miércoles, noviembre 18, 2015

Lo que dijo Harriet, Beryl Bainbridge


Trad. Alicia Frieyro. Impedimenta, Madrid, 2015. 240 pp. 19,95 €

Cecilia Frías

Las niñas malas han alimentado grandes páginas de la literatura y resultan especialmente atractivas tanto si encontramos cierta justificación en la crueldad de sus actos –quién puede olvidar a la vengativa protagonista de Nemirovski en El baile−, como si la maldad les nace gratuita e injustificada. En cualquier caso, parece que hay escritores cuya sensibilidad se afina a la hora de perfilar las aristas de estos personajes. Autores que, como Bainbridge (Liverpool, 1932), han vivido en carne propia la mirada reprobatoria de la sociedad cuando fue expulsada de la escuela por tener unos “poemillas sucios” en el bolsillo, que saben lo que es precipitarse en el abismo como aquel día en que metió la cabeza en un horno de gas, aunque pasado el temporal se excusara alegando que “cuando una es joven tiene esos altibajos”. Por ello resulta elocuente que en esta primera novela se dejara seducir por el brutal caso Parker-Hulme cuando dos chicas asesinaron a la madre de una de ellas destrozándole la cabeza a ladrillazos para evitar que las separaran. Paradójicamente nunca más se encontraron y una de ellas se convertiría con los años en la conocida escritora de novela negra Anne Perry.
Aunque se escribió en 1967, Lo que dijo Harriet hubo de esperar unos cuantos años para que algún editor atrevido venciera los prejuicios de lo políticamente correcto y sacara a la luz una novela que hurga en los recovecos más oscuros de dos amigas que deciden seducir al Zar –un hombre maduro y deprimido por un matrimonio de años sin amor− para tener algo interesante que escribir en su diario. Todo sucede durante el verano en su tedioso pueblo de la costa inglesa. De entrada el lector siente cómo sus sentidos se ponen alerta al conocer por boca de la narradora –una de las niñas de la que no conocemos ni el nombre, pero a través de la cual se filtran todos los acontecimientos-, que Harriet y ella han hecho algo terrible por lo que deben huir y mentir ante sus padres para que la culpa no les salpique. A partir de esta inquietante escena que queda en suspenso iremos descubriendo los orígenes de la historia, cuando la narradora vuelve a casa para pasar las vacaciones lejos del internado y se reencuentra con su amiga, esa que lleva años amando –palabras de admiración que no escapan al erotismo ni al despertar sexual de la niña− y de la que se sabe absolutamente dependiente. Juntas tratan de entretener los aburridos días de agosto y, al dictado de Harriet, alimentan su diario con las vidas de prestado que se dedican a espiar. Por eso no es de extrañar que cuando la narradora revele su interés por el Zar, la retorcida mente de su amiga se dispare ante el posible rival y trate de aprovechar las debilidades de este hombre decadente, que poco a poco se va enganchando a la compañía de las jóvenes con la esperanza vana de recuperar los años perdidos. De esta manera, Bainbridge va dibujando a través de Harriet un personaje fascinante que manipula y mueve con maestría los hilos de todo su entorno, incapaz para el afecto y cruel hasta el extremo cada vez que no se sale con la suya, gelidez que brilla aún más frente a las inseguridades de la acomplejada narradora y la emoción a flor de piel del galán marchito. La narración, pues, se va tensando hasta que esta suerte de triángulo enfermizo se hace añicos el día en que el Zar desenmascara la maldad de Harriet y su amiga demuestra cierta autonomía tras su anodino encuentro sexual con él en la playa. La niña perversa vuelve entonces a tomar las riendas para darle una lección de humildad al Zar, un castigo tan “diminuto y devastador como un insecto” y logra clavarle a su amiga el aguijón del desprecio precipitando la acción hacia el trágico desenlace.
El contraste entre unos acontecimientos que dejan al aire la parte más sombría del alma humana y una prosa que oscila de lo lírico a lo intimista resultan un aliciente más para sumergirnos en esta novela imprescindible de la literatura inglesa del XX que encumbró a la autora como “tesoro nacional”, y que Impedimenta ha recuperado para disfrute de todo lector inquieto.