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viernes, mayo 24, 2013

La transmigración de los cuerpos, Yuri Herrera

Periférica, Madrid, 2013. 136 pp. 16 €

José Morella

En La transmigración de los cuerpos, del mexicano Yuri Herrera, una epidemia está arrasando con nosotros. La gente tiene miedo del contagio y muchos se quedan encerrados en sus casas. La enfermedad trae aislamiento pero también brutalidad: impagable el episodio del hombre que vende en los autobuses esos cacharritos llenos de agua jabonosa que sirven para que los niños hagan pompas de jabón. Esa sola imagen sirvió para devolverme de golpe al sur de América, porque en este viejuno continente nuestro nos buscamos la vida en los transportes públicos con menos elegancia que allá. Pero no sólo eso me condujo al otro lado del Atlántico: también el uso gustoso de un español menos acartonado que nunca, fresco y limpio, tan real que parece imaginado. Y, por supuesto, la calidad. Vaya novela, gente. Qué manera de gozar. A veces, sólo a veces, leer es lo mejor de nuestras vidas. Me dan ganas de ser cronista taurino, si no fuera porque soy vegano. Herrera se empecina en enseñarnos a escribir bien, por ejemplo cuando dibuja a un personaje, el novio de la tres veces rubia, de un modo deslumbrante con solo tres trazos: pelo, camisa y colgante: «Un hamponcito relamido patrás, cuatro botones de la camisa abiertos para que se viera la virgen de oro». Dice cosas como «una hordita de adolescentes». ¡Hordita! Me hace pensar en un Osvaldo Lamborghini pero menos exuberante, más editado. Me deja con ganas de más. A ver si en un futuro se acaba de soltar el pelo.
La tres veces rubia, el personaje que hace que el Alfaqueque se pase la novela intentando comprar un condón, dice: «La gente que está sola se vuelve loca». Por momentos me parece (pero ya estoy interpretando, hay que ver qué pesado se llega a poner uno) que todo el texto consiste en una inversión que se delega en el lector: si epidemia = soledad, entonces soledad = epidemia. La epidemia es esta cosa individualista que nos pasa ahora. De eso va el libro para mí. Todos mirando nuestros móviles, encorvados, en el metro. Pendientes de las redes sociales, que en la novela no aparecen por un agradecido y eficaz anacronismo tecnológico. Además la epidemia es el tropo único de la novela: la conforma y la deja desnuda, como esas casas de muros sin revocar (por moda o por pobreza) a las que se les ve la piedra. Cada lector puede elegir qué leer en la epidemia, en qué tipo de metáfora darse un baño solipsista: para unos será la dictadura, o el neoliberalismo, o el comunismo. Para otros la corrupción. Tal vez la violencia en México o en América en general; o la tiranía de la biotecnología moderna y su modo de imponer y dosificar la información acerca de los nuevos riesgos para la salud en la sociedad tecnológica. Pero para mí, que soy un lector como cualquier otro, la epidemia somos nosotros, nuestra achacosa manera de cerrar compuertas. Estamos enfermos, neuróticos perdidos. Ya lo dice un filósofo italiano del que me estoy alimentando ultimamente, Franco Berardi: la única política viable en el futuro será la terapia, porque la neurosis es de lo que está hecha nuestra organización social. Este buen hombre nos avisa de que lo único que nos puede salvar es salir a las calles y hacer cosas juntos. Zamparnos con patatas la soledad. En la novela de Herrera pasa lo contrario, pero Berardi y Herrera son medio hermanos. Hablan exactamente de lo mismo. «Gente había pero más como gusano de temporada que como dueña de la tierra: unos pocos en sus coches con los vidrios subidos; el señor que solía predicar el fin de los tiempos en un parque a tres cuadras, ahora solo, en silencio...» Nos vamos achicando.
En La transmigración de los cuerpos se evita el sexo para no contagiarse de «esa chingadera» que está acabando con el mundo. Esto significa que a base de querer salvar nuestro individual pellejo, acabamos fijo con la especie entera. Pero un momento, ¿no es eso lo que ya nos está pasando? Porque hace menos de dos meses vi en las noticias que la gente de Pekín no podía salir a la calle sin morir de algo tan cotidiano como respirar el aire, valga el pleonasmo.Todo por tener nuestros cachivaches bien baratos, ¿no? No sé, pero lo mismo sí.
La historia, mínima, es una inversión temporal de la de Romeo y Julieta: aquí se llaman Romeo y la Muñe. Mueren casi al principio y pertenecen a familias enemigas que son —para rizar el rizo— la misma familia. El Alfaqueque, protagonista de la novela y quien nos da la perspectiva de todo lo que pasa, es una especie de pacificador no oficial, que se gana la vida "transando" en conflictos, evitando que la gente se mate a tiros más de lo que ya lo hace. Él es quien media entre las dos familias. Lo suyo es hablar, ablandar, convencer, hacer bajar los ánimos encendidos. El texto es posmoderno a rabiar, pero no da rabia: es como si le dieras una cámara doméstica de vídeo a Benvolio, ese personaje de Shakespeare que trata de evitar la gresca entre Capuletos y Montescos, y él se dedicara a filmar el montaje de la obra en los entretiempos, desde los camerinos, cuando todos están muy cansados y quejumbrosos. Se ve diferente, claro: se ve que todos los personajes morirán al final de lo mismo que Romeo y Julieta, y no es de amor.
El Alfaqueque nos da el tono: se gana la vida evitando la violencia pero justamente gracias a ella. Necesita la violencia estructural para hacer sus trabajos de coyuntura. Está atrapado en su papel. Testimonia un fragmento del final de nuestro paso como especie sobre este hermoso globo, y se lo pasa evitando muertes y buscando un condón. Tal vez nosotros, comprando gadgets y criando chepa para mirarlos cuando caminamos solos y arriba y a abajo, también estemos alimentado al bichote estructural para (mal)vivir entre sus rendijas.

