viernes, febrero 02, 2007

Solo con invitación: Las corrientes oceánicas, Félix J. Palma

XV Premio Luis Berenguer de Novela. Algaida, Sevilla, 2006. 335 pp. 19,70 €

Salvador Gutiérrez Solís

Si me encargaran la difícil tarea de confeccionar un equipo de fútbol sala —en mi barrio se dice futbito— con los mejores cuentistas de este país, no me cabe duda de que colocaría en la delantera a Félix J. Palma. Es decir, dos quiebros, un regate potente, eléctrico y habilidoso —pobre cintura del defensor— y gol por la escuadra. Pidamos un tiempo muerto, que el partido está prácticamente sentenciado. Compulsivo ganador de premios literarios en su modalidad breve, pobres contrincantes, los de mayor enjundia, por dotación y tradición, se agolpan en el morral del gaditano Félix J. Palma. Cuentista —excepcional— que hereda los mejores métodos y modos del pasado, pero que sigue avanzando en el camino, asciende un escalón y otro —y otro más—. Todoterreno singular, la ciencia ficción, el costumbrismo, el humor o la realidad son espacios en los que Félix se maneja con soltura, generoso en cintura, regatea y pasa el balón, se desmarca y otro gol. Esto parece el España-Malta. Sin embargo, como esas excepciones que transforman las reglas en el manual de la torpeza, dentro de nuestras letras —patrias— hay tópicos que se suelen formular con cierta temeridad e insistencia. Por ejemplo, los poetas son narradores empalagosos y venecianos —a veces, no siempre—, o todos los cuentistas naufragan, se ahogan, en el océano que puede considerarse una novela, acostumbrados a sus cómodas piscinas —hablo de tamaños—. Palma no naufraga, no, y si me encargaran la difícil tarea de confeccionar un equipo de fútbol —fútbol— con los mejores novelistas de este país, mantendría en la delantera al gaditano. En las distancias largas, con campo para correr, su regate sigue siendo potente, eléctrico y habilidoso. Las corrientes oceánicas, su última novela, certifica esta afirmación.
Somos un puzzle y tardamos años en ordenarnos, en mostrarnos como un ente —supuestamente— perfectamente estructurado. De hecho, hay quien se pasa la vida tratando de encajar esa pieza o piezas que siempre permanecen sueltas y que nos muestran esos abismos que nunca llegamos a conocer de nosotros mismos. Sergio muere antes de que haya podido completar su puzzle y Alberta Ballesta, su padre, no encuentra otra excusa para seguir estando en este mundo que afanarse en la tarea de acabar con la obra iniciada por su hijo. La obra iniciada por su hijo no deja de ser una tarea/obra propia, ya que la búsqueda propicia la reconstrucción de un pasado obviado. Félix J. Palma, a lo largo de su trayectoria, literaria siempre ha mantenido una especial predilección por los personajes poliédricos, por lo milagroso o alucinante que se puede encontrar en cualquier personaje con aspecto y vidas convencionales. Esta resurrección de lo cotidiano, como plataforma hacia ámbitos extraordinarios, esta posibilidad de escapar de la sombras de la rutina, vuelve a aparecer en Las corrientes oceánicas. No es ésta la única característica de la casa, genuino Palma, que se repite en la novela. Despliega el de Sanlúcar de Barrameda en toda la narración ese humor lánguido, esa carcajada soterrada, esa ironía velada, que algunos se atreverían a calificar como una derivación del humor negro, y que no deja ser un eco de la ‘guasa’ gaditana, que es un artilugio difícil de explicar y más aún de aplicar. Félix lo aplica con gran intensidad, y el texto, el latido de la narración es contundente y sonoro, gana en textura y en emociones, humaniza los personajes y las situaciones, lo barniza todo —y a todos— de veracidad, los transforma en personas de carne y hueso. Una cualidad que escasea en la novela actual, que, como un Gran Hermano cualquiera, insiste en el uso, en la repetición cansina, de los estereotipos, de los personajes resumen de otros muchos personajes muy similares. La globalización también ha llegado a la novela de nuestros días, desgraciadamente. Los personajes de Palma siempre son diferentes, y por ello no dejan de ser absolutamente creíbles.
Las corrientes oceánicas es una obra extraña en nuestros tiempos, donde la ligereza, lo superfluo cuenta con gran cantidad de adeptos y seguidores. Una novela de las emociones articulada sobre las emociones reales, y no sobre las definiciones de las emociones más estandarizadas. Para todo aquel que siga la trayectoria más breve, como cuentista, de Félix J. Palma una simple recomendación: no tiene nada que temer. Sumérjase en Las corrientes oceánicas como en cualquiera de sus cuentos y cuando se quiera dar cuenta habrá alcanzado la página 335. El próximo puerto en breve, tras un par de quiebros y una carrera por la banda.



