, cargantes... son profundamente humanos y creíbles. Tienen manías estúpidas, como todos nosotros. Se meten en líos absurdos, como nosotros, de los que a menudo no saben salir. Persiguen la felicidad, que como todo el mundo sabe es un bien huidizo, quebradizo o tal vez inexistente (la autora no resuelve la incógnita). En su búsqueda, a menudo encuentran personas a quienes no buscan pero que están bien en el camino, y mantienen con ellas un intercambio de placeres, dolores, desengaños, silencios o incomprensiones. Sus vidas son anodinas, como todas. Aunque ellos a veces se den muchos aires de grandeza, como algunos. 
La mayoría de las historias se organizan a partir de parejas de personajes. Abundan las infidelidades conyugales, el viejo tema. Los personajes reaccionan como lo hacen las personas: algunos perdonan, otros se resignan, algunos miran hacia otra parte, otros lo mandan todo al garete. Los mismos personajes son protagonistas de unos relatos y secundarios en otros. Hay un sutil hilo conductor entre ellos, que da sentido al conjunto. O da sentido al hecho de que los relatos aparezcan juntos. Podrían haber sido más, naturalmente, incluso infinitos. Aunque el libro ganaría si se le extirparan un par de historias. La sobrecubierta dice que en total los personajes son dieciocho y, sinceramente, espero que no mienta también en esto. A mí me ha dado pereza contarlos.
Pero, más allá del género que estemos leyendo o del número de personajes que intervengan en él (¿algo de eso importa, en realidad?) es fascinante el bestiario humano que construye Reza a través de estas historias. Algunos protagonistas parecen estar ahí sólo para personificar el paso del tiempo, como la magnífica Jeannete Blot. Otros, son el retrato en negativo de la figura donjuanesca, como Chantal Audouin, cuyo relato comienza de este contundente modo: «Un hombre es un hombre. No hay hombres casados, ni hombres prohibidos.» O como la pareja que en el primer cuento discute de una manera absurdamente cruel en el supermercado, Robert y Odile, y de quien poco a poco conoceremos secretos abrumadores. Ella, por ejemplo, le engaña. Él también a ella. Con Virginie, la enfermera del doctor de la señora odiosa con cáncer cuyo hijo es otro de los amantes de Virginie. Y así hasta completar un círculo que sólo limita la voluntad de su creadora.
Lo mejor en Reza siempre es la rotundidad con que invita a la reflexión. «Se pasan la vida recomponiendo los pedazos y a eso lo llaman matrimonio, felicidad o yo que sé» (pág. 115); «Resulta imposible comprender lo que es una pareja, incluso cuando se forma parte de ella» (pág. 129); «Quizá tener una infancia feliz no es bueno para la vida posterior» (pág. 145); «Lo que deseo de verdad no puede formularse» (pág. 76). Éstas sí son citas de Felices los felices. Y una más, la de Borges que da nombre al libro:  «Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor. Felices los felices».
Eso sí, si tienen previsto casarse pronto, mejor lo dejan para más adelante.