miércoles, enero 05, 2011

Lo inolvidable, Eduardo Berti

Páginas de Espuma, Madrid, 2010. 128 pp. 14 €

Miguel Baquero

Los cuentos que componen este volumen parecen tener un denominador común: la preocupación por la expresión, en sus diversas formas. Desde el primer cuento, en que un alumno llega al colegio con la intención, y la ilusión, de ser introducido en ese maravilloso mundo de las letras que contempla con envidia, hasta la mujer que se encierra en su casa decidida a leer, diariamente y sin saltarse ni un artículo, cuanto periódico se publique en su ciudad, pasando por el músico que, repentinamente, pierde la memoria de la música, o los trabajadores en una cantera que esperan la llegada del correo y entretanto trafican con las cartas que cada uno recibe, los once cuentos que componen Lo inolvidable tratan sobre la manera en que nos definimos, bien a través del papel, de la música, del cine… o de la simple observación que se hace de nosotros. Cómo nuestra naturaleza depende en gran medida del modo en que nos perciben los demás y cómo estamos condicionados y hasta determinados por el otro, el que nos observa, el que nos lee, el que nos escucha, para el que actuamos… el que está al otro lado de la expresión. No existe una naturaleza solitaria; incluso el personaje que, en uno de los cuentos, queda ciego se halla preocupado, antes que cualquier otra cosa, por cómo ven sus ojos los demás, si azules o negros, como él los ve por dentro.
Autor de varios libros de cuentos y novelas, y finalista de premios como el Fémina o el Herralde, Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) reúne en este volumen de cuentos, Lo inolvidable, una serie de relatos exquisitos, magníficamente narrados y de finales trabajados y redondos. Cuentos que van serpenteando entre lo posible y lo imposible, entre lo mágico y lo cotidiano, confluentes a veces en un mismo relato, como el cuento del músico que, de pronto, olvida todo lo referente a su música, o la dentadura en un vaso sobre la mesilla de noche que, también de repente, comienza con una serie de recitaciones. Lo mágico, lo irreal se introduce de repente, a veces se siente lejos, a veces se queda en puertas, aunque se le abran todas (como en el cuento, arriba citado, de la mujer que decide leerse cada día todos los periódicos de su ciudad), otras irrumpe cuando menos se lo espera (como en el cuento “Fantasmas”), pero en todos los casos lo fantástico parece acechar al doblar de cada página.
El resultado es una serie de cuentos, algunos, como anuncia el título, inolvidables, que en varias ocasiones nos removerán en nuestro asiento y que nos muestran la expresión madura y muy literaria de un excepcional escritor a seguir.

lunes, noviembre 15, 2010

Sonría a cámara, Roberto Valencia

Lengua de Trapo, Madrid, 2010. 231 pp. 18,20 €

Marta Sanz

Un matrimonio, con un nivel sociocultural medio-alto, pone en práctica en su alcoba, en su cocina, en los cubículos de su hogar, el repertorio postural y las variantes eróticas –con grupos, familiares, vecinos- que consumen en Internet. Judith tiene el pelo sucio de grumos seminales, está delgada, le duelen las lumbares. Román siente la verga desfallecida. La casa huele mal. Eso es lo que les sucede a los protagonistas de “Mañana será otro día” el relato que cierra Sonría a cámara. No les voy a contar más cuentos –en realidad ni siquiera les estoy contando éste-, pero sí que me gustaría explicarles por qué este libro debería ser muy bienvenido entre todos aquellos lectores que están cansados de que les traten como consumidores: de libros, de Internet, de sexo, de cultura y de Cultura, de fruta fresca o de alimentos enlatados.
Los relatos de Valencia se centran en la pornografía. A través de este pretexto, el autor disecciona el cuerpo social y da cuenta de cómo el placer se cosifica y lo más íntimo se hace público, de modo que cada quien puede interpretarlo, apropiárselo, comprárselo a su manera. El autor reflexiona sobre las cosas que se pueden comprar y vender, y en este sentido, a veces se emborronan las fronteras entre pornografía, prostitución y venta de carne en los paquetes plastificados que se exponen en los frigoríficos de las grandes superficies. Leyendo uno de los cuentos titulado “Un tal Bergman” me viene a la mente The girlfriend experience de Steven Sodeberg: el porno y la prostitución se presentan como manifestaciones de sociedades puritanas, insatisfechas, hipócritas, demagogas... Como si todos los intentos de trasgresión estuvieran de antemano condenados al fracaso ante la mancha indeleble de los valores que nos conforman: por ejemplo, los de esos hombres que contratan a una puta para vivir la experiencia de “tener una novia” o los de la actriz porno de este cuento que siente celos de su novio... La paradoja no puede más que producir dolor al que imagina y al que es imaginado, al que compra y al que vende, al creador y al consumidor de las ficciones... La metáfora metaliteraria está servida.
Uno de los mayores méritos de este escritor es haber elegido un tema que actúa como punta de iceberg de una gran masa de corrupción –individual y colectiva- y saberlo mostrar de un modo moral, pero no moralista. Es muy difícil hablar de la tiniebla de la pornografía, de su interpretación ideológica, sin que a uno le brote de pronto un alzacuellos o un rosario. Es muy difícil en un ámbito cultural y social en que la mercantilización del sexo en todas sus formas se publicita como medidor de la apertura de la mente y emblema de tolerancia. Valencia asume muchos riesgos porque estos relatos, surgidos del leitmotiv de la extrañeza de lo cotidiano, de ese lugar en el que se encuentran la literatura de terror y la vocación crítica, no están concebidos para satisfacer al receptor de pornografía internáutica, al escrutador morboso de rendijas y agujeritos virtuales, pero tampoco al legionario de Cristo ni al santo cruzado de la higiene conyugal. Valencia se coloca en un lugar difícil —precisamente por eso representativo de nuestras enfermedades sistémicas— escribiendo cuentos de resortes estilísticos “postcontemporáneos”—fríos, cortantes, higiénicos en su sintaxis y en su manera de mirar, simultáneamente cibernéticos y satíricos— que son la materialización retórica de una nueva propuesta de literatura social. Los relatos más eficaces son los que optan por una voz en tercera –la mayoría- que parece que se hubiera calzado unos guantes para hacer autopsias del cuerpo social: los órganos se exponen ante los ojos del lector en forma de preguntas sobre el concepto de tabú, la simplicidad de los deseos de los excluidos (“La rendija”); la desacralización de la carne, del icono erótico, por obra y gracia de la enfermedad (maravilloso el cuento sobre la actriz porno Lea de Mae); la imágenes, las duplicaciones, el repertorio de lo común y lo diferente en el que lo común son las distintas modalidades de la frustración (“Cosas que no hacen demasiada falta”); el cambio de estatus del conocimiento en un ámbito en el que la precocidad o la información a la que se puede acceder a través de ciertas ventanas tal vez no sea equivalente a la sabiduría, aunque es posible que surjan nuevas narraciones de esos otros modos de conocimiento (“¿Lo has hecho ya?”, un relato extrañísimo); la vivencia de las ficciones como motor de la acción (“Ciudades, pueblos y capitales de provincias”); el cuestionamiento del modelo familiar y de los valores de la normalidad o de la ideología invisible (“El problema de la familia Polo”)...
Creo que éste es un libro que, entre otras cosas, aborda los límites entre la libertad y el dolor. Habla sobre cómo ciertos modelos de libertad producen dolor y, entonces, estamos obligados a cuestionarnos qué es la libertad y qué es el dolor. Creo que este libro, al abordar la libertad, no se refiere tan sólo a la libertad sexual, sino también a otros modelos de libertades. Por ejemplo, la económica. Por eso, estos relatos de Roberto Valencia me interesan mucho. Me interesan también cuando formulan la pregunta de si lo convencional a veces resulta menos asfixiante que lo extraordinario y si la búsqueda del placer es de verdad placentera. En Sonría a cámara el lector va a encontrarse con un reto: el de una literatura que juzga sin pontificar y que, reflexionando sobre la tecnologización del sexo y la sexualización de la tecnología, saca a la luz uno de nuestros nuevos corazones de las tinieblas. Tenemos muchos.

viernes, octubre 22, 2010

Obras (Tomo I): El uruguayo, La vida es un tango, La Internacional Argentina, Río de la Plata, Copi

