jueves, junio 23, 2011

Manifiesto, David Mamet

Trad. Ramón Buenaventura. Seix Barral, Barcelona, 2011. 174 páginas. 17 €

Care Santos

La lectura de David Mamet siempre me provoca dos estupendos efectos secundarios. Por un lado, corro a conocer las obras, sean textos teatrales o películas, que él cita como imprescindibles y que aún no he visto. Por otro, necesito -sin exagerar: necesito- volver a ver sus películas. Después de muchos años de fidelidad a este estadounidense listo y díscolo, sé muy bien que su cine -como su teatro- siempre me sorprende. Y sé también que siguiendo sus consejos he conocido algunos textos teatrales y algunas películas portentosos, de los que te cambian para siempre.
David Mamet no falla nunca. Su talento se desborda incluso cuando echa mano de conceptos de su biblia personal, tan trillados y archisabidos para él como para sus seguidores. Con la única excepción de su labor como novelista, que me parece menos destacable, este hombre es un portento en todo lo que aborda. Desde luego, lo es en la escritura dramática, terreno en el que es un nombre de referencia mundial. Para aquellos que aún no le conozcan, es el autor del guión de El cartero siempre llama dos veces (en su remake de 1981) o de Los Intocables, así como el autor de maravillas como La trama, El caso Winslow o State and Main, acaso la comedia más divertida que he visto jamás de "cine dentro del cine" (bueno, salvando Cantando bajo la lluvia, pero sólo por romanticismo). Y por lo que respecta a su obra dramática, sólo hay que nombrar títulos como American Buffalo, Glenngarry Glen Rose o Edmond para tener claro de qué división estamos hablando.
Pues bien. Además de todo esto, Mamet es un excelente teórico de la ficción. No importa que se trate de cine, narrativa o teatro, porque su punto de vista siempre es fascinante. No sólo para los creadores, pienso, pero sobre todo para los creadores. Su obra es ya ta extensa como imprescindible, desde sus libros más o menos misceláneos, como Escrito en restaurantes (Versal, 1991) hasta sus incursiones más directas en el género teatral, como el excelente Los tres usos del cuchillo. Sobre la naturaleza y la función del drama, (Alba, 2001) o sus reflexiones más autobiográficas, al hilo de su relación con el estado de New Hampshire, en Al Sur del Edén (RBA, 2002) o su imprescindible Bambi contra Godzilla (Alba, 2008). En la misma línea de este último debe inscribirse este Manifiesto. Se trata de un Mamet maduro, con poco -o nada- que perder, que se atreve a descabezar mitos y a poner puntos sobre las íes. Se adivina, además, que su poder es tal dentro del propio stablishment teatral que ya puede permitirse ejercer la crítica despiadada desde la misma entraña del monstruo. A pesar de eso, y de la gracia que pueda tener ver a uno de los nombres más conocidos de la escena estadounidense cargando contra instituciones como Broadway, los espectadores de abono o el método Stanislavski, mucho más interesante aún es él mismo: su solidez como creador, la inteligencia de sus contundentes afirmaciones.
Quiero puntualizar que, a pesar del grandilocuente nombre de esta edición española, en inglés el libro se titula, simplemente Theatre, Teatro. En él, Mamet repasa todos los aspectos del género dramático, desde el papel del dramaturgo al del actor, la perniciosa influencia que las subvenciones ejercen sobre cualquier montaje, los métodos de trabajo -es divertidísima su arremetida contra todos los sacrosantos varones del método, desde Stanislavski a Brecht pasando por Artaud-, la desaparición de la figura del director en beneficio de la aparición del gerente o el auge y caída de los proyectos independientes. Así, el lector conocedor de la teoría de la actuación no podrá evitar soltar una carcajada nerviosa al leer que los libros de Stanislavski -tres, canónicos entre la gente del oficio durante generaciones- no son más que "un revuelto de vómitos inútiles" (p. 159). Carga también contra lo que él llama "la depredación directorial" y cita a Stanislavski, precisamente, para criticar a los directores que se las dan de grandes creadores a costa de alterar y sacrificar los textos: "El director que tiene que hacer algo interesante con el texto es que no lo ha entendido", dice.
También da un buen puñado de excelentes consejos para los dramaturgos incipientes. Hay que escuchar al público -ese "maestro silencioso"- observarle, tratar de entenderle, ser humilde, huir de la intelectualización excesiva (que él asimila, con cierto, a los prejuicios) y, sobre todo, aprender a construir un argumento poderoso, capaz de lograr que el espectador se pregunte, en todo momento, qué ocurrirá después. En palabras de Mamet: "¿Qué debe hacer el escritor teatral contemporáneo? Aprender a escribir una trama. ¿Cómo se hace? Escribiendo, corrigiendo, escenificando, corrigiendo y volviendo a empezar. Buena suerte".