lunes, febrero 08, 2016

El ojo oye, Paul Claudel


Trad. Juan Ramón Ortega Ugena. Vaso Roto, Madrid, 2015. 256 pp. 15 €

Fermín Herrero

Los interiores de la pintura holandesa, esas estancias de recogimiento, de quietud, esas escenas íntimas donde anidan lo durativo y el silencio, el alma según Paul Claudel, congregan en sus matices de luz, de claroscuros, un algo profundo, decisivo a mi juicio en la configuración de la estética occidental que más admiro, la que eleva el instante, además cotidiano, a una categoría trascendente que nos excede. De hecho, algunos cuadros de Vermeer y Pieter de Hooch, sobre todo, pero también de Viel, Maes y tantos otros, diríase que habitan verdaderamente dentro de nosotros, de nuestro espíritu, tan amenazado en el tiempo a este respecto inclemente, sin abrigo, que nos ha tocado vivir.
Para quienes amen la gracia secreta de la pintura flamenca, su delicado candor, y hayan pasado, en consecuencia, demoradas horas de contemplación extasiada, preferentemente en el Rijksmuseum de Amsterdam, aunque también en el Prado o en el Louvre, los ensayos pictóricos, más bien disertaciones, reunidos originalmente por P. Claudel en 1946 y que ahora presenta Vaso Roto en nuestro idioma, en una de sus acostumbradas ediciones, limpia y cuidada en extremo, con ilustraciones a color en el quicio del texto, bajo el sinestésico título El ojo oye, son una gozada en todos los órdenes. El más largo, el inicial, precisamente “Introducción a la pintura holandesa” es una inmersión en lo que denomina “conjunto encantado” gracias a “la magia bátava”, recorre todas las manifestaciones pictóricas de este estilo y lo coteja con la escuela italiana hasta desembocar en los bodegones o naturalezas muertas y en el soberbio cuadro Ronda de noche de Rembrandt.
El diplomático Claudel, cuya «capacidad intelectual se vertió en el ensalzamiento religioso, con un toque finisecular», tal y como sintetiza el traductor y prologuista Juan Ramón Ortega Ugena que, por cierto, cita acertadamente a Sthendal: «La pintura no es más que la moral en forma plástica», definición que serviría como lema guía al volumen en su totalidad, es dueño de una prosa desasosegante, pero muy atractiva por lo desusado, propensa al meandro de pensamiento y al matiz, siempre con pujos poéticos que le proporcionan tersura y ductilidad. Para quienes como a mí les seduzca su dicción sinuosa, digresiva, trufada de lo reflexivo y lo espiritual, el libro es un festín.
Los ensayos, escritos a partir de los sesenta y cinco años del autor, lo que es garantía añadida de conocimiento bien asentado, se ordenan cronológicamente y van desgranando sus impresiones al examinar telas, pero también catedrales como la de Estrasburgo, obras musicales –divagaciones dedicadas a Arthur Honegger-, objetos artísticos, etc, en relación con pensamientos propios, reflejos literarios, acontecimientos históricos o vivencias de viajero, vertidos en exposiciones minuciosas que, desde lo espacial, consiguen una lectura durativa, tanto mejor cuanto más se sale de lo meramente descriptivo, del “ut pictura poesis”, para ir más allá.
A quien esto firma le ha interesado especialmente su detallado análisis de la pintura flamenca, en particular de los paisajes, en los que Claudel ve, con acierto, creo, “temas de contemplación” y “fuentes de silencio”, pero el lector atento tiene mucho donde elegir. A seguido, en el otro estudio largo, se acerca a nuestra pintura a raíz de una exposición de fondos, salvados de la amenaza de la Guerra Civil, en el Museo de Arte e Historia de Ginebra. Un gozoso paseo por Velázquez, Goya o el Greco, con especial atención a los retratos y a los enormes tapices marianos que Carlos V se llevó a su retiro en Yuste.
Y, luego, un surtido de lo más sabroso: las vidrieras de las catedrales francesas de la Alta Edad Media, de cuando las cruzadas; el motivo artístico del camino; las piedras preciosas, en especial la perla; el Museo de Anatomía Comparada; los jarrones chinos; exégesis, podríamos decir lecturas, de la composición y el sentido en pinturas de Jordaens, Fragonard, Watteau, Steen o Rubens… Para Claudel «la pintura detiene al sol». De cuando en cuando le atiza duro a buena parte del arte contemporáneo, «que no tiene nada que decir». Y, como en muchas otras apreciaciones, con razón.