Anagrama, Barcelona, 2010. 368 pp. 19,50 €

Martí Sales

Cuarenta años después de su fundación Anagrama sigue conservando intacto su nervio creativo. Sir Jordi Herralde se ha sacado de la manga una nueva colección, en tono burdeos, llamada Otra vuelta de tuerca, como la célebre novela de Henry James. En ella se recupera obra del impresionante fondo literario de la editorial, básicamente libros fuera de circulación, cuyas ediciones estaban agotadas desde hace tiempo, o bien recopilaciones de novelas con un ligazón común (por ejemplo, la obra digamos autobiográfica de Thomas Bernhard en un solo volumen).
En esta ocasión estamos de enhorabuena porque el recuperado es un outsider de tomo y lomo: Copi, argentino parisien, dibujante de cómics, actor y escritor de obras de teatro y novelas. Anagrama lo había publicado en los ochenta y hacía mucho tiempo que aquellas ediciones no se encontraban. Quienes tuvimos la suerte de tropezar con alguno de sus libros, quedamos inmediatamente y perennemente enganchados a su delirante imaginario y trepidante ritmo narrativo. Pero teníamos un gran problema: ¡no podíamos recomendarlo a nuestros amigos de mente desencajada porque no había manera de poder acceder a ellos! Solucionado el percal, vamos a por el panegírico más sincero y sentido.
Cuando digo delirante imaginario quiero decir: escritores que matan a sus editores en saunas gays de París por no llegar a tiempo al plazo de entrega, familias disfuncionales que follan todos con todos en la sala de reuniones del periódico más importante de Buenos Aires durante la Segunda Guerra Mundial con la cabeza del jefe de redacción que se acaba de suicidar lanzándose a la rotativa encima de la mesa, complots internacionales de multimillonarios de la Pampa para destronar al presidente de la República Argentina, montones de cocaína y travestis, divas, maricas, alcohol, sexo y mutilaciones, amor y lujo, pollas inmensas y demencia a raudales —para resumir.
Cuando digo trepidante ritmo narrativo quiero decir que Copi delira pero no se anda por las ramas: no se pierde. Su estilo es como una bala, como si te subieras a una bala quiero decir, una bala zigzagueante que no se para nunca, que se tambalea con tus risas constantes, que se balancea cuando te mareas de tanta carnicería y velocidad, que atraviesa y mata y seduce y tira, y tira, y tira. Abran el libro, empiecen una de sus nouvelles y... 1, 2, 3, ¡ya está! Agárrense. Déjense llevar y despéinense. Torbellino Copi. Desquiciante Copi. Desopilante Copi. Maravilloso Copi. Ahora que ya vuelve a estar en las librerías, aprovéchenlo: se lo pasarán pipa.

miércoles, octubre 20, 2010

Blanco nocturno, Ricardo Piglia

Editorial Anagrama, Barcelona, 2010. 304 pp. 19 €

Recaredo Veredas

Afirmar el dominio de las artes narrativas de Ricardo Piglia puede parecer trivial, casi tautológico. Sin embargo vivimos tiempos marcados por la exageración y el ditirambo, en los que cualquier narración solvente consigue el rango de la maestría. En consecuencia parece necesario reiterar lo obvio. Que, pese a su veteranía, Piglia es un maestro en pleno uso de sus facultades, no un consagrado agonizante cuya reputación sobrevive gracias a los éxitos del pasado. Esto no es óbice para reconocer en él a un dinosaurio, a un autor anacrónico, propio de tiempos más épicos. No en vano convierte a la Pampa en un reflejo —autónomo, no dependiente— de la Yoknapatawpha faulkneriana: un espacio inmenso y claustrofóbico al mismo tiempo, en el que conviven traiciones y fulgores dignos de los Snopes o los Compson. La cercanía del maestro del gótico sureño no solo se percibe en la altivez de sus señores feudales y la perversión de sus incestuosas damas, también en el uso de unas cursivas perseverantes que narran lo más oscuro que transcurre en las conciencias de los protagonistas. Blanco nocturno, por lo tanto, es una reivindicación de la pureza literaria, definida por un lenguaje fuerte, que no esconde su elaboración, emplazado en el límite justo de la soberbia. Una frontera que, afortunadamente, no termina de cruzar. No ocurre porque las palabras quedan al servicio de una certeza: «No hay que tratar de explicar lo que pasó. Solo hay que hacerlo comprensible». Una pelea, casi siempre culminada con el fracaso, que todo escritor debe intentar.
Su narrador actúa con esa libertad que solo pueden permitirse autores muy curtidos, una autonomía que en otros degeneraría en el ridículo y que le permite combinar la omnisciencia y la subjetividad, trazar con firmeza las fronteras de su mundo y el libre albedrío de sus pobladores: «Todo el pueblo colaboraba en ajustar y mejorar las versiones. Habían cambiado los motivos y los puntos de vista, pero no el personaje; tampoco habían cambiado los acontecimientos, sólo el modo de mirarlos. No había hechos nuevos, solo otras interpretaciones». Cuando así lo quiere desciende a pie de tierra y recoge los rumores del pueblo, la debilidad de cualquier hipótesis y, cuando lo desea, se eleva y narra guerras lejanas o conflictos científicos.
Como parece obvio, Blanco nocturno no es solo la historia de un crimen. Lentamente el género negro deriva en la narración del declive de una saga, tan desdichada como los Buddenbrook, y, acto seguido, en una apología de la locura propia de la mejor narrativa argentina. La cercanía de la demencia no quiebra el rigor de un laberinto construido en torno a la estirpe de los Belladona, de apellido venenoso, cuya lucidez y pulsión destructiva conduce a la perdición de ellos mismos y de quienes les rodean. A la postre, la resolución del enigma no posee mayor importancia que el cierre de un McGuffin porque, aunque la intriga no decaiga, la intención es otra. Una pretensión anticipada por el carácter místico —podría ser un koan— del título, cuya extraña síntesis define la luz que irradia la novela, la irremediable contradicción que implica cualquier relación humana.

