viernes, octubre 22, 2010

Obras (Tomo I): El uruguayo, La vida es un tango, La Internacional Argentina, Río de la Plata, Copi

Anagrama, Barcelona, 2010. 368 pp. 19,50 €

Martí Sales

Cuarenta años después de su fundación Anagrama sigue conservando intacto su nervio creativo. Sir Jordi Herralde se ha sacado de la manga una nueva colección, en tono burdeos, llamada Otra vuelta de tuerca, como la célebre novela de Henry James. En ella se recupera obra del impresionante fondo literario de la editorial, básicamente libros fuera de circulación, cuyas ediciones estaban agotadas desde hace tiempo, o bien recopilaciones de novelas con un ligazón común (por ejemplo, la obra digamos autobiográfica de Thomas Bernhard en un solo volumen).
En esta ocasión estamos de enhorabuena porque el recuperado es un outsider de tomo y lomo: Copi, argentino parisien, dibujante de cómics, actor y escritor de obras de teatro y novelas. Anagrama lo había publicado en los ochenta y hacía mucho tiempo que aquellas ediciones no se encontraban. Quienes tuvimos la suerte de tropezar con alguno de sus libros, quedamos inmediatamente y perennemente enganchados a su delirante imaginario y trepidante ritmo narrativo. Pero teníamos un gran problema: ¡no podíamos recomendarlo a nuestros amigos de mente desencajada porque no había manera de poder acceder a ellos! Solucionado el percal, vamos a por el panegírico más sincero y sentido.
Cuando digo delirante imaginario quiero decir: escritores que matan a sus editores en saunas gays de París por no llegar a tiempo al plazo de entrega, familias disfuncionales que follan todos con todos en la sala de reuniones del periódico más importante de Buenos Aires durante la Segunda Guerra Mundial con la cabeza del jefe de redacción que se acaba de suicidar lanzándose a la rotativa encima de la mesa, complots internacionales de multimillonarios de la Pampa para destronar al presidente de la República Argentina, montones de cocaína y travestis, divas, maricas, alcohol, sexo y mutilaciones, amor y lujo, pollas inmensas y demencia a raudales —para resumir.
Cuando digo trepidante ritmo narrativo quiero decir que Copi delira pero no se anda por las ramas: no se pierde. Su estilo es como una bala, como si te subieras a una bala quiero decir, una bala zigzagueante que no se para nunca, que se tambalea con tus risas constantes, que se balancea cuando te mareas de tanta carnicería y velocidad, que atraviesa y mata y seduce y tira, y tira, y tira. Abran el libro, empiecen una de sus nouvelles y... 1, 2, 3, ¡ya está! Agárrense. Déjense llevar y despéinense. Torbellino Copi. Desquiciante Copi. Desopilante Copi. Maravilloso Copi. Ahora que ya vuelve a estar en las librerías, aprovéchenlo: se lo pasarán pipa.

