viernes, julio 14, 2006

Historias de Pekín, David Kidd

Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide, Madrid, 2006. 215 pp. 17,95 €

Care Santos

«Hay ciudades que parecen soñarse a sí mismas», afirma Manel Ollé (autor del interesante Made in China, Destino, 2006) en el encabezamiento de su prólogo a este volumen, refiriéndose a Pekín, «una de esas megalópolis del siglo XXI; atareadas y vulgares, habitadas sin saberlo por sueños literarios en fuga». En escasas diez páginas, y a modo de pórtico ideal, repasa Ollé la bibliografía de aquellos autores que han prestado atención en su obra a la capital china, de Marco Polo, de quien se duda que llegara alguna vez a Calambuc —nombre mongol de la ciudad— a Boris Vian (El otoño en Pekín), Max Frish (Mi o el viaje a Pekín), Pierre Loti (Los últimos días de Pekín), Paul Claudel o la misma Pearl S. Buck de La buena tierra, «la más inluyente y leída reivención de China desde Marco Polo hasta nuestros días». Lo que todos estos autores tienen en común, siempre según el prologuista, es la enorme distancia que separa la Pekín real de la que ellos plasmaron en sus libros, a pesar de que algunos vivieron en la capital china hasta dos lustros.
El caso del libro que nos ocupa es más bien el contrario. No hay en Kidd intención de reinventar ciudad alguna. Más bien de dejar constancia de aquello que se desintegra ante sus ojos, de retener imágenes, personajes y situaciones condenadas a desaparecer en unos pocos años. Y exactamente eso hace en estas páginas, con inmenso amor y también con infinita tristeza. No hace falta decir que se trata de un autor de un solo libro. Y también de un destino paradógico y hasta cierto punto trágico, que no encontró jamás otro acomodo real que el de aquel Oriente que tanto amó y que tan bien glosó.
Me gusta imaginar a David Kidd, un chaval de Kentucky (USA) de apenas 20 años, desembarcando en la ciudad imperial en 1946 con la intención de concentrarse en el estudio de la poesía clásica china en la universidad de Yenching. Sólo eso ya le convierte en alguien peculiar. Muy pronto conoció a la que sería su mujer, Aimee Yu, una joven de la aristocracia china, emparentada con la dinastía manchú. Gracias a ese enlace, Kidd conoció —y contó— las interioridades de una clase en peligro de extinción, sus manías, sus costumbres, sus rituales, su estupefacción y también su desacomodo en un mundo que de pronto se les volvió hostil.
Resultan enternecedoras, por ejemplo, las cuitas de una de las cuñadas de Kidd enfrentada a la necesidad de trabajar como una plebeya, algo que, por cierto, hizo con enorme naturalidad. Y también los denodados esfuerzos de la familia al completo por conservar su mundo, simbolizado, sobre todo, por la antigua mansión familiar y su jardín artificial. Amparados por la delicadeza de ese espacio exterior, columna vertebral de la casa, celebran los Yu una de las últimas fiestas que se ofrecieron en la ciudad, bajo la atenta mirada de unos soldados comunistas que no entienden nada de lo que allí ocurre. No es de extrañar, por cierto, viendo el paisanaje que la familia fue capaz de congregar alrededor de sus estanques artificiales, y cuya descripción (páginas 83 a 100) constituye uno de los mejores pasajes del libro.
Asimismo, merecen la pena los personajes familiares. Todos, sin excepciones, pero en especial la tía Qin, una anciana aferrada a sus costumbres ancestrales, que ve con malos ojos cualquier aire de renovación. Por supuesto, también al marido extranjero de su sobrina Aimeé. Paradójicamente, tía Qin conocerá también uno de los destinos menos feroces de la familia, recluida por voluntad propia en un asilo, en contraste con el de Hermano Mayor, con quien la nueva coyuntura será mucho menos amable.
Las costumbres de un mundo que desaparece quedan plasmadas con brillantez en un pasaje inolvidable: aquel en el que Kidd narra la visita, realizada junto a su esposa, del templo familiar, consagrado al culto de los antepasados y, más aún, el que se refiere al terrible final del lugar, convertido en improvisada playa para bañistas urbanos (páginas 113-114). Pasajes como éste demuestran, además, el enorme instinto como contador de historias de David Kidd que, pese a no ser escritor, maneja las herramientas del oficio con sabiduría. Se comprueba en cada una de estas páginas, además, que cuando la ausencia de impostura y la sencillez se conjugan con uno de esos talentos innatos para narrar el resultado suele ser un libro como éste: arrebatador a pesar (o a causa, precisamente) de su ausencia absoluta de pretensión.
No puedo dejar de referirme al Kidd maduro y anciano. Su matrimonio fracasó en Estados Unidos, donde él nunca dejó de ser estigmatizado por haber vivido tantos años en un país comunista. Aimeé, en cambio, supo sacar tajada de su condición de renegada de Mao e instalarse en una tierra que veía a los de su condición con simpatía. Aimee murió en Estados Unidos mientras Kidd decidió regresar a Oriente, a Japón, donde dio clases en las universidades de Kobe y Osaka a la par que convertirse en un conocido coleccionista de arte. El Kioto fundó el Oomoto School of Traditional Japanese Art. Su casa, explica Ollé en el prólogo «se convirtió en lugar obligado de peregrinación para los jóvenes bohemios europeos que circulaban por Japón».
Sinceramente, espero tener ocasión de peregrinar hasta allí algún día.

