jueves, mayo 14, 2009

Esas vidas, Alfons Cervera

Montesinos, Mataró (Barcelona), 2009. 149 pp. 14 €

Marta Sanz

Después de leer Esas vidas, he sentido vergüenza de no haber conocido a Alfons Cervera hasta tan tarde. O a lo mejor es que nunca es tarde y, desde ya, puedo empezar a disfrutar con una escritura que, para mí, es una aspiración cuando leo y también cuando escribo: una escritura drástica y aguda, no porque sea “ingeniosa”, sino porque está llena de aristas y, en ella, el efecto melancólico se despoja de sus connotaciones cursis y de sus tonos pastel. En la contundencia de las frases duras calcifican los duros sentimientos, las sensaciones y esas visiones superpuestas –siempre terribles por ser siempre elegíacas- que constituyen la vida en un sentido biológico, sentimental, social y también literario.
La mirada de Cervera, para hablar de la muerte de su madre, de la muerte de todas las madres, de la muerte en general, es tan intensa que incluso los que quieran mirar tendrán, a ratos, que apartar los ojos: el oxímoron de la madre muerta –nuestra condena a la orfandad- se convierte en una meditación sobre el leitmotiv del vivir para contarlo, de que el contar es inevitable y de que optar por el silencio podría ser una forma de suicidio, incluso una pose cultural que ya empieza a estar más gastada que las propias palabras: la convicción de que en el silencio reside la existencia verdadera nos enfrenta a la pregunta pueril de qué es una existencia verdadera y a la obviedad de que los seres humanos somos nuestro lenguaje, y de que, sin comunicación, ni hay vida ni hay crecimiento: el silencio es lo que mata a la madre del autor que es a la vez el narrador de esta historia común...
Vivir para contarlo se presenta como una falsa disyuntiva: la vida es relato y viceversa. Estas reflexiones metaliterarias implícitas se complementan con otras explícitas –los “cómicos de la lengua”, los amigos escritores, Fernando Valls, Chirbes, Raúl Núñez, un canon alternativo, la teoría de que la lectura es otra forma de escritura...- y culminan en el momento nada culminante de que no es cierto que la palabra combata la muerte, porque las palabras también caducan. La escritura es inevitable, pero no salva. La paradoja epistemológica del primer plano -cuanto más se mira de cerca un objeto, un acontecimiento, una madre, más se desdibuja, menos se conoce- redunda también en esta concepción pesimista. No en vano Cervera es lector de Cioran.
Los pensamientos literarios no son dulces ni complacen, pero cuando el lector siente deseos de taparse los ojos es cuando Cervera nos enfrenta a certidumbres como la de la agonía; como la de que nadie se quiere morir por mucho que la muerte se esté pidiendo a gritos; como la de que la muerte genera una hipocondría en la que, al ver morir a un ser amado, es inevitable pensar en el propio acabamiento. Otra certidumbre es la de que la muerte no es un punto, el pinchazo de un practicante habilidoso; la muerte no es un clímax, sino un anticlímax, primero un barruntar, un presagio, luego un descenso, la caída por las escaleras de la madre, una prolongación que el sujeto y el contemplador de la muerte viven de diferente manera: la resistencia del que muere se opone al sentimiento de culpa del que ve morir deseando que por fin la muerte acabe con el sufrimiento ajeno y también con el propio. Son muchos los tópicos sobre la condición del ser humano que se cuestionan en Esas vidas: el agonizante no reparte sus parabienes y bienaventuranzas a los que se quedan, sino que suele ser víctima de un resentimiento hacia los supervivientes que resta dignidad a las bajadas del telón; quien va a morir se siente con derecho a todo en ese trance y aparecen todas las gamas del egoísmo, la ira, la rabia, la distancia que se marca con los otros y que, tal vez, tiene que ver con el generoso afán de no suponer una molestia o, quizá, es que el generoso afán se parece más bien a la soberbia de no querer molestar... La madre moribunda se retrata con un dispositivo que unifica el amor con la agresividad de una mujer que mira la fecha de los yogures que le da su hijo. Por si están caducados. Corrompiéndose, deformándose, transformándose como una prosa que, a medida que avanzan las páginas, se va haciendo fecal y orgánica como el cadáver de Addie Bundren en Mientras agonizo: el cuerpo de la prosa, contenido y perfecto dentro de sus bordes desnudos al inicio del relato, se licua poco a poco y se va llenando de excrecencias, prolongaciones. La respiración del texto es como el jadeo de una enfermedad que no va a curarse. El oído de Cervera es de músico y el libro acaba cuando acaba la respiración.
Además de la muerte, la estructura del libro recorre, como una escalera de caracol, el bucle de la memoria, la corrección de la memoria, su sensorialidad, la foto, la imagen congelada que vivifica y al mismo tiempo es siniestra porque la realidad ya no es la de la foto, sino otra, envejecida o ausente. Y esta memoria, en el caso de las obras de Cervera, no es abstracta, sino la memoria específica de un tiempo y de un espacio del que el cuerpo de la madre, como en El desierto y su semilla de Barón Biza, es un mapa, una página que relata la Historia: el cuerpo partido de la madre como metáfora de un pueblo partido, de una guerra; la fisonomía y la enfermedad como metáforas de las heridas. La memoria de Cervera no tiene nada que ver con la memoria esclerotizada y comercial, con la nostalgia embotellada, que nos prende al pasado en lugar de ayudarnos a emprender el futuro. Igual que Faulkner, Cervera escribe de lo que no llega a conocer. Escribe del miedo y de la muerte con la conciencia de que “toda escritura es una biografía”: la muerte, el imperativo biológico, desencadena el recuerdo y la reconstrucción biográfica de esas vidas, marcadas por un tiempo y por un espacio históricos, que son las nuestras y las de nuestros padres.