jueves, octubre 21, 2010

Almas muertas, Nicolai Gogol

Edición y Traducción: Pedro Piedras Monroy. Akal, Madrid, 2009. 582 pp. 39 €

José Manuel de la Huerga

En una inmensa mayoría de veces, el lector sonámbulo que soy, que exige llevarse a la boca algunas veces lo primero que pilla, repara poco en el apartado del traductor. Esta vez el destino me ha llevado a conocer personalmente a Pedro Piedras, lo que inevitablemente me ha condenado a hacer una lectura muy diferente de estas Almas muertas de Gogol que si el nombre del traductor no significara nada para mí. Sé que esta obra maestra de Gogol le ha llevado buena parte de diez años de su carrera de traductor y que en buena medida ha sido en sí misma aprendizaje en la aspereza del trasvase de mundos y consolidación de un quehacer para el que efectivamente esta más que capacitado. El traductor vive, camina, trabaja, suda y sueña con su obra, incluso cuando no está directamente sobre ella. Podríamos escribir exactamente lo mismo del escritor. Quiero con ello dejar constancia del peso vital que supone el trabajo de la traducción. El traductor obsesivo llega a encontrar paralelismos entre la obra que tiene entre manos y acontecimientos de su propia existencia, tal es el grado de ensimismamiento y terquedad en la empresa. Se refleja tanto en ella, se asoma tanto a ella que acaba pareciéndose tanto como el perro y el dueño. No hace mucho he leído de la labor traductora del poeta Luis Javier Moreno: «Algunos de los mejores poemas que un poeta ha escrito, son (a veces) los poemas que de otros poetas ha traducido.» Me consta que Pedro Piedras no es narrador ni poeta (al menos no de manera pública), pero sé que su amor a la literatura y a su materia prima le obliga a buscar en cada uno de sus trabajos de traducción la excelencia del mejor lenguaje, ese que traicione lo menos posible no sólo al espíritu del texto sino a su carne misma.
Creo que las Almas muertas de Gogol están de enhorabuena en castellano. Desconozco otras traducciones anteriores, seguramente muy meritorias, pero ésta de Piedras es obra de arte por varias razones. Apuntaré algunas. La primera, su excelente introducción. El neófito en literatura eslava y en Gogol que soy, se sintió desde el primer momento acompañado y asesorado sobre el mundo de Gogol y Puskin, sobre la Rusia de la segunda mitad del XIX, sobre el supuesto realismo y paternidad del realismo que son estas Almas muertas para la gran literatura que vendrá después, sobre el mundo interior exigente y torturado del autor, sobre su relación con la censura… y todo expuesto de manera didáctica, sin renunciar en ningún momento a la calidad y a la erudición. La segunda, porque esa voz del narrador, atormentada, hiriente, retorcida, insegura y a un tiempo brillante, divertida y crítica que el traductor anunciaba en su introducción (hablaba de la complejidad de trasvasar al castellano una voz que por momentos se desparrama, que fluye a borbotones, que se demora, que salta y no vuelve, o vuelve mucho más adelante del discurso) está ahí, la he oído. He oído con nitidez asombrosa al Chichikov protagonista subido en su carruaje tirado por tres caballos, por los caminos de la Rusia rural, perdida del mundo, en la antesala del infierno de muchos que no encontraron un segundo de bondad o de dulzura en este valle de lágrimas. Le he visto negociar con los terratenientes de medio pelo la compra de almas de campesinos muertos para un asunto que se trae entre manos el protagonista y que tendrá al lector en vilo hasta las últimas páginas. He oído el poema que dijo el propio autor que era esta obra, más allá de una simple novela. Por eso la emparentamos sin miedo con una Divina Comedia que cuenta almas, que lleva el censo de almas de un lado a otro de los mundos. Y en tercer lugar es una obra imprescindible por completa y rigurosa. Es la primera vez que en castellano se reúne la versión digamos que canónica de Almas muertas con tres apéndices muy ilustrativos. Son las dos versiones inconclusas de intento de segunda parte, más la versión que entregó a la censura del relato final del capitán Kopieikin. Comparar al primer Gogol con el segundo dejará sorprendido a más de un lector. El efecto de la religión y de los guías espirituales hace verdaderos estragos en el universo del creador. Pero Gogol nos había dejado una excelente primera parte que lo emparenta, por la magna obra imposible de completar, inconclusa, con el padre de la narrativa moderna, ni más ni menos que Kafka. La sensación de estar sobrevolando siempre sobre el relato, escrito en hilvanes ya desde la primera descripción del protagonista, de sentirse a un tiempo ahogado por la inmensa labor y a la vez aupado a lo más alto del conocimiento del mundo y de los personajes que habitan ese mundo, trae a Franz Kafka al interlineado de la obra de Gogol.
Ocurre demasiadas veces en la historia de la literatura y del arte en general. Olvidamos autores que no hace mucho tiempo eran capitales en el estudio, en la formación de escritores, en el conocimiento del mundo de hace apenas cien años. Pero consolémonos. Hasta cierto punto puede que así deba ser, no de otra manera redescubriríamos maravillas arrumbadas en el desván de nuestros mayores, y las releeríamos con los nuevos ojos del siglo XXI. Este trabajo es el que nos ha traído a las manos el traductor de Nicolai Gogol al español, Pedro Piedras Monroy.

