viernes, noviembre 20, 2015

Caminar, William Hazlitt y Robert Louis Stevenson


Trad. Enrique Maldonado Roldán. Prol. Juan Marqués. Nórdica, Madrid, 2015. 84 pp. 9,95 €

Ignacio Sanz

Hace Juan Marqués unas reflexiones curiosas en su prólogo señalando la paradoja de la avalancha de libros que se vienen publicando sobre la bondad de las caminatas, cuando la lectura nos quiere mansos y sedentarios. Porque, en efecto, nunca se había publicado tanto libro para exaltar a los caminos y a los caminantes. Y distingue entre pasear y caminar. «El que pasea da vueltas y vuelve a casa a las pocas horas; el que camina no sabe dónde va y no ha encontrado un hogar definitivo». «Pasear es un rito civil, y caminar es un acto animal». En realidad el prólogo de Marqués es algo más que un prólogo, funciona como un tercer texto reflexivo por más que para justificar su presencia en un librito que se lee como un suspiro, aluda a los dos autores que le siguen.
Las excursiones a pie de Hazlitt reivindica, sobre todo, la soledad del caminante. Y lo hace de manera alambicada, exaltándose incluso. Hay que caminar solo, nos dice, cómo puede alguien emprender una caminata seria con una persona al lado. Qué flaqueza es ésa. Habráse visto. Caminar nos ayuda a pensar. Y entonces especula sobre las características de los caminantes que pueden arruinarnos el camino. No, mejor abstenerse de un compañero, de una compañera que ni va a acompasar sus pasos con los nuestros y encima nos va a sacar un tema de conversación frívolo. No conocía a Hazlitt por más que luego, en el ensayo del escocés, sepamos de la admiración que le profesaba. Su estilo recuerda a Oscar Wilde más provocativo y deslumbrante, aunque a veces resulte un poco hueco. No deja de ser curioso, pese a todo, la naturaleza de las preocupaciones estéticas de estos eruditos ilustrados.
Respecto al texto Caminatas de Stevenson, aquí sí, el estilo es natural, como si estuviera caminando a nuestro lado y nos fuera hablando amigablemente, con reflexiones profundas, pero sin desgarros innecesarios. «Aquel que verdaderamente pertenece a la hermandad caminante no pasea a la búsqueda de los pintoresco, sino de ciertos agradables estados de ánimo». Es maravilloso Stevenson aunque coincide con Hazlitt en que una excursión a pie debe hacerse en solitario. Pero alejado de dogmatismo. Se desprende una alegría de las reflexiones como si las hubiera escrito un cabritillo trotón e inteligente: «Y lo mismo diría yo de un moderno hombre de negocios: puede uno hacer cuanto quiera por él, llevarlo al Edén, darle a probar el elixir de la vida…; todavía tendrá una grieta en el corazón: mantendrá sus hábitos empresariales. Pues bien, no existe otro momento en el que estos hábitos se vean más mitigados que en una excursión a pie. Y así, durante esas paradas en el camino, como decía, uno se siente casi libre.»
Estamos, pues, ante un libro ligero, leve, como diría Italo Calvino, compuesto de dos ensayos que nos invitan a perdernos, no en esas marchas multitudinarias que tanto se estilan en nuestros días, marchas que imagino murmulleantes, sino a perdernos por los caminos solitarios de los campos que rodean nuestro pueblo, nuestra pequeña ciudad, incluso a perdernos dentro de la ciudad, pero siempre, siempre en solitario.