jueves, julio 13, 2006

Cuentos fantásticos en la España del Realismo, varios autores

Edición de Juan Molina Porras. Cátedra, Madrid, 2006. 440 pp. 9 €

Pedro A. Ramos García

Lo que voy a contarles sucedió hace ya mucho tiempo y quizá yo no sea la persona adecuada para ponerlo por escrito, pero, si mi salud me lo permite, me gustaría contarles lo que mi amigo Juan Molina me contó en el prólogo de su libro.
Era el siglo XIX, gobernaba el Realismo, un gigante empeñado en describir de forma minuciosa las costumbres contemporáneas, y los cuentos vivían felices en las páginas de los periódicos y revistas, tanto era así que a nadie le extrañaba encontrárselos entre noticia y columna de opinión, incluso, los relatos más atrevidos podían llegar a aparecer acompañados de la crítica literaria correspondiente. Eso dice la historia. Pereda, Galdós, Valera, Alas, Pardo Bazán, Clarín… por citar algunos apellidos ilustres, pero éramos muchos más. Sin embargo, todos sabíamos que aquello no podía ser eterno. Entre nosotros había empezado a propagarse una enfermedad, rápida como la envidia en una fiesta literaria. Afectaba por igual al cuento y a la novela y tanto la novela como el cuento fueron contagiándose de aquel veneno. Todo empezó en la segunda mitad del siglo, todos conocíamos al primer infectado, pero ya era demasiado tarde.
Aquel hombre, gustaba le llamasen Gustavo, fue el más famoso de otros muchos dedicados a narrar “la irrupción de fenómenos inexplicables y subvertir la visión positivista del mundo”. Sí, querido lector, respetaban las reglas de la verosimilitud realista, pero también eran capaces de trasladar “la inquietud que anidaba en el focalizador que percibía aquellos hechos sobrenaturales. [Y] Esa inquietud acababa por convertirse, casi siempre, en miedo o terror.” Duendes, hadas, ogros, brujas, dragones; diablos, vampiros, monstruos creados por la ciencia, muertos vivientes o estatuas parlantes; empezaron a poblar nuestras historias dejando que el “gusto por lo macabro, lo reprimido o lo escatológico” se convirtiesen en el fin en sí mismo, a veces, y en excusa para internarnos en mundos ajenos al cotidiano, otras. Sí, erudito lector, muchos de estos gérmenes ya estaban en el Romanticismo, pero ¿no tenía éste un trasfondo, siendo sutiles, más… positivo? Entiendo su perplejidad. Todavía hoy me cuesta trabajo dar crédito a lo que leyeron mis propios ojos: Alarcón, Galdós, Juan Valera, Clarín, Pardo Bazán, Coloma y Blasco Ibáñez fueron los más conocidos autores que fueron contagiados por el cuento fantástico en la época en la que triunfaba la novela realista y naturalista. Siempre la historia es mucho más compleja de lo que los libros intentan transmitirnos, más compleja y viva, pues también más allá de nuestras fronteras sufrieron la misma epidemia víctimas con apellidos de difícil pronunciación en cristiano: Balzac, Dickens, Maupassant o Gogol por reducir al mínimo la muestra. Todos presentaban los mismos síntomas que he descrito con anterioridad: pretendían expresar los miedos, las frustraciones o los sueños con los que los humanos nos hemos venido enfrentando, en silencio, desde que el mundo es mundo.
Ya he dicho que estos son los más conocidos, pero hubo muchos más. Muchos cuyos nombres fueron omitidos. Por descuido, o con premeditación, sus cuentos se convirtieron en rara avis y por eso mi compañero de letras, Juan Molina, y la editorial Cátedra decidieron reunirlos en un mismo tomo, Cuentos fantásticos en la España del Realismo, con el fin de que su mal deje constancia y pueda prevenir a las generaciones venideras. Además, teniendo en cuenta que muchos de ellos iban a resultar desconocidos para un lector desprevenido, se tomaron la licencia de añadir una pequeña biografía de los autores incluidos pues, como el mismo Juan Molina dejó escrito: “Esta antología busca, además de presentar una selección de algunas de las mejores narraciones fantásticas creadas en el periodo realista, mostrar los variados caminos por los que transitó la fantasía en la segunda mitad del sigo XIX. No es, en sentido estricto, una colección de relatos fantásticos. Se recogen cuatro narraciones fantásticas que se adaptan al modelo que ha propuesto la crítica para caracterizar este género, pero también las hay maravillosas, grotescas, de ciencia ficción y oníricas o alucinatorias. Varios motivos me han guiado a adoptar esta decisión. El principal ha sido ofrecer a los lectores una visión completa y compleja de la literatura fantástica de las últimas décadas del siglo XIX.”
Siento que llega el momento de reunirme con la tierra en un abrazo estrecho y duradero. Me gustaría creer que he cumplido la promesa realizada a mi amiga Care Santos y, al menos, la próxima vez que escuchen títulos como La hierba de fuego, La muerte de Capeto (Memorias de un patriota), La santa de Karnar, La esfera prodigiosa, Año nuevo, Celín, Teitán el soberbio. Cuento de lo por venir, Cuento futuro, Historia verdadera o cuento estrambótico, que da lo mismo, Mr. Dansant, médico aerópata, La buena fama o Historia del Rey Ardido y la princesa Flor de Ensueño o el nombre de sus responsables: José Fernández Bremón, Vicente Blasco Ibáñez, Emilia Pardo Bazán, Silverio Lanza, Benito Pérez Galdós, Nilo María Fabra, Leopoldo Alas, Clarín, Antonio Ros de Olano, Juan y Luís Valera; sabrán donde pueden encontrarlos. A nueve euros, con un excelente prólogo y anotaciones que facilitan la lectura.