miércoles, octubre 20, 2010

Blanco nocturno, Ricardo Piglia

Editorial Anagrama, Barcelona, 2010. 304 pp. 19 €

Recaredo Veredas

Afirmar el dominio de las artes narrativas de Ricardo Piglia puede parecer trivial, casi tautológico. Sin embargo vivimos tiempos marcados por la exageración y el ditirambo, en los que cualquier narración solvente consigue el rango de la maestría. En consecuencia parece necesario reiterar lo obvio. Que, pese a su veteranía, Piglia es un maestro en pleno uso de sus facultades, no un consagrado agonizante cuya reputación sobrevive gracias a los éxitos del pasado. Esto no es óbice para reconocer en él a un dinosaurio, a un autor anacrónico, propio de tiempos más épicos. No en vano convierte a la Pampa en un reflejo —autónomo, no dependiente— de la Yoknapatawpha faulkneriana: un espacio inmenso y claustrofóbico al mismo tiempo, en el que conviven traiciones y fulgores dignos de los Snopes o los Compson. La cercanía del maestro del gótico sureño no solo se percibe en la altivez de sus señores feudales y la perversión de sus incestuosas damas, también en el uso de unas cursivas perseverantes que narran lo más oscuro que transcurre en las conciencias de los protagonistas. Blanco nocturno, por lo tanto, es una reivindicación de la pureza literaria, definida por un lenguaje fuerte, que no esconde su elaboración, emplazado en el límite justo de la soberbia. Una frontera que, afortunadamente, no termina de cruzar. No ocurre porque las palabras quedan al servicio de una certeza: «No hay que tratar de explicar lo que pasó. Solo hay que hacerlo comprensible». Una pelea, casi siempre culminada con el fracaso, que todo escritor debe intentar.
Su narrador actúa con esa libertad que solo pueden permitirse autores muy curtidos, una autonomía que en otros degeneraría en el ridículo y que le permite combinar la omnisciencia y la subjetividad, trazar con firmeza las fronteras de su mundo y el libre albedrío de sus pobladores: «Todo el pueblo colaboraba en ajustar y mejorar las versiones. Habían cambiado los motivos y los puntos de vista, pero no el personaje; tampoco habían cambiado los acontecimientos, sólo el modo de mirarlos. No había hechos nuevos, solo otras interpretaciones». Cuando así lo quiere desciende a pie de tierra y recoge los rumores del pueblo, la debilidad de cualquier hipótesis y, cuando lo desea, se eleva y narra guerras lejanas o conflictos científicos.
Como parece obvio, Blanco nocturno no es solo la historia de un crimen. Lentamente el género negro deriva en la narración del declive de una saga, tan desdichada como los Buddenbrook, y, acto seguido, en una apología de la locura propia de la mejor narrativa argentina. La cercanía de la demencia no quiebra el rigor de un laberinto construido en torno a la estirpe de los Belladona, de apellido venenoso, cuya lucidez y pulsión destructiva conduce a la perdición de ellos mismos y de quienes les rodean. A la postre, la resolución del enigma no posee mayor importancia que el cierre de un McGuffin porque, aunque la intriga no decaiga, la intención es otra. Una pretensión anticipada por el carácter místico —podría ser un koan— del título, cuya extraña síntesis define la luz que irradia la novela, la irremediable contradicción que implica cualquier relación humana.

