miércoles, febrero 10, 2016

El comensal, Gabriela Ybarra


Caballo de Troya, Barcelona, 2015. 176 pp. 15,90 €

Cecilia Frías

Mostrar la muerte y el duelo sin enfangarse en el drama no es asunto sencillo. Máxime cuando el que escribe ha sido a su vez protagonista de los hechos −y lo hemos visto en novelas recientes como El jardín de la memoria de Lea Vélez o La hora violeta de Sergio del Molino. En esta misma tendencia podríamos enmarcar la ópera prima de Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983), un libro que se ha ganado el reconocimiento de crítica y público al hermanar dos acontecimientos que marcaron su historia familiar: el asesinato de su abuelo, el empresario vasco Javier de Ybarra, a manos de ETA en 1977 y la muerte temprana de su madre por causa del cáncer. Del suceso histórico a la experiencia de lo íntimo. De la pérdida conocida a través de terceros a la vivida en primera persona.
La joven autora arranca con fuerza al recrear la mañana del secuestro en la casa familiar a partir de los testimonios de su padre, imágenes de Google y recortes de periódicos que va filtrando para que el lector tome conciencia de la honestidad de sus fuentes. Se generan de esta manera, dos niveles de discurso que atrapan por igual nuestro interés al relatar tanto la irrupción de los terroristas en aquel espacio doméstico de Neguri, como el propio itinerario de escritura. Tanto el hecho real novelado como un texto algo más cercano a la crónica. Pero en ambos registros asombra la sencillez de la prosa –sencillez que le fue inculcada desde bien pequeña−, como si Ybarra necesitara alejar el punto de vista para tomar distancia de los acontecimientos y poder así comprenderlos. Descubrir que los silencios familiares no han sido más que una forma de neutralizar las situaciones dolorosas.
Buscar en internet las fotos de los etarras y aceptar que pueden ser tan humanos como cualquiera. Sin embargo, el enfoque se acerca durante la segunda parte de la obra –la que tiene mayor desarrollo− al ocuparse de asuntos que tocan bien de cerca a la escritora. «El tedio de la enfermedad llamó al tedio de la espera del secuestro» explica al ahondar sobre los porqués que enlazaron estas dos pérdidas. Un tedio contado con hondura, sin estridencias. Retratado de manera intermitente, avanzando y retrocediendo según lo va dictando la memoria. Así pues, veremos a la autora viajar de los meses más lejanos en Nueva York mientras su madre recibía tratamiento, a un presente narrativo en el que debe lidiar con la ausencia, con los aniversarios en los que repite ritualmente caminos ya recorridos para recuperarla de algún modo. Recuerdos, sueños que le devuelven la imagen materna, escenas de hospital en las que se llama a la muerte por su nombre, o se aprecia sin veladuras el rápido deterioro del cuerpo. Momentos de dolor en los que la emoción parece bloqueada para irrumpir poco después, cuando ya no te la esperas.
Probablemente no haya nada más natural que la muerte y filtrarla a través de la escritura puede ser en algún modo terapéutico. Pues no se trata solamente de asumir el vacío, sino de ver las huellas que esas ausencias han dejado en la propia narradora, de constatar la presencia de ese comensal que en cada comida familiar «proyecta su sombra sobre la mesa y borra a alguno de los presentes».