miércoles, julio 12, 2006

Solo con invitación: Fernando García Calderón

La noticia
Algaida, Sevilla, 2006. 376 pp. 18'50 €

Óscar Esquivias

La primera novela que leí de Fernando García Calderón (que no era, ni mucho menos, su primer libro publicado) fue Lo que sé de ti (Destino, 2002), novela que había tenido un comentario muy elogioso de Juan Ángel Juristo en el ABC. Recuerdo que el estilo del autor me desconcertó ya en el primer párrafo: me encontré con una prosa muy personal que tendía a lo artificioso. «Qué poco me va a gustar esto», pensé, temiéndome lo peor. Pero en la segunda página ya estaba seducido por el narrador y pronto mi único sentimiento era el entusiasmo (bueno, no el único: a menudo se mezclaba con la sorpresa y también con la envidia). «¿Pero de dónde ha salido este escritor?», me decía. No se parecía a ningún otro de su generación que yo conociera. Lo que sé de ti demostraba un rigor en la construcción y un riesgo en el lenguaje poco comunes en nuestra tradición literaria. Tenía la sensación de estar leyendo a una especie de Gesualdo Bufalino excelentemente traducido.
Con su última novela me ha sucedido algo similar: extrañeza inicial por el estilo y seducción casi inmediata por el riesgo formal del autor y por su prosa personalísima. La noticia tiene como estructura fundamental las conversaciones que dos hombres (Lucas y Pepe) mantienen alternativamente con una misma mujer (María). A lo largo de estas charlas el lector va descubriendo poco a poco los extraños vínculos que unen a estos tres personajes y, de paso, al hilo de sus recuerdos, recorre la historia reciente de España desde las vísperas de la muerte de Franco hasta los años 80. Pero la crónica —y la crítica— social y política quedan en segundo plano: lo importante es la madeja de sentimientos y relaciones que unía a ambos hombres con un cuarto interlocutor ausente, obsesivamente citado en las conversaciones, el nudo que une sus vidas y da sentido a la novela: Victoria Orozco, una novelista de éxito muerta en accidente de circulación.
La trama está llena de misterios y equívocos que se van desvelando gradualmente y que, como es natural, no vamos a revelar nosotros aquí. Sólo apuntaremos que toda la red de mentiras que se va tejiendo y destejiendo en La noticia tiene que ver con el misterio de nuestra capacidad (o incapacidad) para amar y para crear y también con lo que estamos dispuestos a sacrificar para conseguir alguna de estas cosas (la persona amada, la redacción de una novela). De hecho, La noticia podría haberse titulado también La mentira o El sacrificio, porque de ambos elementos se nutre.
El libro está marcado por el rigor en la construcción (el omnipresente diálogo) y el estilo poderoso de su escritura (cada palabra parece seleccionada como si fuera una tesela). No escuchamos tanto la voz de los personajes como la del autor, dividido en sus tres protagonistas. Es una voz muy personal, aplomada, digna, casi declamatoria (pese a los coloquialismos o al desenfado de algunas conversaciones). Uno tiene la sensación de estar en el teatro, casi en una obra de Racine (perdón por esta mención extemporánea), ya que García Calderón presenta el volcán de sentimientos de sus personajes con una aparente frialdad diamantina. Todos ellos padecen la condena del raciocinio, siempre son discursivos, dialécticos, incluso cuando se atolondran o se dejan arrastrar por las pasiones.
Esta llama helada que ilumina la obra de García Calderón es uno de sus atractivos. Es un autor raro, realmente singular, apasionante.