Félix J. Palma: «No soy cuentista. Soy contador de historias, sencillamente»


Te adentras en un drama, o en una historia con aspecto de drama, pero en multitud de ocasiones recurres al humor. ¿Desacralización del dolor o método de supervivencia?
—Evidentemente esto último. Siempre he creído que el humor es un método de supervivencia justo y necesario, un medicamento aconsejable para casi cualquier caso. Supongo que en esta novela quise despejar ese "casi", ver si se podía aplicar a una situación tan extrema como es la muerte de un hijo. Para que resultara creible tuve que componer un personaje muy "especial", que observara el mundo con una mirada lúdica, la vida como una función con un libreto malvado que sólo podemos acatar, lo que, por otro lado, lo hermanaba con los personajes que transitan por mis cuentos. Sabía que corría el riesgo de resultar irrespetuoso, de "desacralizar el dolor", como dices, pero preferí jugármela: de todos modos narrar una tragedia en clave trágica era lo convencional, y yo quería que el lector, aparte de llorar, también riera. Preferí arrancarle una carcajada incómoda a una lágrima fácil.

En la novela el Palma cuentista se muestra muy cómodo, no desfallece en la carretera. ¿El Palma novelista se vale del cuentista, lo domestica, lo acorrala o lo dopa?
—Siempre he dicho que, a pesar de que mi bibliografía parezca desmentirlo, no soy cuentista. Soy contador de historias, sencillamente. Y creo que la osamenta más idónea para vertebrar una historia, la que más puede explotarla, es la que se reconoce propia del relato. Es por ello que de todas las normas no oficiales del cuento con la que menos comulgo es con la de su brevedad. Creo que un cuento, es decir, una historia, debe tener la extensión que su trama exige, y que puede ser cualquiera. Según ese credo, supongo que equivocado, yo siempre escribo cuentos, aunque los que pasan de las ciento cincuenta páginas tenga que enviarlos a los concursos de novelas.

Tu novela plantea un viaje interior muy intenso, de hecho Ballesta conoce mejor a su hijo una vez muerto. ¿Exaltación de los recuerdos como lo poco que poseemos?
—Bueno, no lo había visto así, pero puede que haya querido demostrar eso inconscientemente, quién sabe. En el fondo, salvo por las fotos y grabaciones de vídeo, los recuerdos es lo único que conservamos de lo vivido, y me resulta fascinante cómo en muchos casos los recuerdos resultan más hermosos que los acontecimientos originales. De todos modos, yo diría que el protagonista de la novela más bien aprende a amar a su hijo, al tiempo que comprende que éste también lo amaba a él, y es que a veces algunos tramos de nuestras vidas se sustentan sobre terribles y poco prácticos malentendidos.

¿Por qué escogiste un padre y un hijo?
—En este caso fue la trama la que escogió a los personajes. Por lo general es lo que suele ocurrirme. No me planteé escribir la historia de un padre y un hijo, y busqué el modo de envolverlos en una historia atractiva. Fue al revés: quería narrar una historia de pérdidas e incomunicación, con un héroe desganado que fuese tirando del hilo de la trama de un modo casi casual. Una epopeya absurda y obsesiva. Cuando comprendí que la historia debía estar protagonizada por un padre y su hijo confieso que me aterré, ya que no sólo tendría que imaginar lo que supone la muerte de un hijo, sino lo que supone tener un hijo, ya que hasta el momento, que yo sepa, no tengo ninguno. Me lo tomé como un reto, y quizás los comentarios que más me emocionan son aquellos que celebran lo lograda que está esa parte del libro.