jueves, octubre 07, 2010

Autopista del sur, Julio Cortázar

Nórdica, Madrid, 2010. 72 pp. 8 €

Fernando Sánchez Calvo

Nórdica Libros es una editorial interesada, o mejor dicho: obcecada (o mejor aún: empecinada) no en demostrar (verbo demasiado pretencioso), sino en sugerir que la historia de la literatura que otros canonizaron en su día fue un buen intento de estructurar y seleccionar a los mejores orfebres de la palabra para los lectores del futuro, pero no el único. Dicho esto, no estamos hablando de una editorial cuyo objetivo sea recuperar a toda costa a los grandes marginados y estrambóticos de este arte (nombres como Tolstói, Balzac, Pirandello, Dumas o el propio Verne hacen imposible pensar en ello). Sin embargo, sí que estamos hablando de una editorial que parece haber soñado o intuido el posible o alternativo devenir de nuestros clásicos si, por ejemplo, la suerte o las circunstancias hubieran colocado a la altura de Proust, Kafka y Joyce a Flann O’Brien, a quien el último de la gran tríada leyó y analizó siempre con gran devoción y cuya verdadera identidad (Brian O’ Nolan) se desveló muy tarde por la obligatoriedad de los funcionarios británicos a mantener su nombre oculto de cara a la sociedad. Lo mismo pasó en España con Alejandro Sawa, inmortalizado por Valle-Inclán en Luces de Bohemia y Pío Baroja en El árbol de la ciencia, cabeza en los cafés y demás ambientes errantes del Madrid a caballo entre el siglo XIX y XX, propagador del modernismo, y de quien no obstante la otra historia de la literatura jamás o esporádicamente se ocupó. Son sólo dos ejemplos no de marginados (por definición segundones que arropan, acompañan, a los grandes líderes de los diversos movimientos literarios, incluso a veces sin tener obra publicada o escrita) sino de “marginables” (segundos que con la misma obra e influencia que los “clásicos” no entraron tanto en la historia porque simplemente ya no cabían). De rescatar a los “marginables” se encarga Nórdica.
De todos modos, no siempre es posible mantener este proyecto, es decir, para ser rentable hay que publicar a algún grande. Eso sí: siguiendo una coherencia, de éstos se pueden publicar aquellos títulos que la gente ha olvidado o ignorado porque de pequeños nos obligaron a recordar tres o cuatro obras de cada uno de los clásicos, pero no más. Es el caso de la minilectura que nos atañe, Autopista del sur, del maestro del cuento Julio Cortázar. Una vez más un suceso cotidiano, anodino: un atasco en la carretera. Una vez más, una realidad paralela (la verdadera para el argentino) subyace en esta ocasión a la caravana: la gran, infeliz pero satisfecha familia que un grupo de conductores y domingueros han formado bajo un mismo cielo, sobre el mismo asfalto. Los personajes (la guapa chica a la que gusta gustar, el egoísta, la pareja de ancianos, el matrimonio con niños adosados), perfilados a la perfección con apenas tres o cuatro trazos, trazos que valen para describir incluso a aquéllos que no se ven diez coches más allá pero que existen y los cuales, sabe el lector, van a repetir los tipos ya aparecidos en el relato. El protagonista, otro clásico: observador, distante, un líder que no quiere ser líder y que, aun así, finalmente acabará implicado en un juego del que le costará mucho salir. Y, por último, esa sensación de eternidad en un instante, de trascendencia hallada en el momento y espacio más sórdidos, uno de los ingredientes que han hecho de Cortázar el más singular de los cuentistas. Desde Final de juego a Las armas secretas pasando por los Cronopios o los últimos Papeles inesperados, a sus seres siempre se les enciende un fuego en el cerebro, un chispazo de inteligencia que les hace, de repente, ver más allá en acciones que habían repetido hasta la saciedad. Una nueva verdad, inefable por supuesto, entra en la mente de los protagonistas (a veces, felizmente, también en la del lector) para segundos después abandonar o no a la lucidez. Si se queda o no esta verdad en Autopista del sur, es algo que tendrá que descubrir el lector, recuerden siempre, obligado, activo para Cortázar y cuestionable como cualquier historia de la literatura.

miércoles, septiembre 08, 2010

Cómo viajar sin ver, Andrés Neuman

Alfaguara, Madrid, 2010. 250 pp. 17,50 €

Pedro M. Domene

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977), niño argentino, adolescente español y escritor granadino, sigue teniendo, bastantes años después de su estancia continuada en nuestro país, una voluntad latinoamericana que aprovecha para compartir y siempre cuando le es posible. Una gira de promoción del XII Premio Alfaguara de Novela, El viajero del siglo (2009), le llevó el pasado año por casi todas las capitales hispanoamericanas y el resultado, meses más tarde, es Cómo viajar sin ver (2010), o Latinoamérica en tránsito, como reza en el subtítulo de su último libro. Neuman es un maestro en las distancias cortas como ha demostrado en varias de sus colecciones de cuentos, y precisamente de abundantes anotaciones, fragmentos de diario, impresiones, o de esas notas de urgencia que posteriormente se trasladan a un blog para compartir impresiones, se compone este libro que, entre otras muchas cosas, no quiere ser una crónica de su gira americana, tanto es así que quedan fueran ruedas de prensa, entrevistas, presentaciones, que emborronarían una escritura incapaz de ofrecer aliciente alguno al más curioso lector. Leemos, por consiguiente, aquellos apuntes que Neuman incorpora como reflexiones personales, es decir, notas y aforismos escritos con esa habilidad que caracteriza al granadino-argentino para interesar a un posible lector que, como él, distingue lo particular de lo colectivo.
Neuman utiliza, más que nunca, la urgencia para transcribir sus impresiones, el estilo con que están escritas estas notas presupone una rapidez contagiosa al tiempo que uno las lee, somete, por consiguiente su sintaxis a una extremada precisión y a una medida calculada, solamente se siente tentado en prolongar sus textos cuando recrea paisajes e impresiones que denotan cierto lirismo, también cuantifica sobre esos aspectos de corte globalizado que, por añadidura, pueden leerse en cualquier parte del mundo: gripe A, la desaparición de Michael Jackson, el caso Yoani Sánchez, el golpe de estado en Honduras, junto a otros aspectos de carácter costumbrista que sirven de bitácora de curiosidad del escritor, giros y hablas dialectales y autóctonas, marcas de cerveza, estancias en hoteles y costumbres y usos de lo lugares que visita que, en ocasiones, junto a las preocupaciones sociales del escritor se tornan en motivo recurrente a lo largo de Cómo viajar sin ver.
Al margen de todo lo expuesto, el Neuman literato se exige una detallada voluntad por darle sentido a ese prolongado peregrinaje por tierras Latinoamericanas y, al mismo tiempo, ofrece sus impresiones sobre la diversidad de literatura, incluso el cine de los países que visita, algunos que otros breves apuntes sobre los autores consagrados y abundantes nombres de muchos de los desconocidos en España que pugnan por conseguir su lugar en mitad de una universalizada lengua española, partiendo de esa conciencia social de la que también participan muchos de los nombres citados por Neuman. Cómo viajar sin ver es, en realidad, un libro de viajes que hilvana una serie de acontecimientos vividos por el escritor y que, de alguna manera, le sirven de excusa para hablar de otras muchas cosas, quizá incluso de recuerdos con cierta nostalgia del pasado, de otras preocupaciones, o de algunos sentimientos que de otra forma no hubieran cobrado forma. Lo curioso de este libro, pensado fragmentariamente, es poder leer cómo son las cosas de allá o como son las cosas de acá, y así poder comprobar, cómo se interpretan las de aquí, sin duda allí, y cómo las de allí, se vislumbran aquí, y una vez leído, disipar, de una vez por todas, sutilezas que, más que alejarnos, nos acercan al menos en un lenguaje común.