Fernando García Calderón: «Sólo rechazo los libros mal escritos»

Por los escritores que cita en sus novelas, da la impresión de que su formación debe más a las literaturas extranjeras que a la española. ¿Las lecturas de sus personajes son también las suyas? ¿Qué narradores han sido más importantes para usted? ¿Se siente cómodo en la tradición española?

-Me temo que sí, que mis personajes están sometidos a mis afinidades literarias, si bien no me siento adscrito a ninguna escuela o tendencia. Calificaría de autores importantes, para mí, a aquellos que han influido en mi formación como persona, más que en mi estilo de narrador. Desde este punto de vista, y sin meditarlo demasiado, mencionaría a Diego de Torres Villarroel, Aldous Huxley, Pirandello, Strindberg, Dostoievski, Böll. Todos ellos me permitieron, en distintas épocas de mi vida, abrir nuevos caminos a la reflexión.

Respecto a la tradición española, me siento más cómodo como lector sin pretensiones de estudioso. No voy más allá. He disfrutado con determinadas lecturas. Como lector, carezco de prejuicios. Sólo rechazo los libros que considero mal escritos.
El cine y la música también parecen haberle influido. ¿Qué debe a ambas artes?
-Mucho, y por razones divergentes. Sin el cine no habría desarrollado mi fantasía. He viajado y he madurado emocionalmente (suponiendo que eso sea posible) con el cine. La música, en cambio, marca el compás íntimo. Modula estados de ánimo. Sin el jazz no existirían algunas de mis obras.
¿Ha escrito poesía? ¿La lee?
-No, no he escrito poesía. La leo ocasionalmente. La percibo como un elemento más de la naturaleza, tan compleja y tan bella como un árbol o una serpiente de cascabel. En la poesía, las contradicciones del hombre se unen a las de ese dios (o Dios) que se dedica a fabricar mundos en seis días y un descanso.
Toda su obra denota un gran trabajo estilístico y también mucho rigor (y originalidad) en la forma. Da la impresión de que antes de comenzar a redactar una novela tiene planificada exhaustivamente la trama y conoce todos los detalles de su desarrollo, sin que haya lugar para la improvisación. ¿Es así? ¿Cómo es su proceso de escritura?
-No creo conveniente el control absoluto de la obra. Antes de comenzar a escribir una novela, paso meses estudiando la estructura que mejor se adecua a la idea de partida y a los conceptos esenciales que quiero introducir, analizando el carácter de los protagonistas, fijando las líneas principales de su argumento. Este largo proceso culmina cuando defino el tono expresivo del relato y su ritmo. A partir de ahí, me abalanzo sobre las teclas. ¿Qué queda a la improvisación, al menos parcialmente? Los personajes. No deben estar constreñidos, seguir una pauta rígida que los convierta en autómatas. Si una página ha de acabar en un parque, hay diversas formas de salir de casa y llegar hasta él. Sé que Nabokov se partiría de la risa si me oyera, pero (como es obvio para todo aquel que haya visto una foto mía o leído una de mis páginas) yo no soy Nabokov ni su reencarnación. Alguien dijo una vez que un Dios que lo comprende todo es un Dios débil. Como pequeño demiurgo, no me vanaglorio de esa debilidad.
Relacionado con lo anterior: los libros de cuentos, ¿los concibe como una unidad o les ha dado la estructura a posteriori, reuniendo obras afines?
-Mis cuentos nacen sin cortapisas previas, como obras autónomas. Cuando me planteo la génesis de un libro, establezco su hilo conductor, su fondo y trasfondo. A partir de ahí, selecciono aquellos cuentos que encajan en esa concepción. Después comienza el trabajo de reescritura, para que esas teselas engarcen en el mosaico final. En esta delicada tarea, incluso he llegado a cambiar el sexo (entiéndase como una intervención literaria, sin cirugía ni conflicto psicológico) de algún personaje.
Usted mantiene desde hace años una página web, pero no ha publicado allí nunca su diario (o blog). ¿Se lo ha planteado alguna vez? ¿Qué le parece este fenómeno?
-En una oportunidad escribí lo siguiente: “Los diarios son característicos de escritores que se hallan de regreso. Regreso de cualquier fenómeno que alcanzó el nivel de techo absoluto, regreso de la compleja nada que los astrónomos románticos denominan vacío”. Después tuve la osadía de soltárselo a Andrés Trapiello en la presentación de aquel libro. Ni que decir tiene que él no estuvo de acuerdo, pero sigo pensando igual. El diario ha de surgir de una necesidad, de un conflicto trascendente. Yo, escritor tardío, todavía estoy “de ida”, y la expresión a través de novelas y cuentos colma mis deudas personales.
En sí misma, la aparición de este híbrido de diario y diálogo que llamamos blog me parece estupenda. Cómo no. Internet, correctamente usado, es un potente sistema de información y comunicación; el blog es una de sus mejores aplicaciones, y establece una utilidad específica. El escritor del diario puede conversar con el lector, discutir sus puntos de vista, superar la barrera de espacio y tiempo que supone el papel editado.
Por último: dígame un libro que le haya cambiado la vida.
-Permítame que sean dos. Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Con él aprendí a leer. Y La mujer zurda, de un Peter Handke muy anterior a sus actuales polémicas. Me quitó el miedo a la máquina de escribir.

