martes, mayo 25, 2010

Historias de Nueva York, Stephen Crane

Trad. David Cruz. El Olivo Azul, Córdoba, 2010. 104 pp. 15 €

Coradino Vega

Stephen Crane (1871-1900) fue reportero en los barrios más populares de Nueva York, corresponsal de guerra en Grecia y Cuba, amigo de Joseph Conrad y Henry James, náufrago, tuberculoso y, para muchos, uno de los puntales originarios del realismo norteamericano. Precursor del “nuevo periodismo”, autor de la primera novela naturalista en Estados Unidos (Maggie: una chica de la calle) y de La roja insignia del valor (sobre la Guerra de Secesión), fue reconocido como maestro por Ford Madox Ford y Ernest Hemingway.
Por sus relatos fue llamado también “el Chéjov americano”, calificativo que parece apropiado para John Cheever pero quizás un poco excesivo para Stephen Crane. Porque en estas Historias de Nueva York ―que enriquecen la buena labor editorial de El Olivo Azul―, aun escribiendo de las insignificantes cosas de la vida, más que en el alma humana, Crane penetra en el alma de una ciudad por la que deambulan niños dickensianos, coritas arrestadas, homeless de pensión a cinco centavos y millonarios ajenos al mundanal ruido: en resumen, toda la cimarrona gama de lo que fue el Nueva York de entre siglos ―en comparación con la exquisitez del 'fin de siècle' europeo― y que oscila entre dos museos actuales muy ilustrativos: la Morgan Library de Madison Avenue y el Tenement del Lower East Side.
El estilo de Crane es preciso, de un lirismo contenido, descriptivo, realista, veraz. A él no le interesaba la fantasía ni la imaginación, sino sólo servir de testimonio de lo acontecido. Por eso estos once relatos, más que cuentos con argumento, nombres y apellidos, parecen retratos al natural, “estampas cazadas al vuelo por alguien que pasaba por allí”, como dice Juan Bonilla en su inmejorable prólogo. La mirada es aparentemente objetiva, distanciada, pero lo que parece un salto atrás del autor, encierra una sutil y aguda crítica social y la toma de partido por los olvidados.
En Estados Unidos, Crane es toda una referencia para entender mucho de lo que vino luego: los bajos fondos de Chandler, el coloquialismo de Hemingway, el Manhattan de Dos Passos, la 'non fiction' de Capote, la poética de Carver o de Tobias Wolff. Sin embargo, deja también una doble enseñanza que trasciende la tradición de un país y de un idioma (ese inglés “americano” reivindicado por Emerson y literaturizado por Whitman y Twain): de un lado, que a veces la realidad es tan fascinante, tremebunda y poética que, en lugar de inventar, sólo hace falta pararse a mirar y escribir lo observado; y de otro, que para atrapar el latido de un país, o de esa capital del mundo que aún es Nueva York, no hay por qué escribir una novela grandilocuente, sino que basta con reflejarlo, como dice también Bonilla, en un espejo roto en muchos pequeños pedazos.