jueves, septiembre 25, 2014

W o el recuerdo de la infancia, Georges Perec

Trad. de Alberto Clavería. Menoscuarto, Palencia, 2014, 208 pp. 17,50 €

José Miguel López-Astilleros

Acercarse a una obra de Perec es aceptar el reto de subirse a un barco con rumbo desconocido, con la única seguridad de que nos espera el descubrimiento de un nuevo continente. No es exagerado decir que sólo en la asunción del riesgo y la posibilidad del fracaso que conlleva, se encuentra la aventura del hallazgo. Así entendió Perec la literatura, razón por la cual todos sus libros son diferentes entre sí, muy diferentes, podría decirse, aunque en ellos queda siempre la impronta común de su exuberante y fértil imaginación. Este juicio no implica que este constante deseo de innovación y originalidad se deba sólo y exclusivamente a cuestiones formales, como las desarrolladas dentro del grupo OuLiPo, fundado por Raymond Queneau y François Le Lionnais, al que perteneció. Hay también en su obra un deseo de reflexionar, por ejemplo, sobre el espacio y el tiempo, o sobre la influencia en nuestra existencia de las cosas y los objetos insignificantes que nos rodean, o sobre la tiranía, la identidad, la relación entre la ficción y la realidad, la esencia y la naturaleza de los recuerdos, como sucede en W o el recuerdo de la infancia.
Esta es la tercera traducción al español (dos en España y una en Chile) que se publica de esta obra, iniciativa que hay que agradecer a la editorial Menoscuarto, puesto que cada traducción implica una nueva lectura, máxime si se trata de un autor como Perec, para quien el lenguaje, las palabras, suponen un caudal inagotable de posibilidades de expresión, cuyas combinaciones y asociaciones son harto difíciles de trasladar a otra lengua diferente de la originaria. Demos, por tanto, la bienvenida a este nuevo intento, que viene a contribuir al conocimiento del fascinante mundo literario de Perec entre los lectores de lengua hispana.
La obra consta de 37 capítulos breves, divididos en dos partes, 11 en la primera y 26 en la segunda. Los capítulos no son uniformes, puesto que se van alternando dos historias diferentes. La primera es una historia ficticia, impresa en letra cursiva, reelaboración de un texto escrito a los doce años, que consiste en que al protagonista, Gaspard Winckler, se le da una nueva identidad para que comience una nueva vida en Alemania, después de desertar del ejército francés. Gaspard recala en una isla de Tierra del Fuego, W, en busca del verdadero dueño de su nombre. El grueso de esta parte trata sobre la descripción de una sociedad autoritaria, basada en el deporte como organización social, donde no sólo los vencidos y los débiles son presa del terror, sino también los vencedores. En este planteamiento subyace una alegoría crítica de los totalitarismos. La segunda historia es su propia autobiografía desde la infancia, reconstruida con retales de recuerdos, en los que la ficción a veces se erige en verdad, sin que le quede claro al protagonista qué es la realidad y qué es la ficción, frontera que sólo existe probablemente en las palabras que nombran estos conceptos, no en la percepción que tenemos del mundo (era hijo de un matrimonio de judíos polacos, su padre murió en el campo de batalla en la Segunda Guerra Mundial y su madre en el campo de exterminio de Auschwitz, cuando él contaba unos cinco años). De modo que por un lado tenemos una historia de ficción, que remite a la realidad de un poder totalitario, por otro los recuerdos fragmentarios de su infancia, por otro los recuerdos imaginados, que se suman como una realidad nueva al torrente de su memoria, y por otra los testimonios externos que le ofrecen los demás sobre su vida, formando todo ello un conjunto proteico, dotado de distintas perspectivas. Quizás no sea descabellado tildar a Perec de escritor realista, como sugieren algunos críticos, dada la presencia en su obra de una realidad necesaria, cuando no de muchas realidades. Ambas historias, como dijimos, se alternan, para confluir al final. El punto de vista que adopta es el de la primera persona del singular en toda la primera parte de ambas historias y en el relato autobiográfico de la segunda, no así en la ficticia de la segunda parte, donde utiliza la tercera, quizás para distanciarse de la dolorosa descripción de la sociedad de W, además de aportar más veracidad y un tono más analítico, propio del ensayo y del periodismo.
Lo sorprendente de esta obra es que a pesar de su complejidad, se lee sin dificultad alguna, dejando al lector que se quede en el nivel de lectura y profundidad que desee, sin que llegue a aburrirse en ningún momento, a lo cual contribuye el humor y la ironía, claves necesarias para comprender su obra.
Entre los escritores para quienes ha sido el escritor más importante al menos de la segunda mitad del siglo XX están Roberto Bolaño y Enrique Vila-Matas, cuya influencia puede rastrearse en algunas de sus obras.
Hay que advertir que la lectura de Perec es adictiva para los apasionados a la buena literatura, una vez leído por primera vez, ya no podrá decirse que será la última, por eso les sugerimos que se acerquen además, si no las conocen, a Las cosas, Un hombre que duerme, Especie de espacios, Lo infraordinario, La cámara oscura o la magnífica y grandiosa La vida instrucciones de uso. No les defraudará.

miércoles, septiembre 24, 2014

Ladrilleros, Selva Almada

Ed. Lumen, Barcelona, 2014. 196 pp. 16,90 €

Juan Laborda Barceló

Hay novelas que se quedan grabadas en la retina del lector. Muchas veces no se trata tanto del acierto temático, prosístico o literario, sino del momento vital del que lee. Haciendo un justo ejercicio de conciencia, podemos apreciar que Ladrilleros no es de estas últimas, sino que merece, por cualidades propias, ser recordada como una excelente obra cargada de preciosistas maneras.
El arranque es brutal por lo sencillo. Dos tipos, aguerridos representantes de las familias Tamai y Miranda, se han cosido a puñaladas entre las supuestamente alegres atracciones de una feria rural. Mientras sus vidas se apagan, se produce el milagro de una historia sólida, maravillosamente contada, que juega con maestría con las mejores trazas de los grandes de la literatura, del realismo mágico a la crítica social. Es esta una novela de cercanos ecos de disputa familiar, con vagos aromas a las trifulcas entre los Capuleto y los Montesco. En realidad, son los ardores más inconfesables de familias vecinas los que tejen los rencores que dan pie a la obra, trazando con pericia el motor de todas aquellas cuitas: el dolor y la búsqueda inherente a cualquier tipo de naturaleza humana.
Los juegos no acaban ahí, pues con una prosa desbordante de belleza Selva Almada nos dibuja los orígenes de los contendientes, las vidas de los progenitores, machos alfa ellos, hembras heridas y supervivientes ellas, que son el caldo de cultivo del drama. Abunda en esa magia retratando unas sentidas infancias, patrias eternas de aquellos que al crecer pierden el norte y se encabritan en pugnas sin sentido, herencias inevitables de unos padres dolientes. Hay mucho de Macondo en estas bellas, pero duras, sagas familiares. La construcción de personajes brilla por su certeza.
Un narrador omnisciente nos acompaña en esta arquitectura del tiempo, nos hace entender las evoluciones varias, hacia delante y hacia atrás, las motivaciones, los sentimientos travestidos y los momentos de cada casta. Incluso lo onírico, lo irreal y los fantasmas tangibles o imaginarios, tienen cabida entre estas letras que optan ora por la faceta legendaria, ora por la cotidianeidad más amarga.
Estamos, en definitiva, ante una novela que todo aquel amante de las letras que disfrute de los hallazgos más puramente literarios, de la prosa más estilizada o de las fórmulas donde lo poético se entremezcla con lo habitual, gozará sin duda alguna.
Seguiremos a la autora, Selva Almada, pues con su quinta novela nos ha regalado unas páginas de gran intensidad y calidad literaria, poco comunes en el panorama editorial actual, bien sea a este o al otro lado del charco. Ella, como ya se ha dicho en alguna otra ocasión, no es solo promesa de las letras argentinas, sino genial actualidad de la ficción hispanoamericana.