martes, julio 11, 2006

Lila, Lila, Martin Suter

Traducción de Helga Pawlowsky. Anagrama, Barcelona, 2006. 352 pp. 18 €

Francesc Miralles

Martin Suter es un autor suizo muy popular en los países germanoparlantes tanto por sus columnas periodísticas como por las novelas policíacas. Su célebre Trilogía neurológica esta formada por Qué pequeño es el mundo, La cara oculta de la Luna (ambas en El Bronce) y Un amigo perfecto (El Cobre).
Su última novela pretende ser de amor, pero la intriga está presente desde su verdadero arranque. Muchas novelas tienen dos principios: el que propone el autor (y publica el editor) y el verdadero principio de la historia, aquel punto en el que el lector se sumerge sin remisión en la trama. En el caso de Lila, Lila es la segunda frase del capítulo 4. Tras un inicio de capítulo totalmente insustancial («Era una noche como cualquier otra de aquel mes de diciembre») conocemos el bar donde trabaja David Kern, un gris camarero que se enamora de una bella clienta con ínfulas de intelectual.
David encuentra el manuscrito de una novela en una mesita de noche de segunda mano que ha adquirido, y se la da a leer a la joven para impresionarla. Esta queda prendada con la narración de amor que, situada en la Suiza de los años cincuenta, empieza con el sugerente: «Ésta es la historia de Peter y Sophie. Dios mío, no permitas que acabe mal.». Llevada por el entusiasmo, manda el manuscrito sin permiso de su falso autor a una editorial, que la acabará publicando con inmenso éxito. El humilde David Kern se ve obligado a salir de gira y a pavonearse por la Feria de Frankfurt, mientras el verdadero autor de la novela está al acecho…
Un momento especialmente divertido es cuando el zoquete de David Kern se entrevista con el editor Everding, que odia la narrativa de inspiración biográfica, para hablar de la publicación del libro:

La reunión fue una catástrofe. La primera pregunta que planteó Everding fue: «¿Por qué ha escrito usted este libro?», y el joven respondió, en efecto: «Porque quería superar una vivencia personal».
Karin Kohler consiguió con cierto esfuerzo que Everding no soltara su habitual discurso sobre el abuso que significa utilizar al lector como terapeuta, cuando sucedió el segundo percance. Everding vació un poquito de ceniza maloliente de su pipa en el cenicero, grande como un plato, y dijo:
―Y, a decir verdad, la trama me parece un poco pobre.
Cuando David Kern preguntó con toda inocencia «¿Qué quiere decir eso de trama?», ella ya conocía la respuesta de Everding, aun antes de que este la hubiera pronunciado.
―Ya me imaginaba que usted no sabría lo que significa esa palabra.

