jueves, julio 06, 2006

Roderick Hudson, Henry James

Funambulista. Madrid, 2006. 519 pp. 26 €

Marta Sanz

Cada vez que descubro un libro de James tengo la sensación de estar leyendo a alguien de mi familia. Esta imposible coincidencia genealógica quizás se deba a que James estuvo presente en mi iniciación libresca o tal vez es que existe una sintonía de sensibilidades, aunque no creo que lo segundo sea posible sin lo primero. Siento debilidad por los estilos jamesianos: el de Otra vuelta de tuerca; el de En la jaula o Daisy Miller; el de los alambicamientos psicológicos y sintácticos de Las alas de la paloma y Los periódicos; el de los novelones, como Retrato de una dama y Washington Square; el del escritor que escribe para escritores y deja relatos, como La lección del maestro, que dan para pensar durante vidas enteras... El descubrimiento de Roderick Hudson, la primera novela de James, que aún no había sido publicada en España, constituye un motivo para afirmar que es éste uno de los novelistas más intelectualmente conmovedores de los que un lector puede disfrutar y un escritor, aprender. James escribe historias de personajes con inteligencias fuera de lo común —o quizá, no, y es que la narrativa está copada por protagonistas mediocres que nos inoculan el virus de una supuesta y generalizada necedad colectiva—, que cristaliza en diálogos sutiles y en unas turbadoras, casi obscenas sin escatología, introspecciones psicológicas. El lector de James no puede perder detalle ni comba: el autor exige una lectura que no tolera descuidos; un tipo de lectura que no se reduce a respiración relajante o entretenimiento templario. James crea sus protagonistas, acumulando movimientos de conciencia que son tan paradójicos como nosotros mismos; las reglas de la verosimilitud —o una pereza creativa e interpretativa que se ahorra esfuerzos, ya que al fin y al cabo la verosimilitud es el pacto de lo que el lector está dispuesto a aceptar, en función de lo que recibe y de una íntima creencia respecto a lo que la literatura es— impiden representar la vida tal y como ésta se produce: un cúmulo de desgracias perfectamente posibles en la peripecia existencial resulta inaceptable en la literatura, a no ser que persigamos un efecto paródico; del mismo modo, la pretensión de mímesis con una psicología deslizante, con los actos que entran en contradicción con el pensamiento, con la imposibilidad de saber cómo somos o cómo nos definiríamos, esa realidad confusa que es el ser humano, convertiría el dibujo de un personaje de ficción en algo borroso, ininteligible para los lectores. James juega con los límites del pacto narrativo y asume ese riesgo en Roderick Hudson, a través de dos creaciones soberbias: Christina Light, la bellísima femme fatale que, más allá de sus perfecciones físicas, nos deja intuir una forma de inteligencia que le permite captar cada matiz oculto y a la vez la incapacita para ser feliz, dotándola de cierta malignidad —¿o bondad?. El maniqueísmo o las simplificaciones, pese a su gusto por los contrapesos y las dualidades, no caben en la literatura de James. Junto a Christina, Rowland Mallet, a quien acompaña la voz del narrador, es un racionalista que acaba mostrando su romanticismo con su perseverancia para conseguir el amor de Mary, simétrico opuesto de la Light. El único personaje «cojitranco» es el que da título a la novela: resulta irritante, sin que el autor lo haya pretendido; el artista ególatra no parece más que un histérico y un fatuo, y no ese «hombre de genio» que James quiere retratar y en quien Mallet deposita su confianza. James, en el postfacio de esta edición, justifica su falta de acierto, por la aceleración de las acciones, que dificulta esa morosidad, que hubiese permitido dar relieve a Hudson. Sin embargo, su madre es perfecta: el paradigma de la falta de luces y de una ética protestante activa, que sólo se percata de que algo no funciona, cuando su hijo le anuncia que ha renunciado a unos miles de dólares; hasta ese momento, ella no capta la inquietud moral de una carne de su carne, a la que ama bovina y puritanamente. En Roderick Hudson, reconocemos las constantes de la narrativa de James: el arte en oposición o en sintonía con la vida; el sentido práctico, la utilidad y la sencillez de los Estados Unidos, frente a la sensualidad y las escaras de la Historia de Europa; la necesidad del dinero como condición indispensable para cultivar el espíritu; y lo más significativo en esta novela, igual que en Retrato de una dama: la confianza que se deposita en un ser excepcional para ver cómo crece... plantas procedentes de una América virgen y trasplantadas en los sofisticados invernaderos europeos, que a veces dan fruto, mientras que, en ocasiones, se marchitan, porque en cada uno de esos seres «de genio» habita una semilla de negra tristeza. Esa es la condena de la hipersensibilidad, entendida como forma superior de una inteligencia exacerbada por los estímulos del sensual y viejo continente. Henry James coincide en muchos aspectos con sus creaciones literarias, pero lo bueno es que él no se malogró.