martes, agosto 12, 2008

En el gallo de hierro. Viajes en tren por China, Paul Theroux

Trad. Margarita Covándoli. Punto de Lectura, Madrid, 2008. 746 pp. 11,75 €

Sofía Rhei

«-Si en China no hubiese habido una revolución, su vida habría sido muy distinta.
-Puede que mejor, puede que peor –respondió.
-¿Ni siquiera puede decir que ha vivido un periodo histórico interesante[1]?
-Sólo un poquitín. La historia China es enorme. La Revolución Cultural casi no cuenta.»
El viajero se asombra de lo global y completa que es la percepción que tienen los chinos de sus cuarenta y seis siglos de historia, de esa conciencia que relativiza los periodos temporales por comparación a su larga tradición de dinastías y crisis entre dinastías. Esto sucede casi al principio de viaje.
Más adelante, según se va adentrando en diferentes regiones, y visita tanto zonas rurales como los diferentes estratos sociales de las ciudades:

«Nueva York es vertical, una ciudad de interiores… y de secretos, pero Shanghai es sus calles. De puertas para adentro no hay espacio suficiente para tantos habitantes, y por eso la gente trabaja, habla, cocina, juega y hace negocios en las calles.»

Es un observador privilegiado, porque gracias a su fama como escritor es invitado a recepciones diplomáticas, y gracias a que va aprendiendo chino a lo largo de su viaje y a su facilidad para pegar la hebra con todo aquel que se le ponga delante (asíatico u occidental), es capaz de entrevistar a gente de todo tipo. Estas entrevistas, en las que toca sin pudor temas políticos, religiosos e incluso sexuales, configuran una especie de fresco sociológico de la china de aquel momento (1987).
El libro es una narración bastante exhaustiva de este largo y lento viaje, de un año de duración, a bordo del tren llamado "El gallo de hierro".

«Explicó que la frase gallo de hierro (Tie Gongji) aludía a la tacañería, porque "el avaro no regala siquiera una pluma… como el gallo de hierro". También significaba inútil y formaba parte de un proverbio que incluía una grulla de porcelana, una rata de cristal y un gato esmaltado (ciqi her, boli haozi, liuli mao). Aunque la lista no incluía un elefante blanco[2], también se refería a una carga gravosa. También existía un juego de palabras con gallo de hierro porque contenía un retruécano con los términos "ingeniería" y "locomotora».

Este párrafo basta para ilustrar la abrumadora riqueza del idioma y el sistema de conectividad de la cultura china, pues en tan sólo una expresión popular caben cuatro o cinco referencias. Quizá esta capacidad de relación, este entrecruzamiento, sea uno de los factores de adhesión que hacen de la cultura china un tejido homogéneo, un terreno estable a través de los siglos y las diferentes revoluciones, en el que las mismas palabras, grafismos y expresiones de hace muchos siglos conviven con otras nuevas.
Las locomotoras chinas del viaje de Theroux se fabrican prácticamente a mano, pieza por pieza:

«Es la última fábrica del mundo que aún produce locomotoras de vapor. […] Todo se hace a mano, sobre la base de martillear el hierro, desde las inmensas calderas hasta los pequeños silbatos de bronce.[…] La fábrica de Datong parecía una inmensa herrería, el tipo de fábrica ruidosa, sucia y peligrosa que existía en Estados Unidos en los años veinte. Es indestructible porque nada está automatizado: si hoy cayera una bomba, mañana volvería a estar en funcionamiento. […] millares de obreros frágiles pero ágiles, dispersos entre montones de hierro humeante al son de "El coro de los yunques". […] El diseño no estaba mal, simplemente parecía anticuado. Y (este tipo de locomotoras) eran muy económicas en un país productor de carbón. […] A la mayoría de los occidentales les parece cómico e incluso absurdo, pero no es una broma, no lo es en una sociedad en la que en los ríos aún se pesca con redes creadas hace dos mil años. China ha padecido más cataclismos que cualquier otro país de la tierra. Pero resiste e incluso prospera. Empecé a pensar de que mucho tiempo después de que estallaran los ordenadores, reventaran los satélites, se estrellaran los jumbos y despertáramos del sueño de la alta tecnología, China seguiría avanzando con trenes traqueteantes, arando las antiguas terrazas, viviendo satisfecha en cuevas, sumergiendo las plumas en tinteros y escribiendo su historia.»