martes, septiembre 23, 2014

La primera vez que no te quiero, Lola López Mondéjar

Siruela, Madrid, 2013. 272 pp.18,95 €

Cristina Consuegra

En Lazos de sangre (Páginas de Espuma, 2012), Lola López Mondéjar apuntaló su trayectoria narrativa con un conjunto de relatos que reflexiona, ficción en mano, sobre el hecho familiar, mostrando a quien sostiene el libro, otra manera de construir/deconstruir las relaciones individuales dentro de este ámbito, terreno primordial para la identidad –presente y futura- de los miembros que componen las familias. Motor indispensable del modelo de convivencia social.
Con su siguiente entrega, La primera vez que no te quiero (Siruela, 2013), López Mondéjar ha manufacturado una novela de aprendizaje que respeta y actualiza todos los elementos propios del género, un título impregnado por la huella de la cosa familiar, eje transversal en el corpus de la murciana. Dos de las características principales del Bildungsroman marcan el latir de esta obra; por un lado, el diálogo que el personaje establece con la experiencia de la vida, diálogo basado en la tensión, conflicto que va mutando conforme la historia acontece y el YO de Julia pasa de un nudo al siguiente. Y por otro, el final no armónico, horizonte que precisa, con determinación, de un lector activo sobre el que recae el destino de la protagonista.
La primera vez que no te quiero narra lo que le sucedió a una generación de españolas en la década de los ochenta, generación que se abrió paso poniéndose la libertad por montera, pugnando con la antecesora por otra manera de estar en el mundo y cuestionando lo aprendido hasta la fecha. Por ello, además de ser una novela de formación es, al mismo tiempo, una obra que celebra la juventud, una juventud empoderada que deseaba escribir su futuro y que utilizaba el conocimiento como motor de cambio. Sin duda, esta cartografía emocional de un tiempo es uno de los grandes atractivos de la novela.
Ese retrato pretérito permite a Mondéjar introducir otro elemento literario, el contraste entre verdad narrativa (ser) y verdad biográfica (estar), siendo la primera aquellos recuerdos que cada individuo genera para refugiarse ante la intemperie de la vida, y la segunda aquello que vamos acumulando conforme la vida pasa. La autora camufla la inserción de esta característica a través de la memoria, memoria que es articulada gracias al empleo de una estructura narrativa que refuerza la respiración de la obra.
«Cuando tenía dos meses de edad, mi madre intentó ahogarme mientras me bañaba». Así comienza La primera vez que no te quiero, principio que recuerda al célebre comienzo de El extranjero por lo que encierra de fractura en el personaje principal. Con estas primeras palabras, la novela no sólo se pone en marcha con una acción, sino que deposita las primeras piedras en las vidas de Julia y su madre, horizontes condenados a enfrentarse por la lógica de la divergencia natural, por las distintas educaciones emocionales aprendidas. Así introduce ese conflicto perpetuo en Julia, tensión que determina el resto de relaciones que emprende con los diversos personajes, relaciones, la mayoría, poco saludables para la protagonista, quien se abre paso a través de una maraña de emoción y conocimiento, maraña que viste el conflicto entre Julia y la experiencia de la vida. Bruma desde la cual intenta madurar y alcanzar el deseo que subyace tras las relaciones con el Señor Oscuro, con su marido y otros hombres: ser feliz.

