lunes, junio 27, 2011

Lecturas y lugares, José Luis García Martín

Traspiés, Granada, 2011. 64 pp. 10 €

Ángeles Prieto

Quizá porque la mismísima vida puede reducirse a un constante “ir a” o “venir de”, el lector debería acoger esta intensa, deliciosa y fulgurante joyita con filosofía y cariño. Pues alberga catorce destellos literarios, fulgores de nuestra propia memoria viajera, y también sedentaria, a través de distintas ciudades universales, con sus poetas, palabras y semblanzas. Es decir, nos encontramos con un libro íntimo que nos habla de lo que somos, de nosotros mismos. O más atinadamente, de lo que sabiamente alcanzamos a ser a partir de cierta edad, en la que ya sólo nos redimen los viajes y el recuerdo de los amores perdidos.
Y así, desfilan por sus páginas y fotografías, siempre hermosas y románticas, Venecia, Nueva York, Roma, Coimbra, Nápoles, Ginebra, Lisboa, Livorno o Santander junto con historias, poco conocidas, de aquellos personajes que las habitaron y las dotaron de sentido: Leopardi, Henry James, Shelley, Eça de Queirós, Nietzsche, Axel Munthe, Pessoa o Thomas Mann, en un festín de la palabra y de la memoria contra el olvido y la muerte. Dama a la que no se excluye del libro y que pasea subrepticia por algunas de sus páginas, montada en otra barca.
Porque mantener el corazón sano, fuerte y alegre, secreto para la felicidad que este libro guarda, exige cumplir con algunos requisitos de disciplina y frugalidad, esos que nos enseñan a vivir muy lejos de vanidades y ambiciones, disfrutando de los pequeños placeres que, al fin y a la postre, son los que dotan de sentido verdadero y explicación, a la existencia. Así, Axel Munthe paseando por el hermoso jardín del Cementerio Acatólico, Luis Moure-Mariño ante el roble grande de Basán o Nietzsche llorando de emoción al escuchar música sobre el puente de Rialto, logran encontrarse a sí mismos.
Todo ello (y si no lo digo, reviento), expresado mediante una prosa elegante, culta, fluida y espléndida, con frases largas o cortas pero siempre libre de ripios, exabruptos, salidas de banco, ínfulas, pedanterías, metáforas comunes y errores sintácticos o gramaticales, que incluso sorprenderá al lector más exigente porque bien complicado resulta encontrar ahora una calidad literaria como la que luce esta pequeña obra, en una mesa repleta de novedades: con verdadero equilibrio y profundidad entre fondo y forma.
Un libro provechoso, extraordinariamente intenso pese a la brevedad de sus evocaciones, y con notable capacidad de síntesis, que ni mucho menos puede leerse tan sólo una vez por su contenido, ni tampoco dejar olvidado en el asiento de un autobús por su belleza, quizá porque el Ulises que García Martín en esta obra representa somos todos: “Me gustaría vivir en el mar, estar siempre de paso. Tocar puerto al amanecer, partir a la puesta de sol. Que la mayor parte de mis días transcurran lejos de todo, en medio del océano, a merced del viento, los caprichos del motor, el temporal imprevisto…. Me gustaría vivir en el mar, estar siempre de paso. Pero de sobra sé que no hace falta vivir en el mar para estar siempre de paso”, nos señala con orden y precisión el narrador, viajero y sobre todo, poeta.
Y como todo gran poeta, cerrará gloriosamente su canto con el regreso a Ítaca, su lugar de origen representado en un sólido arco de cuatro pilares que, desde tiempos romanos, acompaña al río Ambroz, el de su propia infancia en Aldeanueva del Camino, Cáceres, convirtiéndolo así en ciudadano romano, en ciudadano del mundo. En el viajero infatigable que hoy es y que sabe que Ítaca es el punto de partida y de llegada, mientras la vida se nos descubre y se nos escurre en el camino.