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jueves, enero 23, 2014

Muerte súbita, Álvaro Enrigue

Premio Herralde 2013. Anagrama, Barcelona, 2013. 264 pp. 17,90 €

Care Santos

La última novela del mexicano Álvaro Enrigue, por la que resultó merecedor del último premio Herralde, parte de un planteamiento atrevido: el pintor italiano Caravaggio y el poeta español Francisco de Quevedo disputan en Roma un partido de tenis con el que saldan pendencias y arrojos anteriores. Quevedo empieza ganando, el público apuesta a su favor, corre el dinero, hay algunos espectadores muy especiales entre los asistentes (a los que vamos conociendo poco a poco) y todo ello sirve al autor de pretexto para desplegar hacia todos los lados una trama que se apoya en la disputa, pero sólo de refilón, para explicar muchas otras cosas: desde el destino de la melena que Ana Bolena se amputó justo antes de ser decapitada hasta los estúpidos arrebatos españoles durante la llamada conquista del Nuevo Mundo. Por estas páginas campan Hernán Cortés, su amante la Malinche, Moctezuma, varios papas, varias furcias y una gran diversidad de personal surgido de la época de los descubrimientos y de los movimientos contrarreformistas de la iglesia. Además, claro está, de los dos contendientes.
Se da también un interesante culto a los objetos, a través de los cuales todo parece hacerse más tangible. Este interés de Enrigue por ellos se subraya en algunos añadidos a la narración, en que se aportan definiciones históricas de ciertos utensilios muy empleados en este tenis arcaico, de la pella a la pala. Aunque los utensilios que con el argumento se crecen como un bizcocho metido al horno son otros: el juego de pellas únicas, vendidas a precios exorbitantes; un escapulario fabricado con el pelo de un muerto imperial o un bonete tejido gracias a un material inédito en el Viejo Continente, que asusta tanto como deslumbra.
La novela maravilla por el alarde de recursos que hace su autor, por el modo en que la voz del narrador se inmiscuye en lo que está contando, por el dominio del lenguaje. Y también por el artificio, por la trampa. A medida que se avanza en la lectura, una ya se da cuenta de que lo que Enrigue pretende contar no tiene nada que ver con el partido de tenis inicial. Lo que cuenta es mucho más universal y terrible. Lo dice el propio novelista, en una de esas intervenciones de su propia voz: «No sé, mientras lo escribo, sobre qué es este libro. Qué cuenta. No es exactamente sobre un partido de tenis. Tampoco es un libro sobre la lenta y misteriosa integración de América a lo que llamamos con desorientación obscena 'el mundo occidental' (...). Tal vez sea un libro que se trata solamente de cómo se podría contar este libro, tal vez todos los libros se traten sólo de eso. Un libro con vaivenes, como un juego de tenis». (páginas 200-201). Termina, sin embargo, con una conclusión esclarecedora: «Sé que lo escribí muy enojado porque los malos siempre ganan. Tal vez todos los libros se escriben sólo porque los malos juegan con ventaja y esto es insoportable» (página 202).
Tal vez en esto de la literatura también los malos jueguen con ventaja. Está claro que Enrigue es de los buenos y esta novela lo demuestra con creces.

