miércoles, enero 07, 2009

La cena de los notables, Constantino Bértolo

Periférica, Madrid, 2008. 249 pp. 16 €

Care Santos

Si los editores fueran vaqueros de uno de aquellos westerns de las sobremesas de nuestra infancia, y a cada escritor que descubrieran se apuntaran una muesca en la culata de su Colt 45, la culata de Constantino Bértolo estaría hecha unos zorros.
Editor-oteador, siempre atento —y sensible— a lo que escriben los más jóvenes, por sus cajones han pasado los primeros originales de muchos de los nombres que componen las últimas hornadas de autores en nuestro idioma. La suya ha sido y es una labor tan necesaria como ingrata, que no puede hacerse más que con entusiasmo y fe. Entusiasmo para llamar la atención sobre nombres desconocidos y darles su primera oportunidad en la selva del mundo editorial (la misma, por dierto, que les engullirá, de un modo u otro, para alejarles de su lado). Y fe no sólo en sus autores, también en la Literatura misma, para seguir creyendo que hay algo por lo que merece la pena apostar y arriesgarse. Algo que, por supuesto, nada tiene que ver con los títulos que encabezan las listas de más vendidos ni con los gustos mayoritarios de los compradores compulsivos de libros (también llamados, aunque creo yo que sin mucha razón, «lectores»). En fin. Bértolo persevera en su entusiasmo y su fe desde hace lustros, para suerte de todos nosotros. Lo hizo primero desde editorial Debate y, desde hace unos pocos años, en el sello Caballo de Troya, del cual es fundador y director literario. Y si su carrera como editor es dilatada y meritoria, no lo es menos la que ha desarrollado como crítico.
Por todo lo anterior, un libro que promete reflexiones sobre la lectura y la escritura de puño y letra de este halcón peregrino de nuestras letras es, de entrada, prometedor, como lo sería de cualquiera de quien sospechemos que sabe mucho más de lo que jamás ha contado. Llámenme fisgona, pero debo confesar que los libros escritos por editores me resultan irresistibles. Me relamí con las Opiniones mohicanas de Herralde, disfruté con los caprichos de Einaudi y aplaudí entusiasmada con las malas pulgas de Mario Muchnik. Aunque, debo decir, éste es un libro muy distinto a los tres anteriores. De entrada, no es un libro para cotillas ni adictos al amarillismo editorial, que tan buenos frutos ha dado en los últimos años. Estas páginas van más allá de esas mundanas cuestiones íntimas que los editores comparten con sus autores mientras dura su idilio. Este ensayo habla de Literatura. Deja a un lado a los artífices del asunto para centrarse en lo que importa: los libros.
Sorprende, acaso, tropezar al principio con un Bértolo personal e intimista, que desgrana emocionado algunas de las lecturas que le formaron como lector. Un ejercicio, por cierto, entrañable para todo aquel que ame la letra impresa, este de remontarse a los orígenes de todo, a los libros que nos han modelado y nos han hecho comprender por qué «la realidad se escribe con minúsculas». De esa experiencia personal se pasa a la exégesis de las razones mismas de la lectura. Las relaciones entre el lector oral, que hacía de la lectura un placer colectivo, y la aparición de lo que Bértolo llama «el lector silencioso», vinculada a la invención de la imprenta. La búsqueda de la identificación en el texto, la biografía puesta en relación con la semántica o la necesidad de ficción que compartimos los seres humanos —a pesar de que no todos la saciemos del mismo modo— son algunos de los altos en el camino de este viaje a las profundidades del sentido de todo esto: para qué leemos, cómo leemos, para qué escribimos. Y de qué modo escribimos cuando escribimos, cómo resulta condicionado nuestro discurso por la búsqueda del interlocutor, qué espera de nosotros ese interlocutor y de qué modo somos deshonestos (o no) al tratar de contentarle. Se habla, por supuesto, de cómo los libros nos educan enseñándonos a mirar el mundo. Y del sentido que tiene hablar de una literatura de calidad en ese sentido tan místicamente educativo.
Por último, era de esperar que la crítica tuviera un lugar destacado en este libro de reflexiones muy personales y muy vividas. De esta última parte, ilustrada con una escena de la novela El alcalde de Casterbridge de Thomas Hardy —en la que se narra la cena de ciertos prohombres de cierto pueblo, observada por la gente llana del mismo lugar— toma el libro su título. Eso es la crítica, según Bértolo: la plática de los notables, observada por el resto de la comunidad, que no descansa. El libro se remata con un brillante capítulo sobre el papel del crítico en nuestros días, condenado a ceñirse a los dictados y los corsés de los grupos mediáticos y, por tanto, «a realizar trabajos de publicidad más o menos encubierta bajo su "noble" apariencia de actividad "estética e independiente». Y para ilustrar la cuestión, analiza el caso tristemente famoso de Ignacio Echevarría en relación con el suplemento Babelia del diario El País. Sus reflexiones, al hilo de todo esto, tienen que ver —y mucho— con lo que el mismo Constantino Bértolo dice en otro capítulo de su ensayo: «Cada literatura educa y maleduca también a sus lectores». De lo cual tal vez podamos deducir que tal y como están ocurriendo las cosas, nuestro panorama literario está criando un sinfín de lectores maleducados.
En fin, que cada cual extraiga las conclusiones que quiera. A modo de apostilla, recordaba al terminar el libro algo que le oí una vez al propio Ignacio Echevarría en una mesa redonda en Valladolid: «Cada país tiene los novelistas que merece». Algo que, sospecho, suscribiría también Constantino Bértolo. Y con produndo conocimiento de causa.

1 comentario:

P.L. Salvador dijo...

Totalmente de acuerdo. Un ensayo objetivo, didáctico, oportuno. Para leer y releer. Para aprender y reaprender. Para reflexionar (profundamente, reposadamente, próvidamente). Que falta nos hace.