viernes, octubre 16, 2015

Siete casas vacías, Samantha Schweblin


IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.
Páginas de Espuma, Madrid, 2015. 128 pp.14 €

Cecilia Frías

Al adentrarnos en las casas vacías de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) hay que hacer un ejercicio de confianza y dejarse llevar por la inquietante mirada de la autora, capaz de escarbar en una serie de escenarios de apariencia inocente hasta que aquellos fragmentos de vida logran que nos revolvamos en nuestros cómodos asientos avivados por el desconcierto. Pues, ¿quién podría imaginar que por los elegantes barrios porteños se pasean una madre y una hija como dos furtivas empeñadas en enderezar los detalles de las casas que consideran fuera de lugar?, ¿que esas existencias de fachada irreprochable se pueden ir al garete si este neurótico tándem decide atascar su gastado coche sobre el césped o apropiarse de la azucarera heredada? O acaso… ¿no se nos cambiaría el semblante si tras la cristalera de otra residencia de verano descubriéramos a dos abuelos desmemoriados jugando en pelotas junto a sus nietos? La normalidad no es más que un mero consenso cultural −ha insistido Schweblin en repetidas ocasiones−, y no hay más que bucear por el interior de estos personajes para constatar que en ellos está la clave que convierte la casa en jaula −como sucede en el relato de esa conversación pendiente con la pareja, tan insoportable que hace que la mujer se eche a la calle en albornoz y encuentre la complicidad en un solitario taxista con el que pasea de noche, sensación claustrofóbica que igualmente se destapa en el extenso cuento protagonizado por Lola, la anciana que vive prisionera de un cuerpo vencido que se resiste a morir y de esas paredes conocidas, una suerte de celda protectora para que los recuerdos no se le sigan deshilvanando.
En la mayoría de los casos la autora saca a sus personajes de casa, los expulsa del refugio para que lejos sus muros protectores experimenten el vértigo. Lo sufre en carne propia la joven que vuelve a un Buenos Aires extraño y, buscando aspirinas para su suegra por una ciudad nocturna y casi onírica, ve cómo le va ganando la angustia cuando repara en que no tiene ni una caja en las que meter sus pertenencias y, por ende, no posee nada salvo el menguado espacio que ocupa su propio cuerpo. Cajas que Lola arma y desarma sin cesar en un intento de ordenar esa realidad que la desconcierta a cada rato y que funcionan como metáfora del ser cuando la anciana, en su afán por desaparecer, intenta adelgazar sus posesiones. Cajas, en definitiva, que conllevan una carga emotiva adicional porque preservan del olvido las ropas del hijo muerto –en “Pasa siempre en esta casa”− o porque, como apuntaba Schweblin, “En la clase media argentina, casi todos somos nietos de inmigrantes, y los inmigrantes tienen afán por guardar todo. Luego he visto familias desarmarse porque se van los hijos, se divorcian, no hay dinero, etcétera. Y eso significa clasificar, desechar".
Pero no solo el personaje sino también el lector, como decíamos al principio, es expulsado de su zona de confort y debe estar atento para escuchar lo silenciado, reconstruir historias edificadas sobre el terreno de la ambigüedad y replantearse posturas. La escritora lo bordó en Distancia de rescate, esa novela corta publicada este mismo año que tensaba la cuerda para que no se nos relajara ni un músculo y lo vuelve a conseguir con Siete casas vacías. Pues no solo empatizamos con la actitud sin contaminar de los nietos que disfrutan estampando el culo contra la vidriera junto a sus abuelos desnudos sino que, en un “Un hombre sin suerte”, compartimos la complicidad de una niña que confía en un desconocido para ir a comprarse unas bombachas mientras sus padres permanecen en urgencias al lado de su hermana, e incluso sentimos cierta lástima cuando la policía detiene al “presunto pederasta” ante los ojos decepcionados de la pequeña.
Siete relatos hermanados por espacios, personajes desubicados y, ante todo, la original mirada de Schweblin que afila su estilo austero para ahondar en los recovecos de la normalidad y demostrarnos que las apariencias engañan. Sin duda, uno de los Premios de Narrativa Breve Ribera del Duero más merecidos.