jueves, mayo 06, 2010

La hija de Robert Poste, Stella Gibbons

Impedimenta, Madrid, 2010. 368 pp.22,75 €

Recaredo Veredas

La intención que motivó la escritura de La Hija de Robert Poste no fue otra que ironizar, burlarse con ligereza de los melodramas rurales de la época (los primeros años del pasado siglo). Es decir, es una obra dependiente de otras. Sin embargo, como ocurre tantas veces —solo tenemos que mirar hacia la más insigne de nuestra novelas— los libros ridiculizados han pasado al olvido mientras la caricatura permanece. Ocurre así porque La hija de Robert Poste mantiene, casi 80 años después de su escritura, su capacidad para divertir con inteligencia a casi cualquier lector.
El conflicto que abre esta novela y provoca su crecimiento es bien simple: una mujer —la hija de Robert Poste— rechaza rotundamente la posibilidad de trabajar y quiere vivir de las rentas de su familia. Para conseguirlo no duda en escribir a todos sus parientes, incluso a los más lejanos. Lógicamente, ya que se trata de una comedia, recibe respuestas inesperadas e inesperada también es su decisión. El planteamiento no es delirante en absoluto: más bien podría considerarse una práctica común incluso en nuestros tiempos. Lo que sí resulta peculiar es el desparpajo de la protagonista, la soltura con que asume una situación en principio vergonzante.
La hija de Robert Poste es una buena comedia por el maravilloso uso del azar que realiza Stella Gibbons y, sobre todo, por la seriedad de su prosa, que en ningún momento remarca o subraya las peripecias de su personaje (no le hace falta) ni fuerza nuestra carcajada. Simplemente acompaña sus hazañas y combina, con esa ligereza que suele acompañar a lo más difícil, lo informativo y lo expresivo. Además utiliza un lenguaje refinado y fácil a un tiempo, que contiene notables aciertos poéticos: «El amanecer se extendía sobre la región de los Downs como un animal blanco y siniestro…».
Stella Gibbons consigue que Flora —la hija de Robert Poste— sea una excelente protagonista: posee una pintoresca mezcla de buena intención y caradura. Uno de sus grandes aciertos es su brillante y colorida gama de secundarios que, si bien no poseen una profundidad abisal, sí resultan adecuados y sumamente amenos.