lunes, junio 01, 2015

Miradas, Guido Finzi

ACVF Editorial, Madrid, 2015. 164 pp. 11,86 €

Miguel Baquero

Siempre se ha dado por supuesto que entre los escritores hay mucha «pose», dicho siempre también con ánimo peyorativo. Lo cual no pienso, en realidad, que esté tan mal, si lo tomamos como esfuerzo para mantener una actitud, sostener una propuesta estética que en ocasiones debe trasladarse también a la indumentaria, al comportamiento, a la manera de hablar del autor. En realidad, y pensándolo mejor, la tan denostada «pose» (crearla y sostenerla) sería más bien un merito… a condición de que parta de la honradez y de la verdad. Porque cuando parte de una campaña de marketing en que se han establecido las últimas tendencias a seguir por quien quiera vender libros, o de unos asesores que obligan a un determinado autor a ser juvenil y desenfadado, o de una reflexión casera y anticuada que identifica el «escriturismo» con ser un estrafalario o un «snob», entonces es cuando el concepto «pose» referido a un escritor (más bien a uno que dice que escribe) resulta de lo más grotesco.
No es este el caso de Guido Finzi, me apresuro a afirmar, un escritor hispanoargentino a quien muchos conocimos por su primera colección de relatos: Rumbo sur, editada por primera vez en digital, y que, dada su buena acogida, pronto conocerá la edición impresa. Entretanto este acontecimiento (pequeño pero «acontecimiento» para quienes desde el primer momento conectamos con su estilo) se produce, se publica en estos días Miradas, su segunda colección de relatos.
Sería larga y un poco absurda tarea desmenuzar aquí críticamente los casi treinta cuentos que componen este volumen. Baste decir que se podrían agrupar en tres temáticas: las historias de amor, surgidas o recordadas a partir de encuentros casuales en cafés de Madrid o de Buenos Aires; las historias que tienen como protagonistas a antiguos nazis huidos o a viejas víctimas del Holocausto; y los que sirven como pretexto para verter una mirada crítica sobre el clima actual que nos rodea cuando se supone hablamos de cultura, un ambiente bastante estúpido en general.
Y es en este punto cuando vuelvo a lo de la «pose». Guido Finzi (se aprecia enseguida en cada uno de los renglones tanto de este libro de relatos como del anterior) ha querido en todo momento «actuar de escritor» y escribir buenos cuentos, hacer un libro serio (no confundir ni mucho menos son solemne), donde la literatura tal como la solemos entender tenga la importancia debida. Nadie entienda con esto que su estilo sea florido, rimbombante (como ay, muchos enseguida se figuran hoy en día cuando se dice de una obra que es «literaria»); muy al contrario es una prosa fluida, trabajada para que suene con naturalidad (que no, como también se confunde, dejada caer desde lo alto), que acompaña a unas historias que buscan incluir a personajes verdaderos.
En todos sus relatos, Finzi busca, en último caso, la elegancia, la clase. No busca reconstruir esa vida común y ordinaria de la que, al final, con la excusa de reivindicarla, están llenos libros, y películas, y series de televisión; ni emplea lo soez al expresarse, con la coartada de que «es lo que hay». Finzi quiere, desde el primer momento, asentarse lejos del mundo cotidiano (para acceder al cual, quizás, no necesitamos libros, sino simplemente bajar a la calle) e invitar a sus lectores a ingresar en un mundo diferente donde la gente habla con «propiedad» (esa extraña facultad que los personajes literarios han perdido), cuentan historias interesantes, aspiran a enriquecerse intelectualmente, huyen del lugar común, abominan la obviedad, son de trato educado y correcto. No se ríen a carcajadas, según las acotaciones de los malos libros, ni fuman un cigarrillo detrás de otro (de nuevo las acotaciones) sin pedir permiso a quienes tienen alrededor, ni salen a la calle «a la carrera» sin antes prestar siquiera un segundo de atención a su aspecto.
Son, en suma, personajes con clase e historias con elegancia, que son lo que Guido Finzi está convencido que un escritor debe proponer a sus lectores. El resultado es un libro exquisito, para leer con calma, con sosiego (qué pintan esas prisas y esos «tirones» con los que ahora, al parecer, tienen que leerse todos los libros), quizás junto a una taza de buen café y pasando las páginas sin atropellarse.