martes, septiembre 07, 2010

Temperatura voz, Mariano Peyrou

Pre-Textos, Valencia, 2010. 56 pp. 8 €

José Luis Gómez Toré

Autor de libros como La sal y Estudio de lo visible, Mariano Peyrou (Buenos Aires, 1971) ha hecho de su escritura, y Temperatura voz es un buen ejemplo de ello, un ejercicio de constante indagación en el lenguaje como ejercicio de cultivada perplejidad ante lo real. El brillante uso de la elipsis y las asociaciones inesperadas dejan entrever un cierto aire ashberiano, que Peyrou comparte con otros poetas coetáneos. Sin embargo, lo importante no son aquí los parecidos de familia, sino la forma en que el poeta sabe inscribir una mirada propia en lo que podríamos llamar parafraseando al propio autor, su particular estudio de lo visible, un juego de espejos en el que el propio acto de percibir es sometido a examen. El flujo de conciencia que parece arrastrar la marcha de estos versos prescinde de los signos de puntuación y juega a borrar los límites de la autonomía de cada poema dentro del poemario. Así, la percepción se convierte en una especie de “work in progress”, en el frágil andamio sobre el que sostener la apropiación del instante. A la conciencia de lo inconcluso y lo fragmentario contribuye asimismo el recurso, ocasional pero significativo, de que el último verso de algunos textos lo constituya una frase inacabada, que el lector puede jugar a acabar (o no) con el inicio del siguiente poema o fragmento.
“Y aquí los nombres son lo más real”, escribe el poeta, y sin embargo no hay en su propuesta un asomo de platonismo. Los nombres no son las esencias secretas de las cosas, al modo de Juan Ramón o cierto Jorge Guillén, sino la precaria condensación de una experiencia, el punto de ebullición de una realidad siempre cambiante. De ahí también la renuncia a un yo poético demasiado fuerte, la persecución de una cierta impersonalidad en el decir. El tono propio del poeta, que desde luego existe, no constituye la ocasión para una orgullosa proclamación del sujeto y de una experiencia supuestamente privilegiada. Es en el correr cotidiano de los días donde el tono de la escritura se revela, como nos sugiere el título, como la temperatura de un lenguaje en su comercio diario con las cosas. Porque la palabra no se empeña en congelar el movimiento de la existencia, porque ella misma se sabe tiempo, la poesía de Peyrou acoge el fluir de lo real. De esa realidad apresada en su dinamismo forma parte también lo imaginario, ya que la mirada se reconoce creadora y funda espacios, señala trayectorias, tiende “una cuerda tan larga que sólo tiene un cabo”.

martes, julio 20, 2010

Tal vez la lluvia, Juan Carlos Méndez Guédez

XL Premio Ciudad de Barbastro de Novela Corta. DVD Ediciones, Barcelona, 2009. 160 pp. 13 €

Doménico Chiappe

Méndez Guédez es un prestidigitador de la metáfora sutil. Hace magia con esos símiles que no recurren a imágenes cinematográficas, ni a estallidos de drama o de color. Ya había maravillado con la metáfora de las “hojas secas”, en Una tarde con campanas (Alianza, 2004), en la que, por medio de una acción, la del militar que ordena a los habitantes de un barrio barrer las hojas que ensucian el suelo y hacer montones en el suelo, a cambio de dinero en metálico que saca de su bolsillo, simboliza la manera en que los regímenes dictatoriales se relacionan con la gente bajo su yugo. Esta metáfora se reafirma en su final: durante la noche, las hojas se esparcen con el viento. Al día siguiente, regresa el militar y el ciclo se reinicia.
En esta nueva novela, Tal vez la lluvia, el autor utiliza, como ya es su estilo, estas acciones, en apariencia laxas, para dotar de fondo a su escritura. Dueño de un tema, el de la emigración –ya sea interior, ya sea físico-, y la extrañeza en los espacios que encuentra a través del viaje, ahora lo cruza con otro gran tema, el de la amistad. Adolfo, el protagonista y narrador de esta historia, regresa a Caracas, su ciudad natal, por pocos días. Proviene de España, a donde emigró. En un país en permanente deterioro, para muchos significa un éxito el solo hecho de no estar. Y revestido, sin querer, de esta aura triunfal, le recibe un viejo amigo, Federico; un gran amigo del pasado cuya relación se había deteriorado por el amor de una mujer arrebatada. Le recibe, ya casado y con hijos, desesperado en su miseria, con una propuesta: casarse con él. Con este matrimonio homosexual, podría emigrar también a España, con el asunto de los papeles resuelto, e iniciar una nueva vida, que presume mejor, para él y sus hijos.
A partir de este episodio inicial, Méndez Guédez sumerge, con ejercicios rítmicos de analepsis, al lector en la historia reciente de Venezuela, en esos años perdidos –para los que se fueron, para los que se quedaron- en los que el “malandro” (matón, narcotraficante, ladrón) vecino de su madre se convierte en líder comunitario para lograr la inmunidad de sus actividades ilícitas pero permitidas; en los que el destino de las mujeres amadas se tuerce o desvanece (Albertina, Miroslawa, Ivonne), en los que los días parecen irse sin más: «Uno de esos días intenté salir del cuarto, pero al llegar a la puerta me invadió el sueño. Me enterré en la cama varias horas; era grato permanecer así, detenido en mí mismo, como una cansada estatua que observa la manera en que la lluvia va cubriéndola con una película de musgo» (pp.107-108).
Rescato una de estas metáforas sutiles tan propias de Méndez Guédez, que encierra cómo se sella una amistad, ese pacto de silencio y confianza y apoyo mutuo: nada de puñetazos en una pelea callejera, nada de persecuciones vertiginosas, nada de salvamentos con riesgo de la vida propia. La complicidad entre Federico y Adolfo es más profunda, más espiritual, más piadosa. Se sostiene en la literatura. La abuela de Adolfo les leía historias a ambos niños («el libro amarillo de la abuela no se acababa nunca» (p.51) y hasta que aprendieron a leer nunca se cuestionaron cómo podían entrar tantas historias en “aquel delgado tomo”. Un día, la abuela puso el libro al revés y Adolfo se sintió traicionado y avergonzado, qué hacer antes de que Federico se diera cuenta de lo que ocurría. «Lo miré de reojo y él me devolvió la mirada: sereno, cómplice. Creo que en ese momento quise abrazar a Federico, creo que muchos años después quise seguir abrazándolo.» (p.52).