lunes, septiembre 22, 2014

Tan lejos de Dios, Roxana Popelka

Baile del Sol, Tenerife, 2004. 110 pp. 9,36 €

Miguel Baquero

Roxana Popelka (Gijón, 1966) hace literatura con las cosas pequeñas. Con los objetos, las palabras, los sentimientos que suele manejar la gente común, por lo general desechables y desde luego muy alejados de esas grandes sensaciones que, se supone, mueven cuentos y novelas. Para la asturiana, la vida, como titula uno de sus cuentos, «se compone y se descompone con pasmosa facilidad». La felicidad o la desgracia, la fortuna o la desesperación dependen de cosas muy pequeñas que, normalmente, están en manos de otros: del padre que se marcha, de repente, sin más explicaciones, y deja sola a la familia; del tipo que miente por instinto; incluso del bebé inocente que no para de llorar. En los cuentos de Popelka —que aspiran, como los buenos libros, no tanto, o no sólo, a entretener como a verter una visión sobre la vida—, los personajes, como quizás todos nosotros, carecen de una personalidad firme y rocosa, de un arraigo a la manera de los caracteres novelísticos antiguos: si nos podemos mirar en ellos no es con admiración, sino sintiéndonos iguales en su torpeza, en su desorientación, en sus dudas… Tipos que condicionan su vida, dando un giro busco a sus estudios, en función de un arranque emocional, de una discusión, o sencillamente de la posibilidad de aprovechar una beca en un país lejano, aunque no les interese demasiado el país ni la carrera. Gente como en “Una señora bien” o “Vuelo directo”, que ha llegado a lo que desde lejos puede verse como una cúspide, pero que en el fondo de sí presienten, saben, que la vida les ha llevado hasta allí como podría haberles llevado a cualquier otro sitio, al lado opuesto incluso. Aquel desorientado del colegio —pero no más que cualquiera de nosotros— convertido, de pronto, a los ojos de todos, en un triunfador; o aquella mujer bien acomodada a la que le gustaría sentir las miserias y el dolor, pero la firmeza sentimental al fin, de un artista...
«Así que a partir de ahora podía ocurrir cualquier cosa…»
Esta frase, tan sencilla, es la que marca el borde del barranco en el que parecen desarrollarse los cuentos de Popelka, siempre al filo de que, como en el famoso principio, el aletear de una mariposa en Brasil, un hecho por completo ajeno e incontrolable, lo desmorone todo, por más firme que parezca. Sucesos nimios como una mujer, o un hombre, con quien de pronto se encuentra la pareja; incluso algo tan cotidiano como una charla con la persona que tienes al lado, tu hijo o tu hija, que se supone dependen de ti pero que de pronto te muestran algo que siempre has ignorado.
Es formidable el breve cuento “El escultor”, la mujer que se desespera ante las dificultades para aprender de ese hijo que siempre ha soñado sería más inteligente que ella. Uno de los mejores cuentos que he leído desde hace tiempo. Un gran valor de los cuentos de Popelka es que en ellos la vida se pinta de manera tan difusa —como al fin y al cabo es—, sin que exista en ella una posición precisa en la que aposentarse, que incluso la postura ante un mismo hecho varía sin causa aparente. Y allí donde puede admirarse —“Presentación”— la entereza de una joven y el desprecio que siente hacia su padre, que las abandonó a su madre y a ella, en el siguiente cuento, “Tan lejos de Dios” parecida postura nos parece ruin y despreciable cuando, gratuitamente, una protagonista parecida le jode la vida al padre que se marchó de casa; en sólo diez páginas, el lector ha empatizado con el personaje supuestamente odioso y mira con desprecio a quien en principio debía admirar.
Ese cambio de punto de vista, de verdadera maestría literaria, prueba última de que en la vida no hay nada cierto y todos estamos tan lejos de Dios como de cualquier tipo de verdad inamovible, hace de este libro de Roxana Popelka un pequeño volumen digno de ser buscado por las bibliotecas, y encontrar luego un hueco para leerlo. Un libro en apariencia pequeño, como las sencillas cosas de las que se habla en él, pero con muy grandes destellos de calidad.

viernes, septiembre 19, 2014

Viajes con Charley. En busca de Estados Unidos, John Steinbeck

Trad. José Manuel Álvarez Flórez. Nórdica, Madrid, 2014. 285 pp.19,50 €

Pedro M. Domene

En 1962, un John Steinbeck, de 58 años, se puso en la carretera y recorrió su país, Estados Unidos, de punta a punta. A lo largo de tres meses hizo los dieciséis mil kilómetros por las carreteras secundarias de treinta y cuatro estados. Viajaba con Charley, un caniche francés, y en Rocinante, la autocaravana que compró para la ocasión y que llevaba su nombre escrito en un costado con caligrafía española del siglo XVI. Según cuenta el Nóbel sureño, durante todo ese tiempo nadie le reconoció ni una sola vez. El resultado, Viajes con Charley. En busca de Estados Unidos (que ahora publica, Nórdica Libros, 2014).
«Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría este prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre, y ahora que tengo cincuenta y ocho, tal vez la senilidad realice la tarea». El relato del viaje resultó un texto muy personal, y es que ciertas historias hay que leerlas no solo para conocer sus paisajes, sino para entender al autor y para saber más sobre sus circunstancias personales y su época. Steinbeck va contando, a lo largo de todo el libro, como a medida que deja atrás kilómetros encuentra un país cambiante, donde las aldeas se van convirtiendo en pueblos y los pueblos en ciudades, también cómo los negros comienzan a integrarse en los estados del sur, y el racismo blanco se opone con auténtica fiereza, y averigua que la gente se ve obligada a comprar autocaravanas donde vivir para poder aprovechar una oportunidad de trabajo lejos de casa.
Un país enorme, raro y lleno de matices que, al margen de Steinbeck, hemos ido conociendo en la abundante literatura publicada hasta el momento, en los numerosos testimonios escritos o en los filmes de época que durante los últimos cincuenta años han invadido nuestras casas o salas de proyección. Pero, lo mejor de este libro como asegura el escritor, para conocer un país es necesario haber contemplado sus paisajes y caminos o, sobre todo, charlar y compartir con sus gentes, y esa no otra fue su idea al comienzo del mismo. En el camino se encontró con vendedores, granjeros, camioneros, campesinos, y gentes que, como él, que iban siempre de paso. Y lo que queda patente y claro es que aquella uniformidad muchas veces atribuida al mundo norteamericano, desde una visión europea, no es más que una distorsión grotesca, y su forma de ser, incluso su vida cotidiana es algo más diverso y complejo que cualquiera de las sociedades del viejo continente. Algunos de los problemas que Steinbeck encontró en su viaje de entonces no han desaparecido actualmente, entre ellos las curiosas, laberínticas y en muchas ocasiones absurdas leyes que rigen la entrada en cualquier país, como a él le ocurriera al intentar cruzar la frontera entre Nueva York y Ontario, o sea, entre Estados Unidos y Canadá, obligado a dar marcha atrás por no llevar el certificado de vacunación de su perro, Charley. Lo curioso es que podía pasar tranquilamente en Canadá, pero en la aduana canadiense le advirtieron que, tal vez, no podría volver a entrar en Estados Unidos, aunque el periodo de estancia en el país vecino apenas fuera de unas horas, lo suficiente para recorrer el camino más corto entre Niagara Falls y Detroit. Al dar media vuelta, sin embargo, fue detenido en la garita de entrada a los Estados Unidos. Leemos, pues, esas sensaciones que todos sentimos cuando en una aduana se nos invita amablemente a abrir nuestras maletas, o peor aun cuando alguien nos invita a acompañar al funcionario a otra habitación, ese desasosiego, como única percepción de que algo malo estemos haciendo.
Al hilo de un relato curioso, bien escrito que se lee con amenidad, salpicado de un rico anecdotario de las abundantes virtudes y defectos de los estadounidenses, las páginas fluyen, y sobresalen los juicios y amenas charlas con Charley, en quien confía, a quien cuida y le sirve de excusa para entablar conversación con los lugareños cuando llega a una población desconocida, puesto que generalmente por esas tierras no han visto un perro de anatomía y pelambrera tan curiosa y, sobre todo, tan viejo y que resulte tan buen compañero. Cuando Steinbeck recorre el sur, en las últimas etapas de su viaje, el valor del testimonio aportado es mucho mayor. Observará y nos dejará escritos algunos actos racistas en Nueva Orleans, y en ese mismo sentido le suceden numerosas anécdotas que demuestran su templanza y su humanidad, como por ejemplo cuando un grupo de mujeres, de pie frente a un colegio de la ciudad sureña, dedicaban las tardes y las mañanas a abuchear a tres niños negros que estudiaban allí. El escritor observa el espectáculo sorprendido y, a medida que seguimos leyendo, de nuevo en algún poblado del sur, conoce a un hombre que, entre otras cosas, confunde a Charley con un negro, este hombre le pide que lo acerque a un pueblo cercano y Steinbeck, siempre amable, acepta, mientras conversan, y surge el tema del rechazo a los negros, o “Niggers”, como sugiere el hombre que los llama los hombres blancos de modo despectivo.

