jueves, enero 15, 2009

Rojo alma, negro sombra, Ismael Martínez Biurrun

451 Editores, Madrid, 2008. 326pp. 18.75 €

Elia Barceló

Los habituales de este blog sabrán que cuando me ha gustado particularmente una novela, lo digo en las primeras líneas para que quede claro y, si alguien confía en mi criterio, pueda salir enseguida a comprarla.
Esta es una estupenda novela, siempre que a uno le gusten las novelas inquietantes o de terror. Porque Rojo alma, negro sombra se mueve entre estos dos extremos y lo hace con tal naturalidad y tal seguridad de pulso que a veces uno ni siquiera se da cuenta de que está leyendo una “de miedo”, porque todo lo que sucede, incluso lo claramente sobrenatural, resulta comprensible, necesario y casi cotidiano.
La escena inicial es magnífica y, aunque en retrospectiva nos damos cuenta de que es totalmente realista, crea una sensación tan inquietante, tan fantasmagórica que nos estimula poderosamente a seguir leyendo. Luego, las siguientes escenas son realistas y, sin embargo, lo fantástico se va introduciendo suavemente hasta formar parte de lo narrado con pleno derecho y sin que parezca una cuña que ha sido introducida a la fuerza en el mundo de lo cotidiano.
No me gusta contar la peripecia de las novelas para no estropear sorpresas al lector y, en el presente caso, aconsejo vivamente no leer la contraportada porque desvela demasiadas cosas que es mejor ir descubriendo paso a paso (yo me apliqué mi propio consejo, no la leí –como hago casi siempre– y pude comprobar que había salido ganando cuando la leí después de haber cerrado el libro en la última página).
De todas formas, creo que no está mal saber que los personajes son perfectamente normales y creíbles y que la inquietud y el miedo con los que se enfrentan tienen los dos orígenes posibles: el natural –la violencia desatada por un ex-marido drogadicto–, y el sobrenatural –la presencia incomprensible de las sombras de una familia que parece perseguir al protagonista mientras suenan canciones de los Beatles.
El misterio está muy bien presentado y es resuelto de modo muy satisfactorio para el lector, quien acaba por comprender todos los secretos sin tener la sensación de que lo han estado engañando y le han estado ocultando información.
Toda la novela está narrada en “presente convivencial”, como si los sucesos se desarrollaran frente a nosotros, de un modo casi cinematográfico, y la lengua es ágil y elegante.
Me alegra particularmente que Ismael Martínez Biurrun haya elegido esta temática para su novela porque soy de la opinión de que necesitamos buenos narradores de lo fantástico y lo terrorífico. Somos ya unos cuantos los que nos dedicamos a este tipo de temas y a suscitar esta clase de emociones en el lector (aparte de los grandes nombres como Pilar Pedraza, José Carlos Somoza, Fernando Marías, habría que recordar también a Félix J. Palma, Marc R. Soto, David Jasso, Emilio Bueso, entre otros), pero es importante que vayamos creciendo en número y en calidad. No hablo de “género” a propósito porque no veo la necesidad de encasillar y etiquetar algo que está en la base de la literatura más antigua y que sólo empezó a perder prestigio hace menos de un siglo, cuando ciertos críticos “intelectuales” decidieron que lo fantástico era “escapista” y, por tanto, condenable.
Por eso me alegra mucho que esta novela haya sido publicada por una editorial generalista, simplemente como literatura, como la excelente obra que es. Y también por eso es importante dejar claro que es una novela perfectamente clasificable como “de terror” porque, si no se dice, muchos lectores aficionados que sólo compran lo que aparece en colecciones de género, se la perderían. Por el contrario, para los que no están habituados a leer novelas de esta clase habría que añadir que no encontrarán escenas repugnantes ni nada que pueda resultar desagradable.
Espero que Martínez Biurrun siga ofreciéndonos muchas novelas de esta altura, sea cual sea la temática que elija para las siguientes.