miércoles, julio 14, 2010

El otro fuego, Inés Mendoza

Páginas de espuma, Madrid, 2010. 103 pp 13 €

Matías Candeira

Encuentro este libro. Lo leo. Me emociono. Pienso en Pierre Reverdy y en su famoso verso: “Ya no se puede volver a dormir cuando se han abierto los ojos”.
Inés Mendoza (Caracas, 1970), es la apuesta novel de Páginas de Espuma para el ecuador de este año. Conviene añadir que este crítico no puede glosar o ampliar sin resultar torpe lo dicho por Eloy Tizón en el hermoso prólogo, primera invitación y acierto de estas páginas; y apéndice vivo que dialoga de forma inteligente con las propuestas incendiadas de El otro fuego a través de razones más que justas. Entiendo que un libro se la juega con su prólogo. Ha de estar a la altura para aumentar exponencialmente su potencia de significado, o bien ha de salvarlo y excusarlo. Se llama a la autora “la perseguidora”, con razón.
Mi baremo, prejuicioso quizás, es lo que disculpa esa rémora que los autores recién germinados cargan a la espalda: “Un debut más que…”. “Un primer libro que anuncia…”. Lejos de maximalismos, este libro de Inés Mendoza no anuncia nada más que un fuego socavador del deseo en la mayoría de las doce historias del conjunto, en un libro pleno de razones extraliterarias (una extensión breve, a modo de triple destilación; además de un prólogo espectacular) y un contenido justamente salpimentado con densidad y trascendencia. Prefiero no entrar en las más que conocidas y estúpidas reservas de suplemento cultural (“un conjunto de cuentos desigual que…”); y sí hacerlo con los ejes del sentido.
El otro fuego es un debut que, en su conjunto, nos invita a despertar, a no reproducir mecánicamente los sonidos de la naturaleza como en aquella película de Fellini y sus reflexiones sobre los burgueses –una vez más, Tizón se me adelanta en el prólogo- y sí a abrir la puerta y emerger a una vida verdadera, eso que preconizaban los surrealistas, o que tan bien escribió Machen en Un fragmento de vida, uno de sus mejores y más desconocidos libros. He aquí el eje, la programática de los cuentos más importantes del conjunto: elevar una protesta, dibujar rebeldías.
En cuanto a su topografía referencial, y puestos a ubicarnos, las fuentes tienden a separarse en dos territorios combinados con equilibrio, desde una tradición seminalmente latinoamericana (ambos Fernández: Macedonio y Felisberto; a quienes podría sumarse Cortázar) y el angst elevado, a medio camino entre lo siniestro, lo surreal y lo romántico, de autoras más que notables como Ana Blandiana (Recuerdos del pasado fue uno de los bombazos más interesantes lanzados por Periférica el pasado año), May Sinclair y su fabulosa Vida y muerte de Harriet Frean, Leonora Carrington o el siempre interesante Villiers de L'isle Adam. Sin desmerecer la raigambre mal llamada realistamágica, este segundo territorio de exploración es el más interesante del libro, pues da medida de un difícil equilibrio entre la belleza formal, hechuras poéticas y trepidaciones de lo siniestro o lo extraño. No dejen de echar un vistazo a Rosas amarillas, La estrella nocturna (deliciosa serie B, que arrincona el mecanismo del género postnuclear para extraer poesía de la historia de un perro que ha sufrido radiación atómica); o Mutaciones, el que es el cuento más espectacular del conjunto y se entronca con artefactos mainstream como El sexto sentido, esto es: un infierno helado en la propia tierra, una miseria hecha vida de la que no nos apercibimos hasta que es demasiado tarde.
Cabe reprocharle a Mendoza el que, en ocasiones, algunos relatos gocen de cierta vena demasiado convencional –Motivos del sábado, otro cuento sobre parejas-, o, más especialmente, que algunos cierres puedan tender a un parecido excesivo. Esquema, repetido hasta en tres ocasiones, en el que se ha forjado una orfandad completamente nueva para los protagonistas, pero más importante aún, una búsqueda que arrastra consigo desarraigo, alegría festiva, temblor, miedo y movimiento hacia un estado de conciencia que repudie la doxa, lo dado o la narcosis de una vida acomodada. Se avanza, por ejemplo, en Origami, con un hombre que ha sido infectado por la capacidad de retar y desconcertar a los transeúntes, sospechar que ha tenido otra vida y que, en esa estela de iluminación, ha de echar de menos ese lado que no conoce de su existencia. Lectura bellísima, por cierto.
Si entendemos que la literatura es discurso, es el verbo interno de estos relatos otro de sus méritos más interesantes; pues antes que historias (sin embargo, el estilismo sombrío y exhuberante no se descuida en ningún momento) pueden entenderse también como catalizadores. Confieso que me ha gustado leerlos así, articulaciones de una protesta o el mecanismo perfectamente narrado de una rebeldía que impele a no volver la vista atrás. Pienso en Estación del destierro, un texto que no ha dejado de antojárseme como una versión alternativa de Casa tomada, pero, en este caso, con una invasión de doble dirección, ya que el cambio no se produce en los invadidos sino en uno de los invasores.
No sé si queda mucho más por decir. Me gusta esta literatura de Mendoza, que me arenga con elegancia, que puedo leer como si atravesara los diferentes cortinajes de una habitación desconocida, que me proporciona un fuego del que aprendo algo: siendo importante que queme, lo es más que no pueda ser apagado.
Felicidades a la autora y a la editorial.

jueves, junio 24, 2010

Las batallas en el desierto, José Emilio Pacheco

Tusquets, Barcelona, 2010. 77 pp. 10 €

Ignacio Sanz

Una verdadera delicia esta preciosa novelita. Y lo escribo así, en diminutivo, por la brevedad de sus 77 páginas compuestas con tipografía generosa y porque se hacen tan leves para el lector como el vuelo de una calandria. El narrador y protagonista se llama Carlos y uno tiene el barrunto de que detrás de Carlos se esconde la sombra de José Emilio, el laureado poeta al que se acaba de conceder el premio Cervantes y que ha dado un discurso sobre la condición mendicante de los escritores.
También en Las batallas en el desierto Carlitos se conmueve con la pobreza radical de algunos de sus condiscípulos. La novela rememora los años cuarenta, aquellos años en los que discurrió su infancia en la ciudad de México en la Colonia Roma, una colonia que en alguna época gozó de cierto esplendor, en una escuela de medio pelo, en una familia venida a menos en la que convergen muchos de los conflictos y contradicciones de un país convulso sometido a cambios y tensiones, a violencias y desgarros.
Pero en medio de todos esos vaivenes, tanto familiares como sociales, aparece un episodio central que recorre e ilumina estas páginas intensísimas. Es el amor. No se trata de un amor convencional. Aunque ningún amor lo sea. Todos los amores son febriles y volcánicos, excepcionales y delirantes, todos los amores arrasan el corazón. Y este que se cuenta aquí lo es en grado sumo porque resulta imposible a todas luces. Pero ahí está el fulgor amoroso atravesando estas páginas con la fuerza arrolladora y desconcertante de toda experiencia iniciática.
Lejos de cualquier preciosismo poético, la novela está escrita con un estilo ágil, pero con la intensidad de un poema.
No se me ocurre mucho más, pese a la brevedad de lo dicho. Tan sólo querría acentuar el buen sabor de boca que deja como esos licores jerezanos en los que el sol ha dejado su impronta. Y ese retrogusto tan grato que queda flotando en el recuerdo. Como en un poema aquilatado. Si pueden, no se la pierdan.