jueves, septiembre 18, 2014

Anatomía de la memoria, Eduardo Ruiz Sosa

Editorial Candaya, Canet de Mar, 2014. 576 pp. 21 €

Javier Moreno

Anatomía de la memoria es la primera novela del mejicano Eduardo Ruiz Sosa, publicada bajo el auspicio de la Fundación Han Nefkens en la editorial Candaya. Se trata del primer autor becado por la Fundación, seleccionado de entre otros cientos de pretendientes por un jurado compuesto por Juan Villoro, Lourdes Iglesias e Ignacio Vidal Folch.
Ruiz Sosa, que previamente a esta novela se había desfogado con un libro de relatos titulado La voluntad de marcharse, compone una novela desprovista de referencias explícitas, geográficas o temporales. La acción transcurre en Orabá, ciudad de un país nombrado así, El País, aunque no tenga nada que ver con el periódico que todos conocemos. Estiarte Salomón, uno de los personajes, ha recibido el encargo de escribir una biografía sobre Juan Pablo Orígenes, conocido como el poeta, uno de los integrantes del grupo revolucionario mejicano conocido como Los Enfermos (para quien sienta curiosidad hay que decir que dicho grupo revolucionario izquierdista existió y que la novela se inspira, solo en parte, en la documentación y pesquisa llevadas a cabo por el autor). La investigación de Estiarte Salomón acaba ampliándose hasta abarcar al grupo de Enfermos supervivientes, enfermos revolucionarios (Eliot Román, Isidro Levi…) y enfermos reales a un tiempo (en realidad los Enfermos revolucionarios viven aquejados sin excepción por algún tipo de enfermedad: Orígenes padece Parkinson, Eliot Román es cojo, Isidro Levi es ciego, obedientes los personajes a una de las muchas leyes analógicas que gobiernan esta novela). La tarea de Estiarte Salomón es en principio la más difícil, la de aproximarse a la verdadera historia de los Enfermos, una historia que transcurrió cuarenta años antes del momento en el que se narran los hechos. Se trata, al fin y al cabo, de un ejercicio comunitario de memoria; y la memoria, ya se sabe, está llena de trampas, de engaños, sobre todo cuando quien habla es un enfermo de Parkinson.
Hay un libro que funciona a manera de hipotexto de Anatomía de la memoria y no es otro que el de Anatomía de la melancolía, de Robert Burton. Del mismo modo en el que Burton concibe la melancolía como una enfermedad, desarrollando una psicosomática de la melancolía, es decir, un tratado analógico del cuerpo y del alma melancólica, Eduardo Ruiz Sosa parece hacer lo mismo con la memoria. La memoria como enfermedad, con sus síntomas y su órgano privilegiado que ya no será el cerebro ni ninguna otra parte del cuerpo sino el libro. Hay en esta novela una profunda reflexión acerca del libro y de su concepción a través de la escritura. Una confianza casi mesiánica en el poder del libro, como ocurre en la obra de Edmond Jabès o del propio Mallarmé. Anatomía de la memoria es, de algún modo, un libro judío. A la concepción de la escritura como memoria, y viceversa, se une el exterminio, la particular Shoah que vivieron estos Enfermos que ahora pretenden, al modo de la imagen dialéctica de Benjamin, restaurar de nuevo la Enfermedad, resucitar la revuelta. Y ahí el libro vuelve a cobrar una importancia determinante ya que el método elegido para restaurar dicha Enfermedad revolucionaria es, como no podía ser de otro modo, el de recuperar los libros de contenido izquierdista que Eliot Román, uno de los Enfermos, había ido enterrando a lo largo y ancho de la ciudad cuarenta años atrás.
Estamos ante un libro poético, en el mejor sentido de la palabra (el recuerdo es como un poema hecho pedazos, se dice en un momento de la novela), y esta novela está escrita como ese recuerdo, como un gran poema, algo que aporta a la lectura un ritmo endiablado a pesar de su apariencia voluminosa. Pero lo que a mi juicio define con mayor rigor a Anatomía de la memoria es la perfecta fusión de lo anímico, lo fisiológico y lo político, como si estos tres niveles de la existencia humana se correspondieran con precisión con los distintos tipos de enfermos que pueblan esta novela: los enfermos reales que Macedonio Bustos, el boticario, recibe en su farmacia y a los que atiborra de drogas legales como si de un dealer se tratara, y los Enfermos integrantes del grupo revolucionario. Política, cuerpo y emoción son en Anatomía de la memoria una misma cosa. El amor y la política se confunden, lo mismo que el amor y la enfermedad, incluso cierto amor por la enfermedad. Estamos ante una novela morbosa, en el sentido de que el cuerpo tiene un papel preponderante, pero no menos espiritual, poblada (como ocurre en la obra de Rulfo, con la que la de Ruiz Sosa tiene mucho que ver) de fantasmas, es decir, desaparecidos que regresan, que renuncian al olvido, o que son regresados desde el olvido por aquellos que no pueden dejar de recordarlos.
Anatomía de la memoria es una novela ambiciosa. Mucho. Muy pocos autores primerizos están a la altura de sus pretensiones. Ruiz Sosa es sin duda una de esas raras excepciones. No estamos ante una promesa sino ante una pasmosa realidad. Hay autores que parecen prescindir de la natural progresión que depara (o no) la maestría del oficio, que nacen grandes. Aquí tienen a uno de ellos.