viernes, mayo 24, 2013

La transmigración de los cuerpos, Yuri Herrera

Periférica, Madrid, 2013. 136 pp. 16 €

José Morella

En La transmigración de los cuerpos, del mexicano Yuri Herrera, una epidemia está arrasando con nosotros. La gente tiene miedo del contagio y muchos se quedan encerrados en sus casas. La enfermedad trae aislamiento pero también brutalidad: impagable el episodio del hombre que vende en los autobuses esos cacharritos llenos de agua jabonosa que sirven para que los niños hagan pompas de jabón. Esa sola imagen sirvió para devolverme de golpe al sur de América, porque en este viejuno continente nuestro nos buscamos la vida en los transportes públicos con menos elegancia que allá. Pero no sólo eso me condujo al otro lado del Atlántico: también el uso gustoso de un español menos acartonado que nunca, fresco y limpio, tan real que parece imaginado. Y, por supuesto, la calidad. Vaya novela, gente. Qué manera de gozar. A veces, sólo a veces, leer es lo mejor de nuestras vidas. Me dan ganas de ser cronista taurino, si no fuera porque soy vegano. Herrera se empecina en enseñarnos a escribir bien, por ejemplo cuando dibuja a un personaje, el novio de la tres veces rubia, de un modo deslumbrante con solo tres trazos: pelo, camisa y colgante: «Un hamponcito relamido patrás, cuatro botones de la camisa abiertos para que se viera la virgen de oro». Dice cosas como «una hordita de adolescentes». ¡Hordita! Me hace pensar en un Osvaldo Lamborghini pero menos exuberante, más editado. Me deja con ganas de más. A ver si en un futuro se acaba de soltar el pelo.
La tres veces rubia, el personaje que hace que el Alfaqueque se pase la novela intentando comprar un condón, dice: «La gente que está sola se vuelve loca». Por momentos me parece (pero ya estoy interpretando, hay que ver qué pesado se llega a poner uno) que todo el texto consiste en una inversión que se delega en el lector: si epidemia = soledad, entonces soledad = epidemia. La epidemia es esta cosa individualista que nos pasa ahora. De eso va el libro para mí. Todos mirando nuestros móviles, encorvados, en el metro. Pendientes de las redes sociales, que en la novela no aparecen por un agradecido y eficaz anacronismo tecnológico. Además la epidemia es el tropo único de la novela: la conforma y la deja desnuda, como esas casas de muros sin revocar (por moda o por pobreza) a las que se les ve la piedra. Cada lector puede elegir qué leer en la epidemia, en qué tipo de metáfora darse un baño solipsista: para unos será la dictadura, o el neoliberalismo, o el comunismo. Para otros la corrupción. Tal vez la violencia en México o en América en general; o la tiranía de la biotecnología moderna y su modo de imponer y dosificar la información acerca de los nuevos riesgos para la salud en la sociedad tecnológica. Pero para mí, que soy un lector como cualquier otro, la epidemia somos nosotros, nuestra achacosa manera de cerrar compuertas. Estamos enfermos, neuróticos perdidos. Ya lo dice un filósofo italiano del que me estoy alimentando ultimamente, Franco Berardi: la única política viable en el futuro será la terapia, porque la neurosis es de lo que está hecha nuestra organización social. Este buen hombre nos avisa de que lo único que nos puede salvar es salir a las calles y hacer cosas juntos. Zamparnos con patatas la soledad. En la novela de Herrera pasa lo contrario, pero Berardi y Herrera son medio hermanos. Hablan exactamente de lo mismo. «Gente había pero más como gusano de temporada que como dueña de la tierra: unos pocos en sus coches con los vidrios subidos; el señor que solía predicar el fin de los tiempos en un parque a tres cuadras, ahora solo, en silencio...» Nos vamos achicando.
En La transmigración de los cuerpos se evita el sexo para no contagiarse de «esa chingadera» que está acabando con el mundo. Esto significa que a base de querer salvar nuestro individual pellejo, acabamos fijo con la especie entera. Pero un momento, ¿no es eso lo que ya nos está pasando? Porque hace menos de dos meses vi en las noticias que la gente de Pekín no podía salir a la calle sin morir de algo tan cotidiano como respirar el aire, valga el pleonasmo.Todo por tener nuestros cachivaches bien baratos, ¿no? No sé, pero lo mismo sí.
La historia, mínima, es una inversión temporal de la de Romeo y Julieta: aquí se llaman Romeo y la Muñe. Mueren casi al principio y pertenecen a familias enemigas que son —para rizar el rizo— la misma familia. El Alfaqueque, protagonista de la novela y quien nos da la perspectiva de todo lo que pasa, es una especie de pacificador no oficial, que se gana la vida "transando" en conflictos, evitando que la gente se mate a tiros más de lo que ya lo hace. Él es quien media entre las dos familias. Lo suyo es hablar, ablandar, convencer, hacer bajar los ánimos encendidos. El texto es posmoderno a rabiar, pero no da rabia: es como si le dieras una cámara doméstica de vídeo a Benvolio, ese personaje de Shakespeare que trata de evitar la gresca entre Capuletos y Montescos, y él se dedicara a filmar el montaje de la obra en los entretiempos, desde los camerinos, cuando todos están muy cansados y quejumbrosos. Se ve diferente, claro: se ve que todos los personajes morirán al final de lo mismo que Romeo y Julieta, y no es de amor.
El Alfaqueque nos da el tono: se gana la vida evitando la violencia pero justamente gracias a ella. Necesita la violencia estructural para hacer sus trabajos de coyuntura. Está atrapado en su papel. Testimonia un fragmento del final de nuestro paso como especie sobre este hermoso globo, y se lo pasa evitando muertes y buscando un condón. Tal vez nosotros, comprando gadgets y criando chepa para mirarlos cuando caminamos solos y arriba y a abajo, también estemos alimentado al bichote estructural para (mal)vivir entre sus rendijas.