viernes, junio 18, 2010

Escenario de Guerra, Andrea Jeftanovic

Baladí, Madrid, 2010. 207 pp. 19 €

María Ruisánchez Ortega

No es casual que la novela de Andrea Jeftanovic lleve por título Escenario de Guerra ni que se estructure en actos, ni que algunos de sus capítulos tengan títulos con claras referencias al mundo teatral: Función a solas, En gira permanente, Ensayo general, Tras bambalinas o Puesta en escena. No es casual porque estamos ante la representación, y entendamos por representación, la mímesis de la propia vida o el propio yo. Es curioso, esta es una sensación a posteriori, objetiva, post lectura: un análisis, ya que mientras estás sumergida entre las páginas de la novela, no tienes la sensación de que haya un escenario, más bien esa voz, esa niña, esa mujer, ni siquiera podría decir personaje, porque es mucho más real, llena toda la escena. Su parlamento, su prosa, sus recuerdos se graban en nuestras almas, los sentimos como propios, sin tiempo para boquear, sin darnos tregua… Como un grito que en la noche que nos susurrara en sueños. Así, esta novela desviste capa a capa, las viejas rémoras acumuladas por años, con polvo que cubre en secreto las líneas de las manos, que pocos se atreven a leer. Echar la vista atrás, desmigar la infancia, sopesar a los padres, descubrir, si se estaba o no equivocada.
«El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional» leo en el último ensayo de Haruki Murakami, y pienso en el personaje del padre, que ha elegido ese sufrimiento condenatorio, del que no ha podido escapar desde su propia infancia. Anclado en un recuerdo, en la esfera de un reloj, en el tic, tac que marca la línea entre la inocencia y la pérdida para siempre de la identidad. En esa jungla de la memoria, este hombre construye un mundo limitado en el que el miedo cerca todo lo conocido. Su hija, mientras, intenta escapar, comprender el ser que le correspondería por herencia, y que su padre trata de enterrar sin conseguirlo del todo. Ella, también, al igual que su padre, rememora, rumia cada uno de los trocitos de espejo de su propia infancia. Intenta lograrlo, intenta salir adelante con las cargas de la sangre, para dejar de sufrir por propia voluntad.
La sangre ajena y propia como hilo conductor de una novela tan dolorosa como evocadora. Una historia dura, esculpida en cada página por un cincel hecho a base de poderosas imágenes, tan hermosas, como tristes, certeras e hirientes, que van rasgando las páginas, una a una, línea a línea, para inventar un código de huída, para salir de uno mismo y lograr encontrarse frente a frente en el escenario de la vida, de la guerra, cara a cara con los personajes que nos han marcado, los que importan, aquellos a los que amamos y odiamos. Aquellos que nos han preñado de nosotros mismos, y de los que, desembarazarse es francamente difícil. Dejarlos ir, parirlos o no, para sacarlos de dentro, para mirar la vida, por fin, con otros ojos, con los propios, aunque la experiencia nos haya trastocado tanto, que quizá eso sea prácticamente imposible, una ilusión óptica. Un parpadeo, y uno descubre que no es quien creía ser, pero entiende por qué…
En definitiva, una novela viva, que mira hacia atrás para poder mirar hacia adelante, que se pierde en las miradas congeladas de los rostros del recuerdo. Poesías entre las páginas, sonora voz que emerge de lo más profundo del sufrimiento que se quiere abandonar. La terapia de la melancolía que trenza la historia que se quiere ordenar y contar, pero que escapa a lo temporal como un animal herido corre a refugiarse en las profundidades de la tierra.
Palabras contra el dolor, dolorosas palabras.

martes, junio 08, 2010

Confabulario, Juan José Arreola

R.B.A., Barcelona, 2010. 157 pp. 17 €

Ignacio Sanz

Arreola se hacía querer. En invierno vestía con una capa española que de daba un aire algo extravagante, que él mismo acentuaba con sus amagos sempiternos, su pavor a las muchedumbres, sus desplantes y sus manías. Le daban miedo las gentes a las que él arrebataba con el calor alocado de su plática florida. Yo soy un impostor, decía, qué pueden esperar ustedes de mí. No me hagan caso. Y luego se dedicaba a exaltar a las clases populares que cantan y cuentan y tienen el dominio intuitivo de la lengua, de la música de la lengua, que él dominaba como un gran contorsionista verbal. O hablaba con cariño de las confidencias y complicidades que se traía con Borges en mesas redondas, seguidas por cientos de estudiantes fervorosos. Y no disimulaba un cierto desdén hacia la gramática enredosa que solo había servido para proporcionar trabajo a esos profesores que se engolfaban en las reglas y se olvidaban de trasmitir la pasión por la literatura que él había aprendido en las retahílas y en las cancioncillas infantiles que le había trasmitido su abuela. El pueblo es sabio y habla de espaldas a las normas gramaticales. Y lo hace bien, sostenía con énfasis.
Tuve la suerte de conocerle y no lo olvidaré mientras vida. Era apasionante porque era descreído de las pompas académicas. Ignoro qué asunto espinoso le habría llevado a mantener algunas diferencias con Rulfo, su paisano jalisqueño. Había ejercido veinte oficios manuales, pero su paso por una imprenta le cambió para siempre.
La sombra de Arreola es muy alargada. Como su vida. En De memoria y olvido, la semblanza con la que se abre este libro, el lector puede rastrear sus orígenes humildes, su amor a la lengua, que no a la gramática, y su pasión por la cultura popular, pero también su amor por los clásicos. «Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka... Vivo rodeado de sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.»
Este es Juan José Arreola, un escritor cultísimo que se había formado en Francia y que, frente a la visión localista de Rulfo, creó un universo de personajes más cosmopolita o, si se quiere, menos pegados a la tierra. Tocado por el surrealismo, con ciertos toques absurdos, trabajaba el estilo con minuciosidad elegante y afilada.
Confabulario es su libro por excelencia, el que mejor le define, el que resume como ninguno su pasión creativa e innovadora, el que se edita y reedita. Los cuentos que lo forman andan por ahí salpicando todas las antologías. La suya es una obra provocadora que se multiplica y desconcierta.
Veamos como empieza su Parábola del trueque, uno de sus célebres cuentos:
«Al grito de “Cambio esposas viejas por nuevas”, el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.
Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.»
¿Quién, tras este comienzo, no se siente motivado a seguir leyendo? Eso es lo que tiene Arreola, que nos pone en la primera frase el caramelo en la boca, que nos sacude con su magia perturbadora.
A estas alturas, uno piensa que Arreola ya ha sido leído por delante y por detrás, que cualquier lector, a poco avisado que sea, se ha tropezado muchas veces con sus textos fragmentados, pero quien sabe, quizá los más jóvenes, abrumados por las reglas gramaticales que él odiaba, no han tenido ocasión de entrar en su obra. Y entonces, aquí está este libro esencial y vanguardista, editado y reeditado mil veces, que contiene piezas tan memorables como el propio Arreola, tan inteligente, tan corrosivo y tan libérrimo.