jueves, febrero 01, 2007

Vladimir Nabokov. Los años americanos, Brian Boyd

Trad. Daniel Najmías. Anagrama, Barcelona, 2006. 964 pp. 39 €

Esther García Llovet

Si los colonos conquistaron América con un rifle en una mano y una Biblia en la otra, Nabokov lo hizo con un cazamariposas y los cuatro volúmenes del Diccionario Dahl de tapas duras. Eso y cien dólares con los que quiso pagar el taxi a su llegada al puerto de Nueva York, en mayo de 1940, a bordo del Champlain. Va acompañado de su inseparable Véra y del pequeño Dmitri y lo único que tienen son esos cien dólares y ninguna perspectiva laboral en el nuevo país.
En esta primavera de 1940 abre Los años americanos, de Brian Boyd, la biografía más documentada y exhaustiva que se ha escrito sobre el autor, precedida de Los años rusos, otro voluminoso caso de rigor investigador y que ha ocupado más de diez años de trabajo del biógrafo, actualmente profesor en Auckland, Nueva Zelanda. Boyd ha llevado a cabo una obra monumental, un registro abrumador de cada paso de Nabokov, una incansable caza y captura de datos y fechas que en ocasiones lleva al lector a dudar de que los hechos y los acontecimientos sean por sí mismos más veraces que la vida.
Nabokov aparece minuciosamente fichado en la obra de Boyd, pero para ver y oler y tocar al sinestésico de Nabokov hay que leer Opiniones contundentes o la extraordinaria Habla, memoria. Ésta última acaba cronológicamente donde empieza Los años americanos, a su llegada a Nueva York.
Los primeros meses sobrevivieron con las clases particulares de ruso que Nabokov impartía hasta que la casualidad llevó a que ése verano un primo suyo conociera a Edmund Wilson, considerado el mejor crítico literario de la época y entonces director de The New Republic, donde Nabokov empezó a trabajar casi de inmediato, pero no por mucho tiempo (aunque nunca dejó de colaborar, para bien o para mal, con Wilson). Poco después encontraría una plaza como profesor de ruso en el Wellesley College (Cambridge, Mass.), de donde pasó a la Universidad de Cornell (Ithaca) en 1948, de ahí a Harvard (Cambridge, Mass.) en 1951 y vuelta a Cornell, siguiendo la tradición americana de cambiar de ciudad con cada nuevo trabajo y que al fin y al cabo constituye uno de los tres cimientos sobre los que se levanta el país: el rifle, La Biblia y la movilidad laboral.
Sus programas eran de literatura rusa («La literatura soviética no existe», subrayó sobre un proyecto de curso que le propusieron impartir) y europea y en ningún momento disimuló sus simpatías y antipatías literarias; nunca le entusiasmó Dostoyevski y El Quijote se le atravesó desde el primer momento como rueda de molino. A sus clases, cada año más populares, asistía Véra de ayudante, sentada en la primera fila, escribiendo palabras y términos rusos en la pizarra. Era ella quien una vez acabado el curso se sentaba al volante del Oldsmobile («mi Oldsmobile se traga los kilómetros como un fakir traga fuego», diría una vez) y cruzaban el país de costa a costa en busca de mariposas, una actividad para Nabokov tan preciada o más que la literatura misma (llegó a tener un puesto sin remuneración en el Museo de Zoología Comparada de Harvard y su colección privada estaba a la altura de la de un lepideroptólogo profesional). Sentían predilección por los parques nacionales y pasaron muchos veranos en moteles y lodges y hoteles de carretera.
A comienzos de julio de 1948 se detuvieron en el Skyline Ranch, en el cruce de dos carreteras, una procedente de Placerville y la otra de Dolores. Lolita estaba a punto de sacar su piruleta americana. La piruleta rusa se la había chupado ya enterita en La dádiva y en El hechicero, más de veinte años atrás. A Nabokov le llevó cinco escribir Lolita, entre cursos académicos y la interminable traducción de Eugenio Oneguin, y tuvo que esperar dos más hasta verla publicada en Olympia Press, la pequeña editorial francesa de Girodias, un editor que se dedicaba a publicar todo tipo de pornografía que cayera en sus manos y que acabó siendo la pesadilla privada de Nabokov (Lolita había sido rechazada por todas las editoriales norteamericanas a las que envió la obra).