miércoles, septiembre 17, 2014

Martillo, Alejandro Hermosilla

Balduque, Cartagena, 2014. 228 pp. 14 €

Pedro Pujante

Imaginemos por un momento que Lewis Carroll hubiese pertenecido a una secta demoniaca que venerase a Cthulu, que hubiese vivido en Fez, en la mítica Ubar o en otra región árabe, y que sus laberintos fuesen menos coloristas y más tenebrosos y perversos. En ese caso, quizá hubiese escrito algo parecido a Martillo del cartagenero Alejandro Hermosilla (1974).
Lo que Hermosilla ha cincelado para delectación del lector es un dédalo extraño, formado por palabras y frases –en su mayoría, breves y contundentes- que insisten y se enroscan sobre sí mismas como si de un poema, un cántico sagrado y demoniaco se tratase. Al leer Martillo somos capaces de visualizar los arrabales de una ciudad musulmana, escuchar la llamada de los muecines y los golpes incesantes de un martillo que percutiese en nuestro subconsciente. Pero estas ciudades que se describen en Martillo son trasuntos de un submundo pesadillesco y obscuro; están habitadas por demonios, misteriosas mujeres, animales salvajes, monstruos, vampiros, bestias del infierno, hombres horribles que anhelan tu perdición, libros malditos y brujas obscenas.
Frase a frase, palabra a palabra, ha erigido Hermosilla un libro heterodoxo, complejo, abigarrado, con diferentes sedimentos narrativos pero de una indiscutible homogeneidad y coherencias estilísticas y estéticas.
La prosa de Martillo es absorbente, hechizante y de una plasticidad inusitada. Desde las primeras páginas ya tiene el lector la sensación de encontrarse en un lugar privilegiado, místico y esotérico, a mitad de camino entre el Magreb y las pesadillas de Burroughs. Influido por Las mil y una noches, Borges y los tormentos admonitorios de Lovecraft, el autor de este singular libro nos propone un entramado en el que la intertextualidad y la metaliteratura se conjugan de un modo fresco, natural y totalmente sorprendente. Las referencias literarias y culturales, como sustrato de la propia narración, lejos de abrumar, se constituyen en el abono ideal para erigir este minarete gótico pero moderno, vanguardista pero con un aire clásico que lo transmuta en orfebrería atemporal.
El narrador, con un aliento poético, nos hace avanzar por una ensortijada caja china, mise in abyme orientalizada, pero que se oscurece por momentos con los tonos lóbregos de la literatura de horror más espeluznante. En ningún momento se sentirá el lector seguro en su deambular por los recovecos de Martillo. Y esa inquietud es quizá uno de los puntos más fuertes de la prosa de Hermosilla. No es este un libro para almas remilgadas.
Las metáforas no son gratuitas. Desde el título del libro, leitmotiv que se escucha de fondo a lo largo del periplo narrativo, pasando por otras estampas más inquietantes: un extraño pájaro dentro de una caja; efrit demoniacos que se enroscan su propia cola; mujeres lujuriosas y sensuales; el exotismo de una tierra mística; el terror cerval…
El goteo de imágenes es incesante a lo largo de la novela. Además de esta sucesión de símbolos, la precisa prosa y la imaginación de las que se vale Hermosilla, hacen de Martillo un libro intenso, que no es para nada obsequioso con el lector. Es de una originalidad extrema y nos demuestra que el autor posee unas dotes innegables para canalizar sus influencias y crear su literatura propia.
Para encontrar una construcción de este tipo –aunque las analogías aquí son meramente subjetivas- quizá haya que visitar Esto no es una novela de David Markson, libro compuesto de frases, sin un argumento preciso ni personajes.
Esta es la primera novela publicada de Alejandro Hermosilla, sus incipientes acólitos ya esperamos la siguiente con impaciencia.