Este es el tono ligero y mordaz con el que Suter disecciona el mundo literario bajo la excusa de contar una historia de amor. Porque Lila, Lila es básicamente un drama editorial. Y los motivos que empujan al protagonista a meterse en un berenjenal condenado al fracaso ―conseguir el amor de la muchacha― no es tan diferente del que mueve a buena parte de los novelistas que escriben con más o menos suerte: obtener a través del papel impreso el amor y el reconocimiento que les han sido negados fuera de los libros.
Felizmente desprovista de artificios literarios, esta novela se lee con agilidad y tiene momentos jocosos, aunque la fatalidad pende sobre el protagonista desde que da inicio a su inesperado periplo como escritor de éxito. Gustará a los amantes del entretenimiento que procuran las buenas historias sin pretensiones.

lunes, julio 10, 2006

Armas, gérmenes y acero, Jared Diamond

Plaza & Janés, Barcelona, 2006. 624 pp. 22 €

Julián Díez

Soy una persona que disfruta enormemente leyendo libros escritos por gente mucho más lista que yo y que tiene la amabilidad de compartir sus conocimientos conmigo. Esa sensación la he vivido intensamente con los dos libros que he leído de Jared Diamond, Colapso, del que ya di cuenta en estos bytes, y ahora Armas, gérmenes y acero, que es propiamente un libro anterior —está fechado en 1998, cuando ganó el premio Pulitzer—, aunque acaba de ser reeditado en una versión actualizada con un par de capítulos adicionales.
El dichoso Diamond es tan brillante que en el prólogo se permite incluso hacer un resumen del libro dirigido a periodistas, con el fin de que se reproduzca. Y que es totalmente exacto: «La historia siguió trayectorias distintas para diferentes pueblos debido a las diferencias existentes en los entornos de los pueblos, no debido a diferencias biológicas entre los propios pueblos». En un momento en el que emergían ciertas interpretaciones biológicas de la historia con posibles aplicaciones racistas, Diamond deja sentadas de manera clara las razones por las que unas civilizaciones fueron capaces de desarrollar herramientas decisivas con las que imponerse a otras —resumibles en esa trilogía de armas, gérmenes y acero: superioridad militar, superioridad en resistencia inmunológica y superioridad en tecnología— debido a condicionantes tan poco relacionados con la superioridad de unas razas sobre otras como la fertilidad del suelo, el clima, las extensiones disponibles, la presencia o no de animales domesticables en la zona, etcétera.
Al igual que en Colapso, Diamond explica sus teorías tomando una serie de ejemplos fáciles de seguir y que suponen modelos a escala del devenir de la historia humana. Y demuestra, de nuevo, una amplitud de conocimientos multidisciplinar que le permiten ver la historia no como una sucesión de hechos, sino como un proceso dinámico con sus propias lógicas internas, en ocasiones casi inexorables. En particular, Diamond se extiende en consideraciones sobre el comienzo de la civilización humana y las razones por las que originalmente los habitantes de una determinada área geográfica tomaron unos caminos y no otros. Después, se extiende en algunos casos concretos, como el muy llamativo de Japón, con su desarrollo casi «europeo» en ciertos sentidos pese a encontrarse en un entorno totalmente apartado. Todo para explicar satisfactoriamente los dos enigmas que plantea en el arranque: la pregunta que le hace un aborígen de Nueva Guinea sobre por qué no creció la tecnología en su mundo, y la pregunta acerca de cómo Pizarro, con un par de cientos de soldados, pudo dominar un imperio como el inca.
Esta pareja de libros forman, como ya dije en mi comentario a Colapso, un tándem casi inexcusable para cualquier lector contemporáneo que quiera entender por dónde van los tiros en las tendencias más vigorosas de las ciencias sociales contemporáneas. Además, son una lectura deliciosa. Sólo me queda desear que, en la línea del trabajo de Carl Sagan —con el que inconscientemente encuentro bastantes similitudes—, a Diamond se le permita plasmar sus ideas en una serie de documentales alrededor del mundo, si es que eso no ha ocurrido ya sin que haya encontrado referencias al respecto. Creo que sería un colofón memorable a su trabajo.