lunes, mayo 10, 2010

El viajero del siglo, Andrés Neuman

Premio Alfaguara de Novela 2009. Alfaguara, Madrid, 2009. 531 pp. 22 €

Rubén Castillo Gallego

Hay territorios en los que no se puede entrar, por más que se pretenda (Kafka nos lo demostró con la historia de su agrimensor); y también espacios que, de una forma invisible pero inquebrantable, aherrojan a quienes en ellos penetran y no les permiten la huida. Hans, el protagonista de esta novela, lo notará pronto: una vez que pone sus pies en Wanbernburgo ya no hay forma de que pueda salir de allí. Y serán dos los motivos principales para esta poderosa adherencia emocional: el organillero (un misterioso anciano de extraña sabiduría, que se gana la vida tocando su instrumento junto a un perro llamado Franz y que habita en una cueva misérrima) y Sophie (una chica de la buena sociedad wandernburguesa, aficionada a la lectura, políglota, de ideas feministas bastante adelantadas a su tiempo y mantenedora de un salón donde los viernes se discuten ideas políticas, culturales y sociales). Sumemos a ese trío de protagonistas otros no menos interesantes, como el señor Gottlieb (padre de Sophie), Rudi Wilderhaus (el prometido de la muchacha), Álvaro (un español que ha preferido el exilio antes que la deleznable situación política de su país), el profesor Mietter (intelectual de gran peso en la localidad, que discute con Hans en el salón de los Gottlieb) y algunos otros que el lector va descubriendo durante la lectura... Andrés Neuman nos instala así en un espacio peculiar del siglo XIX, situado entre Sajonia y Prusia, que resulta descrito con una bellísima prosa, donde lirismo y narración se abrazan con eficacia. Destacar en ese torrente de aciertos unos pocos (esta o aquella virtud) se antoja un ejercicio de reduccionismo en modo alguno razonable, pero me gustaría llamar la atención especialmente sobre las escenas contrapuntísticas: así, por ejemplo, esa secuencia en que una oveja está a punto de ser esquilada, mientras una chica sufre una violación (pp. 261-263); o la forma delicada en que Hans y Sophie debaten sobre los matices de un poema de Keats, mientras se van desnudando para hacer el amor (pp. 309-310). Pero es que si nos detenemos en los primores puramente literarios de la pieza, la lista puede volverse interminable: a Hans «le corrían por la espalda anguilas de sudor» (p.245); «la luz saltó de golpe, como impulsada por una pértiga» (p.267); en una plaza brilla «un sol rectangular» (p.287); las mujeres «paseaban el color de sus vestidos» (p.311); al salir de una boda, los granos de arroz están «dispersos en la escalinata como un jeroglífico» (p.350). ¿Será necesario aducir más ejemplos? Los degustadores de lo puramente literario recibirán en estas páginas una elevada dosis de belleza; los interesados en la profundidad de pensamiento encontrarán también materiales sobrados en las charlas (quizá demasiado densas: es el único reproche relativo que se me ocurre formular) del salón de los Gottlieb; y los interesados en lo ‘novelesco’ se sentirán arrastrados por la historia del misterioso personaje que va violando mujeres por las calles de Wandernburgo, en escenas tan espeluznantes como bien descritas... Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) no sólo ha demostrado en El viajero del siglo su fortaleza en la extensión, sino también en la intensión. Un poderoso reto narrativo y literario del que sale notoriamente musculado. El premio Alfaguara vuelve a acertar eligiendo ganador.

miércoles, abril 28, 2010

Las Teorías Salvajes, Pola Oloixarac

Alpha Decay, Barcelona, 2010. 275 pp. 19 €

Nere Basabe

La “teoría salvaje” lo es todo en este libro: es el objeto y es el sujeto de la novela, su hipótesis metodológica tanto como la cuestión a analizar, en una apuesta que no es confusión epistemológica sino coherencia, porque la teoría salvaje (que, por lo demás, no se nombra en la novela) se pretende holista y omnicomprensiva. Estilo, argumento y perspectiva narrativa constituyen así los vectores (“vectores” en sentido biológico, como “portador o huésped intermedio de un parásito o virus que transmite el germen de una enfermedad a otro huésped”, tanto como en su sentido filosófico de “acción proyectiva de intensidad variable”) de esta propuesta radical.
En mi opinión, no se trata tanto de una novela como tal (entendida según postulados que venimos arrastrando pese a las más o menos protestas que cada tanto la cercan), coloreada de extensas divagaciones reflexivas, sino de un verdadero tratado de filosofía que asimila la forma narrativa para sí: Oloixarac lleva, con este experimento, ese retorno de la narratividad que aspira a conquistar algunas ramas de nuestras ciencias sociales contemporáneas (en busca de la comprensión más allá de la explicación), a sus últimas consecuencias y posibilidades. La “teoría salvaje” se nos presenta como una ficción, y ésa no es su máscara, sino su mayor acierto. Así ocurre por ejemplo en el magnífico diálogo entre los dos discípulos del profesor Johan van Vliet, que discuten (y se distancian) acerca de la vía a seguir por esos Escritos sin luna de su maestro, mientras el pavo se asa en el horno. El bíos de la propia teoría es inseparable de su doctrina, y la experiencia de ésta hace de sus agentes (seguidores, detractores) meros instrumentos de la teoría –un libro inteligente y un sistema filosófico coherente, cabal y estimulante como esta lectora no se había cruzado en mucho tiempo.
Nada parece haber de casual o no-premeditado en esta novela, pese a los múltiples puntos de fuga: todos los recursos de la escritura posmoderna concurren en sus páginas sin excepción, desde luego (aviso para navegantes poco inclinados a las aventuras técnicas). Pero esos elementos (fragmentariedad y no-linealidad, poliperspectivismo, intertextualidad o recurrencia a iconos de la cultura pop, de la televisión a los videojuegos, de las marcas comerciales a las estrofas de canciones en inglés), convertidos ya en la tradición -más que la novedad- de una receta manida, se justifican aquí rigurosamente como plasmaciones discursivas de una teoría socio-antropológica que está buscando encarnarse. Lo mismo podría decirse si pretendemos achacarle algunas debilidades: lo deslavazado del personaje principal en primera persona frente a otros personajes secundarios, su empeño en explicar, juzgar, más allá del simple “mostrar” velado, el exceso de carne cruda, de drogas psicodélicas, de lo aberrante y la agresividad. Y es que la teoría salvaje, mediante su mecanismo de las transmisiones yoicas en las que se disuelve la subjetividad del individuo, nos propone una realidad formada por infinitos puntos de vista simultáneos del pasado, presente y futuro, marcados todos ellos por la experiencia original de la violencia hobbesiana y la identificación ancestral entre la presa y el cazador (y para lo que sirven de muestra tanto las relaciones sexuales como las etimologías del lenguaje que nos envuelve). Síntoma de la barbarie colectiva, este libro también es su diagnóstico, y su explicación arqueológica-genealógica, hasta disolver el mismo estatuto de historicidad, pues comienza equiparando ritos de tribus primitivas a usos sociales contemporáneos, para acabar sustituyendo las coordenadas temporales por una superposición espacial manipulada. Por último, la teoría salvaje (las “teorías salvajes”, por esa pluralidad fragmentada ineludible) no se limita a su carácter de episteme, sino que se erige sobre todo (como no podía ser de otra manera) como una praxis, una guía para la acción: la intervención cibernética, la contaminación viral y el sabotaje serán sus maneras de obrar en el mundo, entre la ironía y la crueldad; y esta escritura, su testigo y su mayor prueba empírica.
El conflicto no se resuelve en la trama, porque es inherente a su premisa ontológica. La expectativa de la debacle nos acompañará siempre, más intensamente aún después de leer este libro (no sólo recomendable, sino imprescindible). Tal y como indica su solapa, Las teorías salvajes es la primera novela de Pola Oloixarac, y una se pregunta si acaso no será la última, porque poco más puede quedar por añadir. Esperemos que no sea así.