A bordo de esa locomotora "hecha para durar", el viajero Theroux va descubriendo una China que conoce profundamente (en un momento dado, hace una recensión de todos los inventos y descubrimientos que tuvieron lugar mucho antes en China que en Europa, y al leerla da la impresión, probablemente cierta, de que los chinos lo inventaron prácticamente todo) y que admira, pero que nunca llega a fascinarle, pues es consciente de sus numerosas contradicciones. Sin embargo, al finalizar su viaje y descubrir el Tibet, padece una especie de epifanía y queda cautivado por el lugar.
Cualquiera que haya leído alguno de los numerosos libros de Theroux se habrá dado cuenta de que posee el don de la narración. Tiene una especie de instinto para separar los materiales interesantes per se de aquellos que sólo lo son coyunturalmente, y el talento de transmitir su meollo en párrafos que despiertan la curiosidad.
La narración de los viajes siempre acaba siendo una forma profunda de autobiografía:

«Cada vez que oía la palabra china que significa ferrocarril pensaba que mencionaban mi nombre. Tielu ("camino de hierro") suena como si un chino intentara la pronunciación francesa de mi nombre. Siempre acababa volviendo la cabeza. ¿qué decían de mí?»

Esto sucede especialmente cuando los interrogados vuelven sus preguntas contra el entrevistador.

«-¿Cuándo se sintió viejo por primera vez? –me preguntó una joven.
-Cuando tenía seis o siete años, durante el primer curso –dije verazmente-. Y cuando terminé la escuela secundaria. Y cuando cumplí los treinta años. Desde entonces me he sentido muy joven… hasta que me hizo esta pregunta».

El fluir del tiempo se entreteje con la idea de viaje hasta un punto en que se confunden. Todo el libro da una impresión de que la vida es siempre el viaje, y el viaje nada más que la vida. La subjetividad, la imposibilidad de la narración enfrentada al terrible deseo de contarlo y de retenerlo todo, y la subjetividad como fábrica de sorpresas o de hastío.

«En cualquier tipo de viaje existen sobradas razones para regresar y comprobar tus impresiones. ¿Tal vez te apresuraste a juzgar el sitio? ¿Quizá lo visitaste en un buen mes? ¿Alguna característica del clima dulcificó tu disposición? Sea como fuere, a menudo un viaje consiste en aprovechar el momento. Es muy personal. Por mucho que yo viajara contigo, tu viaje no sería el mío. Nuestros relatos serían diferentes. Repararías en que provoqué a la gente con preguntas, en que me entretuve en el mercado y en que mi desconfianza del agua china equivale casi a la hidrofobia. Yo podría mencionar tu impaciencia, tu debilidad por los buñuelos o la forma en que el calor te agobió. Tú escribirías sobre las variedades de la comida china y yo sobre el modo en que se la zampan.»

[1] Al emplear esta palabra, no da la impresión de que Theroux esté jugando con la famosa expresión china "Tiempos interesantes", que da título al excelente libro de Terry Pratchett, absolutamente recomendable en su fascinante caricatura cultural.
[2] La expresión "elefante blanco" es frecuente en inglés, y se refiere una posesión valiosa que no produce ningún beneficio a su poseedor, sino más bien una carga por tener que mantenerlo. Por eso muchos mercadillos de segunda mano, y un juego de intercambio de regalos que se lleva a cabo en fiestas, llevan este nombre.


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-Lo mejor de la poesía amorosa china, edición de Guonjian Chen, reseña de Ana Gorría. Para leerla haz click AQUI