A partir de ese momento, julio de 1955, Lolita será censurada, confiscada y llevada a juicio en Francia y en Inglaterra y pasarán tres años más hasta que se publique en Estados Unidos, con lo que las aventuras de Lolita obra y de Humbert personaje acabarán corriendo la misma extraña suerte de transfuguismo y tribunales. Será Putnam's quien la publique en América finalmente, el 18 de agosto de 1657. El día 21 del mismo mes lanzaba su tercera edición. Para entonces Nabokov ya había recibido noticias de Kubrick, quien quería llevar Lolita a la pantalla y le pedía que escribiera él mismo el guión de la película con la sorprendente condición de que al final Humbert y Lolita contrajeran matrimonio. No un herpes. Matrimonio.
Nabokov fue a Hollywood. Conoció a Kubrick, fue a cócteles nocturnos donde bebió camparis junto a Gina Lollobrigida y Marilyn Monroe y al quinto mes se cansó de Beverly Hills y se fue a High Sierra a escribir el guión. Cuando meses después lo envió a Kubrick éste dijo que era el mejor guión escrito jamás en Hollywood (se acaba de publicar en España, en Galaxia Gutenberg). El guión final, reescrito por Kubrick, no conservó más que algunas pocas líneas de diálogo del original.
Nabokov y Véra regresaron a Montreux, Suiza, a donde había ido a pasar una temporada en 1959 para promocionar Lolita y estar cerca de su hijo Dmitri. Zarpó del puerto de Nueva York dejando atrás tres obras fundamentales como Lolita, Pnin y Habla, memoria y veinte años de vida en un país que le vio llegar como un desconocido de altas mejillas eslavas y lo vio partir como uno de los mejores escritores en lengua inglesa que dejó el siglo, una abultada cartera y el aspecto rechoncho y lustroso de un pensionista de Florida.
En Montreux se alojaron en el Montreux Palace Hotel, a donde llegaron en septiembre y donde acabaron quedándose a vivir, sin proponérselo, hasta la muerte de Nabokov. Ocupaban la sexta planta del ala Cygne, con vistas al lago, cuyo resplandor asalmonado iluminó Pálido Fuego, Ada o el ardor y Cosas transparentes. Y la traducción de Eugene Oneguin.
Los años sesenta y setenta fueron de relativa tranquilidad para Nabokov, con largos viajes y cacerías de mariposas por Francia e Italia, reencuentros con familiares a los que no había vuelto a ver desde 1940 y frecuentes entrevistas para prensa y televisión, a las que solía contestar por adelantado y por escrito. «Raymond Queneau y Alain Robbe-Grillet», fue lo que contestó cuando le preguntaron por los escritores franceses que mejor consideraba. La traducción anotada (1.200 páginas de notas) de Eugene Oneguin se publicó finalmente en cuatro pesados volúmenes, en 1964, en la editorial Bollingen.
En la primavera de 1977 se encontraba trabajando en la que sería su última novela, The original of Laura, cuando tuvo que ser ingresado por una infección recurrente que había contraído dos años atrás al operarse de la próstata. Después de semanas de accesos febriles murió en el hospital del Lausana, el 2 de julio de 1977, acompañado por Dmitri y por Véra, esa chica de pelo blanco que no frenaba en la carretera cuando la policía le daba el alto por ir a cien por hora y que le sobreviviría quince años más.
«Confieso que no creo en el tiempo. Me gusta plegar mi alfombra mágica, tras haberla usado, de forma que una parte del dibujo quede superpuesta a la otra. Que tropiecen las visitas, no importa» (Habla, memoria).

miércoles, enero 31, 2007

Estado y cultura. El despertar de una conciencia crítica bajo el franquismo, 1940-1962, Jordi Gracia

