martes, mayo 05, 2009

Tantas maneras de empezar, Jon McGregor

Trad. Eduardo Iriarte Goñi. Salamandra, Barcelona, 2009. 384 pp. 17,50 €

Carmen Fernández Etreros

La última novela de Jon McGregor, Tantas maneras de empezar es un constante viaje al territorio de los recuerdos y la memoria. Un relato centrado en la importancia que los vínculos familiares de sangre pueden tener en la vida de individuo. ¿Cuánto heredamos de la melancolía y de la forma de enfrentar los problemas que hemos vivido en nuestra familias, y cuánto debemos a nuestra propia identidad?
El escritor Jon McGregor (Bermuda, 1976), en esta segunda novela después de la aclamada Si nadie habla de las cosas que importan (Salamandra, 2004) vuelve a ese tono intimista y personal. Un estilo que le valió el reconocimiento con su nominación para el Premio Booker en 2002.
Dos jóvenes, David Carter y Eleanor, se conocen se casualidad y se enamoran. Tiempo después en la ciudad de Coventry, ya casados, se esfuerzan por mantener a flote su matrimonio que ha sido vapuleado por el tiempo, las decepciones, el trabajo y la enfermedad. A David le gustaría que su mujer fuera aún la ilusionada joven escocesa que en su día lo deslumbró y no una mujer deprimida y cansada; que su trabajo como conservador en el museo de su ciudad estuviera a la altura de lo que le auguraban sus primeros años ilusionados,... Sin embargo el recuerdo de unas palabras pronunciadas por Julia, una amiga de su madre, anciana y enferma, acaban por sumir a David en el más hondo desasosiego y angustia, convencido de que toda su vida ha sido construida en torno a una mentira.:

"Pero él mantuvo la cara vuelta hacia la ventanilla y no dijo ni palabra., sin ver nada, oyendo sólo la voz de Julia, fragmentos de la música repitiéndose una y otra vez.
No hemos vuelto a ver a esa pobre chica.
Tendrás que quedarte con la criatura.
Desapareció de la faz de la tierra.
¿He dicho alguna inconveniencia?" (pp. 40)

En los años cuarenta, Mary, una joven de diecisiete años de las deprimidas zonas rurales de Irlanda, partió hacia Londres para trabajar como criada. Por circunstancias no deseadas Mary quedó embarazada, tuvo un hijo y se lo dejó a unas enfermeras voluntarias en un hospital. Ese niño para su sorpresa era él David Carter o como ahora tuviese que llamarse.
La vida pasada de David se convierte en una gran incógnita y preocupación que le impide vivir su presente. El protagonista inicia una búsqueda constante de su familia verdadera y se embarca en la cuidadosa recolección de pequeños fragmentos de la historia familiar —cartas, fotografías y viejos artefactos—, convencido de que la reconstrucción de su pasado arrojará luz sobre el presente y sobre su identidad.
Es interesante observar como esa búsqueda afecta colateralmente al personaje de Eleanor, su esposa, que desde su boda ha roto bruscamente cualquier relación con su madre y con su familia y como también la negación de su pasado la conducirá a un desasosiego diferente al de David pero quizás a un vacío vital insondable.
Una búsqueda difícil y constante que apartará a David Carter de su gratificante trabajo, de su mujer y su hija, de Dorothy que ejerció tantos años como madre,... La mentira y la verdad en un juego constante de importancia y valor. En suma un relato intimista y en el que el lector se implica en esa búsqueda de la identidad del protagonista en cada de sus páginas. Un libro para sumirse y reflexionar sobre la importancia y los condicionamientos de esa identidad persona y valorar el presente.