lunes, agosto 31, 2009

Temporada de caza para el león negro, Tryno Maldonado

Anagrama, Barcelona, 2009. 125 pp. 14 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Tengo cierta tendencia a personalizar demasiado las críticas que me permiten colgar en este permisivo blog, soy consciente de ello, pero ¿qué quieren? A veces da información relevante, o si acaso curiosa, al lector. Pueden lapidarme cuando quieran, sin embargo.
A Tryno le conozco desde hace unos cuantos años, cuando andaba investigando por puro ocio la joven narrativa latinoamericana, no la que estaba llegando a España sino la que aún no lo había hecho pero sospechaba que tendría que hacerlo más tarde o más temprano. Le descubrí en una página web en la que había colgado algunos relatos, donde conseguí su e-mail y trabamos un contacto intermitente. En esos momentos yo colaboraba como lector en una editorial de Madrid y propuse que leyesen un libro de relatos que había armado recientemente. El libro no fue aceptado, pero apareció poco después en su país, México, y tuvo un notable éxito entre los escritores de allí. A esa su primera publicación le siguió una novela, Viena roja, publicada ya con mayor respaldo en Joaquín Mortiz, que parece tuvo aún más fortuna (y de la que sólo he leído un fragmento que me pasó su autor poco antes de que nuestra comunicación, por cosas de la vida, se interrumpiera bruscamente; el libro no encontré ni encuentro manera de hacerme con él desde España). Después de eso, he aquí que al cabo de los años me lo encuentro como mención de honor en el premio Herralde 2008. Eso y mucho más se merece, sin duda.
Antes que nada, al adentrarme en su nueva novela me percato de que el estilo de Tryno ha dado un giro de 180 grados. Me explico: aquel primer libro suyo, titulado Temas y variaciones, contenía los textos más borgeanos y barrocos que me he echado a la cara, hasta tal punto que entendí que la editorial a la que lo presenté no lo aceptase (no era precisamente digerible para el gran público, que es la bestia a la que se supone un escritor novel debe alimentar con su primera entrega). Sin embargo, cuando salió en México fue arropado por la intelectualidad creadora, y es que era allí donde debía encontrar su lugar, lo que permitió que sus horizontes se ampliasen y madurase más convenientemente, perdiendo esas huellas demasiado claras de los autores y temas que adoraba y adora (el mencionado Borges, Haruki Murakami, la música clásica del siglo XX, el heavy metal…). Sin duda, en este tiempo ha absorbido mil y una tendencias y se ha convertido en un auténtico camaleón, porque Temporada de caza para el león negro no tiene nada que ver con aquellos textos, lo que lo convierte en un ejercicio de versatilidad narrativa notable.
Entrando en materia, en Temporada… somos testigos mudos de la confesión de un amante innominado, entrecortada en noventa y nueve capítulos cortos (algunos de dos o tres frases, otros repetidos de improviso), en los que nos pinta a Golo, la fallecida joven promesa del arte mexicano, mediante recuentos de gustos frívolos y anécdotas la mayor parte de las veces oscuras o banales, desvelándonos cómo un completo desconocido, niño bien con una pátina de suciedad, pintor por casualidad en los brevísimos periodos en los que se permite dejar a un lado su ansía de droga y sexo, rodeado de hijos de familias adineradas haciéndose los desastrados para jugar mejor al negocio del arte, pasa a convertirse en una de las estrellas más cotizadas del mundillo a nivel internacional. Todo esto lo hace el narrador-amante con concisión, cierta frialdad, cierta sequedad, pero permitiendo adivinar un deje de ironía en ocasiones, como si lo que contase no fuese con él (deja caer incluso que su homosexualidad pueda ser sólo una pose más).
La novela se convierte así en un cambio de perspectiva sobre el genio maldito, el enfant terrible, en este caso creado en vida precisamente por haber sido comprendido (suponiendo que haya algo que entender en su obra), es decir, se trata de un producto, un genio artificial, pura imagen que nada llegar a ofrecer. Esta biografía sui generis deja en carne viva el imperio de la apariencia y la estupidez y vanidad tanto de artistas como de críticos, pero también el consumismo feroz que nos atenaza, personificado en un Golo obsesionado no sólo por el sexo sino también por las películas, la comida basura y las revistas del corazón, y que, como muestra de que esta nueva religión puede crear nuevos dioses al antojo del creyente gracias a la mitificación de objetos, viste siempre, hasta dormido, sus inseparables zapatillas Converse. Como resultado nos damos cuenta de que su vida de artista no fue para él más que otra atracción de feria, otra montaña rusa en la que montarse por la eternidad. Un espectáculo al que admiradores, amantes y lectores asistimos con una mezcla de culpabilidad y deleite mientras el verdadero Golo permanece invisible, ignorado por propia voluntad, riendo o llorando en cualquier otro lugar que no sean estas páginas.