Anagrama, Barcelona, 2006. 448 pp. 20 €

Juan Marqués

Se oyen voces que afirman que Estado y cultura, el nuevo libro de Jordi Gracia, no supera al anterior, pero se les olvida decir que ni era ésa la intención (en todo caso lo sería la de mejorar la primera versión de este libro —publicada en 1996 con título idéntico y procedente de la tesis doctoral de Gracia— y eso sí que lo consigue) ni era una tarea fácil, ya que La resistencia silenciosa (Anagrama, 2oo4) es sin discusión uno de los mejores ensayos que se han publicado en España en lo que llevamos de siglo, ampliamente premiado, justamente aplaudido y prodigiosamente escrito (y pienso sobre todo en su prólogo, titulado “Confidencias”, que es uno de los más inteligentes y emocionantes testimonios generacionales que conozco).
Estado y cultura debía y quería ser otra cosa. En buena parte, sin embargo, sí que es complementario del anterior porque las tesis y conclusiones son parecidas, y este “nuevo viejo libro” viene a aportar más datos, textos y pruebas para apoyar lo que en aquél se defendía. Con éste tenemos, actualizado, un repaso (necesariamente apresurado e incompleto, pero en absoluto superficial) de lo que fueron y lo que significaron revistas como Ínsula, Índice de Artes y Letras, Laye, Revista o Papeles de Son Armadans (Gracia se muestra generoso con Cela, resarciendo un tanto su discutida figura), o determinados premios literarios, o reuniones de escritores, o grupos de artistas, o tendencias arquitectónicas que, procedentes a veces de círculos falangistas muy netos o grupos católicos muy ortodoxos, fueron los primeros en utilizar un lenguaje, unos códigos, unas alusiones que, al principio tímidas y prudentes (o incluso involuntarias) y después muy explícitas, muy valientes, muy serias, comenzaban a abrir grietas en la tosca piedra de la cultura y la sociedad franquista, consiguiendo pequeños avances y cometiendo transgresiones cada vez más audaces hasta llegar a un momento en el que abiertamente (y no sin problemas, a veces graves) se señalaba a la dictadura militar como lo que sin duda era y se la acusaba de la forma en que mantenía secuestrados a todos los españoles. La nómina es larga y los ejemplos numerosos: los que en los cuarenta comenzaron a publicar a notorios exiliados, reivindicándolos, entrevistándolos, manteniéndolos presentes; los que en los cincuenta hablaban de un cristianismo revolucionario que sin muchos disimulos quedaba emparentado con un marxismo muy activo; los que reseñaban libros y autores inéditos (eufemismo, en este caso, de “prohibidos”) o los traducían parcialmente para sus revistas; los que ensayaban novelas y relatos cuyo significado, apenas críptico, podía entender hasta el lector más torpe... Todos ellos, fueran más o menos valientes, estuvieran más o menos seguros con lo que hacían, tuvieran unas intenciones u otras, fueron los que de diferentes modos comenzaron a abrir el camino a formas de relacionarse, comunicarse u asociarse muy distintas a las oficiales de entonces y muy parecidas a la democracia en que ahora nos movemos. Ellos convencieron a sus compatriotas más inquietos de que era posible que todo fuese de otra forma, y de que se podían ir consiguiendo humildes éxitos que condujeran a un cambio de régimen natural, que, sin embargo, tardó en llegar mucho más de lo esperable. Así, Estado y cultura es también un pequeño pero decidido homenaje a aquellos hombres y mujeres que, lo advirtiesen más o menos, fueron los pioneros de nuestra libertad.
No me acaba de gustar el subtítulo, porque la conciencia crítica nunca duerme: es la voz crítica la que se ve obligada a callar, a esperar su momento, acumulando ideas y razones, aguardando el momento de hablar alto y claro. Pero el libro es estupendo. Supongo que al lector no especializado puede llegar a cansarle el exceso de información, o parecerle repetitivo o acumulativo, pero ése es el precio del rigor. Éste es un ensayo muy exigente que, pudiendo ir al grano de la interpretación general, del balance panorámico y abstracto, prefiere detenerse en cada caso, en cada cabecera de revista, en cada noticia relevante..., de los que extraer indicios, y, de ellos, interpretaciones e incluso lecciones.
En cualquier caso, todo nuevo libro de Jordi Gracia es una gran noticia (como cada nuevo artículo suyo, como cada una de sus certeras reseñas), un festín de información que no sobrará en ninguna estantería, y al que habrá que volver a menudo para consultarlo, para disfrutarlo, para aprender.

