martes, mayo 12, 2009

Proyectos de pasado, Ana Blandiana

Trad. y prol. Viorica Patea y Fernando Sánchez Miret. Periférica, Cáceres, 2008. 368 pp. 20 €

Elvira Navarro

Éste es uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo. Compuesto por once relatos más o menos largos en los que la escritora rumana Ana Blandiana despliega una parábola sobre los efectos del totalitarismo, su valor está lejos de residir en lo que llamamos denuncia (aunque también la hay, y mucha), o en el testimonio de lo que significó la dictadura comunista en Rumania (de la que la autora fue víctima), o en lo que se rotula bajo el calificativo de “alta literatura”, que lo es. Su valor, al menos para mí; lo que me hace afirmar que este libro es uno de los mejores que he leído en mucho tiempo, tiene que ver con el raro desplazamiento que la escritura opera sobre el lector. Proyectos de pasado es como un coach disparándonos preguntas para acceder a lo que ignorábamos que sabíamos, y que nos produce un asombro tranquilo, como cuando tras mucho buscar la moneda que se nos ha caído la descubrimos en nuestro regazo y accedemos al mismo tiempo a la lógica que la ha mantenido sobre nuestras piernas. Una lógica que habíamos desechado porque las monedas suelen ir a parar debajo de los muebles. Tal vez sea por ello que aquí el elemento fantástico, utilizado para ver el reverso de la pétrea realidad totalitaria, no asusta, sino que tranquiliza. Al fin se descubre lo que llevábamos tiempo sospechando pero en lo que nos estaba prohibido creer: que los fantasmas existen.
Campos de maíz comidos por una densa capa de insectos, pueblos donde sólo hay viejos, ángeles, aves demoníacas, un secuestrador gigante, delfines pensantes o una iglesia que navega por el Danubio son algunos de los motivos con los que Blandiana alza su visión casi mayéutica del mundo. Los despliega sin abusar de epifanías ni de elipsis, y hay cuantas digresiones considera oportunas la autora, que hace con el género lo que le da la gana. En Blandiana la escritura es ante todo y sobre todo hablar de lo que importa, y el hacer literatura no es un fin en sí mismo, sino un medio. O lo que es lo mismo: lo que se dice (o lo que se sugiere) no ha de estar al servicio de la eficacia narrativa, sino al revés. Sorprende que el resultado de que no haya sacrificio en el mensaje, de que no se cierre la boca para lograr una mayor adecuación, no contenga partes deshilachadas. Estos relatos son perfectos, y lo son porque en la voluntad de no dejarse nada atrás se ha encontrado la forma de que quepa todo, lo cual es casi milagroso.