jueves, marzo 01, 2007

En las nubes, Ian McEwan

Trad. Gabriel López-Guix. Anagrama, Barcelona, 2007. 152 pp. 15 €

José Morella

La infancia, tal y como la entendemos ahora, existe hace poco tiempo. Sólo en el seno de la familia europea del siglo XIX empieza a verse al menor como un ser que precisa protección y tiene derechos. En los grabados medievales los niños parecen adultos a una escala menor: el futuro soldado, la futura hija a la que casar con un buen partido. La inmensa mayoría de ellos, como Lázaro de Tormes, por mentar a uno ficticio pero famoso, las pasaban canutas. Y en muchos países del mundo las siguen pasando: trabajan como mulas, son obligados a mantener relaciones sexuales con adultos, se mutila el sexo de las niñas... Uno de los primeros ejemplares de niño mimado debió de ser Hans Christian Andersen, que era un chiquillo soñador, casi no jugaba con otros niños y, como Peter Fortune, el protagonista de En las nubes, jugaba con muñecas, les hacía vestidos y representaba obras teatrales con ellas. De modo que los antecedentes literarios de Peter Fortune, el niño que está siempre en la luna de Valencia, no tienen mucho más de cien años y son mayoritariamente europeos. De hecho, el niño soñador por excelencia, Peter Pan, ha cumplido esa edad hace poco. A nosotros Peter Fortune nos recuerda a la pandilla de Mafalda. Quino creó a un grupo de niños fascinantes, aunque alrededor de un personaje, Mafalda, cuyo compromiso político es poco creíble, demasiado adulto. Pero su amigo Felipe, por ejemplo, es calcado al soñador Peter Fortune; tal vez más verosímil, más sorprendentemente real. Como Peter, Felipe se pasa la clase mirando a la profesora y luchando, en sus sueños, contra gigantes terribles, o marcando goles en finales del mundo. Peter Fortune es incapaz de llevar a su hermana al colegio, porque sueña tanto durante el día que se olvida a la pequeña dentro del autobús. Es ella la que tiene que llevar al colegio a su hermano mayor. En sus ensoñaciones, como si fuera Julio Cortázar mirando un ajolote a través del cristal de una pecera, Peter entra en el cuerpo de otros seres, se transforma en ellos, y es capaz de verse a sí mismo desde otra perspectiva. Se convierte en muñeco articulado, en gato, en bebé y en adulto. De hecho, el epígrafe del libro es de Ovidio, de Las Metamorfosis. Como en Ovidio, se escribe una historia a través del cambio, del devenir. Peter deviene muñeca y luego deviene gato y luego bebé. En su devenir, conoce la realidad profunda de los tres seres, puesto que la realidad más profunda es siempre la realidad soñada. Por una parte, esta yuxtaposición de devenires nos dan una medida exacta de cómo es la vida del niño. Todos lo hemos visto: los niños crecen a saltos. Pasan meses iguales a sí mismos y, de repente, uno los mira y se diría que se han pasado la noche creciendo. Pero lo genial de Peter es que parece crecer a base del alimento de los sueños. Cada metamorfosis adquirida a través del ensueño representa un estirón en el crecimiento creativo del niño, que llegará a ser un adulto en las nubes. Gilles Deleuze analizó este devenir-cosa o devenir-animal. Según Deleuze, cuando Gregorio Samsa deviene un inmundo bicho, no se trata de un “como si”. No es una metáfora. No hay sentido figurado. El hombre sale hacia fuera, emerge por un punto de fuga, y el mundo del que quiere salir es precisamente el mundo de la metáfora. Quiere ser en el bicho. Ser en el bebé, ser en la muñeca. El devenir es, en palabras de Deleuze, un «mapa de intensidades. Un conjunto de estados, todos distintos entre sí, injertados en el hombre en la medida en que este busca una salida». Deleuze se quejaba siempre de que el psicoanálisis monopoliza la metáfora. Se hace dueño de una metáfora (la sexualidad) tan extensible como la vida, tan grande que no deja sitio para nada más. Freud le da al niño el papel que nunca antes había tenido en la historia de la cultura. El niño deja de ser solamente un adulto en potencia. Ahora ocurre más bien lo contrario: lo adulto es algo esencial que se grabó en el niño y que ya no se recuerda. Un olvido fundamental. En lugar de ir los niños hacia la adultez, son los adultos los que tienen que girar constantemente el cuello hacia la niñez. Curiosamente, este vuelco extremo en la historia del niño es exagerado, y tiene el inconveniente de las teorías que pretenden explicarlo todo: que no lo consiguen. Eso es lo que le critica Deleuze al psicoanálisis. Y McEwan parece deleuziano: su criatura, Peter Fortune, es un ente que deviene a través de la ensoñación y que, más que de un pasado con trauma, dispone de un mapa sincrónico: el mapa de sus sueños. Va del salón a la habitación, de la casa a la escuela. Va de vacaciones a la playa. Se convierte en cosas, inventa historias mediante las cuales se fuga del mapa y crea otro: un mapa de intensidades bordado sobre el mapa de lo real. En el mejor episodio del libro, por raro que parezca, no hay ensoñación: Peter acaba con el matón de la escuela a base de palabras. Descubre que las palabras son mágicas y que con ellas se conjura y se exorciza de verdad. Se hace consciente de que la vida es lo que uno diga que es, y de que en algún lugar entre las palabras y la realidad material está lo verdadero. Lo verdadero nunca es idéntico a sí mismo. Siempre es devenir, siempre es cambio, siempre es un niño que se convierte en gato, un matón que se convierte en simple gordo con aparato en los dientes, unos padres que desaparecen al ser untados con crema mágica. Lo verdadero está en las nubes.

4 comentarios:

Tooru Okada dijo...

Maravillosa reseña. Tras Sábado, existía el riesgo para McEwan de caer en lo demasiado coyuntural, pero ya veo que ha tomado la dirección opuesta. Salgo para la librería, gracias.

Anónimo dijo...

soberbia, excelente reseña, con vuelo propio.
un saludo de esther g llovet.

Maremoto dijo...

Yo he disfrutado el libro un montón. Es como volver a la ingenuidad que algo de falta nos hace.

Mar

Natalia dijo...

Me encantó... salgan corriendo a la librería.