lunes, marzo 26, 2007

El coleccionista de almas perdidas, Irene Gracia

Siruela, Madrid, 2006. 228 pp. 18,90 €

Félix Palma

A finales del siglo XIX todo era posible. La incipiente ciencia aún no había establecido los límites del mundo, todavía no había decidido qué podía suceder y qué no dentro de sus fronteras, pero cada nuevo invento contribuía a avivar la ilusión de que cualquier idea de la imaginación podía llevarse a la práctica, sensación que reflejaron los novelistas de la época, con Julio Verne y H. G. Wells a la cabeza. Fueron las exposiciones universales y las ferias, como la del Cristal Palace, aquella ballena traslúcida varada en Hyde Park en cuyo vientre se acumularon los logros de la industria británica para mayor gloria del Imperio, o la de París, donde la Torre Eiffel ejerció de emblemático pórtico de entrada, las encargadas de ordenar los frutos de aquella ciencia candorosa, encarnados para la posteridad en unas máquinas profusas de remaches y bielas y gruesos caños de tuberías, que cada cierto tiempo exhalaban lúgubres bufidos de vapor, y que hoy se nos antojan tan ingenuas como entrañables. De aquel descorche de inventos —surgieron el fonógrafo, la bombilla, el cinematógrafo, las vacunas, la turbina de vapor, el telégrafo— que llevó al director de la oficina de patentes de Nueva York a solicitar el cierre del servicio, arguyendo que «ya estaba inventado todo lo que podía inventarse», sin duda el más curioso, desasosegante y literario, por razones obvias, es el autómata, réplica mecánica de un ser animado, que el suizo Pierre Jaquet-Droz llevó a su máxima expresión.
Las postrimerías del siglo XIX y su ciencia bobalicona, abrevadero idóneo del fantástico, que hace unas décadas propició el subgénero etiquetado como steampunk, es el periodo escogido como escenario por la escritora madrileña Irene Gracia en su última novela, El coleccionista de almas perdidas, una de las obras finalistas del último premio de la Fundación José Manuel Lara de Novela. Vaya por delante que no estamos ante una novela histórica —esperemos que alguien la escriba pronto, dado lo atractivo del material— pues Irene Gracia no es precisamente una escritora convencional interesada en fabricar novelas digeribles para leer en los aviones, como muestra su trayectoria, jalonada de obras tan personales como Mordake o la condición infame, Hijas de la noche en llamas o Fiebre para siempre, que le valió el premio Ojo Crítico.
Como hemos dicho, la novela arranca a finales del siglo XIX, pero abarca hasta la primera gran guerra, pues se trata de la narración de una vida, la de Anatol Chat en este caso, miembro de una peculiar familia atrapada en el sueño demiúrgico de la fabricación de réplicas humanas. Con un derroche de imaginación inusual en estos lares, Gracia nos sumerge de la mano de sus pintorescos personajes en el mundo de lo pequeño, donde lo insignificante se vuelve bello y el tiempo parece coagularse, un mundo donde enseguida se disuelven las fronteras que separan la realidad de la fantasía a causa de la obsesión constructora de los Chat, que les lleva a confeccionar réplicas inclusos de los muertos, convirtiendo la novela en un retablo de personajes de cuya humanidad acabamos desconfiando. «Tú le darás cuerda a tu hermana y yo a mi mujer», anuncia el padre de Anatol en un representativo pasaje de la novela que recoge su idea seminal: ¿qué da la vida? De un modo sesgado, discreto, casi inevitable, la novela plantea cuestiones filosóficas y teológicas de candente actualidad. La peripecia principal se halla espolvoreada de cuentos de distinta extensión, a la manera de Las mil y una noches, que revindican el placer de contar, otro acto de creación. Dichas historias acarician con ecos de Poe, Hoffmann y otros promotores de la literatura de terror gótica una obra poliédrica que, debido a los enamoramientos desmesurados, deseos transcendentes y alucinaciones varias que teledirigen a sus personajes, podríamos calificar, si tuviésemos que venderla a una productora de Hollywood, como un Blade Runner filtrado por el realismo mágico.
Pero como suele ocurrir con las buenas novelas, El coleccionista de almas perdidas no es de fácil lectura. Gracia no presta especial atención a los nudos que articulan la trama —el modo terriblemente hermoso pero exento de dramatismo con que despacha la muerte en globo de la madre y la hermana de Anatol es una clara muestra de ello—, optando por una uniformidad lírica que confunde lo importante con lo accesorio, obligando al lector a estar pendiente de cada detalle y buscar los simbolismos ocultos en la acción. El coleccionista de almas perdidas es, pues, una novela atípica, que desdeña los cómodos caminos de la intriga esculpida a base de golpes de efecto para aventurarse en las sendas menos accesibles de la parábola sutil, una novela que discurre con una cadencia casi musical entre bellísimas escenas oníricas que cada cual debe interpretar, y que si bien perderá muchos lectores en su empinada lectura, sin duda recompensará a todos aquellos que logren llegar a su cumbre, pues habrán conocido el quehacer de una escritora inconformista y original, que huye de las inertes historias al uso, sabedora de que una novela, al igual que un autómata, no es sino un mecanismo que pretende emular la vida.