martes, enero 30, 2007

La ofensa, Ricardo Menéndez Salmón

Seix Barral, Barcelona, 2007. 142 pp. 17,50 €

Pedro M. Domene

En cada temporada, las novedades literarias raramente ofrecen la posibilidad de poder reconciliarnos de una forma personal con la lectura o con esa Literatura que se escribe con mayúscula, cuantificada por su calaje y envergadura de miras, aunque ésta insista en esos temas, tan traídos y llevados, calificados como universales y a los que nada ni nadie puede añadir algo más. Pero la Literatura, en esa suerte de tratado académico que propone la expresión, el conjunto o teoría de las composiciones literarias, resulta que, para suerte de muchos, algunos de esos escritores, los llamados de raza, insisten en su poder de convocatoria y nos invitan a una lectura cómplice sobre comportamientos sociales o preocupaciones humanas, sobre ese deseo o aspiración del hombre, sobre la verdad o la mentira, sobre la vida o la muerte o sobre las diferencias marcadas por la distancia del tiempo, en resumen temas y aspectos cuya bibliografía sería tan prolijo de enumerar que nunca acabaríamos. Ha ocurrido, por ejemplo, con nuestra Guerra Civil, con acertadas muestras recientes como la de Antonio Enrique y su Santuario del odio (2006), o con la Segunda Guerra Mundial y el auge del nazismo en Europa y, si hace unos meses nos conmovía el relato de la judía gaseada en Auschwitz, la Suite francesa de Irène Nemirovsky (2005), ahora es un narrador español, Ricardo Menénez Salmón (Gijón, 1971) quien se atreve con una especie de cosmovisión del nazismo a reflexionar en La ofensa sobre la grandeza y la miseria del ser humano.
El escritor asturiano, que —pese a tener un par de libros de relatos, Los desposeídos (1997) y Los caballos azules (2005); las novelas La filosofía en invierno (1999), Panóptico (2001), Los arrebatados (2003) y La noche más feroz (2006); una obra de teatro, Las apologías de Sócrates (1999); y algunos premios como el Casino de Mieres o el Juan Rulfo—, sigue siendo un desconocido o un escritor minoritario, plantea contar en una novela corta, de apenas 140 páginas, la experiencia personal más radical que ha mostrado la Humanidad; es decir, la historia de un anónimo joven alemán, Kurt, hijo de un sastre, que es reclutado a filas y debe dejar, en la pequeña ciudad de Bielefeld, a su familia y a su novia judía, cuya suerte, como se describe en apenas un par de líneas, correrá paralela a la de los seis millones exterminados por la ira del partido nacional socialista. Kurt desconoce, en un principio, todo lo relacionado a un ambiente militar o bélico, y si inicialmente acepta los valores del ejército en el que sirve, muy pronto comprenderá que estos forman parte del horror y de la miseria.
Las tres partes que componen el libro están perfectamente equilibradas porque en «La bestia rubia» sorprende el cuidado, la humildad y la precisión con que se cuentan las escenas familiares, las posteriores vivencias del soldado y aquellas, magistralmente expuestas, que llevarán a darle un giro a su actitud militar y a su propia vida. El estilo literario de Menéndez Salmón es tan depurado que ha realizado casi un reportaje periodístico tan aséptico como eficaz para situarnos en un relato del que, con toda seguridad, desconocemos su desenlace y más que una sucesión de escenas bélicas al uso, el narrador quiebra su historia y nos lleva a una narración muy distinta que se completará en las últimas páginas del libro. En «Una educación sentimental», la segunda parte del libro, conoceremos a Ermelinde y la razón misma de esa actitud ante vida por la que la joven pretende devolverle la sensibilidad al soldado internado en Notre Dame de Rocamadour, esa segunda oportunidad, una vez que uno ha conocido el horror de la guerra y sus consecuencias; y la tercera, «Esta lágrima contiene un mundo», se convierte en el contrapunto de toda la historia porque, de alguna manera, supone una angustiosa vuelta al origen de todo, representada en esa hermosa imagen que es lágrima, vertida por toda la humanidad, pero deglutida con toda impunidad por el Hauptsturmführer Löwitsch, cuando en las dos últimas líneas afirma, con toda solemnidad, que Der Schneider ist tot.
La ofensa es una novela de imágenes, donde lo irracional forma parte de ese sentido animal que tiene el ser humano, pero también es una metáfora que afirma que el corazón humano sólo se ensancha con ese cuchillo que lo desgarra y el dolor es la dignidad de la desgracia.