martes, octubre 19, 2010

El abrigo de Pupa, Elena Ferrándiz

Thule, Barcelona, 2010. 40 páginas. 12 €

Care Santos

El miedo es uno de los sentimientos que más han contribuido a moldearnos como especie. Sin miedo no habríamos sobrevivido. Y tampoco habríamos descubierto la necesidad de huir. Hay miedos pequeños y miedos grandes. También hay miedos de personas pequeñas y miedos de personas grandes. Todos son igual de poderosos. Este libro trata sobre ellos. Más aún: trata de cómo enfrentarse al mundo sin llevarlos a cuestas. Porque, del mismo modo que nos empuja a avanzar, el miedo también puede paralizarnos.
La ilustradora y escritora gaditana Elena Ferrándiz nos cuenta la historia de Pupa, una niña que todos los días se coloca el abrigo de los miedos, que lleva desde que era pequeña, y sale con él a recorrer el mundo. Un mundo que, con ese lastre, sólo puede tener una apariencia inhóspita, de bello apocalipsis, de soledad irremediable. Pupa le teme a todo: a estar sola, a volar y a hundirse, a que la quieran y a que no, a que las cosas cambien y a que todo siga igual, a ella misma y a los demás... Sus temores son brutalmente familiares, terriblemente humanos. También son contradictorios: a menudo se presentan por parejas, en un fascinante juego de contrarios, cargado de símbolos que invitan a la reflexión y que se adentran en el terreno de la filosofía. Las ilustraciones subrayan todo eso con su enorme lirismo y completan el significado del texto con símbolos e imágenes que son historias en sí mismas. La dedicada al miedo a ser querida, por ejemplo, muestra a Pupa caminando por la tela de una araña, una de cuyas líneas maestras se prolonga en forma de registro de electrocardiograma, con un resultado visual excelente que sugiere desde el latido del corazón, la fuerza de las emociones, la posibilidad de la caída, el equilibrio que se necesita para recorrer el territorio de lo emocional sin perder pie, la fragilidad de los sentimientos, la semejanza entre amar y retener...
Los miedos de Pupa crecen hasta que el abrigo pesa demasiado. Entonces la niña decide tomar una decisión valiente y desprenderse de él. Y de pronto descubre algo fascinante. El colofón lo pone la cita de la sobrecubierta, de Lao Tse, que insiste en la poesía que impregna toda la obra: "Aquello que la oruga llama el fin del mundo, el resto del mundo lo llama mariposa".
Un álbum para volver a ser niño y para permitir que los niños se asomen un poco al mundo adulto.

lunes, octubre 18, 2010

Alfabeto de cicatrices, Ana Pérez Cañamares

Baile del Sol, Tenerife, 2010. 114 pp.10 €

Sofía Castañón

Leer a Ana Pérez Cañamares es caminar. Y no porque el ritmo de la poeta sea andante, porque el verso resulte natural, como una conversación con alguien que casi te fuerza a recoger sus frases, a apuntarlas en un cuaderno invisible pero permanente. Es caminar por el avance.
En este segundo poemario, Pérez Cañamares arma un libro cerrado, de tránsito pero con pies seguros. No por nada se estructura en tres partes, fraccionando un dicho popular: “Tropezón que das… y no te caes… camino que adelantas”. De eso habla, de los baches y de la continuación, de lo que se aprende durante el recorrido.
Con las formas y el universo que ya mostraba en La alambrada de mi boca, Pérez Cañamares habla de aquello que oscila entre la normalidad y el desorden interior. Habla de lo cotidiano para decirnos que entendemos mal esa palabra. Habla de quienes no hablan apenas. Con una voz poética personalísima —cercana sí, pero cuidada con mimo y con oficio— se fragmenta a sí misma en las mujeres que es, en las que ha sido, las que vivieron en un barrio pobre en Londres, las que aman con intensidad, las que saben que están cansadas y que han de concederse el estarlo, las que ven que el mundo está roto y no sólo quieren arreglarlo, sino decir que está roto. En el poema “Antídoto” recoge una cita de Antonio Orihuela, que es casi una poética presente en todo el libro: «escribir poemas como comprar el pan/ esperando que nutran y alimenten».
Es una voz descreída que tiene fe. Porque en ese pulso se mueve, ahí su conflicto. Una renovación de mirada, a la que el desengaño ha endurecido y esperanzado, como una terrible pero provechosa contradicción: «… llegar a casa/ y observar con alegría/ que no me falta de nada/ que me defiende la fe/ eficiente como un arma.»
Como el mundo, la poeta también se rompe, pero lo hace en esquirlas: «El problema es que voy/ quedándome afilada/ y ya no soy más/ aquella mujer/ habitable/ mullida/ blanda/ yo.” Desde ese filo, entiende el mundo del trabajo, que es el único mundo que nos dicen que existe. Y sabe que no. Así “Bueyes”, uno de los poemas más redondos del libro: “Si supieras del dolor en mi cuello/ no dudarías de que los yugos invisibles/ también pesan, y que cada día/ del trabajo a casa voy trazando surcos/ en los que no habrá de crecer cosecha.»
Visibilidad. Eso logra esta poeta en Alfabeto de cicatrices.