lunes, octubre 05, 2015

Desfile de ciervos, Manuel Vicent


Alfaguara, Barcelona, 2015. 304pp. 18,90 €

Ángeles Prieto Barba

De entrada, no me parece tarea sencilla cerrar esta trilogía que revisa bien nuestra historia política y social más inmediata. Con notable éxito de crítica y ventas, Vicent había escogido previamente personajes emblemáticos, especiales y muy característicos para poder representarla en anteriores entregas. Encumbrados y víctimas del espanto nacional, como el cura Aguirre, Adolfo Suárez y Carmen Díez de Rivera (Aguirre, el magnífico y El azar de la mujer rubia), sirvieron para cubrir de manera brillante esa Transición tan elogiada que nos vendieron como logro y éxito de todos los españoles, ciudadanos responsables que apostaron por la concordia. En estos libros Vicent nos mostró perfectamente la escena con todas sus luces, pero también las bambalinas oscuras con atino de fotógrafo excelente.
Es sólo que para esta entrega final decidió cambiar al personaje-emblema por un retrato colectivo y cortesano, el demorado cuadro de Antonio López representando a la familia real que tanto ha cambiado en veinte años. Pintura que acogimos con estupor, pues fue realizada a partir de unas fotografías impolutas en momentos triunfales o encumbrados de modernidad, ahora no podemos dejar de vislumbrar arrugas, pesares, muecas, ansias y pasiones lamentables, pero también esas nuevas incorporaciones que lo modifican tanto. Y con esta carta de presentación, Vicent acierta plenamente, toda vez que es antigua y muy larga la tradición de adoctrinar al pueblo español en virtudes cristianas, siempre mediante sermones religiosos y tomando como ejemplo vida y milagros de sus reverenciados (e idealizados) monarcas. Nadie osaría ahora entonarlos. Pero sí se puede escribir un libro.
Ahora bien, es importante advertir al lector que esta entrega no constituye en absoluto una biografía de los allí representados (rey, reina, príncipe heredero e infantas), sino que estamos ante una novela coral que engarza con cierto orden personajes de pelaje diverso: especuladores inmobiliarios, clientes de prostíbulos, políticos deleznables, asesinos, presidentes de gobierno, actrices divinas, pintor neurótico y especialmente un presentador de televisión inventado y atípico, que no presentadora, pues no plagia novelas, no sale en el Hola, ni se convierte en princesa, sino más bien tendrá que despedirse de su rutilante carrera de estrellato por un imprevisto cáncer. Este personaje vértice o cohesionador de la novela no identificable, pieza central, tal vez sea la más parte más débil del entramado novelístico porque se aleja claramente del propósito crítico (demasiados escenarios exóticos en sus sueños y recuerdos), sirviendo de contrapeso ante la ignominia envolvente al despertar piedad. ¿Por qué este personaje?
Indudablemente, el autor que mejor representó el esperpento nacional fue don Ramón María del Valle-Inclán en el siglo veinte, nadie ha alcanzado esa cumbre. Pero resulta curioso que en esta etapa que vivimos sean dos grandes escritores valencianos los encargados de realizar la dura crónica hispánica del tiempo vivido: Rafael Chirbes y Manuel Vicent. Con notables diferencias entre ellos, porque sin dudarlo el discurso de Chirbes es letal y contundente. Vicent cuida su escritura y nos deslumbra también al proporcionarnos imágenes rotundas, pero responde más a la tierra en que nacieron ya que no renuncia a chanzas, ni tampoco quiere dejarnos sin esperanzas. En este contexto, encuadraría yo a su soñador Javier de Sosa, admirador notable de la belleza femenina y viajero.
Afirmemos sin dudarlo que esta es una obra que sirve para preguntarnos qué somos, quiénes fuimos y adónde vamos y si acaso no hemos renunciado también a los ideales, justo a esos sueños nuestros de progreso, libertad y educación universal que hoy por hoy quizá se encuentren tan acabados como la vida del ilusorio personaje central y si tal vez, ese aséptico y neutral fondo gris que envuelve al cuadro fantástico no debiera llevar también crespones negros por todos nosotros. Ya que envejecemos, renunciamos y abdicamos de grandes sueños pendientes que dejamos en manos de golfos, ladrones y sinvergüenzas. Tras el fragor bronco de una reciente campaña electoral qué sano es leer un libro como este. Se lo agradezco al autor.