lunes, enero 29, 2007

Las propiedades del cristal, Sergio Rodríguez

III Premio de Poesía Rafael Pérez Estrada. Vitrubio, Madrid, 2006. 67 pp. 10 €

Pablo García Casado

Me encontré hace ya tres o cuatro años con la poesía de Sergio Rodríguez. Ambos habíamos participado en una antología de poesía española, 25 poetas jóvenes españoles, publicada por Hiperión. Una muestra que tenía nombres más o menos conocidos, bastante desigual, pero gracias a la que pude encontrarme con un estupendo escritor como Rodríguez. Un tipo que parecía tener las cosas bastante claras, aquello del llegar, tocar y marcharse. Un poeta que no necesitaba escudriñar argumentos sinuosos, sino acercarse al objeto común de nuestros desvelos.
La poesía que me gusta es la que habla de los asuntos de las personas. Creo que bucear en ese misterio, en esas dudosas fronteras, en el amor y el desamor, supone una fuente inagotable de perspectivas. Hay quien se debate en otros problemas metafísicos, es su problema, porque a gente como yo le gusta que le hablen de las cosas que importan. La observación de una mosca y el paso del tiempo está bien, yo no lo censuro, pero prefiero el colmillo retorcido de los hombres que miramos las sinuosas curvas de las mujeres cimbrearse en el autobús. Cámbienle sexo y oportunidad, lugar y escenario, los problemas de la carne nos ocupan y preocupan.
Esa era una de las preocupaciones de Sergio Rodríguez. Que el poema que hable de cosas mundanas sea meramente considerado como una crónica rosa, como una suerte de costumbrismo, de versificador para amigotes... Todos y todas conocemos poetas de barra de bar, poetas al uso, poetas para el ligue y cierto brillito intelectual. Sergio es todo lo contrario. Su aparente facilidad radica en que sabe manejar los equilibrios, en que encuentra soluciones donde otros ven problemas. Evitar los circunloquios y las pajas mentales implica evitar también un coste añadido a nuestros bosques, piensen en todo ese papel tirado para no decir nada. En un símil futbolístico, es como en buen mediocentro defensivo, el cinco que distribuye juego hacia las bandas, pero con una pegada de acero.
Pero vayamos a los poemas. Además del antes señalado del autobús, “amor rapaz”, hay poemas que tienen un regusto amargo, como “amor paterno”, que muestra casi como un cuento los desvelos de los padres por evitar el sufrimiento de un hijo; o el “amor desenfocado”, con esa propuesta nada alambicada sobre el amor maduro y lo que pensamos de él, toda una reflexión —–ésta sí— sobre el paso del tiempo; o el “amor fiel”, que puede ser un verdadero manual para mujeres que dicen no entender a los hombres... He señalado tres, pero podría haber enumerado muchos de los poemas de este magnífico libro. La única pega es que tengo la sensación que, si nadie lo remedia, puede pasar desapercibido por aparecer en un sello editorial bastante irregular, donde los aciertos —que los hay, y éste es un ejemplo— quedan eclipsados por verdaderos bodrios.
Mucha más suerte le auguro a Sergio Rodríguez. Ha escrito un libro espléndido que, al parecer, va a tener continuidad en un proyecto tecnológico. Será un excelente colofón, y el punto de partida para algo mucho más grande.