martes, septiembre 16, 2014

El armario de acero. Amores clandestinos en la Rusia actual, VV.AA.

Trad. Pedro Javier Ruiz Zamora. Editorial Dos Bigotes, Madrid, 2014. 285 pp. 17,95 €

Daniel López García

El armario de acero es el primer título del catálogo de una nueva editorial que nacía el pasado mes abril, la editorial Dos Bigotes. El libro consiste en una colección de textos literarios de diverso género, pertenecientes a un total de dieciséis autores nacidos en Rusia. Sus fechas de nacimiento se encuentran entre los años 1964 y 1990, encontrándose actualmente todos en activo. Realizar un comentario crítico de esta obra no resulta tarea fácil por algunos de los motivos que acabo de indicar. Por un lado, la selección de autores es amplia y sus voces diversas. Si bien son contemporáneos entre ellos, el margen entre los mayores y los más jóvenes es lo suficientemente significativo como para poder abordarlos desde una perspectiva generacional. Además, la naturaleza de estos textos responde a diferentes cauces de expresión, encontrando una mayor presencia del relato breve, junto con poemas y textos híbridos que combinan rasgos del texto teatral y el narrativo. Por último, estamos frente a una antología de autores prácticamente desconocidos en nuestro país para los que está edición supone la primera traducción de su obra al castellano. Por tanto, retomo la nota introductoria de los editores, Gonzalo Izquierdo y Alberto Rodríguez, para este libro en la búsqueda de un ángulo que me sirva de herramienta para su comentario. De ella extraigo lo siguiente:
«La curiosidad está en el origen de El armario de acero. Una curiosidad que en su inicio tuvo una doble dirección: profundizar en nuestro conocimiento acerca de la literatura rusa contemporánea y descubrir cómo ésta abordaba la temática gay y lésbica en momentos de confrontación política y social»
A partir de esta declaración de intenciones, analizo esta obra. La primera dirección que toman los editores es eminentemente literaria, tal y como expresan, y en ese sentido la obra recoge una selección de textos de autores en activo de los últimos treinta años de la historia literaria de Rusia. El conjunto de escritores seleccionados están relacionados con el mundo cultural del país, algunos desde el exilio, y se encuentran vinculados a revistas literarias, editoriales, el mundo académico, e incluso han sido galardonados o seleccionados para algunos de los premios más importantes del panorama literario del vasto país como son el Premio Debut para jóvenes autores o el Premio Andréi Bely, premio literario independiente más antiguo de Rusia. Por tanto, parece evidente que sí nos encontramos ante una selección de textos relevantes de la producción literaria de la Rusia actual.
En cambio, la segunda dirección por la que se mueven, más que con una cuestión literaria en sentido estricto, tiene que ver con el deseo de reflejar una situación política y social que afecta a un grupo de población en concreto. En este sentido, y sin abordar aquí el clásico debate literario sobre la vinculación de la literatura y los fines sociales, considero que la perspectiva que toma Dos Bigotes encierra un acierto dentro de este tipo de editoriales. Desde mi punto de vista, Dos Bigotes a la hora de manejar lo gay en literatura, en lugar de tratarlo como un elemento propio de una sensibilidad diferente y diferenciadora, los editores manifiestan su interés por reflejarlo desde su perspectiva social, la de mostrar esa particularidad como producto de un contexto afectada por unas determinadas tensiones. Y si me permito la digresión en este punto, es porque creo que arroja algunas luces para exponer mi lectura de la obra.
Por tanto, y desde su intención manifiesta, El armario de acero, más que un ejemplo de literatura donde lo gay o lo lésbico es un cauce de expresión de una angustia o un deseo particular, se convierte en un sismógrafo que recoge diferentes inquietudes o reflexiones donde el elemento gay emerge con el objetivo de reflejar una producción literaria vinculada a un contexto social concreto. Este punto es uno de los que estimo de mayor interés a la hora de fijarnos tanto en la editorial como en el libro, ya que los diferencia del resto con las que comparte temática, al menos en su intención. A partir de aquí, los textos seleccionados para esta antología se sitúan entre estos márgenes de lo particular y lo general, entre lo específicamente gay y lo gay concebido como una experiencia que sirve de motivo para tratar otros aspectos de carácter universal. De antemano, sí les aviso que más interesante se convertía mi experiencia lectora en la medida en que lo escritores contenidos en ella se han acercado al segundo margen que cito.
En primer lugar, en el libro podemos identificar una serie de textos de autores que tratan el tema de lo gay asociándolo a los valores de belleza masculina en sus aspectos más armónicos, grotescos, incluso absurdos; el deseo por el cuerpo masculino manifestado en la pulsión y el acto sexual; y la recuperación de estereotipos masculinos tradicionales asociados ahora a prácticas homosexuales, especialmente llamativa es la figura del militar. Entre estos autores –todos hombres- se encuentran Aleksander Belykh (1964), Ilya Ilyn (1975), Vadim Kalinin (1973), Nikita Mironov (1986), Slava Mogutin (1978) -autor que además refleja una actitud de contracultura en lo gay, la homosexualidad como rebeldía centrada en el placer-, Dmtry Volchek (1964) y Maksim Zhelyaskov (1972).
En un segundo grupo encontramos a autores que recrean pasajes con aires costumbristas y escenas donde predominan la soledad y la nostalgia como producto de unas relaciones no satisfechas y de amores imposibles, en las que como contrapunto aparece en ocasiones la solidaridad entre desconocidos: Dimitri Kuzmin (1968), Valery Pechykin (1984) y Vasili Chepelev (1977).
En tercer lugar, reunimos a dos autores que plantean, a partir de los textos literarios, una confrontación más evidente entre lo gay y el contexto político y social. Ejemplo de ello son los textos de Aleksander Anasevich (1971) en el que desarrolla una visión que confronta la soledad de una voz que padece de SIDA y una sociedad que continuamente alardea del sexo, o Sergei Finogin (1990) que refleja en su poesía los cambios en los estereotipos de género a través de la que sea quizá una de las voces poéticas más interesantes de la antología.
Por finalizar, en el último grupo se situarían aquellos autores cuyos textos manifiestan un impulso que aspira a conectar lo particular con un alcance general: Margarita Meklina (1972), Aleksander Murasov (1978), Stanislav Snitko (1989), Natalia Starodubtseva (1979) y Galina Zelenina (1978). Para este lector, este grupo muestra los textos de mayor interés y alcance literario de esta antología, donde curiosamente tres de los cinco autores que destaco son las únicas mujeres de los dieciséis de la antología. De entre estos cinco pongo el acento en dos de ellos, la escritora Margarita Meklina y el escritor Aleksander Murasov. Margarita Meklina a partir de relatos breves crea una red narrativa en la que las voces y sus ecos construyen la historia de unos personajes en el exilio y sus relaciones, por las que accedemos a la expresión de un deseo y una necesidad colectiva. Por su parte, Aleksander Murasov escribe una poesía que se enfrenta a la tradición en un doble sentido: cultural e histórico. De esta manera, la voz poética se siente parte de ellas al mismo tiempo que manifiesta su carácter genuino, para enfrentar el paso del tiempo, el amor y la muerte de una manera universal.

