miércoles, mayo 14, 2008

Las vidas de Joseph Conrad, John Stape

Trad. Ramón Vila. Lumen, Barcelona, 2007. 544 pp. 22,90 €

Alberto Luque Cortina

Sobre Joseph Conrad (1857-1924) se ha escrito mucho. Él mismo dejó su testamento autobiográfico en sendas obras: El espejo del mar y Crónica personal, visiones muy personales de cómo Conrad se veía o quería que le vieran, y que no fueron sino el inicio de algunas deformaciones propiciadas a continuación por sus primeros biógrafos, y por aquellos otros de segunda generación que intentaron subsanar, a veces con notable inventiva, las lagunas de la vida del autor.
Como es sabido, Conrad nació en Berdichev, una población de mayoría polaca bajo dominio ruso que hoy pertenece a Ucrania. Su nombre bautismal fue Józef Teodor Konrad Korzeniowski, nombre que con buen criterio comercial cambiaría por el de Joseph Conrad al obtener la ciudadanía británica. Una infancia trashumante y desventurada le llevó, en su juventud, a enrolarse en numerosos barcos, en los que surcó buena parte de los océanos en su deseo, nunca satisfecho, de hacer carrera en la marina mercante. Sus experiencias le sirvieron para escribir sus primeras obras, algunas de las cuales se encuentran entre las grandes novelas inglesas de todos los tiempos, hecho doblemente meritorio para quien, nacido polaco, su segunda lengua de adopción fue la francesa.
La carrera literaria de Conrad estuvo llena de altibajos: a pesar del respaldo mayoritario de la crítica, su obra, salvo en casos puntuales, nunca obtuvo la masiva aceptación del público. Hoy sus libros tienen una gran aceptación y su influencia en otros autores es más que patente. Suele suceder que, cegados por el brillo de la creación, se tiende a iluminar las vidas de sus creadores, en la falsa presunción de que sus vidas deben estar a la altura de sus obras, pero se olvida que esto no es así y que, incluso, las obras de estos pueden ser muy irregulares. En el caso de Conrad la confusión es mayor, si cabe, pues tiñó sus relatos con experiencias personales, de los cuales algunos entusiastas biógrafos dedujeron lances extraordinarios, peligrosas aventuras, y amores imposibles.
En este sentido, la biografía de John Stape es muy clarificadora, no sólo porque aporta nuevos materiales, como algunas cartas inéditas, sino también porque realiza un esfuerzo por diseccionar el personaje de carne y hueso basándose en los hechos, no en las hipótesis. Surge así un perfil no siempre favorecedor: el Conrad maduro es un hombre quejicoso, abrumado por sus deudas, reales o ficticias, y con tendencia a la depresión. El Conrad juvenil es, sin embargo, menos nítido, ya que Stape, con buen criterio, se limita a exponer los hechos comprobados y evita las conjeturas. Así, sucesos como el intento de suicidio del entonces joven escritor permanecen irresueltos, mientras que otros quedan descartados, tal es el caso del contrabandeo de armas para los carlistas, o aparecen con una nueva luz: al parecer Conrad nunca apoyó a Roger Casement, el defensor de la causa africana, de quien aseguró que era «un hombre sin ideas».
Frente a las brumas de la juventud, la madurez Conrad queda ampliamente dilucidada gracias a la abundante correspondencia aquí incluida, que constituye uno de los pilares de esta obra. Más allá de sus relaciones, a veces conflictivas, con otros escritores como Henry James, Stephen Crane, H. G. Wells, Ford Madox Ford, J. M. Barrie, T. S. Eliot o Cunninghame Graham, entre otros, es particularmente esclarecedor el proceso creativo de Conrad (es sabido que novelas voluminosas como Lord Jim, El Agente Secreto o Nostromo, comenzaron siendo breves relatos). Sus vacíos creativos, su incapacidad para cumplir con los plazos de entrega impuestos por su agente, sus decepciones y sus expectativas casi nunca satisfechas ofrecen un panorama muy interesante de la trastienda de la creación literaria, de sus brillos y sus sombras.
En definitiva, un libro riguroso, bien escrito, ameno; muy recomendable para los numerosos seguidores de Conrad y para aquellos interesados en las estepas grises que a veces constituyen el único paisaje del oficio de escritor.