lunes, septiembre 15, 2014

Sueños de penitencia, Juan Ortega

Booklane, Madrid, 2013. 260 pp. 14,04 €

Fernando Sánchez Calvo

Hay pasados que vuelven al presente por mucho que éste quiera cerrarles la puerta. Con más razón si ese pasado transporta en sus espaldas una vieja historia de amor no resuelta. Ése es el dilema de Carlos, profesor de secundaria que en los años decadentes del socialismo felipista saborea un pingüe bienestar con mujer e hijo hasta que Sonia, antigua compañera de estudios, coincide con él en el mismo instituto más de veinte años después tras probar en carne y espíritu la típica desilusión del docente que se vuelca demasiado con un medio, el rural, que no es el suyo. Pero Sonia no sólo trae antiguas palabras y afectos no revelados entre ambos: con ella vuelven los años de la todavía joven democracia española, los del NO A LA OTAN, los del Madrid de Tierno Galván y, en definitiva, los del Madrid divertido, guerrero y prometedor.
Entre esos dos contextos, los de la euforia y el primer desaliento de la pretendida izquierda, la trama cobra importancia principalmente en el segundo. Es ahí donde Carlos poco a poco irá cayendo en las redes de Sonia, quien (no sabemos si adrede o no o las dos cosas) ha llegado a Madrid desde Ávila para recuperar todo aquello por lo que en sus años de juventud no se atrevió a luchar. En principio es tarde, los primeros contactos sólo conducen a un café, pero poco a poco los recuerdos, la memoria, los amigos que van y vuelven o antiguas canciones y libros confunden a nuestro racional protagonista hasta llevarle a la clásica diatriba de no saber distinguir entre amor y amistad, entre una aventura y su familia.
Eso respecto a la historia, manida donde las haya y no por ello menos interesante. Pero son el discurso, la multiplicidad de narradores y un diálogo ágil y verosímil los grandes responsables de que esta novela sin pretensiones pero bien contada no se caiga. Más amena e interesante a medida que avanzan sus páginas, quizás un tanto naif e ingenua en algunas descripciones o conversaciones que se suben de tono, la recuperación de unos de los grandes temas de Nacha Guevara, Sueños de penitencia, resume, aparte de dar título, el espíritu nostálgico de aquellos años donde los sueños de unos cuantos universitarios desembocaron irremediablemente en la prosaica realidad que Aznar y la propia evolución de cada uno dictaminaron. Como siempre la única salvación a veces son los escarceos amorosos, pero éstos, siempre interesantes en la ficción, acaban por destruir a sus protagonistas, por muy indulgente que el narrador, autor e incluso lector, se muestren con ellos